Ajedrez nuestro

Por Fernando Auciello

Hay un nombre, Simón de Valdez, Tesorero de la Hacienda Real, llegado a estas tierras a principios del siglo XVII, promotor de la primera casa de juego de la que se tenga noticia, una noticia bastante certera, precisa [1].

Hay un ensayo de Raúl Molina, “Los juegos de “truques” y de “ajedrez” se practicaban en grande escala en el Buenos Aires de 1600”, clave para aplicar a nuestro particular mundo de juego, del que salen muchas citas que como redes conectan a su vez con una cantidad de textos que pueden llegar a darnos una buena idea del juego en aquella ciudad de la Trinidad, nuestra Buenos Aires. También Raúl Molina viene en nuestra ayuda con su texto “El Capitán Simón de Valdez. Tesorero de la Hacienda Real 1606-1615 / 1619-1620”, para aquellos que queramos interiorizarnos en este arquetipo de funcionario de la historia argentina.

Torre Revello, otro autor fundamental, y Pedro Grenón. Es a este tipo de nombres a los que tenemos que empezar a acostumbrarnos, buscarlos y leerlos, si es que nos interesa investigar algo de nuestro original pasado, y ponernos a pensar en aquellos juegos. Ahí está Furlong anoticiando a Molina sobre la existencia de los juegos de truques en el siglo XVII.

¿Y qué es este juego de truques? Una especie de billar, con un taco con terminación curva que se ponía por arriba del hombro. Hay incluso en el ensayo de Molina que les menciono un grabado de Luis XIV jugando a este extraño billar, en realidad a este proto-billar, ya que de este juego surge el billar un siglo después. Está jugando Luis XIV con su hermano Felipe de Orleáns; en el grabado se ve la manera de tomar el taco, los distintos elementos que componen el juego, la bola de marfil, el arco, el bolillo parado cerca del taco; se adivina que la bola debe pasar por el arco y voltear al bolillo. También se dejan ver las bandas, no llegamos a adivinar cuándo pudo empezar el caucho de Brasil servir para amortiguarlas.

[1] “En este preciso momento es cuando comenzamos nuestros grandes descubrimientos, pues en la escritura de venta que hizo D. Francisco a Monseñor Aresti, se ubicaba la casa «en la segunda cuadra de la traza, lindando con tierras y casas de Da. Luisa de Guzmán, y por la otra calle, en medio con Juan de Vergara», según reza en los protocolos del notario Paulo Núñez Vitoria, con fecha 7 de abril de 1638, y cuya ubicación corresponde hoy a la esquina SE de Alsina y Bolívar.” Raúl Molina, Los juegos de “truques” y de “ajedrez” se practicaban en grande escala en el Buenos Aires de 1600, Revista Historia, Dir. Raúl Molina, Año I, Núm.3, Enero-Marzo de 1956, Buenos Aires.

Esta tal vez era una de las entretenciones a la que eran más afectos algunos de los vecinos de aquella tan original ciudad. Entre otras cosas la importancia de la mesa radica en su costo, en la dificultad de su traslado, motivos suficientes para su asentamiento escritural, precipitado de nuestro pasado. La mesa costó 2000 pesos, suma exorbitante: valió tanto que los testamentos, los contratos, la tendrán entre los bienes; y esperará su postrer exhumación, tan bien conservada en las escribanías de la época[1].

Y no sólo nos enteramos de la mesa, también de la casa, hasta de la presencia de tableros.

Sin más nos internamos en un tema complejo, el de las fuentes que podemos utilizar, el de las fuentes que disponemos, para saber a qué se jugaba en un pasado tan remoto.

Por ejemplo el grabado de Luis XIV jugando, claro, es una corte francesa a fines del siglo XVII. ¿Pero qué grabado pudo haber de nuestro pasado colonial, del primer cuarto de siglo XVII? ¿Dónde podemos encontrar los juegos? Las informaciones más sutiles, de lo que pudo pasar entre las paredes de una casa, nos las dan los testamentos, algunos juicios, las más tibias podemos hallarlas en las actas capitulares. Pienso que son tibias, es que si algo podemos extraer de la revisión de las actas será fundamentalmente los juegos “públicos”. En ocasión de algún festejo el Cabildo proponía el resumen, el balance, de lo que saldrían por ejemplo las velas, el poner en condiciones la plaza con los cueros que la rodearan, los tablajes para que se posen las autoridades.

Sin desmedro de seguir profundizando esos juegos “públicos” en otro lugar, detengámonos ahora un poco en esos juegos de ajedrez.  

Primeros ajedreces

¿Cuál ha sido nuestro primer juego de ajedrez? Lamentablemente no se encuentra existencia de no sólo ningún juego de época tan remota, ni siquiera ha llegado hasta nuestros días una pieza de aquellos primeros juegos. Nuestros primeros juegos de ajedrez debieron ser usados en la mismísima llegada de los conquistadores, posiblemente Pedro de Mendoza haya traído alguno, la refundación de Garay no debe haberse privado de la llegada de algunos otros juegos de ajedrez. Tal vez debamos esperar que alguna excavación fortuita, o motivada, alguna vez nos permita tener estos objetos otra vez entre nosotros. Ante esta situación no nos queda más que la información documental, que ya ha sido más que referida por nuestros autores.     

