Semblanza de José Raúl Capablanca: el único campeón mundial de origen latino

Por Sergio Negri

“—Tú, que vienes de Cuba, ¿no has visto a Capablanca? (Yo respondo que Cuba / se hunde en los ríos como un cocodrilo verde.) / —Tú, que vienes de Cuba, ¿Cómo era Capablanca? / (Yo respondo que Cuba / vuela en la tarde como una paloma triste.) / —Tú, que vienes de Cuba, ¿no vendrá Capablanca? / (Yo respondo que Cuba / suena en la noche como una guitarra sola.) /  —Tú, que vienes de Cuba, ¿Dónde está Capablanca? / Yo respondo que Cuba es una lágrima”.

Nicolás Guillén, Deportes

Bajo el nombre de José Raúl Capablanca y Graupera, el 19 de noviembre de 1888 nació, en un fuerte militar de la bella ciudad de La Habana, en una Cuba que aún permanecía bajo dominio español, una de las máximas figuras del ajedrez de todos los tiempos.

A lo largo de su trayectoria, no lo habrá de caracterizar a ese jugador emblemático precisamente la dedicación al estudio ni su vocación por el esfuerzo. Muy por el contrario, sus condiciones para la actividad eran innatas, a punto tal de que daba la impresión que las mejores jugadas posibles parecían brotar de sus manos y de su mente como el cántaro se nutre desde un manantial.

Siendo un niño, con tan solo cuatro años de edad, observando una partida, indicó una movida incorrecta que había hecho su padre, José María Capablanca (1862-1923), para asombro de los circunstantes. Es que no había recibido enseñanza alguna, sólo habría de conocer las reglas del juego por la fuerza de la observación. Ese mismo día, se asegura, habría de vencer a su progenitor.

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Imagen de José Raúl Capablanca y su padre frente al tablero de ajedrez

En esas condiciones, rápidamente se lo considerará un niño prodigio. Al año siguiente de aquel episodio iniciático lo llevan al Club de Ajedrez de La Habana, donde causa asombro por su desempeño. Poco después, en diciembre de 1901, a la edad de trece años, derrota en un match a Juan Corzo y Príncipe (1873-1941) convirtiéndose en campeón absoluto de Cuba (por primera y única vez). Con estos pergaminos de fuerte precocidad, estarían claras las razones por las cuales se lo habrá de considerar el Mozart del ajedrez.

Su familia no tenía excesivos recursos, aunque tampoco demasiadas privaciones). Por fortuna aparecerá un mecenas para facilitar las cosas, Ramón Pelayo de la Torriente (1850-1932), un marqués español que se dispuso a financiar su formación en los Estados Unidos de América con el propósito de que continuara sus estudios, para que pudiera recibirse de ingeniero químico y, al regresar, lo ayudase en la gestión de sus negocios azucareros. El ajedrez cambiaría el curso de los acontecimientos. Capablanca cursa la escuela secundaria en la Escuela Woodycliff de Nueva Jersey y hará dos años del proyectado estudio en la Universidad de Columbia mas, desde luego, abandona todo por su pasión de siempre.

En 1905, un año después de arribar a los EE. UU., comienza a frecuentar el Club de Ajedrez de Manhattan; y en 1906 ya vence al campeón mundial Emanuel Lasker (1868-1941) en una partida rápida. Con veinte de edad derrota claramente en un match al campeón estadounidense Frank Marshall (1877-1944) quien, a pesar de ello (aunque habría que decir que en su generosidad, precisamente debido a ello), no dudó en proponer que se admitiera a la joven estrella en el torneo de San Sebastián donde habrían de participar todas las figuras de la época (con excepción de Lasker).

En esa localidad balnearia de España se dará, entre el 20 de febrero al 17 de marzo de 1911, su primer gran éxito internacional, ya que el cubano se impuso por delante del polaco Akiba Rubinstein (1880-1961), el yugoslavo (esloveno) Milan Vidmar (1885-1962), el propio Marshall, el alemán Siegbert Tarrasch (1862-1934), entre muchos otros.

En septiembre de 1913, sin dudas que favorecido por su creciente reputación, logra un empleo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba asumiendo, por ende, funciones en el exterior, logrando a partir de ese momento alguna estabilidad financiera y facilitando sus viajes por el mundo para jugar torneos de su irremplazable ajedrez.

