Teatro y ajedrez. Primer Acto: Lope de Vega

Por Sergio Negri


Al abordarse el vínculo de los primeros dramaturgos que emplearon al ajedrez en la obra teatral, la primera referencia es hacia Lope de Vega Carpio (1562-1635), el creador de la denominada “comedia nueva” y una de las máximas figuras del Siglo de Oro español quien, en su extensísima obra, ubicó al ajedrez como foco de atención en forma tan reiterada como creativa y esencial. 

Lope, en su exuberancia literaria (su biógrafo Juan Pérez de Montalbán le adjudica unas 1.800 comedias y unos 400 autos sacramentales, sin contar su también profuso epistolario),  contempló reiteradamente a un juego que estaba tan en boga en su tiempo, en una literatura en la que los puntos altos estuvieron dados en la poesía y dramaturgia.

Específicamente en lo que respecta a este último terreno hay que destacar que el español se convirtió en el primer escritor en incluir al ajedrez en el género del teatro moderno iniciando una senda que, desde entonces, habrán de recorrer otros muchos literatos, incluidas dos notables plumas que le fueron contemporáneas, la de los ingleses William Shakespeare (1564-1616) y Thomas Middleton (1580-1627).

Lope de Vega incluye al ajedrez en La boda entre dos maridos, trabajo que, si bien se publicó originalmente en Pamplona, Reino de Navarra (en el ulterior y actual Reino de España), por Miguel Serrano de Vargas en 1614, fue concebido y escrito entre los años 1595 y 1601 por lo que, aún en su imprecisión temporal,  se la debería consecuentemente considerar la primera obra de teatro de la historia en la que aparece el milenario juego.

La trama, que al privilegiar el valor de la amistad por encima del amor transmite una suerte de tensión homoerótica entre los protagonistas de la que de algún modo da cuenta su propio ambiguo título, en tiempos en los que la homosexualidad era severamente reprimida (la condena podía conducir a la hoguera a los “pecadores”), presenta en el centro de la escena a dos estrechos amigos, de nombres Lauro y Febo.

Aquel, en cierto momento, en homenaje a esa amistad, le cede a Febo la posibilidad de convertirse en marido de Fabia, a quien aquel amaba. Celia, la hermana de esta, en el entramado de relaciones, por su parte estaba enamorada de quien a la sazón será su cuñado. Dándose las cosas de esta manera, en el Acto III ella, frente Andronio, otro galán allegado a la familia, se lamentará:

“Hízome Febo este engaño, / o alomenos Lauro fue, (…) / Con mi fortuna inhumana / juego al Axedrez, y pierdo / la vida que el tiempo gana. / En Lauro, en Febo, y en ti / tres casas muda mi fama, / el mate viene tras mí, / pues no ay peón que a la dama/ no diga la que de aquí. / Desesperada me voy, / de mi voluntad corrida, (…)”. 

Primera Edición de La boda entre dos maridos

Como se aprecia, el amor esquivo es asociado directamente a una situación de derrota, expresada por la situación terminal del jaque mate que se registra en el juego de ajedrez de la vida, viéndose al  tiempo que resulta implacable para un personaje que, evidentemente, no tuvo demasiada fortuna en otro juego, el del amor.  

Por otra parte, tratándose del idioma español usualmente empleado en esa época, desde luego que el juego queda denotado con el término Axedrez (así, en mayúsculas, quizás denotando la relevancia del entretenimiento) y no aún con el de ajedrez.

Una segunda oportunidad en la que Lope de Vega habría introducido al ajedrez (el condicional responde a la imprecisión de las fechas), sucedió en La fuerza lastimosa, obra publicada en 1609 que es algo anterior, ya que se cree que muy probablemente se hubiera escrito entre los años 1600 y 1604.

En la Escena III del Acto III, que transcurre en una sala del palacio, se aprecia a un atribulado conde Enrique parlamentar con el rey de Irlanda, a quien se dirigirá en estos términos:

Por Dios, Rey, que sois un cesto, / Ya vuestra opinión y fama / Como de ajedrez ha sido; / Que el ser rey habéis perdido / Todo por guardar la dama…”.

Es que el caballero estaba muy acongojado ya que había sido instado por el soberano a matar a su propia esposa para, supuestamente, enmendar una propia falta que había cometido en el pasado y, en esas condiciones, el conde no dudará en interpelar al soberano.