Viale Avellaneda [2] se ha preocupado por el tema, en su artículo “El ajedrez en el nuevo mundo – Su iniciación en la Argentina” nos brinda algunas señales. “Con la dominación de España por los moros aparece la introducción del ajedrez en la Península, llegando a difundirse de una manera asombrosa, y así, cuando ocurrió el descubrimiento de América, el saber mover las piezas de un tablero llegó a ser como patente o pasaporte de cultura social para todo el que al Nuevo Mundo venía investido con cargo de importancia.”  Para ilustrar este aserto nos refiere la historia que el secretario de la Reina Isabel, Hernando del Pulgar, nos cuenta sobre el decisivo juego de ajedrez, que derivó en la financiación de tan exitoso viaje.

Sigue dicho artículo con la referencia a Ricardo Palma. La presencia del libro de Ruy López, hasta su reemplazo por el libro de Philidor en la Lima de 1845. La historia del primer arzobispo de Lima, Fray Jerónimo de Loaysa, este devoto ajedrecista que junto a un oidor, de no haber sido sustituidos, habrían perdido la campaña contra el revolucionario Hernández Girón. “El uno a jugar y el otro a dormir…”.  No sería la primera vez que el juego desatiende las obligaciones.

Luego el turno de Atahualpa, el rey inca asesinado el 29 de agosto de 1533, tres años antes de la llegada de Pedro de Mendoza a nuestra ciudad. Haciéndose eco de Palma y la tradición popular, vislumbra al inca en prisión jugando ajedrez con sus captores, y perdiendo la vida por su buen juego que torció el voto de Riquelme.

Llegamos al ajedrez en Argentina, en este sentido no podemos ir mucho más allá de la época independentista, y con razón, ya que el autor ha tomado el inicio en Argentina. La fecha más remota es 1819, el lugar, el Café de los Catalanes, instalado hasta 1900 y monedas en la esquina de Cangallo (hoy Perón) y San Martín; los juegos, ajedrez y billar; los jugadores, Bernardino Rivadavia jugaba con Florencio Varela, haciendo de “pato” su entendida mujer doña Justa Cané de Varela. Y también el General Paz, el General Lavalle, cuyo ajedrez fue donado al Museo Histórico Nacional por su hija Doña Dolores Lavalle. Se refiere un ajedrez y 22 piezas donde están escritos los nombres de los jugadores antes citados entre otros. Observamos luego que el estilo café dio paso a “los primeros centros comerciales, sportivos y sociales”, surgiendo así los clubes. San Martín 44, el Club del Progreso, el Germanía Club, el Club Alemán, San Martín 111, década de 1850. Drago jugaba a ciegas varias partidas en el club del Progreso, casado con Delfina Mitre, bien enseñada en el juego por su padre Bartolomé. Muy reciente información teniendo en cuenta la época que queremos vislumbrar.

Nuestro objetivo es hablar del primer juego de ajedrez en Buenos Aires, y como Viale Avellaneda, trataremos de identificar los juegos, los lugares, las personas y las fechas. Aportemos así al fundamento de un uso que ha llegado hasta nuestros días.

En el texto ya referido de Raúl Molina [3], sobre la presencia de los juegos en nuestra ciudad, a través de pleitos y escrituras el autor anoticia de la existencia de una mesa de truques, tres pares de bolas, ocho tacos y seis tableros. La casa en disputa había sido de Simón de Valdez, Tesorero de la Real Hacienda en la ciudad de La Trinidad, nuestra futura Buenos Aires. Se ubicaba en la esquina sudeste de Alsina y Bolívar. En la escritura de venta decía “en la segunda cuadra de la traza, lindando con tierras y casas de Da. Luisa de Guzmán, y por la otra calle, en medio con Juan de Vergara”. Nuestro primer Tesorero actuó en la segunda década del siglo XVII. “…fue Simón de Valdez, un inquieto desgraciado tesorero de la Hacienda Real, que además de robar a su majestad, inicio la primera casa de juego en la ciudad, que instaló en su casa, con naipes, dados, billar y ajedrez, cuya «coima» al decir de sus coetáneos, «cobraba con el mayor desenfado»”.

Se mencionan seis tableros que al autor le hacen pensar en el ajedrez y las damas, ambos juegos muy expandidos por aquellas épocas. Incluso se anota el mobiliario de aquella sala de juego, asientos de tabla, dos bufetes; los dos o tres pesos que producía por día, cobrados “así de mesa como de tablero”; recordemos que la mesa le costó a nuestro Tesorero luego caído en desgracia 2.000 pesos. Y un dato interesante, en la declaración del expediente de Cristóbal González: “…un testigo vio, no sin asombro, que jugaban dos indios”. Podrían haber sido los caciques Bagual, Tubichamini, o D. Bartolomé, para la imaginación del autor, apoyado por el Obispo y el mismo gobernador que aseguraban “…concurrían a las doctrinas de la ciudad, donde además de aprender música e historia sagrada, andaban sueltos y se les veía diariamente en la ciudad”.

