El ajedrez en la obra de Franz Kafka

Por Sergio Negri

Si el investigador argentino Juan Sebastián Morgado ha podido evidenciar en forma incontrastable, como se evidencia en su puntilloso trabajo Franz no es Frantisek (Kafka), que sólo tal vez producto de vanas ensoñaciones, o quizás por efectos de un intento de cometer una broma a escala global, el genial escritor bohemio Franz Kafka (1883-1924) ha sido protagonista de diversos encuentros específicos de ajedrez, como su eventual presencia en un torneo o su participación en unas simultáneas dadas por el excampeón mundial, el cubano José Raúl Capablanca (1888-1942), en una línea de alguna manera concordante podría decirse que, en su inmensa obra literaria de ficción escrita originalmente en idioma alemán, no existe abordaje alguno centrado en el juego.

Únicamente se ha podido hallar una referencia al ajedrez en Kafka dentro del género epistolar. Ello puede advertirse en Cartas a Milena (Fuente: Publicación de la Fundación Editorial El perro y la rana, Caracas, 2006), en donde se reproduce una misiva en la que se incluye el siguiente párrafo:

Lo que temo, lo que temo con los ojos abiertos y entregado al miedo (si pudiera entregarme al sueño como me entrego al miedo, ya no estaría vivo), es esa conjuración interior contra mí (esa conspiración interior que entenderás al leer la carta a mi padre, aunque no del todo, porque la carta está demasiado estructurada en función de su objetivo) basada en que yo, que en el gran ajedrez no soy ni siquiera el peón de un peón, pretendo (contra todas las reglas del juego y alterando su desarrollo) ocupar el lugar de la reina (yo, el peón del peón, es decir, una figura que ni siquiera existe, que ni siquiera interviene en el juego) y luego también el del rey y hasta el tablero completo. Y si realmente lo quisiera, eso tendría que suceder de otra manera, de una manera más inhumana” (el subrayado no obra en el original).

Vemos entonces, a partir de lo dicho en este fragmento, a una personalidad siempre atormentada, la del escritor quien, en pleno viaje de regreso a casa, le plantea sus más íntimos temores en una misiva enviada a la escritora Milena Jesenská (1896-1944), notable mujer de las letras, y además periodista y traductora checa, a la que el destino le tuvo reservada una difícil existencia y un aún más cruel desenlace (morirá en un campo de concentración nazi).

Tratándose probablemente de almas gemelas, en su pasión por las letras y en cierto clima de tormentosa existencia que los acompañaría a ambos en su devenir, ellos habrán de mantener, en los comienzos de los años 20, una correspondencia muy apasionada. Se ha especulado, incluso, que podrían haber sido protagonistas de un romance.

De hecho se vieron físicamente en algunas contadas ocasiones. Con todo, seguramente los compatriotas protagonizaron una relación anclada en cierto platonismo y, lo que puede ser más trascendente, que se trataba de una comunión espiritual de almas sensibles y gemelas.

Por lo pronto, en el pasaje mencionado, se lo ve a Kafka imaginar un gran ajedrez, uno que excede el espacio convencional de los 64 escaques, uno que lo trasciende no sólo en un sentido físico, uno que por momentos se funde con la vida misma.

En ese ámbito integral se habrá de atribuir, a sí mismo, un rol muy menor. Dando un paso aún más audaz, considera que ese peón de peones en el que se ha convertido, puede estar virtualmente fuera del juego. Su obra integral, esa que se publicará, muy a su pesar, póstumamente, y ya no los registros de su propia existencia, habrían de desmentirlo. Al menos en este punto.

El autor se percibe, en ese imaginario, sujeto eventualmente a transformaciones, partiendo de tan discreta posición, para asumir otros posibles roles más relevantes, alcanzando el estatus de reina, curiosamente transexualizándose o, más convencional y entendiblemente, ambicionando ser rey.

Pero, lo más interesante de todo es que, en esa eventual mutación física, desde su yo más íntimo, podría llegar a pasar de ser un integrante del mundo de las personas para acceder a un plano bastante diferente, en el mundo de las cosas. Es que llega a imaginar que podía, de alguna manera, aspirar a abarcarlas todas; es que podía creer convertirse, a sí mismo, y ya más ambiciosamente, en el tablero completo.

En estos razonamientos vemos que el ajedrez le brinda al autor checo la oportunidad de hallar una personalísima escapatoria de una realidad que mucho lo acuciaba. En esas condiciones, era previsible que barruntara poder convertirse en algún otro. O en alguna otra cosa. 

Podía, entonces, no ser peón (como humilde y algo tristemente se imaginaba), sino rey o reina, o tablero de ajedrez (como podía llegar a desear en su búsqueda desesperada). En cualquiera de esos extraños supuestos, necesariamente Kafka habría tenido que ser objeto de una impensada y profunda metamorfosis. Casi como si, de un Gregorio Samsa, pudiera llegar a tratarse…

Franz Kafka

Nota relacionada:

Franz no es Frantisek Kafka. Por Juan Sebastián Morgado. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/08/franz-no-es-frantisek-kafka/.

3 respuestas a “El ajedrez en la obra de Franz Kafka

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