El planteo que anuncia la existencia de un rey perdido puede, en principio, ser visto, desde la perspectiva del ajedrez, algo equívoco; por lo que merece una aclaración. No es que Enrique le indica al rey que se haya sacrificado a sí mismo para conservar a la dama; lo que en realidad está queriendo significar es que el monarca, en todo caso, lo está instando a contraer enlace con otra señora, por lo que lo de “guardar la dama” tiene la connotación de “soltarla” para poder encarar una relación nueva.

Imagen de una representación teatral de La Fuerza Lastimosa

Una de las más hermosas referencias que hace Lope de Vega al juego se verifica en El Genovés liberal, comedia aparecida en 1614, aunque fue escrita entre 1599 y 1608, en cuyo Acto Segundo, Paulo, uno de los personajes, que es de profesión tintorero, asegurará:

“Piezas somos de ajedrez, / y el loco mundo es la tabla, / pero en la talega juntos / peones y reyes andan”.

A Paulo se le reconocía sabiduría y humildad. Quizás por ello pudo haber acuñado esta precisa parábola. Lo que es seguro es que, por esas cualidades, será escogido Duque de Génova por sus propios conciudadanos, a la hora de  expulsar a los nobles franceses que dominaban la ciudad.

Imagen de El Genovés Liberal

La idea de que todos terminaremos en una bolsa, en la que se depositan habitualmente los trebejos, democratizando a todas las figuras ya que allí no hay jerarquías que valgan, es muy sugerente.  Pero no es novedosa.

De hecho, la había empleado, quizás por vez primera, el poeta persa Omar Jayam (1048-1131) quien, en el Rubáiyat incluye, conforme a la traducción de Carlos Muzzio Peña), dice en este célebre parágrafo:

“Porque, si bien se mira, la vida no es más que un inmenso tablero de ajedrez, cuyos cuadros blancos son los días, y los negros las noches, y en el cual el Destino juega con los hombres como con piezas: los mueve de aquí para allá, y uno por uno van a parar al estuche de la nada.”

Este estuche de Jayam, que en la versión traducida por Leopoldo Lugones es un cofre y en la de Joaquín V. González una Caja (así, en mayúsculas), es la talega de la que habla Lope. Y también la bolsa que Cervantes menciona, poniéndola en boca de Sancho Panza en El Quijote, cuando se afirma lo siguiente: 

“-Brava comparación -dijo Sancho-, aunque no tan nueva, que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura”.

Otra mención muy sugestiva que se hace respecto del ajedrez en Lope, es la que figura en El primer Fajardo, obra teatral surgida antes de 1617 (Caballero especula que incluso pudiera ser anterior a 1604), la que está contextualizada en la clásica historia de los enfrentamientos que tuvieron en España moros y cristianos. Allí se describe una escena en la que el tablero aparece nítidamente cuando se menciona:

“Alcen una antepuerta, y vean en una tarima, con su alfombra, Xarifa y Abindarráez, en sus almohadas, Zaira y Fátima hablando, y el rey y Fajardo jugando al ajedrez, y dos músicos cantando así”.

En ese punto, se presenta un hermoso cantable, que era muy popular en aquellos tiempos, diciendo:

“Jugando estaba el rey moro / en rico ajedrez un día / con aquese gran Fajardo, / por amor que le tenía. / Fajardo jugaba a Lorca, / y el rey jugaba a Almería, / que Fajardo aunque no es rey, / jugaba cuatro o seis villas./.”

Con esta mención, inspirada en un fragmento de un romance fronterizo de autor anónimo que corresponde a tiempos previos, los del rey Enrique IV de Castilla (1425-1474), comenzó a consolidarse un tratamiento ficcional que, sin ser por cierto novedoso, aún no había sido del todo desarrollado, en el sentido de reflejar la posibilidad de que en una partida de ajedrez se pudieran disputar territorios de dominios más reales.

Al decir esto no habría que dejar de recordar que la propia bandera escaqueada de Croacia, en donde se despliega un tablero escaqueado, estaría remitiendo a una leyenda de comienzos del segundo milenio, de una lucha entre croatas y venecianos que derivó en un acuerdo entre los respectivos señores que se verificó tras disputar algunas partidas del noble juego. Pero, en el caso en cuestión, la alusión de Lope (y del romancero que le sirvió de fuente) corresponde a otras disputas ajedrecísticas, las que habrían sostenido el rey de Sevilla moro Almotamid (1040-1095) (o más precisamente Muhámmad al-Mutámid) y Alfonso VI, el rey de León (1043-1109).