En San Petersburgo, en la aún Rusia prerrevolucionaria, se disputa un gran torneo, entre el 21 de abril y el 22 de mayo de 1914, en el que a Capablanca se le escapa el triunfo en la última fecha al perder con Lasker (con tablas se hubiera impuesto). Queda entonces como escolta del campeón mundial y ambos, junto a Tarrasch, Marshall y el local Alexandre Alekhine (1892-1946), una figura emergente local de nota, habrán de recibir, de manos del zar de Rusia Nicolás II (1868-1918), el honorífico título de Gran Maestro.

Fue muy interesante, y de algún modo inédito, lo sucedido en 1920. Un Lasker que se consideraba ya inferior a un Capablanca que había adquirido fama creciente de imbatible, quiso resignar el título mundial a su favor sin jugar; pero este quería que el tema se decidiera sobre el tablero. Desde el 18 de marzo al 22 de abril de 1921 se enfrentan en un match en La Habana, donde el local  vence claramente, tras cuatro triunfos, diez empates y sin derrotas. Si bien faltaban aún diez partidas, el campeón resigna su título, por lo que Capablanca se transforma en el tercer campeón mundial de la historia.

En diciembre de de ese mismo año se casó con Gloria Simoni Betancourt, con quien tendrá dos hijos: José Raúl, en 1923; y Gloria, en 1925.

Hubo un tiempo en que Capablanca parecía invencible (y a lo largo de su carrera de hecho perderá muy pocos encuentros, el 6% del total de partidas oficiales disputadas). Por ejemplo, en 1922 se impone en un torneo en Londres, invicto, dejando a Alekhine en el segundo lugar a un punto y medio y, más atrás, quedan Vidmar y Rubinstein.

Por la facilidad con que lograba sus éxitos se lo llegó a llamar “la máquina del ajedrez”. Y esa condición de imbatido la mantendrá ocho años, desde el 7 de febrero de 1916, cuando pierde ante el austriaco Oscar Chajes (1873-1928), hasta que el checoslovaco Richard Réti lo logre vencer el 22 de marzo de 1924, en ambos casos en la ciudad de Nueva York. A lo largo de ese tiempo no cayó durante 63 partidas.

Previo a exponer por primera vez el título ecuménico, se lo verá consagrar en la prueba de Nueva York, disputada entre el 19 de febrero y el 23 de marzo de 1927, en la que cada jugador disputó cuatro partidas contra sus rivales, con un desempeño óptimo: quedará invicto, con una ventaja de 2,5 puntos respecto de Alekhine, siendo los otros participantes el danés (nacido en Letonia) Arón Nimzowitsch (1886-1935), Vidmar, el austriaco Rudolf Spielmann (1883-1942) y Marshall. Con esta actuación el aire de invencibilidad del campeón parecía inconmovible.

Sin embargo en 1927, en la ciudad de Buenos Aires, cede, bastante inesperadamente, la corona a Alekhine, rival con quien nunca había perdido previamente, al caer por seis triunfos del ruso (y futuro francés) a tres, con veinticinco  tablas, en un extenuante match en el que se siguieron las reglas de Londres, esas que el propio Capablanca había en su momento sugerido (que el título fuera para el que obtuviera esa cantidad de éxitos máximos sin contarse los empates).

El cubano fue víctima de su propia medicina máxime que, otra de las condiciones, la de que el desafiante reuniera una recompensa de 10.000 dólares estadounidenses, habrá de ser difícil de alcanzar a partir de la crisis económica mundial desatada en 1929, y el retiro de la escena de los habituales mecenas del ajedrez.

El nuevo titular del mundo se negará sistemáticamente, de ahí en más, a darle la merecida revancha y, para peor, en la década del 30 aparecerán nuevos valores, como el holandés Max Euwe (1901-1981), a quien Capablanca vencerá en un match en 1931 en Ámsterdam, con dos triunfos, ninguna derrota y ocho tablas; el checoslovaco Salomon Salo Flohr (1908-1983); el soviético Mijaíl Botvínnik (1911-1995); los norteamericanos Samuel Reshevsky (1911-1992), nacido en Polonia y Reuben Fine (1914-1993), y el estonio Paul Keres (1916-1975), generando un cambio de contexto que implicaría el paulatino y definitivo eclipse del jugador cubano, de predominio otrora incuestionable.

Su vida íntima tuvo un vuelco desde que en 1934 conoce a una princesa rusa (georgiana), Olga Chagodaef (1898-1994), con quien entra en amores, habiéndose de casar en octubre de 1938, previo divorcio de su primer vínculo legal, el que ocurrió muy poco antes.

