El Guapo Chiclana

por Enrique Arguiñariz

Con frecuencia, cuando regreso de jugar algún torneo de ajedrez en el Círculo Torre Blanca, del barrio de Abasto, suelo pasar a tomar alguna gaseosa a un conocido cafetín donde viernes y sábados canta mi amigo Ernesto, con su nombre artístico Ernesto Ariel. En los días de semana, obviamente, no hay show, pero a mí me encanta ir a ese lugar, porque es frecuentado por los últimos exponentes que quedan del malevaje porteño, que se reúnen para contarse sus andanzas. Yo me ubico en una mesa cercana y los escucho, haciéndome el distraído, porque me resultan fascinantes esas historias de cuchillos, balas y muerte que siempre se oyen. Como es obvio, Ernesto es uno de ellos y esa mesa lo cuenta como asiduo concurrente, aunque yo trato de evitar ir los mismos días que él. No quiero verme en la situación de que Ernesto me diga “Vení, sentate con nosotros y te presento a los muchachos”.

La primera situación incómoda la tendría que vivir cuando viniera el mozo y todos le pidieran cañas o ginebras, y yo tuviera que pedir mi Pepsi light de siempre. Como ya todos saben, tengo muy baja tolerancia al alcohol: me basta con comer un bombón con licor y ya no conozco ni a mi madre. Y la segunda situación incómoda seguramente la tendría si alguien me preguntase de donde vengo. Todos, seguramente, se reúnen allí luego de sostener alguna pelea callejera, algún duelo a cuchillo, o algo así. ¿Con qué cara puedo contar yo que vengo de jugar un torneo de ajedrez? Todos se burlarían de mí, y lo que es peor, con esos tipos pesados no me animo a retrucar nada. Las perspectivas son obvias: quedaría como un reverendo pelotudo. Queda claro, entonces, mi papel de incógnito espectador, que de todas maneras no me impide conocer casi todo acerca de ese tan particular grupo humano. El martes pasado, luego de terminar un torneo de ajedrez rápido en el club, me acerqué al boliche. Eran las once de la noche, y por lo tanto no era nada probable que estuviera Ernesto, que normalmente llega mucho más tarde. Y en la mesa del medio, estaba una decena de aquellos guapos, algunos de los cuales ya conocía. Me ubiqué cerca de la ventana, a una distancia adecuada para escuchar lo que se conversaba. Uno de los que estaba era El Chino. Le decían “El Chino”, en parte, por aquella costumbre arrabalera de mencionar a alguien de esos ambientes marginales con ese apelativo. Y en parte, también, porque este hombre se llamaba Lin Pu y era el dueño del autoservicio “Chop Suei” de Agüero y Corrientes. Como todo oriental, era muy parco, raras veces contaba sus cosas, aunque todos sabían que integraba la temible Mafia China. A su lado se ubicaba Acuña, un guapo que mantenía puntillosamente la tradición de su estirpe: saco y pantalón negro, camisa blanca con pañuelo al cuello, funyi marrón. Sus ojos de hielo emergían amenazantes de una cara plagada de cicatrices, antiguas y recientes. Su facón en la cintura era objeto del mayor respeto por todo el malevaje del barrio. A la derecha de Acuña se ubicaba El Gordo Cadena. Era un personaje de la nueva forma de guapeza que surgió en la segunda mitad del siglo XX. Su escenario habitual ya no eran las esquinas oscuras del barrio de Abasto, sino las soleadas tardes de los sábados en la cancha de Nueva Chicago. Era el líder de la hinchada local. Recibió ese apelativo porque su inseparable compañera de la tribuna era una gruesa cadena de barco, de metro y medio de longitud, que había sustraído en los lejanos tiempos en que trabajaba en un astillero. Hombre muy obeso, jamás se lo podía ver sin la camiseta del club de sus amores, sobre cuyos hombros caía su grasosa y larga cabellera, que enmarcaba un rostro capaz de asustar a los más temibles barrabravas del fútbol mundial. El Gordo Cadena era un justiciero implacable que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para evitar que alguien opacara la alegría de la hinchada que comandaba. De ahí, el botellazo siempre certero sobre el árbitro o el juez de línea que hubiera osado sacar una tarjeta roja o no hubiera visto un corner favorable a Nueva Chicago. De ahí, las frecuentes visitas, junto con la barrabrava, a técnicos, dirigentes, o jugadores de su equipo, para recomendarles el mayor esmero en los próximos encuentros futbolísticos. Sin embargo, Cadena se ufanaba de haber logrado que, gracias a él, los barrabravas ahora fueran a la cancha con la Biblia bajo el brazo. Efectivamente, los controles policiales veían pasar, atónitos, a esos rudos muchachos portando lujosos y voluminosos ejemplares de la Biblia de Jerusalén, de papel ilustración extrapesado. ¿Qué agente del orden podría parar a una persona que demostraba semejante expresión de fe religiosa? La verdad era que Cadena y sus amigos habían asaltado un camión que transportaba un container repleto de Biblias proveniente de una editorial evangelista. Una vez en la cancha, las ataban con hilo sisal para que en vuelo los 4 kilos que pesaba cada una no se desviaran del objetivo, y las arrojaban al campo de juego según los requerimientos de la situación táctica y estratégica del partido. Fue célebre aquel certero “bibliazo” que recibió el delantero rival, sólo frente al arco de Nueva Chicago. Un segundo después, la Biblia, el delantero y parte de su masa encefálica, quedaron diseminados por el pasto, mientras la pelota detenía su agónica trayectoria un par de metros detrás de la línea de fondo, muy lejos del arco. Su actuación más célebre fue, sin embargo, extrafutbolística. Se trató de aquella vez en que visitó al juez del fuero penal que tenía a su cargo la causa por la muerte por once balazos de revólver en la cabeza del testigo clave de un sonado caso de corrupción administrativa. Logró que cambie la carátula de “Homicidio agravado” por la de “Suicidio”. Fue un trabajo notable, para el cual también visitó al perito psiquiatra de la causa, quien presuroso, luego de la visita, emitió un informe sin precedentes en los anales de la justicia, cuyo pasaje más saliente decía: “En ciertos casos de depresión muy aguda, el suicida experimenta un deseo de morir tan fuerte, que, ya fallecido, continúa disparándose, llegando, incluso, a tener el acto reflejo de recargar su arma para asegurar su autoeliminación”. Por último, sobre la cabecera de la mesa se ubicaba el guapo Chiclana. Era un hombre mayor que los demás, pero sería imposible determinar su edad. Por su aspecto, se podía suponer que estaba entre los cincuenta y los sesenta años, pero alrededor de él se tejían leyendas que aumentarían de manera increíble su antigüedad en el mundo: hablaban que frecuentaba la casa de Jean Jaurés 735, donde vivía El Zorzal con Doña Berta, que era muy amigo del morocho, y que había compartido con él innumerables noches de cabaret y tardes de hipódromo. Incluso, corría la leyenda de que Chiclana no era otro que el malevo de nombre Jacinto que había inspirado a Borges en su célebre poema musicalizado en milonga sobre el mítico guapo del vecino barrio de Balvanera. Sea lo que sea, Chiclana era, lejos, el más respetado, el más reverenciado de esa mesa. Cuando tomaba la palabra, todos hacían silencio. Nadie, tampoco, podía sostenerle su terrible mirada. Y ninguno jamás se atrevería a enfrentar en un duelo a su diestro cuchillo, sostenido por una mano gigantesca. Si bien Acuña era un guapo tradicional, a Chiclana se lo consideraba el garante, el depositario de la tradición de hombría, honor y coraje que ostentaban aquellos hombres.

