La historia del ajedrez, el tablero de los reyes

Por Carlos Padró Sancho

El ajedrez siempre se ha considerado un juego de reyes. Soberanos como los ingleses Eduardo III e Isabel I, los franceses Juan II, Luis XI y Luis XIII o los rusos Pedro el Grande e Iván el Terrible fueron grandes aficionados. Este último, de hecho, cayó muerto sobre el tablero mientras jugaba con su favorito, Boris Godunov. El ajedrez atrajo también a políticos como Juan de Austria, a pontífices como Gregorio XII y a pensadores como Rousseau, Voltaire, Leibniz o Erasmo de Róterdam, que discutía de filosofía mientras jugaba.

Todos se vieron seducidos por un juego que se erige en metáfora de la guerra. Para encontrar la forma más similar al ajedrez actual tenemos que remitirnos a un legendario juego aparecido en el norte de India a principios de nuestra era. Conocido con el nombre sánscrito de chaturanga, la mayoría de los especialistas lo estima como el más probable ancestro.

El chaturanga se jugaba entre cuatro personas en un tablero de 64 casillas, todas del mismo color. Los bandos norte y oeste eran aliados y luchaban contra los bandos sur y este. Sus piezas eran el rajá (de movimiento similar al del rey actual), el consejero (equivalente a la reina), el elefante, el caballo (de idéntico movimiento al nuestro), el carro y los soldados (que iban hacia delante paso a paso, como los peones hoy). Estas cuatro últimas piezas tienen su equivalencia en el ejército indio de la época. No en vano, el término chaturanga (cuatro secciones) se refiere a una formación militar.

La teoría más plausible es que el chaturanga evolucionara hacia el este en dirección a China (donde acabaría convirtiéndose en el xiangqi, de amplia popularidad), Corea y Japón (con su variante particular, el shogi), y hacia el oeste, a Persia, donde derivó en el llamado shatranj.

La gran expansión

El período durante el cual el shatranj se desarrolla en el mundo árabe constituye la base sobre la cual se asienta el ajedrez moderno. Hacia el siglo IX comienzan a aparecer varios tratados, como El libro del ajedrez, de Al-‘Adli, El libro de los problemas del ajedrez, de Al-Lajlaj, o Elegancia en el ajedrez, de Ar-Razi. En la cultura árabe se consideró este juego una valiosa ayuda pedagógica para el desarrollo del pensamiento lógico.

A los árabes se debe la gran difusión experimentada por el shatranj. Su versión sería transmitida primero a la península ibérica, donde arraigó especialmente. El volumen europeo más destacado de la Edad Media sobre el juego sería el Libro del ajedrez, dados y tablasde Alfonso X el Sabio, aparecido en 1283. En su interior, ilustrado con diez miniaturas a toda página, se incluye la descripción de 103 partidas, acompañadas de diagramas.

El hechizo del ajedrez se había extendido por la práctica totalidad del continente europeo hacia el siglo XII. Su dimensión pronto traspasó las fronteras lúdicas, hasta ser considerado un arte imprescindible para la formación de todo noble caballero.

Ajedrez de dama

A finales del siglo XV las reglas del ajedrez experimentarían cambios que lo acercarían al juego que conocemos. Las modificaciones pretendían otorgar movilidad a las piezas para agilizar las aperturas y potenciar su importancia. Los peones ganaron la oportunidad de avanzar dos casillas desde la posición original, y el alfil pasaba a desplazarse de manera oblicua a lo largo de las casillas del color en que se encontraba.

Pero la pieza que más vio modificada su función fue la reina, o dama, que de escasamente útil pasó a ser la más poderosa del tablero, ya que unía los movimientos de la torre y de ambos alfiles. Debido a estos cambios, en algunos libros y tratados ajedrecísticos de los siglos XV y XVI la renovada versión del juego sería apodada “axedrez de la dama”, o “eschés de la dame enragée”, en francés antiguo.

Entre los siglos XVII y XIX, con la Ilustración y la emancipación del pensamiento, el ajedrez se consolida como el juego predilecto de los intelectuales. A principios del XVIII, la escena ajedrecística está dominada por Francia e Inglaterra, donde empiezan a surgir grandes jugadores. Es el caso del músico francés André Danican Philidor.

En París, los más aficionados se reunían en el Procope o en el Café de la Régence, y en Londres, en el Slaughter’s Coffee House. El ajedrez se convierte en una de las distracciones favoritas de la aristocracia en Europa y empieza a estar muy presente también en las cortes reales, que suelen invitar a los jugadores estrella.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los campeones no solo se enfrentan en duelo ante el tablero, sino que comienzan a acudir a los primeros torneos. Era la época del inglés Howard Staunton, diseñador de las piezas hoy comunes en las competiciones, y, algo después, del norteamericano Paul Morphy.

En 1862, Londres es el centro de atención y organiza un torneo en el que tienen lugar dos hechos de relevancia: la limitación del tiempo de juego (un reloj de arena garantizaba que la partida no durase más de dos horas) y la aparición del futuro maestro Wilhelm Steinitz. Aquí acabaría en sexto lugar, pero en 1886 se proclamaría primer campeón mundial de la historia del ajedrez al ganar en EE. UU. al polaco Johannes Zukertort. Steinitz, judío nacido en Praga, está considerado como el primer maestro que entendió la verdadera dimensión del juego.

