Marco Denevi y el ajedrez

Por Sergio Negri

Marco Denevi (1922-1998), nacido un 12 de mayo en la ciudad argentina de Roque Sáenz Peña, en la provincia del Chaco, fue un reconocido escritor (novelista, autor de teatro y cuentista), cuya obra cumbre ha sido Rosaura a las diez, la que llegó a la pantalla cinematográfica.

En ella el ajedrez, como en algunos de sus otros trabajos literarios, no habrá de estar ausente.

Rosaura a las diez fue publicada en1955, apareciendo el juego en un fragmento en el cual se sostiene la tesis acerca de que “la corrupción proporciona una felicidad (…) al corruptor, que consiste en el asombro, en el desorden de la víctima”. Ello se puede dar, para el autor, por ejemplo cuando se revela un secreto o si, estando en un teatro, a alguien le surge la tentación de gritar, a ver qué pasa. O, desde luego, en el supuesto en los que se “ve dos tipos jugando al ajedrez, y usted piensa: ´Qué lindo mezclarles todas las piezas con la mano´”.

El corruptor halla un placer no meramente al gozar consigo mismo sino, también, al revelarle al otro un placer que le era desconocido, uno tal que: “para el otro signifique el manotazo a las piezas de ajedrez o el grito en el teatro”.

Pero el principio de entropía se impone ya que siempre habrá de llegar un momento en el que no quede nada por desordenar con lo que, todo lo desordenado, forma un nuevo orden. Es de imaginar que, en ese momento, los ajedrecistas podrán disputar sus partidas sin molestias de ningún tipo. Aunque estuvieran rodeados de una multitud de corruptores…

A Denevi se le debe un breve texto, llamado Apocalipsis (en https://www.open.edu/openlearn/ocw/pluginfile.php/618749/mod_resource/content/1/l314_1_apocalipsis.pdf), en el que plantea una situación futurista en donde se dará la extinción de la raza de los hombres, lo que habrá de ocurrir para fines del siglo XXXII. ¡Habrá que esperar, entonces! Se postula que las máquinas habrán alcanzado tal perfección a punto tal de que los hombres ya no necesitarán comer, dormir, hablar, leer, escribir, pensar y, por ende, no deberán hacer absolutamente nada.

En ese contexto, gradualmente, habrán de desaparecer, uno a uno, todos los objetos que antes estaban a su disposición. Entre ellos, y en el orden que da el autor, están “las mesas, las sillas, las rosas, los discos con las nueve sinfonías de Beethoven, las tiendas de antigüedades, los vinos de Burdeos, las golondrinas, los tapices flamencos, todo Verdi, el ajedrez, los telescopios, las catedrales góticas, los estadios de fútbol, la Piedad de Miguel Ángel, los mapas, las ruinas del Foro Trajano, los automóviles, el arroz, las sequoias gigantes, el Partenón”.

Es muy interesante saber que, en el criterio del escritor, el ajedrez estaba entre las cosas más preciadas por las que habrá de lamentarse por su ausencia. Al extinguirse ellas, sólo habrá máquinas y, después, serán los propios hombres los que empezarían a desaparecer, al multiplicarse los artefactos.

Nos preguntamos si Denevi no habrá considerado la posibilidad de que las máquinas puedan seguir jugando al ajedrez entre sí, cosa que instalados en el primer cuarto del siglo XXI es toda una palpable certeza. Siendo así podríamos creer que el hombre, como los dinosaurios, podrán ser parte de la historia. Pero el ajedrez… ¡El ajedrez, en la distopía futurista planteada practicado por las máquinas, como antes por los hombres, nunca irá a desaparecer!

En el relato Un perro en el grabado de Durero titulado ‘El caballero, la muerte y el diablo’ (en https://elpais.com/diario/2003/04/26/babelia/1051312637_850215.html), Denevi habla de un caballero que viene de la guerra, de cualquier guerra, a la que partió joven y gallardo y de la que volverá viejo y seco como una cáscara seca. Para él, ir a la batalla pude significar muchas cosas, pero todas las guerras son la misma guerra. Pero no todos sus partícipes tendrán las mismas perspectivas ya que, de hecho:

“….para los reyezuelos sería otra cosa, y otra para el Papa y para el Emperador, un juego de ajedrez que jugarían a distancia, cada uno encerrado en una ciudad, en una fortaleza, en un palacio, hasta que terminada la partida saldrían el uno al encuentro del otro y se estrecharían la mano como buenos contrincantes y se repartirían las tierras donde los frutos ya habían sido segados y cosechados”.

Es en ese preciso momento cuando:

el caballero saltó fuera del tablero del ajedrez de Papas y Emperadores, ahora el caballero vuelve a su castillo y en el castillo se despojará de su armadura como de una costra seca, se quitará la borgoñota como una cabeza ajena, en el castillo lo aguardan el neblí, el laúd, la mesa tendida, el lecho cálido, su mujer, sus hijos, los reyezuelos que él salvó de la ignominia lo colmarán de honores, el Papa y el Emperador que movieron los trebejos de la Guerra lo harán conde palatino, asistente del Solio, señor de aldeas y viñedos…”. 

Con todo:

“…el caballero siente el orgullo de ser caballero, de haber sido una de las piezas del ajedrez de la Guerra…”.

Es que si él no sabe porqué deciden lo que deciden reyes y papas, hay campesinos, y perros, que tampoco lo saben; y ni siquiera formaron parte de la guerra, y de la Historia. Incluso piensa que, más allá de reyes y Papas, siempre puede haber algún otro eslabón superior. Quién sabe. Y sin embargo, el perro sabe algo que el caballero no sabe, que está incubando en su cuerpo la peste negra; y por eso lo husmea. Siguiendo el razonamiento anterior, ahora en sentido ascendente, es posible también que papas y reyes no adviertan lo que sabe el caballero y, todavía más arriba, en la cúspide:

“…quizá los Papas y los Emperadores se detengan donde Dios pasa de largo, que quizá jueguen un ajedrez que para Dios no cuenta, quiero decir que quizá Dios no vea ese tablero y a sus ojos el sacrificio de las piezas no valga nada…”.

Una guerra, todas las guerras. En este camino ascendente/descendente, en el que el ajedrez estuvo tan presente en el relato del autor, todo termina cuando se sabe que el caballero confunde el ladrido de la muerte con el ladrido del perro. Pareciera que, definitivamente, es el animal, tal vez sólo él, quien tiene las cosas del todo claras. Al menos no participa de guerra alguna…

Marco Denevi

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s