Dante lloró

Por Horacio Olivera

A Aldo Badano

A Dante lo estremeció un grito desgarrador, de esos que parten de las entrañas. Un grito más, como tantos que había escuchado en las incontables horas de su permanencia en ese antro insalubre, donde el olor a bosta y a mugre y a orines apenas alcanzaba a tapar al de la carne quemada.

Trató de girar sobre el jergón extendido que le servía malamente de cama, pero el dolor se lo impidió. El dolor, en él, era uno solo, íntegro, desesperante. Tenía la cabeza aturdida por tanto golpe, la cara tumefacta, las costillas seguramente fisuradas, los genitales ardiendo impiadosos, las manos y los pies inflamados. El trapo, bolsa o lo que fuera que le tapaba la cabeza y no lo dejaba ver, apenas le permitía respirar y contribuía a una insoportable sensación de asfixia. Podía sentir sobre su lengua hinchada el sabor salino de su propia sangre.

En vano intentó Dante coordinar pensamientos. La sensación de atontamiento era tan grande como el dolor y únicamente algunas imágenes, como fogonazos, danzaban locamente en su cabeza. La más recurrente era aquella de cuando entraron a su casa, en los últimos momentos en los que había podido ver algo, antes de que lo encapucharan. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero la visión del rubio de pelo corto pateando su mesa de luz, levantando las sábanas y sacándolo de la cama con la brusquedad de una bestia, no lo abandonaba. Tampoco la sombra difusa de quienes lo acompañaban y se quedaron de pie, armas en mano, en la puerta de la pieza. Y los gritos de su madre, y el sonido de los cachetazos y el ruido de vidrios rotos.

Después, mientras todavía lo tenían de pie pero agarrado de los brazos y le pateaban los tobillos, vino la requisa. El rubio, que parecía drogado o quien sabe en qué trance místico, barrió con una mano la biblioteca, tiró casi todos los libros al piso, hojeó algunos, rompió sin más trámite otros. “Ya vas a ver, zurdito” repetía. Al final, pareció seleccionar dos o tres para llevarse. “¿Con estos libros te pudrieron el mate, no?” preguntó mirándolo, sin esperar respuesta. “¡Ya van a ver, bolches de mierda, ya van a ver!”. Siguió buscando, rompiendo, empujando. Cayeron adornos, algún reloj, ceniceros…

Hasta que encontró la caja. Pareció calmarse, como si hubiera encontrado la prueba de un delito. La abrió, lentamente. “Ajedrez”, dijo en forma queda. “Como buen zurdo, jugás al ajedrez…”

Después, solamente el recuerdo de la capucha, otra patada en los tobillos y un feroz golpe en la mandíbula, antes de caer al piso y ser arrastrado, entre más gritos de la mamá y el terror, un terror más fuerte que los dolores físicos.

Aplastado contra el piso de un auto sintió, después de una eternidad, que el coche se detenía. Fue sacado a empujones entre insultos, desnudado con brutalidad y atado de manos y pies sobre algo metálico y helado. El miedo crecía y comenzaba a sudar frío y a descomponerse del estómago, cuando oyó otras voces que no eran las mismas que las de los que entraron al departamento. Hablaban entre ellos, un poco alejados de él todavía, y se quejaban de un problema con la extensión de los turnos de “trabajo”.

Recordaba haber tratado de imaginar el dolor para aguantarlo mejor, pero lo sorprendió la voz animal de quien primero le pegó violentamente en la cabeza mientras lo insultaba y luego comenzó a pasarle corriente eléctrica por el cuerpo, mientras otro le hacía preguntas para las cuales él no tenía respuestas. Apenas recordaba las veces que había perdido la conciencia, hundido en un suplicio físico tan intenso como interminable.

Y ahora allí tirado, inmóvil, dolorido, incapaz de ubicarse en tiempo y espacio, aturdido y cegado por el tabique, la tortura volvía en la forma de los alaridos desgarradores, tan desgarradores como fueron los suyos, de otras personas a las que estaban sometiendo a los mismos tormentos. Era imposible no escuchar, pues por las manos atadas a la espalda no podía siquiera taparse los oídos. Desesperado, comprendió de pronto que la queja de los otros le causaba más daño aún que los sufrimientos de su propio cuerpo.

De pronto, los gritos cesaron. A Dante le pareció escuchar, pared de por medio, cómo  los torturadores hablaban de tomarse unos momentos de descanso. Después oyó con claridad el inconfundible sonido del entrechocar de las piezas de ajedrez sobre el tablero. De sus piezas de ajedrez, seguramente.

Y escuchó a los hombres disponerse a jugar, discutir banalmente sobre la ubicación de la Dama (Reina, decían) en la posición inicial o sobre el movimiento del caballo.