Sucintamente dejamos anotado lugar, fecha, cantidad de juegos , dueños y jugadores en nuestra ciudad. Nuestro autor no termina su articulo sin antes hacer mención de la destrucción a martillazos de aquella mesa de truques, ese proto-billar; y de una memoria de “…un tablero muy rico del juego de ajedrez, de damas, y tablas reales…” , legado por D. Pedro de Rojas y Luna al Gobernador de Buenos Aires Martínez de Salazar, en 1667. Fecha muy moderna considerando que sucede casi un siglo después de la segunda fundación de nuestra ajedrezada ciudad [4].

Veamos cómo aderezar esta primigenia presencia del juego de ajedrez.

El Padre Jesuita Pedro Grenón [5], en sus “Juegos Coloniales” nada dice con respecto al ajedrez, sí menciona las bolas de marfil, que supone pertenecían al juego de billar, y que nosotros ya sabemos que seguramente el juego era de truques. También anota “un tablero de tablas con tablas de marfil”. 1606, 1615, 1640, Córdoba; si bien no se trata de Buenos Aires, observamos la presencia de marfil en los tableros de tablas, que era el backgammon, y que presumiblemente podía componer nuestros primeros ajedreces, si es que nuestra ciudad de la Trinidad en el puerto de Santa María de los Buenos Aires, copiaba a Córdoba sus usos.

No dejaremos a este inquieto Jesuita sin pasar por las escrituras de no jugar, que si bien no se referían al ajedrez, por ser este un juego permitido, revelan algo del carácter de aquellos primeros jugadores. Bernabé Calderón el 20 de agosto de 1633 expresa según escritura: “…ha muchos días que anda juguete así de espíritu como de cuerpo; cuyas inquietudes le trae el juego por perder el tiempo y la hacienda”, para luego comprometerse a no jugar por dinero por el lapso de tres años “…a ningún juego de naipes ni dados; excepto las tablas reales; que este juego reserva para su entretenimiento” .

Zapata Gollán [6], “Juegos y Diversiones Públicas”, esta vez tratando de desentrañar el pasado lúdico de Santa Fe. Refiere la primera timba en el Río de La Plata, causa de la pérdida del Fuerte de Sancti Spiritus. El Capitán Gregorio Caro fue el primer jugador empedernido en estas comarcas. Claro que otra vez era la responsabilidad de los dados o naipes, que por eso estaban expresamente prohibidos. Incluso Felipe II, que es el Rey que corresponde a la época de nuestros primeros ajedreces impone nuevas penas para quien juegue con dados.

Con respecto al ajedrez, toma la historia documental en España, recuerda aquello de Lucena y poner al jugador para que lo perjudique la sombra según la luz, y repite la cercanía del marro de punta, las damas, con la presencia de los ajedreces. Juego el de las damas que iba con parejo desarrollo para la época. No olvida la presencia de mesas de truques ni de casas de juegos.

Citemos otra dimensión que pudo estar presente en aquellos días, “Dechado de la vida Humana. Moralmente sacado del juego de ajedrez”, se pasa en este libro de la forma e historia del juego y las piezas al desempeño que deben tener las partes del reino, de las consideraciones de la pobreza y la justicia, al sentido de los oficios. Este libro traducido por el Licenciado Reyna [7] y editado en Salamanca en 1544, repite el estilo de los libros de la época, en los que se trataba siempre de hacer un paralelismo entre el juego y la recta manera de ser.

Francisco Vindel [8] en sus “Solaces Bibliográficos” piensa que esta obra ha sido inspirada en Jacobo de Cesulis. Entramos así en el recuerdo de las obras publicadas en los años fundantes de nuestra ciudad. En 1561 se publica en Alcalá de Henares la obra de Ruy López de Segura, Francisco Vindel nos aclara: “A este autor se le juzga como el padre de la teoría del ajedrez, porque razona las jugadas, cosa que los demás autores no hicieron más que indicar.”  No desprecia los consejos de Lucena, que después de todo hacen al juego. En los mismos años que nuestro Tesorero en el tiempo libre que le dejaba el contrabando de esclavos jugaba seguramente ajedrez, entre otros juegos, Gustavo Seleno traducía al alemán la obra de Ruy López, que se reeditaría en 1616 en Leipzig, y luego en Frankfurt, y luego en Erfurt. Italia y Francia no esperaron tanto.

De esta manera queremos verificar que de haber existido el juego, el juego que se jugaba no debió ser muy distinto al que jugó Ruy López, al menos en sus reglas.

Rodrigo Caro [9], en sus “Días geniales o lúdricos”, como siempre demostrando todo su conocimiento sobre la historia clásica de los juegos, trata del juego de damas y ajedrez. Y refiriéndose al ajedrez menciona los dos libros antes citados, y un comentario de ese libro nos daría un completo compendio de libros de ajedrez editados en la época, que nos excusamos de citar.

