Un rival demasiado flojo

Un cuento de Horacio Olivera

El Doctor Max Euwe, excampeón mundial, gloria y leyenda del ajedrez, llegó temprano al aeropuerto de Zúrich. Le esperaba, lo sabía, un largo, agotador vuelo hasta la ciudad de San Pablo, en Brasil. Aunque en su carácter de ajedrecista de primer nivel estaba acostumbrado a viajar casi incesantemente desde su juventud, a medida que los años pasaban no le era ya tan sencillo soportar estoicamente prolongadas horas a bordo de los aviones. Si bien se encontraba retirado del juego activo desde hacía varios años, su calidad humana, conocimientos y don de gentes, habían hecho que se lo eligiera tiempo atrás como Presidente del máximo organismo regulador del ajedrez internacional: la FIDE. Las responsabilidades de su cargo, desde luego mayores que las de cualquier jugador, lo obligaban a menudo  a dirigirse a uno y otro lado del mundo. “A mi edad” pensaba “ya sería mejor salirme de toda esta vorágine”.

Pero allí estaba Euwe, listo para cumplir, una vez más, con la obligación que su espíritu de caballero intachable era incapaz de rehuir. Lo esperaban a la mañana siguiente los ajedrecistas brasileños, para brindarle su admiración y nombrarlo Invitado de Honor de un importante Torneo de Maestros.

Cumplidos todos los trámites de rigor, el Presidente embarcó y se dispuso sin más a tratar de disfrutar (en lo que tiene de disfrutable) el extenso vuelo. Cenó y luego de leer un rato, logró conciliar el sueño, no sin antes intercambiar unas palabras de circunstancia con su ocasional compañero de viaje, un simpático calvo que dijo ser australiano y que ocupaba el asiento contiguo al suyo.

Cuando el Doctor Euwe despertó ya despuntaba el día y las auxiliares de a bordo recorrían el avión repartiendo las bandejas del desayuno. Un fragante aroma a café recién hecho inundaba la cabina y él se sintió de buen humor y con un excelente apetito. Terminado el desayuno, y a falta de casi dos horas para llegar a destino, ajedrecista al fin, Euwe sacó de un bolsillo interior del saco su inseparable ajedrez de bolsillo y colocó la posición de un problema bastante complejo que había visto en una revista. Concentrado intentando resolverlo, no reparó de inmediato en que su vecino de asiento lo observaba con atención.

-Veo que le gusta el ajedrez- dijo el australiano.

Levemente sobresaltado, Euwe lo miró con fijeza un momento y sonriendo contestó.

-SÍ, es un juego maravilloso. ¿Lo conoce usted?

-¡Desde luego! Es más, cuando era un muchacho dediqué parte de mi tiempo a estudiarlo. Según me dijeron entonces algunos entendidos, tenía yo un gran futuro si es que me decidía a ser un ajedrecista. Pero pronto dejó de interesarme. Sin embargo, reconozco que, como dijo usted, es un maravilloso juego.

-Por supuesto que sí – dijo el ex campeón, volviendo la mirada otra vez hacia el pequeño tablero, con el fin de dar por terminada la charla y continuar con el análisis de la posición del problema.

Un minuto después, el otro volvió a la carga…

– Señor, disculpe usted, no nos hemos presentado formalmente. – Tendió su mano derecha– Mi nombre es Brad Turman y provengo de Australia, como le dije. Soy odontólogo.

-Es un gusto señor Turman.  Mi nombre es Max Euwe y soy doctor en matemáticas.

-¡Doctor en matemáticas! Por supuesto, las matemáticas y el ajedrez van de la mano, ¿no es así?.

-Claro, hay una relación importante.

-Escuche, falta todavía algún tiempo para llegar, quizá no le molestaría que juguemos una partida en su tablero mientras tanto. Desconozco su nivel de juego pero, ya le digo, el mío solía ser bastante bueno.