Algunos datos más sobre este pasaje de Lope: Lorca era un reino que estaba efectivamente sitiado por las fuerzas invasoras, las mismas que paradojalmente habían introducido al territorio el shatranj, antecesor directo del ajedrez. Por otra parte el nombre de Fajardo podría implicar cierta ambigüedad, tan típica del fenómeno del cristiano fronterizo (idea de la persona castellana aunque ligeramente arabizada): es que significa “el de Alfajar”, nombre de un rey moro vencido, que luego fue asumido por el español victorioso, por lo que comporta un claro caso de influencias en el marco de un proceso de transculturación.

Imagen en la que se transcribe el Romance de Fajardo en donde se ilustra un tablero del grande acedrex

Por otro lado la partida decanta hacia la derrota de Fajardo (“Perdiste, amigo Fajardo; / la villa de Lorca es mía”) tras lo cual, en evidente prueba de la buena relación de los contendientes, el vencedor, en vez de exigirle la rendición, le ofrecerá ayuda para que reconquiste posesiones que el rey de los cristianos le había quitado. Lo que será no obstante rechazado por el leal de Fajardo. Es de destacar, entonces, que en esta oportunidad el ajedrez es presentado como un testimonio de amistad y no de conflicto.

En el Acto I de La obediencia laureada (Comedia famosa de la obediencia laureada, y primer Carlos de Ungría, reza el título  original), trabajo que se cree (las fechas lamentablemente en estos casos son siempre algo provisionales), fue escrito entre los años 1604 y 1606 (se sabe que existía un compromiso para ser representado este último año en Toledo en el día de San Juan), siendo publicado en Madrid en 1615,  pertenece al  ciclo de comedias húngaras de Lope.

Allí aparece un personaje, llamado Guarin, quien oficia de lacayo de Filipo, el protagonista del relato, quien en cierto momento plantea:

Ea, por Dios, dime aquí / las partes de tu galán, / es cavallero, o arfil? / Es roque, es peón, es page, / o escudero guadalin…”.

Más allá de las distintas formas léxicas originales con sus correspondencias posteriores, tales las de cavallo/caballo; arfil/alfil; page/paje, debe hacerse otra aclaración: roque corresponde a la denominación que, por entonces, se le daba a la pieza de la torre.

A partir de este parlamento se establece otra idea, vinculada al ajedrez, la de cierto ordenamiento social, que guarda perfecta sintonía con el distinto poder que tienen las piezas. Ello es así en el marco de un juego que, habiendo sido tan prototípico de la Edad Media en Europa, terminó por convertirse en un fiel  reflejo de la sociedad que, en definitiva, lo adoptó y popularizó.

En esta línea de razonamiento, expresada por el bueno de Guarin, hay que concluir que, ni dentro ni fuera del tablero, antes y ahora, pareciera ser lo mismo un roque o un peón. Es más, las distancias eran tan intensas entre ellos que, frente a la humildad de este, se oponía el poderoso rol que le cupo siempre a la torre, el trebejo más relevante de todos (exceptuando desde luego al rey) hasta que, ya instalados en la Edad Moderna, terminó por consagrarse, lo que era un hecho en el siglo XVI en el que comenzó a ofrecer  su obra justamente Lope de Vega, el ampliado radio de acción de la pieza de la reina.

La Escena III del Acto III de El servir con mala estrella, obra publicada en 1615, aunque escrita probablemente entre los años 1604 y 1606, es presentada del siguiente modo:

“Córrese una cortina y se vé al Rey DON ALFONSO jugando al ajedrez con el Rey Moro DORAICEL, y alrededor sentados DOÑA MARCELA, DOÑA CLARA, DOÑA SANCHA y DOÑA HIPÓLITA, caballeros, criados y músicos”.

O sea que Lope, en esta oportunidad, ya desde un plano físico, al proponer la escenografía de esta representación teatral, ubica al ajedrez como protagonista de la situación.

En ese contexto se presenta el siguiente intercambio de ideas entre un caballero francés, de nombre Rugero de Valois (Ru); su lacayo, Turin (T); el Rey Alfonso VII de León y Castilla (R), y el Rey moro de Jaén Doraicel (D):

“Ru. Hoy le digo al Rey: Señor, / Íreme a Francia mi patria… / R. (Jugando) Jaque de aquí. / T. Bien habló. / Ru. Tómolo por mal agüero, / Pues jugando aquel peón, / A lo que yo le decía, / Su intención me respondió. / T. Si entablas el ajedrez, / Y con la imaginación / Juegas, hallarás que pierdes / Dama y Rey. / Ru. ¡Bravo rigor!/Piérdase todo, y no el tiempo. / D. Perdí”.