Recuerda Pedro de Covarrubias [10] que Santo Tomás bautiza los juegos en tres tipos, el espiritual, el humano y el diabólico; devoto el primero, recreativo el segundo, el tercero feo. En el cuarto capítulo de la Primera Parte de su “Remedio de Jugadores”, editado en Salamanca en 1543 trata del juego del ajedrez, tomándolo como juego humano y lícito, “…juego de genio y de industria provechoso no solo para huir del tedioso y triste ocio, mas también para contemplar lo que significa y tomar aviso…” . Otra vez se repite el usar al ajedrez en sus piezas y movimientos con el correcto ser de la administración, “…a la parte del corazón se pone la más conjunta por amor, como leal consejera y callada secretaria, sobre la común condición de las mujeres.”  Finalmente el tema será poder regir los juegos y las formas de divertirse.

Fray Francisco de Alcocer [11] en su “Tratado del juego”, apunta hacia la misma cuestión. Pelota, bolos, argolla, ballesta, bolear, ajedrez, jugar cañas, justar, correr, etc. son los juegos de ciencia e industria humana. Similar al anterior, hasta terminarán rigiendo que no puede ser apostado un cáliz, ya que de ser perdido habrá que devolverlo.

Menuda ciencia la de estos sabios que debían regir cuestiones de apuestas sobre formas y pasiones de difícil definición.

Antes de terminar con el recuerdo de estos tableros ajedrezados quisiera compartir con el lector tres últimos aspectos.

El primero Zoilo Caputto [12], “El arte del estudio de ajedrez”.  Recomendable libro para profundizar los temas ajedrecísticos de nuestra época, lo traigo a ustedes para pensar los problemas de apostar. Si bien ya para el tiempo que indagamos habían caído en desuso, yo creo que nuestra ciudad hubiera estado encantada al reflotarlos, como los buques de arribada cuya decomisada carga introducían de forma “legal” en la colonia. ¿Si Ruy López seguía los consejos del sombreado de Lucena, por qué no se irían a seguir los problemas de apostar? El comentario de Lucena aclarará qué significa un problema de apostar: “Esto empero entendiendo que el peón negro viene hacia vos y ha de jugar el rey negro por fuerza y así es mate. Más no haciendo caso del peón y teniendo vos el negro si el otro toma el blanco podriedes jugar una casa del peón y no se puede dar mate…” Si consideramos que aquel fuerte que descuidó Gregorio Caro, algo nos marca: ¿Cómo no dar crédito a estos problemas de apostar donde el que los presenta siempre gana?

El segundo Olaf Holm [13]. En su artículo sobre el Taptana o ajedrez de Atahualpa pulveriza todas las hipótesis que aseguran que el conquistador jugó ajedrez con el último inca. Motivos publicitarios de los historiadores de la época han querido una y otra vez blanquear el asesinato. Demostraban hasta en imágenes al inca engrillado jugando con el conquistador, sin embargo el juego era un taptana, del mismo origen ecuatoriano que Atahualpa [14]. Sin embargo nuestro informe  recuerda a dos indios jugando, tal vez ajedrez, en dicha sala. ¿Quiénes eran?¿Y cumplirá el ajedrez similar función?

Tres reducciones existían en la Ciudad de la Trinidad [15] a principios del siglo XVII, la del río Areco del cacique Bagual; la del río Santiago, a 18 leguas de la ciudad, del cacique Tubichaminí. Finalmente la del cacique “don” Bartolomé en Areco. Como dato anecdótico agregamos que la hija de Tubichaminí estaba casada con Bagual. La considerable relación económica existente entre estos grupos y la ciudad, y el avanzado desarrollo lúdico de los grupos aborígenes, nos hace pensar que este testigo vio jugar a estos caciques que eran los referentes de sus comunidades. No sería así según la seguridad del Obispo y el Gobernador que podrían estar usando este juego “humano” para demostrar el buen trato dispensado, como el recibido por Atahualpa. Viene en razón del alzamiento que aparentemente protagonizó Bagual en 1609 asesinando a cinco vecinos, demostrando que los excesos de la represalia podían no escatimar en publicidad, a veces, sin necesidad de causa.

Finalmente Dimitru Taraoiu [16], “El Ajedrez en Pos del Sol”. Este autor que tanto nos ha enseñado sobre los diversos tipos de ajedrez, sobre las biografías de algunos jugadores, sobre Macedonia, refiere el artículo de Raúl Molina, tampoco  se le escapa Viale Avellaneda, tributa al no igualado José Pérez Mendoza. Construye así la filiación de intereses y el seguimiento de este juego en nuestra ciudad. Como último detalle nos enteramos que Raúl Molina, el eximio historiador, era un apasionado jugador de ajedrez, fundador del Club Argentino, contribuyente para la compra de su sede. Era su padre ministro de Hacienda.

Terminamos así este ensayo, hemos señalado el juego de truques, nos extendimos con el ajedrez, y de pasada las damas.

Quede para otra oportunidad seguir pensando otros juegos. Como dijimos al principio, algunos serán hipótesis de presencia, el awale o mancala de África [17], la cuestión del juego aborigen, elemento de culto que no admite miradas profanas [18]. Quede también a la espera vislumbrar con el lector la relación entre juego y niñez, tan difícil de ser demostrada en época tan lejana.

