Bobby

Un cuento de Horacio Olivera

Me habían enviado a cubrir un torneo internacional de ajedrez. Tal vez porque era nuevo, o porque era muy pibe al lado de los viejos cascotes de la pequeña redacción del diario. O porque el jefe, el gordo Sancineto, me tenía cierta bronca y decía al que lo quisiera escuchar (sobre todo a sus amigotes redactores veteranos) que había entrado al diario por acomodo político. “Andá ahí al Teatro San Martín, donde está el campeonato ese de ajedrez, nene” me dijo “y traete una buena nota. Ojo que no hay acreditación, así que tenés que meterte con el público.

Pagá la entrada y traé el ticket que te lo reintegramos. Hacete una descripción del ambiente, si podés un par de reportajes a algunos de los tipos que juegan y tratá sobre todo de enganchar a uno que se llama Fischer, que es un yoni muy capo y medio loco, a ver si le sacamos algunas palabras y unas buenas fotos. Ah, llevate tu cámara (¿tenés cámara de fotos?), porque no tenemos ningún fotógrafo para que te acompañe” Claro, ¡si había uno solo en el diario! Agregó “Che, mirá que podés pasar al frente con esto, los diarios grandes le están dando bastante bola”. Y remató frunciendo de pronto el ceño “¿vos sabés jugar al ajedrez?”. Que yo le dijera que no tenía la más remota idea de cómo se jugaba no le causó ninguna especial impresión y ni siquiera amagó reconsiderar mi designación para la cobertura, como fue mi secreta esperanza durante unos segundos. Al contrario, solamente sonrió y me dio una pequeña palmada en el hombro: “Vamos querido, te tenés que ganar el puesto…”.

Bastante asustado, antes de ir miré un poco las crónicas de los otros diarios, que abundaban en loas a los jugadores extranjeros que participaban (parece que algunos muy famosos, como ese tal Fischer, por ejemplo) y comentarios técnicos  llenos de enigmáticos simbolitos y palabras de la jerga, inentendibles para mí. Preocupado y curioso, fui sin más armas que mi libreta de apuntes y la cámara fotográfica que mi mamá me había prestado haciéndome cientos de recomendaciones sobre su cuidado. Y todavía un poco molesto por lo que suponía una prueba a la que se me sometía más para castigar mi inexperiencia que para probar mis potenciales virtudes.

Cerca de las siete de la tarde entré con paso lento a la sala de juego, en el Teatro San Martín. Un denso silencio de cementerio fue la primera sorpresa de mi ingreso a ese mundo tan original como desconocido en el que comenzaba a meterme. Debí reprimir un súbito ataque de tos ante la torva mirada de algunos plateístas que giraron sus cabezas y me observaron con cara de pocos amigos. Casi avergonzado, me ubiqué en una butaca lateral del anfiteatro y saqué mi libretita. Acostumbrarme al ambiente no resultó fácil al principio. La concurrencia era escasa aún. Sobre el escenario estaban dispuestas las mesas ante las que hombres de saco y corbata se inclinaban pensativos. Me llamó la atención la disposición de unos gigantes tableros con lo que parecían piezas de ajedrez de gran tamaño, dispuestos como si fueran murales, en lo que entendí era un medio de mostrar a los espectadores las movidas que se ejecutaban en cada tablero.

Estaba fresquito ahí adentro y la monotonía de un escenario donde se veían solamente personas pensando comenzó a adormecerme. Tanto fue así que de pronto pegué un cabezazo y se me cayeron la libreta y la máquina de fotos, con un ruido que no hubiera llamado la atención ni en un cine, pero que en el ámbito de sosiego absoluto donde me encontraba fue todo un estruendo, nuevamente reprobado con miradas acusadoras de mis compañeros de platea.

