Dos historias sobre Miguel Najdorf

Por Juan Sebastián Morgado

  1. 1951: MIGUEL NAJDORF Y LOS CAIMANEROS

–Qué proyectos tiene usted para el futuro próximo, para mañana?

–El futuro siempre es problemático; está condicionado a circunstancias ajenas que suelen echar por tierra los proyectos más sólidos, incluso los planes que hiciéramos la noche anterior. Por eso mismo, prefiero hablar del pretérito remoto o del pasado reciente. El pasado significa realidad, hechos tangibles, concretos, consumados–.

–Estoy de acuerdo con usted, admito sin pensarlo dos veces. Hábleme entonces de su gira reciente por los países del norte. Más aún, hábleme de un suceso reciente que nadie conoce, excepto, claro está, usted, y que me refirió el chisme–.

–¿Qué suceso?

–El del club La Paragua. Me contaron que trajo un lindo souvenir de Maracaibo–.

Miguel Najdorf hace un movimiento característico del que está cómodamente sentado, y de buenas a primeras siente un pinchazo profundo; es el brinco clásico de los que son repentinamente hurgados en llaga viva: es la reacción inevitable y visible de los que quieren olvidar un mal momento, y se encuentran sorpresivamente, sin escapatoria, encañonados con la pistola automática del amigo indiscreto o del periodista que se mete por todas partes, dispuesto a averiguar si el campanudo entrevistado usa camiseta con flecos, o zapatos con refrigeración. Najdorf vacila.

–Me refiero al obsequio de Vicente Imataca–.

–No se puede guardar secretos con ustedes. Se lo mostraré, pero creo que no le interese de veras para su nota–.

Se pone de pie, va hasta un mueble próximo, abre el último cajón, y saca algo chato, de unos 75 cm de largo por 10 cm de ancho en un extremo, y en el otro, la empuñadura de madera amarillenta, pulida por el uso, en la que se lee con pésima caligrafía: “Al gran Najdorf, de su colega Vicente Imataca, 1951”. Es un machete de doble filo, es esos que se usan para abrir picadas, o decapitar un buey de un solo tajo.

–¿Quién es Vicente Imataca?

–Jefe de los caimaneros de Río Limón. Buen hombre, aunque un tanto, ¿cómo decirlo?… un tanto expresivo en sus intenciones. Yo venía de México–.

Miguel Najdorf relata algunos aspectos de su excursión iniciada el 30 de mayo de 1951, rumbo a la América de la planta alta para intervenir en los torneos magistrales de ajedrez de Canadá, de los Estados Unidos, y luego de participar en el certamen de maestros de Ciudad de México, donde, de paso ¡cañazo!, le dio un lindo jaque mate a Su Excelencia el Presidente del país azteca, don Miguel Alemán, y continuar luego la tournée por las otras naciones de la América del entrepiso, y pasar después a los vecinos de la América de la planta baja.

En Caracas le sugieren que vaya a Maracaibo, doblemente famosa porque es tenida por la Venecia venezolana, y por uno de los centros ajedrecísticos más fuertes de la cuenca del Caribe, donde sufrieron más de una derrota maestros consagrados, entre ellos el gran cubano José Raúl Capablanca, batido cuando comenzaba a descollar con proyecciones internacionales, allá a principios de siglo, en la época en que todavía usaba pantalones hasta las rodillas. Najdorf acepta encantado, y se presenta en los clubes más distinguidos de Maracaibo a la manera del César: barriendo con todos, y con todos quemándole la mirra y el incienso que corresponde a los máximos valores. Una tarde, lo visitan en el hotel dos negros retintos y atléticos. Explica uno de los visitantes, con la timidez propia de la gente humilde:

–Somos directivos del club La Paragua. Cincuenta de nuestros socios desearían enfrentarse simultáneamente… cuando usted disponga de un poco de tiempo. Le aseguro que los hay muy buenos–.

–Encantadísimo; cuenten conmigo para mañana a la noche–.