Comenzaron una partida y se hizo un repentino silencio, solamente interrumpido en alguna ocasión por las apagadas quejas de los prisioneros cercanos.

Como una forma de intentar distenderse pensando en otra cosa que no fuera el martirio, imaginó con destreza propia de ajedrecista avezado, el transcurrir del juego, el sereno deslizarse de las piezas sobre los escaques, el sutil e inconfundible chasquido de los trebejos al efectuar un intercambio de figuras. Disfrutó pensando en la elegancia del movimiento del Caballo avanzando dominante hacia una casilla central, o en la impetuosa Torre irrumpiendo orgullosa por una columna abierta. Como si fuera una caricia para su alma lastimada por tanta humillación, recordó sin esfuerzo la incomparable sensación de lograr belleza sobre el tablero, el sentir la adrenalina fluyendo al advertir un error, la mágica alegría de descubrir una combinación bien calculada.

Sumergido en sus fantasías, Dante recordó entonces algunas de sus buenas partidas, aquellas en las que había logrado jugar con brillantez y alguna más, realzada no tanto por su propio juego sino por la categoría de un rival de gran nivel. Enseguida vislumbró con claridad un sacrificio de “calidad” para alcanzar un ataque devastador, la valentía de tomar un peón envenenado en un juego contra un fuerte adversario, la serena actitud con que asumió una derrota que pudo haber evitado en la ronda final de un torneo de importancia. Notó con placer que sus pensamientos iban mucho más allá de los recuerdos, pues se veía a sí mismo dentro del tablero, esquivando los lances de un alfil por la gran diagonal y empujando a la torre contraria mientras su propia Dama ocupaba la casilla que él había contribuido a dejar vacía.

Y entonces se figuró a sí mismo de pie en una casilla central del tablero y a lo lejos entrevió al Rey negro, alto y majestuoso, valiente ante los peligros que lo acechaban. Debió apartarse de pronto del escaque que ocupaba, urgido por el intrépido avance de un peón blanco presuroso por llegar a la octava fila y redimir su destino convirtiéndose en una poderosa Dama que ayudara a sus huestes a ganar la partida. Y luego debió correrse otra vez, cuando un caballo negro llegó para impedirlo y el alfil blanco apareció como refuerzo del intento.

Sintió, por primera vez sobre su propia piel, la verdadera fuerza, la enorme tensión de una batalla sobre las sesenta y cuatro casillas. Y recordó una línea del famoso poema de Borges: “Adentro irradian mágicos rigores las formas…” ¡Cuanta verdad en esas pocas y bellas palabras!

Dante lloró. Más allá del dolor físico y del agotamiento moral, Dante lloró al comprender, emocionado, que su juego de ajedrez estaba permitiendo, al menos, que los verdugos cesaran las torturas durante unos momentos, acaso cortos, pero dramáticamente necesarios para las víctimas de los tormentos.

Dante lloraba aun cuando escuchó abrirse la puerta, los pasos que se acercaban rápidamente, la mano en el hombro y la voz cascada que le decía “Vamos pibe, que ahora te trasladan”.

La partida había terminado.

Sobre el autor: 
Horacio Olivera es un ajedrecista de Primera Categoría de la Federación Metropolitana de Ajedrez de la República Argentina y socio fundador del club Torre Blanca de la ciudad de Buenos Aires. Como ajedrecista, fue subcampeón metropolitano juvenil, campeón metropolitano y nacional de los Torneos Evita (1973), finalista de Campeonato Argentino Juvenil (1974) y sub-campeón de las provincias de Chaco y Corrientes (en los años 90). 

En su calidad de investigador ha sido colaborador del diario Página 12 y del sitio web Ajedrez 12. Actualmente, participa del programa radial Frente al Tablero, que se emite desde la Radio Porteña 89.7 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires los viernes a las 20.00, en donde se abordan cuestiones vinculadas al ajedrez con las dimensiones educativa, terapéutica y pedagógica. Asimismo, ha oficiado en su país de panelista en diferentes Encuentros relacionados con la Historia del Ajedrez. 
Horacio Olivera

3 respuestas a “Dante lloró

  1. Roberto Piantieri 20 abril, 2021 / 9:34 pm

    Conmovedor…muy realista. Quien quiera oír que oiga: ” Vamos pibe, que ahora te trasladan”

    Ay!!

    Felicitaciones

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    • ajedrezlatitudsur 20 abril, 2021 / 9:46 pm

      Gracias Roberto. A mí, como editor del sitio, esa nota de nuestro amigo Horacio también me generó ese sentimiento: el de estar en presencia de un relato “conmovedor”. Saludos cordiales
      Sergio Negri

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