Preocupado por la posibilidad de que volviera a ocurrirme, comencé a anotar al menos algunas profanas observaciones. Como para usar la cámara iba a tener que esperar a que terminaran las partidas (y averiguar hacia donde se dirigían los jugadores luego), me pareció lógico intentar buscar información con alguien que supiera de qué iba el espectáculo. Por lo que, muy sigilosamente, me levanté y me senté en una butaca lindera a la de un señor con aspecto de entendido, vestido muy formalmente y de expresión concentrada. “Perdone” le dije en voz muy baja, “Es la primera vez que estoy en un lugar así. ¿Usted me podría explicar algo de lo que pasa?”. Grande fue mi decepción cuando el hombre me miró con una leve sonrisa y en un susurro respondió “No, imposible, yo tampoco entiendo nada. Entro acá todas las tardes porque está fresco, hay silencio y me puedo echar una siestita. Justo estaba por empezarla…” Deshaciéndome en disculpas, me volví entonces a mirar el escenario, mientras mi vecino se arrellanaba en su butaca y comenzaba su reparador sueño.

Rumiando mi mala suerte y aprovechando que, aunque seguía llegando gente, todavía la sala estaba medio vacía, avancé con decisión unas filas más, hasta sentarme al lado de una señorita rubia y elegante, que miraba hacia el escenario con fijeza. Temeroso de molestar dudé unos segundos en abordarla. Le dije, en voz muy baja “Disculpe. Soy periodista, pero nuevo en esto. Usted me podría dar algunos detalles sobre…bueno, sobre el torneo, los jugadores, no sé…” Me pareció excesivo confesarle que además yo no sabía siquiera jugar ajedrez. Pero la chica giró brevemente su cara hacia mí y repuso secamente “Te equivocaste de persona, flaco. Yo estoy acá porque mi novio es uno de los jugadores, ése de bigotes y pelo largo que está en la mesa número cuatro. Vine a verlo un ratito y ya me voy.  Y no sé ni mover las piezas…” Traté de ser cortés “Ah, lo bueno es que al menos se ve a una mujer bonita entre tanta presencia masculina”, pero parece que me tomó por un lancero y levantándose de repente miró otra vez hacia el escenario y dijo “Hombres…” y se fue. Me quedé pensando si lo dijo por mí o pensando en su novio que perdía el tiempo mirando fijo unas maderitas.

Frustrado, y pensando de qué manera podía aunque fuera aproximarme al extraño mundo cuyos acontecimientos se desarrollaban sobre una pequeña mesa y dos personas inclinadas sobre ella, me quedé dormido. Cuando desperté, supongo que más de una hora después, había más agitación en la platea que en el escenario. Sobre las tablas solamente quedaban dos partidas activas y unas pocas personas (jugadores, supongo que también alguna autoridad). En el sopor post-sueño, odié a Sancineto por haberme enviado a un hecho tan ignorado como aburrido para mí, y decidí salir un rato de la sala para fumar un cigarrillo, estirar las piernas y espabilarme un poco.

El foyer era amplio, aunque escasamente iluminado, y poseía varios sillones muy grandes que prometían una comodidad digna de mi solapado deseo de continuar la siesta. Pero consciente de que en poco tiempo más todo estaría terminando, alejé esa posibilidad y, encendiendo el cigarrillo, me senté en uno de los sillones (el más retirado de la entrada a la sala) y en la semi penumbra retomé mis elucubraciones sobre la manera de contar en una nota periodística un evento del que no entendía absolutamente nada. Claro, pensé, con la cancha que tienen, cualquiera de los compañeros de redacción en mi situación podrían escribir un libro sobre esto, pero yo, nuevo, necesito algo más que el olfato que a ellos sus muchos años de cronistas les han dado. En fin, abrí el cuaderno, sostuve entre mis dedos la lapicera y, cuando iba a comenzar a garabatear algunas primeras impresiones antes de volver a la sala, un muchacho alto, rubio y un tanto desgarbado se sentó a mi lado dejándose caer en el asiento con tal violencia que me sobresaltó. Miraba fijamente una especie de librito forrado en lo que parecía alguna piel y se lo notaba abstraído, ignorante no solo de mí sino de todo el ambiente que lo circundaba. Su cara me resultó vagamente familiar, por lo que demoré mi mirada sobre él durante unos segundos, los suficientes para que, en forma inesperada, abandonara su concentración y me dirigiera una rápida y feroz mirada. Alterado, solo atiné a decir “¡Perdón! Buenas tardes…” El tipo no acusó recibo y volvió a su lectura, no sin antes mirar con gesto inquieto hacia el resto del vestíbulo (en donde no había casi nadie). Apagué mi cigarrillo y volví a girar la cabeza, lenta y casi sigilosamente, intrigado por saber qué es lo que leía con tanta avidez mi vecino. Luego de unas cuantas fintas y disimulados cambios de posturas, conseguí divisar que en realidad el tipo no leía un texto, sino que el pequeño libro no era otra cosa que un tablerito de ajedrez, evidentemente de bolsillo, en el que ahora el hombre movía pequeñas figuritas, encastrándolas cuidadosamente en los casilleros. Había llegado mi oportunidad: éste sí sabía jugar y, aunque me expusiera a que su torva mirada de antes se transformara ahora en algún rechazo intempestivo, decidí abordarlo. “Disculpe que lo moleste” dije en el tono más amistoso que pude. No obtuve respuesta, por lo que insistí. “Señor…” El rubio apartó lentamente la mirada del tablerito, volvió a escrutarme con sus ojos fríos y me dijo, con una tranquilidad que me sorprendió y un fuerte acento extranjero “Estoy ocupado”.