Al caer las primeras sombras del día siguiente, media población negroide de Maracaibo se ha volcado colmando las instalaciones del club La Paragua, en la densa barriada de Chinoraina, donde ya están dispuestos en semicírculo los mejores jugadores negros de ajedrez de la veneciana ciudad petrolera, algunos venidos en lanchones desde Cabimas, Santa Rita y Santa Catalina, situadas al otro lado de la estrecha garganta que separa el Lago Maracaibo del Saco de Maracaibo, llamado así porque envuelve como tal el golfo de Venezuela. La actuación de Najdorf es la de siempre: magistral, imponente, espectacular.

Sus adversarios caen unos después de otros, y la desigual batalla habría terminado rápidamente, a las dos horas de comenzada, si uno de los jugadores no se hubiera empeñado en resistirse, echando mano a todas las defensas conocidas, desconocidas, y no ortodoxas, como fue ésa de último momento, cuando, estando su rey en peligro inminente de jaque mate, el negro se agacha, indolente, displicentemente, y toma algo de la silla, colocándolo sobre la mesa, junto al tablero: ¡era el machete! Ni corto ni perezoso, Najdorf advierte el momento en toda su magnitud, el significado de semejante estrategia ultramontana. Así es que, en lugar de rematar al rey, se conforma con eliminar un peón de la extrema izquierda, y después de tres o cuatro movimientos más, propone tablas, esto es, ni vencido ni vencedor, que el otro acepta al momento, con una sonrisa infantil, de oreja a oreja, diciéndole:

–Mi gente no lo va a creer que hice tablas con el gran Najdorf; soy el mejor jugador de ajedrez de Río Limón, desde Bailadores hasta Sinamaicas. Permítame que le obsequie como recuerdo este machete que en un tiempo fue de mi padre–.

–¿Para qué usa usted el machete?

–Para matar yacarés. Soy el jefe de los caimaneros de Río Limón. Vine la semana pasada a Maracaibo porque aquí abunda el dinero, el buen dólar, y el cuero de yacaré tiene gran demanda. ¡Qué bueno! Nadie me va a creer en Bailadores que hice tablas con el gran Najdorf–[1]


[1] Pío García, Mundo Deportivo, 22 de noviembre de 1951. Publicado en Luces y Sombras del Ajedrez Argentino tomo 1, pág. 151/2.

Miguel Najdorf

2. MIGUEL NAJDORF: EPISODIOS DE UNA VIDA

1941: La gira por Centroamérica: ¡formidable!

Está en Buenos Aires, después de realizar un viaje circular por la zona mediterránea de la República, y es el segundo que realiza, el maestro polaco Miguel Najdorf. En breve iniciará un tercero, con un itinerario más austral. El reguero de admiración que han dejado sus pasos nos mueve a verle.

Es el propagandista número 1 del ajedrez. Se ha transformado en el amigo –y no en el contrario– número 1 de miles de aficionados, que, sin sospechar que pudiera existir un ingenio de semejante prodigalidad, aguardaron durante años su venida, disimulando el tedio de la partida acostumbrada, con la misma apertura y el mismo contendor. Porque en cuanto llega Najdorf a un lugar vibran los tableros, de modo que todo es novedad, gusto y deleite, aunque no se juegue, pues causa admiración y placer verlo jugar.

Por saber algo más, le hemos pedido una entrevista. Pero en vez de esperarnos en su casa, nos encuentra en una calle cercana. Vamos a un café a hablar, mesa de por medio. Éste es Miguel Najdorf, no hay duda. Nos lleva a su casa de vuelta, y nos enseña tres cuadernos descomunales llenos de recortes de diarios. En realidad, los vemos, pero no podemos leer nada, porque nos muestra enseguida el otro, y el otro. Y nos habla de infinidad de lugares que ha visitado jugando simultáneas.

Más jugadores que en Rusia

–¿Qué impresión tiene usted, maestro, de la afición en nuestro país?