En aquella velada pasaría algo inusual. El Gordo Cadena, con su voz disfónica, contó que la noche anterior, casi de madrugada, pasó por la esquina de Sánchez de Bustamante y Humahuaca y vio cómo, cuchillo en mano, se estaban peleando los guapos Mendieta y Rufino. El Chino, superando su habitual parquedad, acotó: – Seguro que se peleaban por el amor de Estercita, la rubia que vive en el conventillo que está ahí nomás, en Humahuaca entre Billinghurst y Bustamante ¡Cómo me gusta esa mina! Yo también me pelearía por ella.

-Nada de eso- retrucó el Gordo, mientras hizo una pausa para ver si todos lo escuchaban-. Aunque no lo crean, se estaban peleando por Axel, el peluquero de minas que está ahí nomás, frente a ese club de ajedrez. Parece que los dos habían tenido alguna historia con ese muchacho “gay”, como le dicen ahora. Una atronadora carcajada de aquellos hombres hizo estremecer el local. Convencidos de haber escuchado una genial humorada del gordo, algunos se secaban con sus rudas manos las lágrimas que la risa les seguía arrancando, mientras que otro palmeaba con fuerza la espalda de Cadena, felicitándolo por su creativa salida. La explosión de esos vozarrones despertó a Chiclana que, luego de 6 o 7 cañas, se veía ensimismado, distante.

-¿Qué mierda estás diciendo, Cadena? ¿Me estás cargando? ¿Me estás tomando por pelotudo? ¿Cómo Mendieta y Rufino se van a pelear por un chabón? Cadena, viendo la expresión de cólera de Chiclana, bajó la vista y no atinó a decir palabra. Y las carcajadas cesaron como por arte de magia. -¡Contestame, infeliz! ¡A vos te estoy hablando! ¿Qué mierda estás diciendo de Rufino y Mendieta, dos guapos de ley, dos machos sin dobleces?

Pude medir el respeto que le tenían a Chiclana. El Gordo Cadena, terror del tablón, estaba pálido, y no se animaba a pronunciar palabra alguna. Tuvo que salir Acuña a socorrerlo.

-Mire, Chiclana, sé que esto es muy duro para usted, pero lo que dice el gordo es cierto. Una oleada de estupor pintó los rostros de los presentes.