El campeón, en este doble relacionamiento simultáneo, con su formal esposa y con la que lo sería en el futuro, daba muestras de su éxito antes las mujeres a partir de su notoria galantería. En ese orden algunos atribuyen su bajo desempeño en Buenos Aires en 1927 a sus salidas nocturnas con algunas bellas damas locales, entre ellas la actriz y vedette Gloria Guzmán (1902-1979), nacida en España. Alguna vez, muy socarronamente, se llegó a asegurar que “Capablanca no perdonaba a ninguna dama, ni dentro ni fuera del tablero”.

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Imagen de Capablanca y su segunda esposa Olga Chagodaef, en (cortesía de Juan Morgado)

Tras un tiempo en el que el cubano dejó de competir en pruebas de fuste, incentivado ahora por el hecho de que Alekhine había transitoriamente perdido el título del mundo con Euwe, y por su nueva situación amorosa, se lo verá a Capablanca vencer en Moscú del 14 de mayo al 8 de junio de 1936, delante de Botvínnik, Flohr, observándose más rezagado al excampeón Lasker (quien también estuvo un buen tiempo inactivo y ya estaba demasiado veterano). Ese mismo año, del 10 al 28 de agosto, compartirá con Botvínnik el liderazgo en el espectacular torneo de Nottingham, Inglaterra, quedando ambos por delante de Euwe, Lasker, Alekhine Fine, Reshevsky y Flohr.

Pese a esta suerte de renacer, Capablanca no volverá a tener una nueva oportunidad por el título habiendo de pagar, si se formula una evaluación retrospectiva, muy caro su exceso de confianza y cierta indolencia (esa que le era idiosincrásica) de 1927 cuando en la capital argentina perdiera ante Alekhine un bien ganado previamente liderazgo mundial de un juego en el que siempre evidenció tanta precisión producto de su natural sabiduría.

El tiempo transcurría inexorable, dejando en evidencia que lo mejor de su historial ya era parte del pasado. En ese contexto formará parte del Torneo AVRO, ganado por Keres y Fine, disputado en Ámsterdam y otras ciudades de los Países Bajos en el mes de noviembre de 1938, donde tendrá su peor performance histórica ya que salió penúltimo entre ocho jugadores (los mejores de ese tiempo). En el curso de la competencia sufrió un pequeño episodio de accidente cerebro vascular: otro signo de deterioro, en este caso vinculado a una salud que comenzaba, como su trayectoria deportiva, también a declinar.

Sin embargo, y casi como una despedida, será en la propia Buenos Aires, ciudad donde había otrora perdido su preciada corona, y en donde lo idolatraban, en la que alcanzará su postrer logro. Entre el 24 de agosto y el 19 de septiembre de 1939, se disputa allí el Torneo de las Naciones, y Capablanca alcanzará la medalla de oro al mejor primer tablero, dejando en un segundo lugar a Alekhine quien, ya sabemos, se había transformado en su infatigable némesis. Un dato interesante, al revisar esa puja histórica al cabo del tiempo, es que habrá de prevalecer el cubano quien derrotó al ruso-francés nueve veces, perdió en siete ocasiones (seis de ellas en su fatídico encuentro por el título mundial) y con treinta y tres empates.

En la víspera de su muerte Capablanca estaba en el Club de Ajedrez de Manhattan, en Nueva York, cuando evidenció un malestar físico que lo hizo desplomarse sobre los brazos de los ajedrecistas que se le acercaron. Lo trasladaron en estado de coma al Hospital Monte Sinaí, el mismo donde un año antes había fallecido Lasker. El cubano pasará a la inmortalidad en la madrugada del 8 de marzo de 1942, siendo la causa determinada del deceso una hemorragia cerebral provocada por la hipertensión arterial que sufría desde hacía mucho tiempo.

Imagen del cementerio en La Habana donde se conservan los restos de Capablanca

 

Capablanca, en su faceta de divulgación, fue autor de Fundamentos del ajedrez (Chess fundamentals), considerado por Botvínnik como uno de los mejores libros especializados de la historia, que apareció en 1921. En él se dan algunas pautas muy influyentes en la evolución de la técnica del juego, como por ejemplo la idea de que el alfil es generalmente más fuerte que el caballo y otra, considerada en la época como del todo novedosa, en cuanto a que la unión de dama más caballo (al complementarse) es generalmente superior que la combinación de dama y alfil (ya que en este supuesto los movimientos son parcialmente superpuestos perdiendo efectividad comparativa por la redundancia).

También de su pluma surgieron Mi carrera en Ajedrez, que es de 1920, y A primer of Chess, que es de 1935. Las primeras ediciones de estas obras surgirán en idioma inglés, con múltiples traducciones ulteriores, y una gran repercusión en la comunidad ajedrecística mundial.

