Paulino Frydman, el ajedrecista polaco con destino sudamericano

Por Juan Sebastián Morgado y Sergio Negri

Presentación de Sergio Negri

El jugador polaco Paulino (Paulin) Frydman (1905-1982) integró el equipo de su país, del que fue capitán, en el Torneo de las Naciones de Buenos Aires de 1939, logrando en forma colectiva la medalla de plata e igual reconocimiento en forma individual (en el tercer tablero).

Antes de ello Frydman se venía destacando en esa clase de competencias, Había aportado ya para una Polonia que fue bronce en La Haya en 1928; oro en Hamburgo en 1930; plata en Praga en 1931, y bronce en Varsovia en 1935 y Estocolmo en 1937.

En lo personal había cosechado otras medallas: bronce en Folkestone en 1933, y en aquella de Estocolmo; y plata en la capital de su país natal. En la lid no oficial de Múnich en 1936, fue el primer tablero (delante de Miguel Najdorf), oportunidad en la que su país fue subcampeón. A lo largo de estos encuentros representando a Polonia obtuvo, nada menos, que diez medallas olímpicas (seis para el conjunto; cuatro para sí mismo).

En su trayectoria en torneos tuvo muy buenos desempeños. Por ejemplo en 1926 fue subcampeón de Polonia (compartirá ese mismo lugar con otros dos jugadores en 1935) y se impuso en cuatro ocasiones en el torneo de Varsovia. En ese 1935 vence en una prueba en Helsinki delante del estonio Paul Keres.

Su mejor performance, no obstante, fue en Ujpest (Hungría), en el que sale tercero junto a Salo Flohr, en prueba en la que se impuso Andor Lilenthal delante de Vasja Pirc; en ese torneo fortísimo jugaron también Gideon Ståhlberg, Ernst Gruenfeld, Erich Eliskases, Milan Vidmar (padre), Savielly Tartakower, Lajos Steiner, entre otras figuras.

Ante la declaración de la Segunda Guerra Mundial en 1939, se quedó Frydman en la Argentina. Eso mismo ocurrió con tantos otros ajedrecistas europeos: su compatriota Miguel Najdorf y, más tarde, el austriaco Erich Eliskases; y también, por un tiempo, el mencionado Stahlberg, Moshe Czerniak, la subcampeona mundial Sonja Graf y el propio Keres (en este caso muy brevemente), entre tantos otros.

En su estadía sudamericana, seguirá jugando Frydman algunas competencias, en Argentina y, ocasionalmente, en Brasil, quedando siempre entreverado en las primeras ubicaciones. Pero en 1941 deja los tableros por razones de salud.

La FIDE le conferirá en 1955 el título de Maestro Internacional. Chessmetrics informa que Frydman fue el jugador N° 19 del mundo en diciembre de 1934, es decir de su periodo polaco; pero el mejor ranking corresponde a su destino argentino, ya que llega a los 2.632 puntos en junio de 1942.

A Frydman se lo recuerda también por haber dirigido en la ciudad de Buenos Aires la muy activa sala de ajedrez del Café Rex, el mismo en donde se tradujo al idioma español la novela Ferdydurke de Witold Gombrowicz.

El jugador polaco, que ya era una figura muy importante en Europa, en un tiempo en el que ajedrecísticamente dio lo mejor de sí, halló en Buenos Aires un destino definitivo en donde pudo primero preservarse del horror de la guerra y, al cabo de todo, al decidir permanecer en una tierra tan lejana de la originaria, progresar y cubrir un ciclo vital que culminará el 2 de febrero de 1982.

Al cumplirse un nuevo aniversario hoy del nacimiento de Paulino Frydman, en Ajedrez Latitud Sur lo recordamos con esta semblanza y reproduciendo a continuación un texto, aparecido originalmente en Luces y Sombras del Ajedrez Argentino Tomo 1, Cap. 12 pág. 294. el que fue actualizado por su autor, Juan S. Morgado, especialmente para nosotros.

PAULINO FRYDMAN Y SUS CIRCUNSTANCIAS

(un conmocionante episodio ocurrido en el Salón Rex)

Por Juan S. Morgado

En el Congreso de Gotemburgo 1955 la FIDE confirió el título de Maestro Internacional a Paulino Frydman, premiando así la descollante actuación de este gran valor de nuestro ajedrez. Frydman nació en Varsovia en 1905, obteniendo su primer éxito internacional al adjudicarse el torneo de Sopot 1930. En 1935 igualó un match con Rodolfo Spielmann y ganó el torneo de Helsingfors, delante de Keres y Ståhlberg, entre otros. En 1937 venció en Lodz. Frydman representó a Polonia ocho veces en el Torneo de las Naciones, siendo la última en Buenos Aires 1939. Radicado en Buenos Aires desde entonces, actuó con notable éxito en media docena de importantes certámenes, retirándose del ajedrez activo en 1941. A partir de ese año dirige la sala de ajedrez del Rex.[1]

Imagen del Salón Rex en 1942. Frydman de pie a la izq. en el Rex. Tercero parado de
corbata Pelikán. Foto Juan Carlos Gómez, Gombrowiczidas.jpg

Precisamente, el siguiente episodio aconteció en el famoso Salón Rex, donde se reunían diariamente centenares de ajedrecistas.