Los grandes maestros

Los rasgos distintivos del juego de Steinitz (defensa, uso del rey como pieza activa y extraordinaria habilidad para sacar partido de los peones) y la discusión sobre la efectividad o no de su método fueron el motor que permitió seguir desarrollando el juego a principios del siglo XX. Los siguientes grandes ajedrecistas seguirían la estela de este teórico, que acabó sus días en un sanatorio mental de Nueva York en 1900.

El primero de ellos fue el alemán Emanuel Lasker, que conseguiría derrotarle seis años antes, convirtiéndose en el segundo campeón del mundo. Más tarde vendrían José Raúl Capablanca (jugador cubano de gran carisma que acabaría con el domino de Lasker), el alemán Siegbert Tarrasch, el polaco Akiba Rubinstein, el checoslovaco Richard Réti, el ruso-francés Alexander Alekhine y el danés Aron Nimzowitsch, que dominaron la escena hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Después, la URSS tomaría el mando. Allí la pasión por el juego había crecido sin cesar y las autoridades comunistas lo declararon “un medio de educación y progreso cultural de las masas”. Las fábricas disponían de clubes de ajedrez propios y se crearon redes de profesores encargados de enseñar el juego y descubrir nuevos talentos. Un cuarto de siglo después, los jugadores soviéticos no tenían rival.

Sus principales representantes fueron los de la llamada escuela dinámica soviética, con nombres como Mijaíl Botvínnik, Vasili Smyslov, Tigrán Petrossián, Borís Spaski y Anatoli Kárpov. El único que podrá competir a su nivel será Bobby Fischer, norteamericano nacido en Chicago que hace su aparición a finales de los años cincuenta, aunque no conseguirá sus mayores logros hasta los setenta.

Los torneos se multiplican en todo el mundo. Uno de los hitos de la historia del ajedrez tendría lugar en 1972, en Reikiavik, la capital islandesa. Allí se celebró, durante seis meses y con un despliegue de medios sin precedentes, el campeonato del mundo que enfrentó a Fischer y a Spaski, o lo que es lo mismo, a Estados Unidos y a la Unión Soviética. Tras veintiuna partidas de infarto, Fischer se proclama campeón dejando a los soviéticos con la moral muy tocada en plena Guerra Fría.

Con la explosión de los medios de comunicación, cada campeonato del mundo se convierte en un evento de primera magnitud. El último gran enfrentamiento se remonta a los años ochenta, cuando Anatoli Kárpov y el también ruso Garri Kaspárov dirimían quién era el mejor.

A nadie se le escapa el poder simbólico de esas batallas libradas frente a un tablero. El siguiente paso sería enfrentarse a la tecnología. Si en la película 2001: Odisea del espacio Kubrick oponía al ajedrez a uno de sus personajes y al superordenador ficticio HAL 9000, décadas después, en 1997, el superordenador auténtico Deep Blue, construido por IBN, derrotaba al por entonces campeón mundial Kaspárov.

Ese combate lo ganó la ciencia, pero la magia de este juego ancestral no encaja bien con la revancha. Al menos, es lo que piensa la gran estrella actual del ajedrez, el noruego Magnus Carlsen, para quien los ordenadores son grandes instrumentos de análisis, pero nunca oponentes: “Es mucho más interesante jugar contra humanos”.

Representación de una partida en la que participa el ajedrecista inglés Howard Staunton

Un sabio muy sagaz

La fábula árabe sobre la creación del juego

En el año 934, aparece la leyenda árabe de Al-Masudi, que atribuye la paternidad del juego al sabio Sissa ben Dahir. Cuenta que este, deseoso de distraer a su soberano, aquejado de un profundo aburrimiento, concibió el ajedrez. El rey quedó absorto en este sutil ejercicio y se curó de su melancolía. 

Después, ansioso por recompensar al sabio, le prometió darle cuanto pidiera. “Me conformo con un grano de trigo en la primera casilla, dos en la segunda, cuatro en la tercera, ocho en la cuarta y así en las siguientes, doblando el número de granos en cada casilla hasta la última”, respondió modestamente Sissa. 

El monarca ordenó que así se hiciera, pero jamás pudo cumplir su palabra. Desconocía que la petición seguía una función exponencial y que el número final correspondía a 18.446.744.073.709.551.615 granos, una cantidad descomunal.

¿Ajedrez o escaques?

El primero viene del árabe y el segundo del persa, vía el latín

El término castellano de ajedrez proviene del árabe al-shatranj, pero las otras lenguas románicas utilizan nombres derivados de la raíz latina scacum (procedente a su vez de la voz persa shah, rey, sustitutiva de la india rajah). Esta dará lugar, por ejemplo, a scacco en italiano, escac en catalán (registrado en Barcelona en 1058), los escaques en castellano (ahora mero sinónimo de las casillas, tras haber sido desplazado por la palabra ajedrez), el eschac provenzal (1100), el échecs francés y el chess anglosajón. 

Las raíces árabes se conservan también en la exclamación victoriosa que se profiere cuando se elimina al rey contrario: al-shah-mat (“el rey ha muerto”), cuya pronunciación (“al scacmat”) ha derivado, por ejemplo, en el jaque mate castellano o en el escac i mat catalán.

Este artículo se publicó en el número 494 de la revista Historia y Vida. Y es recogido de la página web del periódico español (catalán) La Vanguardia. En https://www.lavanguardia.com/historiayvida/edad-media/20201203/6086287/historia-ajedrez-tablero-alfonso-x-urss.html.

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