En su momento de mayor gloria, Capablanca pareció aburrirse un tanto del ajedrez que lo hizo brillar pero que, por la perfección alcanzada, lo estaba llevando a una sensación de agotamiento (ya todo podía haber sido descubierto, así llegó a pensar, claro que equivocadamente) en particular porque podía pensarse que si ambos contendientes jugaban de la mejor manera, el resultado al que se iría inexorablemente era el empate. Casi como si se pudiera imaginar una partida perfecta, algo que tal vez con el tiempo el avance de la inteligencia artificial logre llegar a determinar.

Por eso propuso, siendo campeón del mundo, una modificación sustancial, para darle un mayor dinamismo y complejidad, tendiendo a la necesidad de crear una teoría específica, creando lo que se denominó Ajedrez de Capablanca, el que se disputaba en un tablero de diez filas por ocho columnas, agregando dos piezas por jugador, una llamada arzobispo, que combina el movimiento de alfil y caballo (se la ubica en el inicio al lado de la dama o reina), y otra que era el canciller, conjugando la forma de desplazarse de la torre y el caballo (se la presenta inicialmente al lado del rey).

En otros trabajos hemos destacado que el cubano alcanzó un volumen de conocimiento público y de reputación que excedió, y en mucho, al ámbito competitivo, por lo cual será objeto de atención en poemas, novelas, cuentos, ensayos, tangos, canciones populares y hasta para la designación de caballos de carrera. Capablanca fue, excediendo largamente el ámbito del ajedrez, un mito cultural de su tiempo.

Para cualquier lego ajeno al mundo escaqueado, y también para los aficionados y maestros del pasatiempo, referirse o pensar en el  ajedrez era necesariamente sinónimo de hablar de Capablanca. Su carácter emblemático sólo será alcanzado por unos pocos elegidos considerando toda la historia del juego En esa línea de pensamiento está del todo claro que el cubano fue el primero en alcanzar ese estatus en el siglo XX, habiendo adicionalmente de convertirse en el único campeón mundial de origen latino de toda la historia.

Ese sitial de mito, antes le pudo corresponder a un Morphy, y después a Fischer (y, quizás, también, aunque en otro rango de popularidad extraajedrecística, a Kaspárov). Capablanca fue el máximo referente de su generación y de todo un tiempo. Y el único que tuvo pocos puntos de controversia, a diferencia de las otras figuras que pudieran haber arribado a semejante sitial en la consideración universal. Por lo pronto Alekhine, su rival por antonomasia, en este sentido tan profundo, que es el que en definitiva prevalece, en el de la consideración cultural, quedará en un muy secundario plano respecto del cubano.

Desde 1962 se desarrolla en Cuba, en su homenaje, el Torneo Internacional Capablanca in Memoriam, una de las competencias más importantes y tradicionales del mundo, cuya primera edición vio vencedor al argentino Miguel Najdorf. En otros años triunfaron en esa prueba, entre otros, el excampeón mundial, el soviético Vasili Smyslov; el soviético disidente, a la sazón suizo, Víktor Korchnói; el danés, con residencia final en la Argentina, Bent Larsen; y, en años más recientes, el ucraniano Vasili Ivanchuk; el local, aunque devenido norteamericano Leiner Domínguez y el filipino (de flamante ciudadanía estadounidense) Wesley So.

Por otra parte, si bien las Naciones Unidas en tiempos recientes han convalidado que el Día Internacional del Ajedrez se celebre el 20 de julio de cada año (en conmemoración de la creación de la FIDE en igual día de 1924) aún hoy, en muchos países, en particular en aquellos hispano-parlantes, se prefiere recordar al 19 de noviembre como la fecha anual de celebración de los ajedrecistas. Es que, en esa fecha de 1888, en la bella ciudad de La Habana, vio la luz uno de los ajedrecistas más geniales de toda la historia: el mítico José Raúl Capablanca.

©ALS, 2021

Notas relacionadas:
La Astrología y el destino: la vida de José Raúl Capablanca. Por Silvia Méndez. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/03/26/la-astrologia-y-el-destino-la-vida-de-jose-raul-capablanca/.
Elementos históricos en el Club Argentino de Ajedrez del match Capablanca versus Alekhine de 1927. Por Christian De Luca. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/03/26/el-poema-sobre-capablanca-de-nicolas-guillen/. 

2 respuestas a “Semblanza de José Raúl Capablanca: el único campeón mundial de origen latino

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