Ocupado, pensé, ocupado estoy yo que estoy trabajando, pensé. No vos que estás jugando con un jueguito que juegan otros. Con desazón, volví a respaldarme en el sillón, pensando en que tal vez debería dedicarme a otra cosa y no al periodismo, mientras me sumía en un leve sopor propiciado por la tenue luz del ambiente y mi pésimo humor.

Pero, pasados unos minutos, de pronto observé por el rabillo del ojo que mi ocasional compañero de asiento se había incorporado levemente y me miraba fijo. Con lentitud giré y sostuve su mirada, hasta que me dijo, en un castellano claro, pero con fuerte acento extranjero “Te gusta mucho el ajedrez, ¿no?”. Sorprendido, negué con la cabeza. “No sé jugar ajedrez”, contesté. Él sonrió, incrédulo. “¿Qué haces aquí entonces?”, “Trabajo como periodista en un diario de la ciudad y me mandaron a cubrir este torneo” dije. “Pero, no entiendo”, dijo el otro, ”¡no conoces el juego y te enviaron a ti! Debes estar como perdido”. “Y…si. En realidad busco a alguien que me explique algo, pero no he tenido suerte…” El sopor se disipó por completo cuando el hombre me extendió la diestra y se presentó, esbozando una sonrisa. “Soy Bobby Fischer, mucho gusto”.

Un escalofrío me recorrió al momento, de pies a cabeza. Por lo poco que sabía, Fischer era la figura máxima del torneo, ese norteamericano medio loco y, según decían, genial, al que había hecho referencia Sancineto, el mismo al que los colegas de otros matutinos ensalzaban por su juego y criticaban por su hosquedad y del que yo poco y nada sabía y al que solamente había visto de refilón en una foto. Sí, el mismo jugador por cuyas palabras morían de ansiedad periodistas especializados y legos, estaba ofreciéndome su mano. La estreché. “Es un honor, señor Fischer. No sabré las reglas del juego, pero hoy en día… ¡quién no ha escuchado hablar de usted!”  Bobby agachó la cabeza humildemente y hasta me pareció que se sonrojaba. “Mira” dijo, en su imperfecta pronunciación “no creas todo lo que dicen por ahí sobre mí. Soy un hombre normal, con la exclusiva diferencia de que solamente quiero jugar ajedrez y que no me molesten. Tan simple como eso”. Abrí mi libreta “Bueno, entonces podría yo tener la… la enorme satisfacción de que fuera nada menos que usted quien me introduzca en este mundo…tan particular”. Él sonrió otra vez, miró hacia atrás y pareció querer esconderse tras el alto respaldo del sillón. Dijo en voz baja “Parece que terminaron todas las partidas, la gente por suerte se está yendo y no me han reconocido. Vivo escapando de mis fanáticos y de los periodistas, que me vuelven loco. Parece que contigo es diferente, no eres ajedrecista y tienes una humildad extraña en tus colegas. Por eso voy a hablar ahora…sobre lo que quieras que hablemos, no solo ajedrez”.