Pero no dejemos de presentar como anexo una singular obra, una curiosidad bibliográfica,  que nos permite adentrarnos un poco en el desarrollo del juego de damas, marro de punta como se lo llamaba.

Anexo

Libro del juego de las Damas

(Fragmentos)

Sirva este anexo para demostrar la presencia y desarrollo del juego de damas antaño; excusándonos de hacer lo mismo con el backgammon, también llamado tablas, o tablas reales, o chaquete, trabajo que ya ha hecho Rita Sagarra.

Se trata de un libro que encontré en la Biblioteca del Instituto Iberoamericano de Berlín, me pareció que podía ser de interés transcribirlo, dándole así al lector inquieto motivo para su solaz. Como detalles podríamos decir que las fichas juegan sobre las casillas negras, quedando el tablero invertido con respecto a las variedades modernas. Con el maestro moldavo en la variedad de damas rusas, Gabriel Perelosián, pudimos analizar esta variedad, semejante a algunas de las variedades actuales que se siguen jugando al menos en España y Alemania. A su juicio era un muy buen nivel el que se jugaba en tan pretéritas épocas. También podemos ver alguna idiosincrasia que podía estar presente en la España del siglo XVII, fundamento de nuestro lúdico pasado.

Sigan entonces algunos fragmentos de dicho libro.

Libro del juego de las Damas, dividido en tres tratados.

El primero es de Peones, donde se contienen 80 juegos, o salidas, con muchas diferencias. El segundo es para jugar de Dama a Dama, con 100 juegos o salidas, poniendo su Dama el contrario en diferentes partes. El tercero es para jugar de dos a dos Damas con 30 juegos, o salidas, y muchos lances sueltos para dar a escoger y otras curiosidades.

Compuesto por Juan García Canalejas, vecino de la ciudad de Granada.

Dirigido a D. Juan Baptista Pertusa, Caballero del Hábito de Nuestra Señora de la Ciudad de Valencia.

Con licencia.

En Zaragoza, por Juan Nogues, año 1650.

A costa de su autor.

 Al lector.

 El juego licito, no sólo es desahogo, que la misma naturaleza concedió a la juventud para que no se despeñase en los peligrosos vicios; razón que dio aquel famoso Séneca, cuando en examen de su prodigioso ingenio preguntado que hacía, respondió, no lo veis, soy niño, y así juego dando al tiempo lo que es suyo; pero como enseñó el divino Platón en su República, es medicina del varonil cansancio, es treguas del estudio, del gobierno, y del mayor empleo: no es ocio, sino un entretenido negocio, y puédese decir de él, lo que del comer decía aquel sabio: no vivo para jugar, sino que juego para poder vivir, y volver con más ahínco al trabajo. Y aunque de todos los juegos honestos se puede decir esto, mucho más del de las Damas, que vulgarmente llaman marro, que es más de personas, pues en el se ejercita el discurso, no se desmanda la lengua al juramento, ni la hacienda a la perdición, ni el ánimo a la impaciencia, no es efecto de la ventura como otros, sino del saber, y aún el varón entendido saca el precioso desengaño de su semejanza con las cosas de este mundo, viendo que las piezas que ahora puestas en el tablero valen algo, y se estiman, unas son Damas, y otras peones, recogidas luego en su saquillo, y amortajadas en él son iguales sin distinción alguna, acabándose con la burla aquella su momentánea estimación. Es una viva imagen de la guerra, donde un leve descuido, donde el más pequeño yerro ocasiona la perdida de todo. Por estas ventajas hace catorce años me aficioné a este entretenimiento, olvidando otros juegos que me causaron graves daños, y he llegado a tal destreza, que habiendo jugado en varias partes, en ocasión de negocios, con los hombres más diestros de España, todos han reconocido mi mucha experiencia, y sus grandes instancias han pasado a obligaciones, empeñándome a imprimir este trabajo, en que el curioso Lector hallará juegos de todas suertes, de Peones, de Dama a Dama, y dos a dos Damas, con otras muchas tretas, leyes experiencias, y costumbres del juego. Asimismo conocerán los aficionados a él, y los más diestros muchas tretas contra las que enseñaron Lorenzo Valls Valenciano, y Pedro Ruy Montero Andaluz, y contra otros muchos jugadores, que han inventado nuevos modos de jugarle.

Y advierto que adonde hubiera esta letra B quiere decir Blanco, y los dos números que se siguen son suyos, y la otra jugada es del Negro, y adonde se hallare la letra N quiere decir Negro, y los dos números que se siguen son suyos, y la otra jugada es del Blanco. Y asimismo advierto, para que mejor se entiendan los juegos, que adonde se hallare párrafo, o apartado donde dice: Y si al tiempo que estaban tantas a tantas piezas, que el Negro jugó esto, no jugara sino estotro, se ha de entender, que en aquel tiempo pudo diferenciar, y así se prosigue con aquella jugada: y habiéndose perdido el juego, o hecho tablas, vuelve y dice: pues si como jugó aquella jugara otra, y va prosiguiendo lo que por ellos se verá, y para que todo esto se entienda ha de ser de la manera que aquí se ha dicho, como también se verá por la declaración de los juegos.