Un rey español victorioso en la partida del juego sobre un rey moro, ese que había sido apresado por Rugero, por lo que se apropiará de las villas y los castillos que habían sido objeto de la apuesta. Tras este episodio el caballero decide regresar a su país cuando observa, como venía sucediendo desde siempre, la ingratitud del soberano quien, al repartir los bienes ganados en ese encuentro ajedrecístico, lo hace entre los cortesanos presentes, mas omitiéndolo. Un signo más de su mala estrella.

Ya no por la fecha de publicación, que solía ser muy posterior al momento creativo, sino de ubicación de la situación, tenemos a  La noche toledana, que transcurre en mayo de 1605 (¡el mismo año en que aparece la primera parte del Quijote!), y que se cree fue escrita ese mismo año, con motivo de las fiestas del bautizo, que se hizo en la iglesia de San Pablo de Valladolid, del que sería con el tiempo el rey Felipe IV (1605-1665).

Noche toledana, es una expresión que alude a una noche larga, de insomnio. Aludiendo a esa condición, en esta obra Lope ubica la acción en una posada, con una ciudad en fiestas y la posibilidad de continuar la juerga ya bajo techo, por lo que podrían darse cruces amorosos con el simple expediente de abrir una puerta detrás de la cual podía esconderse una sorpresa o alguna situación de enredo.

En el Acto III de la obra, el personaje encarnado por el capitán Azebedo (Acevedo, en las adaptaciones modernas de la obra), es instado por Lisena, quien es cortejada por tres varones, para que se haga pasar por alguacil en aras de dar voces en el pasillo en nombre de la justicia para conseguir que Gerarda sea sacada de la habitación de Florencio.

Lisena, con el disfraz de Inés (en el original, Ynes), mueve los hilos de los hombres y mujeres con el fin de que Florencio vuelva a reparar en ella. Pero, por lo pronto, manipula las voluntades de forma tal de que el capitán crea que va a pasar un rato agradable con la intrigante, cuando logre desocupar la habitación indicada. El capitán asegura:

“Muchas piezas de ajedrez / Comienza Inés a entablar. / Pienso que sus pensamientos / Son sacar de la talega / Los huéspedes con que juega, / De todos los aposentos…”.

Efectivamente es Inés la que manipula la voluntad de todos, como un jugador que mueve las piezas de un ajedrez que, en este caso, esconde y agita las pasiones de muchos de los personajes que transcurren una noche toledana más, consumándose una partida en la que cada trebejo tendrá que enfrentar, a cada paso, el dilema de entre seguir los dictados del placer o los preceptos de la moral, muchas veces creyendo ser plenos dominadores de su destino.

En 1617 se publica, aunque es de 1606,  El gran duque de Moscovia y emperador perseguido, una obra del rubro drama de asuntos extranjeros, en cuya Escena II del Acto II aparece  Demetrio, un niño de doce años, que aspira al trono de Polonia.

La trama se inspira en hechos reales, que eran contemporáneos a la vida de Lope. La legitimidad de ese reclamo real, que el escritor recoge en su obra, terminará siendo desmentida en la realidad ya que, el mentado, era efectivamente un impostor, no obstante lo cual logrará  ser coronado rey de Polonia, a inicios del siglo XVII, para ser destronado y muerto por un tumulto popular sólo once meses más tarde

Por lo pronto, quedándonos en el mundo ficcional, que suele ser más grato que la crudeza de los hechos, vemos a ese niño lamentarse:

“Nací rey, pobre soy, secreto vivo”.

No sabiendo donde ocultarse, se planteará:

“No hay en este ajedrez tretas sutiles, / porque se acaba el juego de manera / que los reyes, las damas, los arfiles / junta la muerte, sin quedarse fuera / Las piezas altas ni las piezas viles.”.

Una vez más se plantea el uniforme destino final, el de que todos, independientemente de la condición social anterior, quedaremos empardados en un mismo tratamiento a la hora de la muerte.  Sin embargo, en un tiempo más vital, se verifica la distinción entre piezas altas, las más nobles; y las viles, en una denominación algo cruel que evidentemente se emplea al aludir a los peones.

Nos queda el consuelo de que, al cabo de todo, estas diferencias, que suelen alcanzar ribetes tan injustos en la distribución terrenal, son sólo provisionales, yéndose a cierta uniformidad a la hora de la despedida ya que un mismo destino a todos nos espera, en el ámbito de la trascendencia. Como lo plantea Lope. Como lo  queremos suponer.