–¡Formidable! Antes de iniciar la primera jira llevaba el convencimiento de que la popularidad que tiene el ajedrez en Rusia no aceptaba parangón en ninguna parte, pero al terminar el último viaje debí modificar mi juicio. Creo que, comparativamente, en ningún país hay tantos aficionados como en la Argentina, ni tanto entusiasmo. ¿Dónde puede imaginarse que en un pueblo de 3.000 habitantes, como Las Perdices, en Córdoba, haya, por ejemplo, donde dar una sesión de partidas simultáneas a cuarenta y siete tableros? ¡Formidable! Y no es la excepción. El caso se repite donde menos se piensa–.

–¿Cuánto tiempo tarda en despacharse una serie de 20 a 30 contrarios?

–Depende de la fuerza en general. En cierta ocasión gané en menos de dos horas a cuarenta jugadores. En cambio, veinte jugadores buenos me hicieron hilar fino durante más de cinco horas. Tengo la convicción de que dentro de dos o tres años el maestro que se arriesgue a hacer una jira de simultáneas por el interior no podrá abrigar la pretensión de batir récords de puntaje ni de tiempo. En San Juan, por primera vez en mi vida, jugué “simultáneas en cascada” con Virgilio Fenoglio, que se ha radicado en aquella ciudad–.

–Explíqueme eso de la cascada–.

–Sí. Una jugada la hacía Fenoglio, y yo la siguiente, y así hasta finalizar todas las partidas–.

–¿Y qué puntaje hicieron? Porque se me ocurre que su estilo no ensamblaría muy bien con el de Fenoglio–.

–Ahí está la sorpresa. Nos entendimos perfectamente y ganamos todas las partidas–.

Sus éxitos más notables

–¿Cómo se pronuncia su apellido?

–Se pronuncia Náidorf. La j es la i latina–.

–¿Y tiene traducción?

–La tiene. Quiere decir “aldea nueva”–.

–No tenemos el equivalente exacto, pero, dándole una pequeña licencia a la traducción, podríamos decir Barrionuevo o Villanueva, que son más comunes entre nosotros. ¿Sus datos personales?

–Nací en Varsovia el 15 de abril de 1910. En 1928 le gané al doctor Tartakower un match. He sido ocho veces campeón de Varsovia. Llegué 1º empatado en el Torneo Internacional de Budapest de 1934. Gané el de Rogaska-Slatina de 1936. Gané junto a Paul Keres el Torneo del Círculo–.

–¿Su mejor partida?

–La llaman la “Inmortal Polonesa”, y ha dado varias veces la vuelta al mundo. Ese nombre exige una orquestación superior de todas las piezas. Y la tiene, en realidad, y por eso la llamaron así. No sé si es mi mejor partida, pero es una de las que más me gustan–.

La admiración de Najdorf: Cardalda y Xul Solar

–Cuando el maestro Julio César Cardalda lo sepa se la va a pedir inmediatamente–.

–¿Quién es ese señor?

–Es un violonchelista enamorado del ajedrez y de la música, que dice que el tablero es una octava, con sus notas, intervalos, que el nueve es el número básico, y otras cosas más. Para entenderlo bien hay que saber música, armonía, composición, contrapunto, fuga, instrumentación, y qué se yo cuántas otras cosas. Otro pianista, León Simsilevich ha dado una conferencia sobre un tema semejante, y asegura que una buena partida da una buena armonización. Imagínese qué sinfonía debe salir de “La Inmortal” de Anderssen, o de su “Inmortal Polaca”–.

–¡Pero eso es formidable! ¡No lo había oído nunca!

–Y qué me diría usted, entonces, del ajedrez zodiacal, de Alejandro Xul Solar. No, si aquí tenemos unos cuantos aficionados que se han revisado los más recónditos meandros del ajedrez. Y espero encontrar al pintor ajedrecista capaz de resolver problemas de vibraciones, matemáticas y física puras–.

Y aprovechando la admiración de Miguel Najdorf, pequeño desquite, nos hemos despedido de este hombre joven, amable, sencillo, de postura intrascendente, que tiene admirados a todos los ajedrecistas del país, y a muchos que no lo son. Y no podemos menos que repetir como él:

–¡Formidable!–[1]


[1] Reportaje de Paulino Alles Monasterio, libro de recortes de Antonio Virginis, 1941. Publicado en Luces y Sombras del Ajedrez Argentino tomo 1, pág. 110/2.

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