No querría enfadar al Lector cuando intento entretenerle, solo le suplico enmiende mis yerros, y alivie un poco el arco de la tirante cuerda, no solo para el beneficio de su salud deseada, sino para el perdón de mi ignorancia atrevida.

 A Don Juan Baptista Pertusa, Cavallero del Hábito de N. S. de Montesa de la ciudad de Valencia.

 …..Desempeñase bien V.M. de tanta gloria, siendo ilustre ornamento de su casa, y de su Patria, y amparo de todos sus servidores, cuya esclarecida sombra solicito yo hoy, pero a quien debo, y deseo servir tan de veras, presento este tratado del juego de Damas, como tan aficionado, y diestro, según lo que permite la ingeniosa juventud de V.M. servirá de treguas a los nobles empleos de su valor, y de su ingenio, que aún en eso gustaron de ser celebrados muy insignes Varones, como el Emperador Augusto Cesar, que fue eminente en el juego de la pelota, y Xerxes fue inventor del juego del Ajedrez, y Marco Aurelio Idea de Príncipes dicen lo fue del de las Damas, que es el asunto de mi Libro. El y su Autor estamos siempre a los pies de V.M. debiéndole favor, honra y patrocinio y deseándole salud, vida, y toda felicidad.

 De V.M. siempre

Juan García Canalejas.

[1] Qué significan 2.000 pesos a principios del siglo XVII. Por ejemplo una arroba, unidad de medida de líquidos que equivale a 11 1/2 kilos, una arroba de vino 12 pesos, una libra de azúcar, más o menos 1/2 kilo podía valer 1 peso, una libra de tabaco 1 real, que para la época valdría poco menos de 1 peso. Tanto el real como el peso eran las monedas-plata más usadas. Véase de Juan Agustín García, La ciudad indiana, Buenos Aire desde el 1600 hasta mediados del siglo XVIII, Hyspamerica, Buenos Aires, 1986.

[2] J. Viale Avellaneda, El ajedrez en el nuevo mundo – Su iniciación en la Argentina”, en Rev. El Ajedrez Americano, Nº59-60, 1932.

[3] Raúl Molina, Los juegos de “truques” y de “ajedrez” se practicaban en grande escala en el Buenos Aires de 1600, ibíd.

[4] “Bajo Felipe II, necesariamente, debía aparecer una reglamentación que diera pautas precisas. Y así fué: en 1573 firmó Felipe II la «Instrucción» que, en 149 ordenanzas, recopilaba y ampliaba lo existente hasta entonces. La novedad grande fue que ellas contenían tácitamente un modelo de ciudad que no coincidía con el modelo empírico que acabamos de describir y que había servido ya para trazar «hacia 1573 en América doscientas magníficas ciudades».” Se ordenaba así la tradición en la construcción de ciudades que comenzó sistemáticamente en Grecia, en el VI siglo antes de Cristo, y que tan buen resultado dio para reconstruir y colonizar. Se sabe que eran trazas reticulares flexibles al terreno y circunstancias. Flexibilidad que Roma trocó en sucesiva rigidez. España a esta historia agregó una especie de elefantismo que se manifestó en cuadras diez veces mayores que las de los filósofos de Mileto, y cien veces mayores que las de los campamentos romanos de Timgad. Ya en 1513 el mismo Fernando, que fabulamos en las historias de Colón, mandaba que el plano del que saliera luego una ciudad “parezca ordenado”. Felipe II tal vez se basó en dos corrientes para fijar aquel ilustre “parecer” antecesor: Vitrubio y Vegecio, esto es, Santo Tomás; o la ciudad de Villareal de Castellón de 1271.

Véase Alberto Nicolini y Marta Silva, La ciudad cuadricular, en Summa/Historia, Documentos para una historia de la arquitectura Argentina, Coord. Gral. M. Waisman, Buenos Aires, 1978.

Taullard también lo recuerda, al fundarse por segunda vez Buenos Aires estaban en pleno vigor las leyes dictadas por Carlos V y Felipe II para la fundación de ciudades. Todo tenía medidas sugerentes, límites del ejido, solares y suertes, dehesas para pastoreo, nada podía salirse del régimen de la tierra, de la propiedad, nada podía escapar de este orden y seguir aspirando a la existencia.

[5] Pedro Grenón, Juegos Coloniales, en Documentos Históricos , Sección Variedades, Tomo I, Archivo de Gobierno, Córdoba, 1924.

[6] Agustín Zapata Gollán, Juegos y Diversiones Públicas,  Departamento de estudios etnográficos y coloniales, Segunda época, Nº 8-1972, Santa Fé, 1973.

[7] Martín Reyna, Dechado de la vida Humana. Moralmente sacado del juego de ajedrez, Ed. Castalía, Valencia, 1948.

[8] Francisco Vindel, Solaces Bibliográficos , Instituto Nacional del Libro Español, Madrid, 1942.

[9] Rodrigo Caro, Días geniales o lúdicros, Espasa-Calpe Ed., Madrid, 1978.