Los melindres de Belisa (La dama melindrosa), es otro aporte teatral, en este caso que sería de 1606 a 1608, y que será publicado en Madrid en 1617, en cuyo Acto III, Escena XVIII, la protagonista a la que se alude en el título, hablando con su madre, a la vez que le reconocerá ser efectivamente una excéntrica caprichosa, que rechazará a todos sus pretendientes por motivos diversos, dará algunas pistas de su conducta, en cuyo marco dirá:

“Con hazienda vuestra / comerá perdiz, / vestirá de tela / algún Serafín. / Haranle su Adonis, / Diosas de Madrid, / Que buelven (SIC) peón / El mejor arfil/…”.

Un arfil que, por lo visto, podría entrar en amores, aunque al hacerlo pudiera dar lugar a cuestionadas actitudes si se considera la castidad que se deriva de la concepción de un trebejo que, siendo heredero del elefante oriental, en la Europa medieval se lo hizo connotar a algún prominente integrante de la clase religiosa (de hecho se dice bishop, es decir obispo, en idioma inglés).

Esta eventual conducta pecaminosa del religioso, desde luego, era por otra parte bastante habitual en esos tiempos (y siempre, podría agregarse); es más, en la vida real sabemos que, un Lope de Vega ya ordenado sacerdote, no se privará de embarcarse en una relación amorosa con una dama llamada Marta de Nevares, teniendo una hija fruto de esa relación con lo que, estaba visto, su exuberancia no sólo era proverbial a la hora de escribir.

Por lo demás se refuerza la idea de jerarquía social. Un arfil, se supone, debería siempre ser superior a un humilde peón… a menos  que este no llegue a coronar y se transforme en una pieza de mayor valía.

Servir a señor discreto, es una comedia datada entre 1610 a 1618 en la que Lope presenta a un hidalgo Pedro enamorado de Doña Leonor, a la que por todos los medios pretende conquistar.

Transcurriendo las cosas en Sevilla, la Escena IX del Acto I, Giron (G), el servidor mentado en el título de la obra, está vendiendo coplas de poetas, que contemplan cinco elogios milagrosos, el segundo de los cuales tiene estas características:

El segundo, como fue / la ocasión de aquella tabla / de axedrez, donde se entabla / este blasón, y porque / El Rey Abarca le dio, / Y en contraditorio (SIC) juicio (SIC), / para mayor beneficio, / el nuestro le confirmó.”

Más luego, en la Escena IX del Acto II, un astrólogo de nombre Severo (S) hace sus predicciones a Girón y a Pedro (P). Al primero le hablará de futuros vástagos, al otro le platica sobre que el bien lo hallará en algún puerto, lo que sucede de este modo:

“Tú sirves con grande amor, / puesto que te enojas luego, / Solo te digo, está atento, / que harás tu sangre axedrez”.

Imagen de la edición original de Servir a señor discreto

El diálogo prosigue:

“G. Axedrez? / S. Hablé una vez, y ya muchas me arrepiento. / G. Yo axedrez mi sangre? / S. Sí”.

Allí intercede el propio Pedro diciendo:

“Yo hallaré en puerto mi bien”.

Se verá culminar la rica escena, especialmente desde la perspectiva del juego, de este modo:

“S. Tu bien en puerto también, / y tú verás que es ansí. / G. Yo imagino dos mil modos, / y en este axedrez no acierto. / P. Yo sí, porque se que el puerto / es la muerte para todos.”.

Como se aprecia, la vida se presenta como un juego y, siendo así, la analogía predilecta estará dada con el ajedrez. Resulta de todos modos en buena medida perturbador que Pedro divise, en esa instancia de puerto, que el destino final común no sea otro que el de la muerte.

Por otra parte, la asociación de la sangre con el juego, tiene un significado que es menester explicar: es que, uniendo la sangre propia, la del criado, con la de Leonor, una mulata de la que está enamorado, podrá darse en el futuro una distinta coloración en la piel de la descendencia y, de ese modo, habrán vástagos blancos y negros, los colores de las piezas del ajedrez. En palabras que Lope incluye más adelante:

“El astrólogo me dixo / verdad pura, que sí tengo / hijos axedrez, serán / pues serán blancos, y negros.”.

En la Escena XVII del Acto II, se los verá conversar a Pedro y Girón a esta guisa:

“G. ¡Admirable pensamiento, / y que con él se concierta, / servir a señor discreto, / mas tu que entiendes problemas, / Qué será aquel mi axedrez? / P. Que si por dicha le juegas / de allí te vendrá algún bien. / G. Erraste: no me contenta. / Yo axedrez, estudiar yo / Si algunas pintas dixeras”. 