– A mí ya me lo habían comentado hace poco -continuó Acuña- Debemos reconocer que estos pibes de ahora no tienen la fibra de otros tiempos ¡Mire si en los tiempos del Zorzal hubiera pasado esto! ¡Los hubieran pasado a degüello a los dos! Sé lo que está pensando, Chiclana. Que esa fulería nos va a salpicar a todos, que en el arrabal nos van a meter a todos en la misma bolsa. Pero ahora las cosas son así. Hay que apechugar, que también es de guapo bancarse esta pálida y seguir para adelante.

Chiclana lo escuchó en silencio. Al Gordo Cadena, que era muy versero, podía no creerle algo que le contara, pero si era Acuña el que lo reafirmaba, las cosas eran muy distintas. Se produjo un terrible silencio que pareció eterno, mientras el rostro de Chiclana enrojecía de furia cada vez más, a punto de explotar en cualquier momento. Y la explosión no tardó en producirse.

-Putos de mierda… putos de mierda, ¡¡¡REPUTAZOS DE MIERDA Y LA PUTA QUE LOS REMIL PARIÓ!!!- vociferó mientras descargaba un monumental puñetazo sobre la mesa, haciendo saltar por los aires todas las botellas y vasos, que al caer, estallaron en mil pedazos. Cuando lo vi llevarse su mano al interior de su saco, pensé lo peor: ese tipo iba a sacar un arma. Y en su ciego estado de ira, era capaz de balearnos a todos. “¿Por qué no me habré quedado en el club?”, pensé. Sólo atiné, en una maniobra propia de un avestruz, a no volver a mirar para la mesa de los guapos y hundir mi vista en el diario que había sobre la mía, con la intención de pasar desapercibido para que al menos no me elijiese a mí como blanco. Al día siguiente reflexionaría más calmo, y llegaría a la conclusión de que precisamente ponerme a leer un diario en esos momentos, era todo lo contrario a pasar desapercibido. Pero volvamos a los hechos. Cuando dejé de mirar para la mesa de Chiclana y sus amigos, en lugar de la esperada detonación solo escuché romper unos papeles, una nuevo rosario de puteadas de Chiclana, el ruido de su silla corriéndose hacia atrás, sus pesados pasos hacia la salida, y un sonoro portazo, que agregó a los vidrios rotos que ya había, los de uno de los paneles de la antigua puerta. Era tal el respeto que le tenían todos a Chiclana, que a varios minutos de su intempestivo egreso del local, nadie osaba pronunciar una palabra, quizá temiendo que regresara de improviso. En una fugaz mirada que me animé a dirigir a la otra mesa, note a todos los guapos reagrupando unos pedazos de papel sobre el mantel. Unos minutos después, se escuchó algún apagado murmullo de voces, y al instante, todos se levantaron y en silencio comenzaron a abandonar el cafetín en diferentes direcciones. Acuña pasó al lado de mi ventana, tomando Bustamante en dirección a Corrientes, y pude ver en su rostro una expresión de supremo abatimiento. Al instante, comencé a elaborar esta conclusión sobre los hechos, que me alegraron por mi pretendida perspicacia en temas sicológicos o sociológicos: acababa de ser testigo de una seria crisis entre un líder y su grupo. La relación entre los líderes y sus grupos es bidireccional. Es cierto que un grupo adopta a un líder al verse seducidos o interpretados por la personalidad de aquél, pero también es cierto que el líder adopta a su agrupación. Y esa furia de Chiclana no fue otra cosa que la desaprobación al grupo que lideraba. Dos de sus integrantes habían violado valores de hombría, de virilidad, que, se supone, debían sostener. Eso provocó la ira de su jefe, que era, como ya lo dije, un garante de esos valores. La desaprobación de Chiclana no era otra cosa que la decisión de abandonar, quizá para siempre, el rol de líder, de referente. Y la percepción del grupo de tal abandono, implicaba un vacío de poder que quizá terminaría con su disgregación, agravada por el hecho de ser un paradigma en extinción el que nucleaba a aquellos hombres. Contento con la profunda conclusión que acababa de elaborar, me levanté y miré a mi alrededor. En el local sólo quedaban los mozos, que aún no se habían animado a salir de atrás de la barra. Camino hacia la puerta, pasé al lado de la mesa del conflicto. Vi muchos vidrios rotos, el contenido de los vasos y botellas volcado por todos lados, y en un ángulo había una foto que alguien había roto en diminutos pedazos, pero que luego había sido rearmada como un rompecabezas. Se podían distinguir perfectamente los daños de esa rotura reciente de las antiguas marcas de papel ajado que le había ocasionado, quizá, una prolongada existencia guardada en el interior de algún bolsillo. Al tipo de la foto lo reconocí enseguida. Era el dueño de la peluquería de damas que está enfrente de mi club de ajedrez. Y al pie de la foto, se leía claramente esta inscripción escrita en birome negra: “Para Chiclana, el amor de mi vida. Axel”.

Retomé Sánchez de Bustamante volviendo hacia Torre Blanca. Quizá todavía quedase algún conocido para jugar algunas partidas a cinco minutos. Y me convencí de que guapos, lo que se dice guapos, eran los de antes.

©ALS, 2021

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