[10] Pedro de Covarrubias, Remedio de Jugadores , Ed. Juan de Iunta, Salamanca, 1543.

[11] Fray Francisco de Alcocer, Tratado del juego, Salamanca, 1558.

[12] Zoilo Caputto, El arte del estudio de ajedrez , Ed. Eseuve, Madrid, 1992.

[13] Olaf Holm, Taptana o el ajedrez de Atahualpa: a los 425 años de Cajamarca, en Cuadernos de Historia y Arqueología, diciembre de 1958, Guayaquil.

[14] El lector inquieto puede descubrir que el juego que se encuentra en el grabado referido es un sistema de alquerque, similar al que ilustra el libro de juegos de Alfonso “El Sabio”. De la misma manera que se encuentran sistemas de parchis o ludos en Mesoamérica anteriores a la llegada del conquistador, tan bien señalados por Edward Tylor, cuando compara el pachisi con el patolli. De la misma manera puede ser este un juego que haya llegado con anterioridad al Español.

[15] José Torre Revello, La sociedad colonial, Ediciones Pannedille, Buenos Aires, 1970.

[16] Dimitru Taraoiu, El Ajedrez en Pos del Sol, en Rev. Ajedrez, marzo de 1972, Buenos Aires.

[17] Para que tengamos una idea de la presencia del esclavo en: entre 1606 y 1615, entran 4.693 esclavos negros, 85 con licencia, y 4.608 de comiso, según Beato.  

Valdez llega a Buenos Aires en 1606, el 27 de febrero. En ese mismo año entraron 517 esclavos negros de comiso, que se remataron en aproximadamente 70 pesos por pieza. Entre 1906 y 1925 se confiscaron 8.932 negros esclavos, introducción que dejó a la Real Hacienda 1.384.709 pesos oro, cifra verdaderamente astronómica. Ahora bien, comparemos este número con la cantidad de habitantes blancos, concluimos sin más en la importancia de la presencia de la raza negra en Buenos Aires. Y el número aún es más exorbitante si atendemos a la denuncia del gobernador Hernandarias de 1616, señalando que entre 1612 y 1615 se habían transportado a otros lugares 4.515 esclavos negros, mientras que se habían asentado en las Cajas 3.463; y agregaba que los vecinos de la ciudad poseían un gran número de esclavos. Por otra parte tenemos la presencia de la Viruela que una expedición de 1.000 soldados va dejando a su paso hasta Chile durante trescientos años, en ese mismo año mata entre 500 y 750 negros que vivían en Buenos Aires y 47 indios. También aparece la fiebre tifoidea, el tabardillo, que junto con la sífilis y la tuberculosis, terminará con el indio que ahogará sus últimas penas en el juego y el alcohol, quizá para cumplir más rápido el atroz destino, y obligará al ritual repetido de la muerte del esclavo, angustia que se tapará con la llegada de las nuevas introducciones. Y si quedaba algún guaraní, algún que otro querandí en los alrededores, la viruela y la tifoidea de 1610 a 1620, los convirtió en espíritus, o en nombres que la protección y el resentimiento oculto del cacique que llegó hasta jugar con el español pretendió olvidar. El negro domésticamente cuidado murió un poco menos, compartió la comida, la casa, y la inmunología.

Agreguemos que la cantidad de esclavos era ostentativa, o sea significaba el poder, la riqueza, o así la daba a entender (que no es lo mismo).

Véase Torre Revello, La sociedad colonial, ibíd., pág.78/79; y Guillermo  Beato, ibíd., pág.204.

[18] El Gobernador presuntamente asesinado Marín Negrón nos ha dejado una idea numérica de la cuestión en Buenos Aires, 500 yanaconas, 500 charrúas de servicio, 4.000 charrúas infieles. Tal vez en 1611 recordaba lo difícil que fue castigar la rebelión de 1609 del pueblo del cacique Bagual, experto en rebeliones. El hábil cacique, que debe haber aprendido en los días que se pasó jugando en lo de Don Simón, formó una procesión con él y una cruz a la cabeza pidiendo paz e inocencia ante el robo y crimen perpetrado contra los cinco vecinos.

Llegamos a 1616, año en el que hasta el indio venido del Perú se desbanda, después que la visita de Alfaro traba la posibilidad de jornales.       

Nos enteramos de la existencia de tres reducciones en el entorno de la ciudad de la Trinidad en el Puerto de Buenos Aires, que a juzgar por la historia documental no vieron amistosamente las ínfulas españolas del régimen de la tierra. La de San José del hábil cacique Juan Bagual, que estaba emplazada a 16 leguas de la ciudad, sobre el río Areco; la del cacique Tubuchaminí, distante a 18 leguas sobre el río Santiago; y un poco más allá la del cacique Don Bartolomé, la de Baradero a 25 leguas. Cada una con 80 varones, 70 mujeres, y 70 menores más o menos, poco menos de 700 indios para los censos de Góngora de 1623. Gran amigo de Don Simón, el gobernador Góngora, ha dejado en sus informes algunas costumbres aborígenes. Que iban desnudos, o cubiertos con pellejos de animales, que son holgazanes, que comen carne de yegua cimarrona, practicando la poligamia, que no tienen comunidad, que no se respetan ni siquiera sus normas, si es que las tienen.