Esta es otra mención del ajedrez que se hace en un tono muy alegórico, siempre en el contexto de su vinculación estrecha con las cosas de la vida.

En 1613 se publica por vez primera La dama boba donde, en un diálogo que se presenta en la Escena II del Acto I, dos caballeros, Liseo (Li) y Leandro (Le), respectivamente el huésped y un caminante que viene de la capital del reino, se los aprecia discurrir de esta manera:

“Le. Es Madrid una talega / de piezas, donde se anega / cuanto su máquina pare. / Los reyes, roques y arfiles / conocidas casas tienen; / los demás que van y vienen / son como peones viles: / todo es allí confusión. / Li. No es Otavio pieza vil. / Le. Si es quien yo pienso, es arfil, / y pieza de estimación…”.

Como se verá las personas pueden ser señaladas en sus atributos en forma especular respecto de las piezas del ajedrez con las que se las identifica, en la tradición metafórica que había iniciado en el siglo XIV el fraile dominico Jacobo de Cessolis (1250-1322),  a quien se le debe Líber de móribus hóminum et de officiis nobílium súper lúdum scacchórum (más sintéticamente, Ludus scacchórum o, en nuestra lengua, El Juego de Ajedrez).

Imagen del afiche de una de las tantas representaciones de La dama boba

En ese trabajo se reproducen sus sermones, que fueron fuertemente descriptivos de las conductas y características de la sociedad de su tiempo, en cuanto a su funcionamiento y en lo que respecta a los valores que deberían imperar. Lope, ahora, aunque parcialmente, en este pasaje parece retomar el argumento.

Otavio, en este contexto, es un personaje encarnado por un viejo que no puede ser considerado “pieza vil” (¿el peón merecería en todo caso un calificativo de esa clase, quizás confundiendo humildad con iniquidad?). Es interesante señalar que se lo asocia, alternativamente, con el “arfil” el cual, en algunas otras geografías, además de su clásica remisión al obispo (bishop en idioma anglosajón), podía quedar representado en la figura de un anciano o juez (tal vez un sabio). Pero muy distinto sería si la escena transcurriera en Francia ya que, en esa geografía, contrariamente, el alfil es denominado remitiendo a la idea de loco o bufón (fou).

En el Acto II de Obras son amores, y no buenas razones, un trabajo que habría sido publicado en 1618, cuyo título se transformará en un refrán muy popular que llegará hasta nuestros propios días, se aprecia que en cierto momento del Acto II, la duquesa Laura le dice a Lucindo, un caballero que se equivocó de casa a la hora de llevar unas prendas que tenían como destinataria a una condesa:

Bien á fe / una de perlas, y de oro, / mas carmesí que un clavel, / mas que una mosqueta blanca, / mas sabia: que un axedrez, / que aquí me ha desafiado / zelosa (SIC) y necia: ahora bien, / vete con Dios, que esta casa / y quanto en ella se ve / y no se ve, que es el alma, / y sus potencias también, / es de Felisardo, un hombre / Rey por sangre á toda ley, / ángel por talle, Alexandro por dar”.

Felisardo no es otro que el rey de Hungría. Y Lope de Vega, en este parlamento va haciendo escuela al establecer una asociación que, con el tiempo, se aceptará como del todo convencional (aunque no sea necesariamente cierta): la que indica que la sabiduría está inextricablemente unida al ajedrez.

En la primera parte de El príncipe perfecto, comedia que sería de 1616, aunque fue publicada en 1623 por primera vez, en la Escena II del Acto I el príncipe en cuestión, que no será otro que Juan II de Portugal, en esos tiempos en que los Reyes Católicos regían los destinos de la futura España, expresará: 

“¡Oh noche desigual, del sol ausencia / (Ausencia, en fin, para que causes males), / Adonde tantas luces celestiales / No son de tus delitos resistencia! / Eres, mientras te ausenta su presencia, / Talega de ajedrez con piezas tales, / Que son en ti confusamente iguales, / Y del peón al Rey no hay diferencia../…”.  

Otra vez la talega en la que se igualan todas las figuras del juego.