Yo estaba entre fascinado y confundido. Los pensamientos se atoraban en mi mente, mezclando posibles preguntas, la cara de Sancineto cuando le contara, el temor a hablar demasiado rápido y que Fischer no me entendiera o, peor, decir alguna pavada y que el tipo se enojara y se fuera.

Sonreí (creo que algo ruborizado) y le pregunté si prefería salir e ir a algún bar para conversar más tranquilos. “No” respondió. “Aquí estamos cómodos y no hay quien pueda vernos. Dime”.

Urgido por ese “dime”, atiné a decir lo primero que se me ocurrió “¿Qué es el ajedrez para usted?”, sintiendo al mismo tiempo que estaba preguntando una estupidez.”¿Sabes cuantos cientos de veces me han preguntado eso? ¿No tienes algo más interesante para preguntar?”. Fischer me fulminaba con sus ojos pequeños e inquisidores. Me tomé un respiro aunque no bajé la vista y por un milisegundo cruzó por mi cabeza la idea de salir corriendo. Pero estaba ante la primera gran nota de mi vida y no debía dejarla escapar. “Perdone, sepa comprender que no soy de este ambiente y… “. “Está bien” dijo Bobby “discúlpame tu, a veces me pierde mi temperamento. Es que estoy cansado de entrevistas y compromisos ante cámaras y micrófonos…pero esto es diferente, charlamos entre amigos ¿no es así?” y esbozó una sonrisa que calmó mis nervios y me hizo a la vez sonreírle francamente. “¿Quiere entonces contarme algo sobre su vida?” le pregunté, tímido. “Ja. Es que esta pregunta…está tan relacionada con la otra…porque… ¡mi vida es el ajedrez!” dijo algo exaltado. Se quedó un momento mirándome fijo y continuó, “Sabes, fui un chico de una infancia no fácil, aunque parezca lo contrario. Padres separados, demasiado apegado a mi madre, luego a mi hermana…en fin, todo lo necesario para ser lo que ustedes llamarían un malcriado. No me sentía bien con otros niños, ni en la escuela ni en las calles de mi barrio. Yo era retraído, tímido. Tal vez por eso cuando me regalaron un juego de ajedrez (tendría yo seis o siete años), creo que ahí encontré el refugio que en otros lados no se daba, pero que yo estaba buscando”. Hizo una pausa breve y volvió a hacer un visaje hacia atrás. “Ya casi no queda nadie” murmuró, “buena suerte… ¿existe la suerte? ¿tú qué opinas?”. En mi cara seguramente se reflejaban las extrañas sensaciones que me estaban inundando desde que entré al teatro, acrecentadas ahora por la sorprendente aparición del genio que se había puesto conversador conmigo. Bobby quedó esperando mi respuesta mirándome fijo. “No sé”, balbuceé estúpidamente. Él sonrió y siguió hablando, como si su pregunta y mi respuesta no hubieran existido.

“¡Ahh el ajedrez!” dijo mirando hacia arriba (¿hacia el cielo?). “Tú no sabes jugar ajedrez y tal vez, solo tal vez, no llegues a comprenderme cuando te digo que es mi vida. Después de todo, ¿Qué puede haber de especial en una tabla cuadriculada sobre la que se mueven figuritas talladas?  Pues te lo diré” y bajando bruscamente la vista sentenció: “Vida. Allí donde tú no ves más que madera muerta, yo veo ¡vida!, ¿me entiendes?”.

Fischer hablaba lentamente, y aunque no podía evitar el acento extranjero, se esforzaba buscando con cuidado las palabras en un idioma que no era el suyo, pero que se notaba conocía bien. Incluso sus últimas palabras habían adquirido, o al menos así lo sentí en el momento, un tono casi poético. Pero era muy difícil para mí comprender lo que quería significar. El hecho de ignorar por completo el juego parecía un obstáculo insalvable pero, sin embargo, advertí de pronto que me estaba esforzando por entender lo que Bobby me decía, más allá de la obligación periodística o profesional. Tanto fue así, que por un momento incluso cruzó por mi cabeza la absurda idea de pedirle que me enseñara a jugar. ¡Era como estar frente a Einstein y pedirle que me explicara una regla de tres simple!