Un par de datos más, Bagual estaba casado con la hija de Tubichaminí, imaginamos que debía ser influyente el Gran Bagual.  La reducción de Baradero, antes estaba a 7 leguas, en 1619 fue mudada, y era de nación guaraní.

Además de las reducciones había 91 hombres y 12 mujeres indios forasteros al servicio de vecinos, hay oficiales en distintos oficios, andan vestidos, y algunos son ladinos en lengua española, esto para 1623.

A juzgar por el empadronamiento de 1677 podemos acercarnos a la etnografía del pueblo de Tubichaminí, convertido para ese entonces en tipo, pero que en realidad eran indios mbeguá, de nación guaraní, que ya estaban establecidos en la zona desde la repartición de Juan de Garay. Nos quedaría Bagual, cuyo espíritu siguió sublevándose hasta fines de siglo con el asesinato de los hermanos Ponce. Habrían sido Pampas, aquellos ignominiosos indios, que el delito los llevaba a encontrarse con los araucanos de Chile, como hacía ya un siglo atrás lo había demostrada Garay. Habrían sido Querandíes, como el cacique Pacaospen repartido por el mismo Garay, con la inconfundible terminación spen o mpen en los nombres de esta misteriosa nación, que se amputaba una falange a la muerte de un pariente.

Véase Torre Revello, La sociedad Colonial, ibid., pág.56 y sig.; y   Dick Ibarra Grasso, Argentina Indígena, Ed. TEA, Buenos Aires, 1971, pág. 292.

Forma del tablero del juego de Damas

Ha de advertir, que ha de estar el Blanco en los menores números, empezando a armar las piezas desde el número 1. hasta el número 12. y el Negro ha de estar desde el número 32. hasta el número 21. Y la mayor dificultad es conocer los números, o nombres de las casas, y con eso sabrán jugar con facilidad.

 Declaración de las Leyes, y costumbres del juego de Damas.

Con más la Forzosa, y el saque del Peón precisamente, y otras cosas tocantes al dicho juego.

Ley, y costumbre de este juego es, que cada uno juegue su vez de mano, y el que la ganare, haga lo que le pareciere, jugando de mano, o decirle a su contrario que juegue, y lo mismo hará su contrario cuando la gana.

Ley, y costumbre es, que si alguno tocare alguna pieza, que juegue de ella.

Ley, y costumbre es, que si alguno por tomar pieza, o piezas de su contrario tomase alguna, o algunas suyas, antes que su contrario juegue pueda enmendar su yerro; más si su contrario jugase antes que remediase el tal yerro, es pasado en cosa juzgada: porque un lance se compone de dos jugadas, una de cada uno; y así lo puede remediar antes que juegue, más si ha jugado, es pasado en cosa juzgada, como tengo dicho.

Ley, y costumbre es,, que si alguno tuviese donde comer alguna, o algunas piezas, y no comiese, pueda su contrario soplarle, o hacerle comer, o disponer lo que mejor le esté.

Ley, y costumbre es, que si tuviese dos partes donde comer en la una, una pieza, y en la otra dos, tiene obligación de comer las dos, y no la una; más si no la viese, pueda su contrario hacerle comer la que mejor le estuviere, o soplarle la que quisiere: porque aunque hay obligación de comer donde hay dos, y no donde hay una, por cuanto ha hecho descuido, queda a la elección de su contrario.

Ley, y costumbre es, que si jugasen con Damas hechas una, o dos, o más, y si estando doce, y doce piezas, u once, y once cada uno, e hiciese el uno Virol con su Dama, y el otro hiciese otro con la suya, tiene obligación el que primero sale, haciendo el dicho Virol a deshacerlo jugando otra pieza, o pague el juego. Esto se entienda estando doce, y doce, u once y once piezas, como está dicho. Porque si hubiese dos piezas comidas, o más, no hay obligación a deshacer dicho Virol. Y lo mismo se entienda con el que llevare tablas de partido; pues sino fuera por esto, se hicieran muchos juegos tablas sin jugarlos.

Ley, y costumbre es, que si alguno jugase de algún Peón entendiendo que es Dama, pueda su contrario, consentirlo una, y dos veces, y más si le estuviere bien; y caso que no le esté, decirle, que no es su Dama, y si en este ínterin le pudiere soplar la que es su Dama, lo pueda hacer: porque todos, y cualesquiera yerros, o descuidos que hiciere, quedan a elección de su contrario, como queda dicho.

Sobre el autor:

Fernando Auciello es Licenciado en Psicología y estudioso del ajedrez. Es docente integrante del Plan Escolar de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Ha escrito artículos, libros (entre ellos El juego, Alción Editora, Córdoba, 2009) y ensayos sobre el tema del juego.

Se ha especializado en experiencias socio-educativas forjadas a partir del juego ajedrez. Ha participado en la formación de ludotecarios y recreólogos en la ciudad capital de la República Argentina.

Fernando Auciello en el contexto de una actividad de divulgación

2 respuestas a “Ajedrez nuestro

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