—¡Usted, Utsonomjiya! ¡Litoyo Utsonomiya!—

—¿Frydman…? ¿Frydman…? Conocí a un Frydman en circunstancias excepcionales, en un expreso que marchaba a 80 km por hora. Frydman es un hombre que no olvidaré mientras viva, y aquel tren, ¡ojalá que no lo hubiéramos tomado nunca!—

¿Malos recuerdos?—

—Los peores. ¡Horribles! Condujo a mi padre a la muerte. Mi madre y yo salvamos la vida milagrosamente; ella porque era mujer, yo porque todavía llevaba pantalones cortos… ¡Extraño! El Frydman que conocí en aquel tren también jugaba al ajedrez… como usted. Estoy pensando si aquel Frydman y usted… No, no puede ser. Sería la más fabulosa coincidencia… Sin embargo, dígame una cosa, señor Frydman, ¿estuvo alguna vez en Petrogrado?—

El que escucha semblantea al que habla, al que le abordó inesperadamente en presencia de los que rodean la mesa del rincón observando cómo juega a la vez que explica los movimientos de las piezas al adversario sentado frente a él. El abordante tiene cara chata, ojos oblicuos, es asiático, quizás japonés. El abordado lo mira con creciente atención, y algo muy fuerte, anonadante, debe desencadenarse en lo más íntimo de su fuero interno, porque entreabre los labios y… no consigue articular palabra. El de la cara chata y los ojos oblicuos insiste con otra pregunta.

—¿Viajó alguna vez en el expreso Petrogrado – Varsovia, señor Frydman?—

Como venciendo la emoción que lo enmudeciera momentos antes, el interrogado responde:

¡Usted, Utsonomjiya! ¡Litoyo Utsonomiya!—

—¡Usted Frydman! ¡Paulino Frydman! Las vueltas que da la vida: volvemos a encontrarnos después de tantísimos años, y como aquella vez, frente a un tablero de ajedrez. ¿Recuerda, señor Frydman?—

No cabe la menor duda de que el mundo es pequeño; que sólo las montañas no se encuentran, y que el libro del destino está cuajado las más extraordinarias aventuras, de los más insólitos desenlaces, como éste de ahora. El primer encuentro había ocurrido hace casi cuarenta años, en circunstancias densamente dramáticas, y ambos lanzados de aquí para allá por los embates de la Primera Guerra Mundial.

A mediados de julio de 1914, el abogado Frydman, de Varsovia, entonces capital de la Polonia rusa, había decidido pasar las vacaciones con su mujer y sus cuatro hijos en el renombrado centro veraniego de Kolobrzeg,[2] en territorio alemán y junto al Báltico. Se han cambiado los primeros quince días del verano y los Frydman están haciendo las valijas y viajar más hacia el oeste, adentrándose en la Prusia, cuando la puerta del pequeño departamento que ocupan se abre violentamente, dejando paso a cuatro soldados alemanes, uno de los cuáles –sargento– pregunta perentorio y brutal:

—¿De qué nacionalidad son ustedes?—

Polacos—

—¡Rusos, dirá! ¡Quedan detenidos!, corrige el prusiano. Repite el abogado, alarmándose:

¿Detenidos? Somos veraneantes, turistas. ¿De qué nos acusan? ¿Por qué nos detienen?— 

—De enemigos de Alemania—

¡Imposible! Polonia nada tiene contra Alemania…–.

—¡Polonia es provincia rusa! (¿David?) Sarnoff [3] acaba de desencadenar la guerra en Petrogrado. Ustedes vendrán con nosotros—.

Aquella trágica noche del 1º de agosto de 1914, dos horas después que el embajador de Alemania en Petrogrado, conde de Portalés, presentó el ultimátum al ministro de negocios extranjeros ruso, Sarnoff, comenzaba la odisea de los Frydman, sorprendidos en jurisdicción enemiga por el estallido de la gran conflagración europea.

Se los envía de aquí para allá, internándolos una semana en un pueblo pesquero, luego en otro bien lejos de la costa. A pesar de todo, teniendo en cuenta la condición de turistas, se los trata con cierta consideración. Terminan confinándolos en la pequeña isla de Rugia, en el mar Báltico. En 1915, Alemania decide dejarlos en libertad, entregándolos a un país neutral: Suecia.