El de 1620 será un año particularmente prolífico, en cuanto a la aparición de obras de Lope en las que hace presencia el ajedrez. En efecto, tenemos tres casos incluidos en esta taxonomía. Comencemos por Los locos de Valencia, en cuyo Acto II, Escena X, se muestra un hospital en el que Floriano (F), a quien se lo aprecia con la cara tiznada (es que procuraba ocultarse), dirá:

Bueno vengo desta vez / Con la máscara fingida, / Bien parece que esta vida / Es un juego de ajedrez.”.

Y tratando de explicar su aspecto agrega:

¡Oh, cómo es mudable y vana! / Y échase en esto de ver / Que una pieza blanca ayer / Puede ser negra mañana.”.

Luego describe al juego así:

Mi señora, /juego al axedrez agora, / porque es un juego discreto. / Un Rey, con dos mil peones, / siendo un Caballero pobre, / me persigue hasta que cobre / su venganza en mis traiciones. / Hoy me ha venido á buscar / a aquesta casa un arfil, / que con un xaque sutil / un mate me quiere dar; / y porque en mi mal se alegra / ya de matarme resuelto, / de pieza blanca me he vuelto, / como veis en pieza negra”.

La dama con la que hablaba el galán, Erifila (E), no es otra que su nueva amante, a quien le pregunta: “Qué aqueste arfil ha venido?”, prolongándose el diálogo de esta manera:

F. Dicen que trae mi retrato, / y por eso me recato, / y vengo desconocido. // E. Ese juego ya me llama / á que pierda mi sosiego. // F. ¿Y cómo, si sois del juego, / y no menos que la dama; / por eso ayudadme bien, / que estoy muy cerca de preso.”.

Imagen de un anuncio de la representación de Los locos de Valencia

Floriano estaba internado en el nosocomio fingiendo una alienación ya que, por  los favores de otra mujer, en una reyerta había dado muerte a un príncipe en la vecina Zaragoza, por lo que estaba ocultándose. Si era descubierto, estaba claro que iba a recibir jaque mate. Podía ser muerto, en represalia. O, en el mejor de los casos, del hospicio, podía pasar a otro encierro peor, el de una cárcel. Su situación en cualquier caso era muy comprometida.

Esos diálogos, ganando en síntesis, pero simultáneamente perdiendo algo en frescura y carácter, serán modernizados, por ejemplo del siguiente modo (en versión del director de teatro y actor español José Luis Matienzo):

“Floriano. ¡Oh, como cambia la suerte! Bien parece que es un juego de ajedrez: un momento crees ganar y un momento después estás perdiendo… ¿Elvira? / Erifila. Beltrán, ¿cómo te has puesto así? / Floriano. Juego al ajedrez ahora. Un rey potente me persigue y hoy me ha venido a buscar su alfil para darme jaque mate. Y para defenderme, he cambiado mi cara de blanca a negra. / Erifila. ¿Un alfil ha venido? / Floriano. Un vergueta de Aragón que trae mi retrato, y por eso tuve que disfrazarme. / Erifila. ¡Me asustas! / Floriano. ¿Y cómo no? Si sois la dama del juego. Casi me hacen preso, pero no te preocupes, que no seré conocido tan loco y desfigurado…”.

Fue publicado en ese 1620, pero se escribió entre el 1604 y el 1618,  la comedia Lo fingido verdadero donde Ginés, su protagonista, un actor pagano que había sido un mártir en los tiempos de la Antigua Roma, dirá:

Una comedia tengo / de un poeta griego, que las funda todas / en subir y bajar monstruos al cielo; / el teatro parece un escritorio / con diversas navetas y cortinas. / No hay tabla de ajedrez como su lienzo; / los versos, si los miras todos juntos, / parecen piedras que por orden pone / rústica mano en trillo de las eras; /mas suelen espantar al vulgo rudo / y darnos más dinero que las buenas, / porque habla en necio, y aunque dos se ofendan, / quedan más de quinientos que le entiendan”.

Hermosa parábola: la de establecer una conexión, al menos por aproximación, entre el ajedrez y el teatro. Es que, como asegura Lope: No hay tabla de ajedrez como su lienzo.

Finalmente, de ese tan prolífico año de 1620, al menos en términos de publicación, tenemos La gallarda toledana donde se apreciará  un diálogo entre Bernarda (B) y Don Diego de Ávalos (D), en el Acto III, a este tenor:

B. Si vos tuvistes la culpa / y ella misma es mi disculpa, / ¿cómo me podéis culpar? / No hay burlas donde hay amor/que la voluntad se pasa / como ajedrez de una casa, / siempre a otra casa mejor. / D. Es mejor casa don Juan. / B. Por mi fe, que es un arfil / como en labrado marfil.”.