Satisfecho por no haber sido reconocido y de que su nombre ni siquiera le hubiera sonado familiar a Turman (lo cual, desde el vamos, denotaba una absoluta ignorancia acerca de la historia y del presente del ajedrez), Euwe accedió, más por no desairarlo que por ganas de jugar.

-De acuerdo- dijo- Le cedo las blancas. – y acomodando las piezas en la posición inicial, le hizo a Turman un gesto para que efectuara el primer movimiento.

Ya desde las primeras jugadas, Euwe se dio cuenta de que el nivel ajedrecístico de su ocasional rival era muy pobre, por lo que decidió prolongar la partida solamente para no hacerlo sentir mal si le ganaba en pocos movimientos. Y como Turman acompañaba cada movida con comentarios propios de un novato, en más de una ocasión Euwe debió reprimir sus deseos de reírse. Incluso en un momento pasó por alto y no dijo nada, en un gesto cuasi magnánimo, un error reglamentario: su rival se había enrocado haciendo pasar su rey blanco por una casilla atacada por un alfil negro.

Cuando por altavoces anunciaron que se encontraban próximos al aterrizaje, Euwe decidió culminar la partida y apurando sus movimientos, llegó a una posición de mate inevitable. El australiano, que a medida que transcurría la partida se había puesto más y más tenso, perdió los nervios, enrojeció y en medio de incomprensibles murmullos se respaldó de pronto en su asiento y resopló fuertemente, sin mirar ya más a su rival.

Sorprendido, el Doctor Euwe asumió que su rival abandonaba la partida, guardó su pequeño tablero, abrochó su cinturón y no dijo una sola palabra. Luego del aterrizaje, trató de ser cortés:

-Amigo, hemos jugado una bonita partida, espero la haya disfrutada como yo, más allá del resultado. En definitiva, eso es lo de menos.

Turman se puso de pie en silencio y comenzó a buscar en el portamantas su equipaje de mano. Cuando logró bajarlo, de pie en el pasillo del avión, miró a Euwe, que permanecía sentado y le dijo:

-Doctor, le ofrezco mis disculpas y espero no tome a mal mi actitud de recién. A veces peco de irascible, sobre todo cuando me toca perder. Perder a lo que sea. Pero en este caso en particular y dado que me considero un buen jugador, aunque hace años que no compito, no puedo dejar de estar furioso conmigo mismo. ¡Doctor! Usted me acaba de derrotar… y es obvio que apenas conoce las reglas del juego. ¡Yo me enroqué sin advertir que no podía hacerlo y usted no supo que infringí una regla básica! ¡Como puedo perder con un jugador tan inexperto, por favor!- exclamó.-Buenos días, ha sido un gusto.

El Gran Maestro Max Euwe quedó mudo, quieto en su asiento, sólo en la aeronave cuando el último pasajero bajó. Y cuando una azafata se acercó al él preguntándole si le pasaba algo, solo atinó a estallar en una enorme carcajada.

Max Euwe, matemático y ajedrecista

Sobre el autor:

Horacio Olivera es un ajedrecista de Primera Categoría de la Federación Metropolitana de Ajedrez de la República Argentina y socio fundador del club Torre Blanca de la ciudad de Buenos Aires.

Como ajedrecista, fue subcampeón metropolitano juvenil, campeón metropolitano y nacional de los Torneos Evita (1973), finalista de Campeonato Argentino Juvenil (1974) y sub-campeón de las provincias de Chaco y Corrientes (en los años 90).

En su calidad de investigador ha sido colaborador del diario Página 12 y del sitio web Ajedrez 12.

Actualmente, participa del programa radial Frente al Tablero, que se emite desde la Radio Porteña 89.7 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires los viernes a las 20.00, en donde se abordan cuestiones vinculadas al ajedrez con las dimensiones educativa, terapéutica y pedagógica.

Asimismo, ha oficiado en su país de panelista en diferentes Encuentros relacionados con la Historia del Ajedrez.

Horacio Olivera
Bobby (otro cuento del autor): en https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2020/12/18/bobby/.

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