En Estocolmo, y mientras aguardan salvoconductos para regresar a su tierra, Paulino –el benjamín de los Frydman– interviene en el torneo infantil de ajedrez de la capital sueca, clasificándose primero, lo que le vale un comentario de diez líneas en un diario de Estocolmo, con un título que dice: Un bisnieto del gran Winawer gana el certamen reservado para menores de doce años. La noticia es correcta: Simón Winawer ha sido el más grande ajedrecista del siglo pasado, y uno de los mejores de Europa. Después de una estada más o menos prolongada en Escandinavia, los Frydman pasan a Finlandia, de allí a la metrópoli zarista, y finalmente el regreso a la ciudad natal en el expreso Petrogrado – Varsovia. Como el viaje es largísimo y por demás aburridor, Paulino termina sacando el tablero de ajedrez de una valija, y, a falta de adversario, juega contra sí mismo. Ha movido las primeras piezas cuando uno de los japoneses instalados, mudos e inmóviles en el asiento de enfrente del mismo compartimento, exclama en ruso:

—¡Ah, juegas al ajedrez! También nosotros jugamos al ajedrez… Aprendimos en Moscú y luego en Petrogrado. Éramos los únicos en la embajada nipona que jugábamos al ajedrez… Mi hijo Litoyo es bastante diestro en defender al rey—

Ordenó el abogado Frydman:

Paulino, juega una partida con tu compañero de viaje

De este modo inesperado se había roto la indiferencia glacial entre aquellas dos familias que viajaban en el expreso Petrogrado – Varsovia. Mientras los chiquillos juegan, los mayores comienzan por intercambiar impresiones de viajes y terminan sumergiéndose en confidencias. El japonés, que viaja a Polonia acompañado por su esposa y su único hijo, es Horobetsu Utsonimiya, agregado desde hacía dos años a la embajada de Petrogrado, y ahora, siguiendo instrucciones de Tokio, iba a Varsovia, y de allí a Berlín, con el propósito de informar a su gobierno acerca de lo que ocurría realmente en Alemania. Tal es la amistad surgida en el viaje entre los Frydman y los Utsonimiya que, llegados a la capital polaca, los últimos pasan dos días en la residencia que los primeros tienen en Varsovia. Enseguida los nipones reanudan viaje hacia el oeste…

Pasa el tiempo, y a principios de 1918 un diario inglés que llega a las manos de los Frydman informa detalladamente:

—¡Héroes civiles! Antes que ceder a la presión de sus captores, urgidos por informes precisos de la capacidad del Imperio del Sol Naciente, el diplomático japonés Horobetsu Utsonimiya, se ha suicidado aplicándose el harakiri. La actitud del agregado… etc. —

Naturalmente, los Frydman nunca más volvieron a saber de la señora Utsonimiya y del pequeño Litoyo. Con la marcha del tiempo, Paulino Frydman gana seis veces el campeonato de Varsovia, equivalente a virtual campeón de Polonia, se clasifica primero en diversos certámenes internacionales, y en 1939 lo tenemos en la Argentina participando en el Torneo de las Naciones, en el segundo tablero del equipo polaco, después de Tartakower. Durante las primeras partidas estalla la guerra del mundo: Frydman termina afincándose definitivamente entre nosotros, ganando torneos de importancia, y entre sus muchas ocupaciones –es literato, matemático, etc.– se dedica de lleno a la enseñanza del ajedrez en uno de los salones más concurridos de la calle Corrientes. Está en eso, explicando estrategias ajedrecísticas, cuando un visitante golondrina de esos que asoman curiosos y se marchan sin volver, un japonés oye nombrarlo y lo aborda allí mismo, en presencia de los que asisten a las explicaciones:

—¿Frydman? ¿Frydman? Conocí a un Frydman en circunstancias excepcionales que…— Sí, lo dicho. El mundo es pequeño; sólo las montañas no se encuentran, y el libro del destino está lleno de las más extraordinarias aventuras, de los más insólitos desenlaces.[4]

Frydman. PBT, 27 febrero 1953, Gregory Sherwood

[1] Revista Ajedrez nº 20, noviembre de 1955, pág.  379.

[2] Kołobrzeg es una ciudad de unos 50.000 mil habitantes, ubicada en el voivodato de Pomerania Occidental, en el noroeste de Polonia.

[3] Después de la revolución proletaria de octubre de 1917, los bolcheviques se entronizaron en el Estado monopolizando su dirección, quedando como únicos directores e instauradores del capitalismo de Estado. Reprimieron de manera sistemática (desde 1918) toda resistencia proletaria, que después se convertiría en represión contra sus propios miembros. Los puntos culminantes serían: las masacres en Ucrania, la represión en Petrogrado y la masacre en Kronstadt. [Tinta Negra, revista anarquista de estudios sociales, Año I nº 1, Lima, Perú, pág. 131, 155]

[4] Nota de Gregory Sherwood en PBT nº 897 del 27 de noviembre de 1953.

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