En este pasaje se presenta una idea novedosa, la de identificar las casas posibles, a las que podía recalar una dama con aspiraciones, como casillas de ajedrez. En ese sentido siempre se podrá buscar una mejor posición, basta mover la pieza respectiva. 

Por su parte, en un plano más formal, la rima consonante que se cincela, entre arfil marfil, al darle un valor extrínseco al trebejo, también puede considerarse todo un hallazgo poético del autor.

En Amor, pleito y desafío, comedia de 1621, el autor le hace decir a Doña Ana, en el transcurso del Acto I, estas expresiones dirigidas a su criado Tello:

Erraste en no me advertir, / Que los que juegan no ven / En el ajedrez de amor.”.

Es que la dama, que estaba enamorada de Juan de Aragón, su primo, no había sido oportunamente puesta en aviso de que el galán había entrado previamente en amoríos con la bella Beatriz.

“Muchas cosas se pudieran decir acerca de la claridad que los versos quieren para deleitar, si alguien no dijese que también deleita el Ajedrez, y es estudio importuno del entendimiento”, aseveró Lope en su Discurso de la nueva poesía, texto incluido en La Filomena, obra aparecida en 1621. Y que el autor compara ambas ramas de la cultura es toda una expresión del grado de interés que le despertaba el juego.

En el Acto III, Escena I de La Dorotea, trabajo poético que tiene una introducción en prosa, aparecido en 1632, se presenta un diálogo entre Julio (J) y Fernando (F) que se muestra  muy dolido al no poder ver a su Dorotea, lo que lo impulsa a buscar distracciones que podrían ser la lectura o, también, el ajedrez: “

F. Muestra el axedrez; jugaremos un poco. / J. Bien dizes; pongo las piezas. / F. ¿Están puestas? / J. ¿Pues no lo ves? Comienza. ¿Qué has hecho? / F. Derribélas todas, por no ponerme a peligro de perder la dama (…) / J. A un gentil hombre, que tú conoces, se le ha muerto su dama…/”.

Imagen de una preciada edición de La Dorotea

Ya no estrictamente en teatro, en una glosa que corresponde a 1624, dedicada “Al nacimiento de nuestro Señor”, que integra Rimas divinas y humanas del licenciado Tomé de Burguillos, al describir el instante del alumbramiento de Jesús, dirá:

Ya retozan en el prado / Los corderos, y cabritos / Los blancos, y los escritos, / Piezas de axedrez parecen.”.

Resulta precioso suponer que quienes formaron parte de ese pesebre histórico puedan ser vistos como piezas de ajedrez. Una idea muy poética que transforma en imagen unas palabras que provienen de una pluma tan notable como la de Lope.

La obra integral de Lope de Vega es muy bella e influyente, vista desde la perspectiva de la calidad, e increíblemente descomunal, en términos de volumen. Sus aportes en materia de teatro son especialmente reconocidos.

Al incorporar en sus trabajos al ajedrez, no sólo que le dio entidad cultural al registrarlo como parte alusivo de su tiempo, sino que contribuyó decisivamente a la popularización del juego, el que no sólo debía quedar circunscripto en sus prácticas a los ámbitos cortesanos.

En cualquier caso, acentuó una línea que habían trazado sus predecesores, y muchos de sus contemporáneos del Siglo de Oro español, al valorizar un entretenimiento milenario que había pasado a ser un elemento central en la cultura europea en tiempos más modernos.

 Lope fue reconocidamente el Fénix de los Ingenios. Creemos que, tras esta recorrida, con la que terminamos el primer acto de un trabajo dedicado a los autores pioneros en la relación del ajedrez con el teatro, el poeta y dramaturgo español merece otro calificativo con el que debería adicionalmente ser reconocido: el de Fénix del Ajedrez, habida cuenta del tratamiento que tuvo el juego en su obra en tanto metáfora literaria.

Notas relacionadas:
Teatro y ajedrez. Segundo acto: William Shakespeare. Por Sergio Negri. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2020/12/11/dramaturgos-precursores-en-el-vinculo-del-ajedrez-con-el-teatro-en-tres-actos-2/.
Teatro y ajedrez. Tercer acto (antes de la caída del telón): Thomas Middleton. Por Sergio Negri. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2020/12/18/dramaturgos-precursores-en-el-vinculo-del-ajedrez-con-el-teatro-en-tres-actos-3/.

©ALS, 2020

Una respuesta a “Teatro y ajedrez. Primer Acto: Lope de Vega

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