“Cuando aprendí a jugar – continuó – comprendí  pronto que ya ninguna otra cosa me importaba. Ni la escuela, ni los amigos ni otros juegos de niños. Cuando fui un poco mayor, también tuve claro que ni siquiera las chicas me importaban más que el ajedrez. ¿Esto era bueno o malo? Nunca me lo pregunté por ese entonces (era un niño), pero hoy tampoco puedo encontrar una respuesta. Es cierto que me he perdido muchas cosas por el ajedrez, pero en cambio le he dado forma a mi vida por el ajedrez. Linda o fea, pero una forma al fin… ¿Sabes? Yo…yo no me creo esto del “genio”. No creo serlo, digo. Tengo alguna capacidad especial para este juego, pero genio…genios son otros, otros que hacen cosas útiles para la humanidad…otros…

Fischer bajó la mirada e hizo silencio en el marco del silencio absoluto que reinaba en la ahora absolutamente vacía antesala. Se respaldó lentamente y estiró sus largas piernas antes de mirarme fijo nuevamente.

“No sé porqué te cuento todo esto” dijo con voz queda. “Yo soy ahora el mejor ajedrecista del mundo, aunque todavía no tenga el título de Campeón. Dentro de dos años voy a tenerlo, por si quieres una primicia, tú, periodista. Dentro de dos años voy a destruir a Spassky, y antes voy a destruir a todo aquel que se ponga en mi camino hacia él. Los rusos me trampean desde hace mucho tiempo para no permitir que me acerque al campeonato, pero ya está, ya no podrán seguir haciéndolo”. Un brillo repentino apareció en su mirada. Un brillo que asocié a lágrimas, o a un elusivo instinto asesino. “Si fueras un jugador de ajedrez, entenderías mejor toda esta charla”.

Sonreí mientras él callaba y volvía a escrutarme con esos ojos de mirada tan particularmente intensa. Entendí que era mi turno de preguntar.

“Usted sería entonces como un Jackie Stewart en la Fórmula Uno o un Pelé en el fútbol” aseveré intentando entender desde otros deportes más cercanos a mi conocimiento.

“Tal vez” dijo, mientras se ponía de pie, en lo que supuse era su intención de terminar la charla. “Tal vez…aunque no, no creo…Ellos son grandiosos, líderes e insignia en lo que hacen. A mi…a mi me lo han hecho creer, solamente. O mejor, se lo han hecho creer a los demás. Verás, estoy pasando por una racha afortunada, pero tengo terror de que se corte. Cuando bravuconeo sobre los rusos, cuando digo que me quieren hacer trampa, como te dije recién…eso es parte del show! No es cierto cuando digo que ellos arreglan todo, que no juegan tan bien como dicen. No. Solo es parte de la propaganda. Y últimamente he tenido suerte contra ellos, nada más. No juego mejor que Spassky, ni que Petrosián, ni que Smyslov. Es cierto que tengo buenos resultados pero…soy un tipo muy molesto y los molesto psicológicamente. Pido más dinero, como nadie antes pidió, aprovechándome de mi fama y, sobre todo, de que soy norteamericano y el gobierno de mi país ve en mí un ícono para luchar en la guerra fría. Y no es verdad que no me apoyan, pues recibo buena cantidad de efectivo mensualmente, disfrazado claro está…”.

De pie frente a mí, Bobby había comenzado a gesticular, a hablar tan rápido que en ocasiones no encontraba las palabras en español y debía yo traducir “in mente” sus mezclas idiomáticas. Me paré también y quise hacer otra pregunta, pero él continuó hablando como si yo no existiera.

“Dicen que estoy loco. ¡No!¡Mentiras! Ocultan todo. ¿Quiénes? Los mismos que quieren hacer de mí un instrumento de esta maldita guerra fría. Yo estoy cuerdo y tengo otros intereses además del ajedrez: la lectura, la música, las chicas bonitas, la buena comida… ¡como todo el mundo! ¿O tú no tienes estos mismos intereses?”.

Ahora Bobby gritaba casi sin mirarme. Y comencé a comprender que estaba diciendo todo lo contrario a lo que había dicho sólo unos minutos antes. Entonces, ¿Cuál era la verdad? ¿Cuál su pensamiento real? Y lo que es peor ¿qué iba a escribir yo en mi crónica?

“El mundo es una porquería, ¿sabes? Todo es mentira y engaño, hasta yo lo soy. Las trampas las hago yo. La CIA hace las trampas conmigo. ¿Sabes que desde hace años ellos han perfeccionado computadoras que juegan ajedrez mejor que cualquier ser humano? ¿Lo sabes? Y han ideado también la forma de transmitírmelo durante cada partida. ¿Qué como lo hacen? No sé, pero a mí me llega”.

A estas alturas, con el genio gritando a viva voz delante de mí y diciendo cosas impensadas e incomprensibles pero que sonaban a una confesión, se me ocurrió levantar la cámara para tomarle una foto.

“¡No!” gritó él intentando manotear el aparato. “¡Fotos no!”, insistió mientras comenzaba a caminar hacia las escaleras. “Esta charla nunca existió. No debí decir lo que dije, me pone en peligro, en peligro de muerte, si esto toma estado público ¿entiendes? ¡Se acabó, se acabó!

Echó a correr escaleras abajo y desapareció.

Ni siquiera pensé en seguirlo. Aturdido aún, sin poder creer en lo que había pasado, volví a sentarme e intenté ordenar mis pensamientos. Después de un rato, completamente solo en el lobby, caí en la cuenta de que, aunque no supiera exactamente de lo que el tipo había hablado, yo tenía información para una nota que haría temblar al mundo y que excedía largamente el ajedrez. Ya no importaba el torneo ni el ambiente ni los resultados ni nada. Sancineto tendría su nota espectacular y yo debutaría como un campeón en las crónicas del diario.

Cuando llegó el personal de limpieza, comencé a irme. No hacía falta anotar nada en mi libreta, tenía las palabras y los gestos del genio grabadas en la memoria. Lo único que quería era llegar a casa, encerrarme con la máquina de escribir y volcar todo lo que sabía, para a primera hora correr a la redacción y encerrarme con Sancineto en su despacho.

Cuando salí a la calle Corrientes, había varios grupos de personas charlando en la vereda. En algunos, advertí caras que había visto en la sala de juego. Otros tal vez eran espectadores de alguna otra obra del complejo teatral.

Al llegar a la esquina, apoyado sobre el poste del semáforo y fumando un cigarrillo, estaba Fischer.  Cuando me vio venir, apagó el pucho en el piso, se acercó sonriente y me dijo, con un inconfundible acento porteño: “¿En serio te creíste que yo era Bobby Fischer, pibe?”.

 

Bobby Fischer

Sobre el autor:

Horacio Olivera es un ajedrecista de Primera Categoría de la Federación Metropolitana de Ajedrez de la República Argentina y socio fundador del club Torre Blanca de la ciudad de Buenos Aires.

Como ajedrecista, fue subcampeón metropolitano juvenil, campeón metropolitano y nacional de los Torneos Evita (1973), finalista de Campeonato Argentino Juvenil (1974) y sub-campeón de las provincias de Chaco y Corrientes (en los años 90).

En su calidad de investigador ha sido colaborador del diario Página 12 y del sitio web Ajedrez 12.

Actualmente, participa del programa radial Frente al Tablero, que se emite desde la Radio Porteña 89.7 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires los viernes a las 20.00, en donde se abordan cuestiones vinculadas al ajedrez con las dimensiones educativa, terapéutica y pedagógica.

Asimismo, ha oficiado en su país de panelista en diferentes Encuentros relacionados con la Historia del Ajedrez.

Horacio Olivera

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