La nieve blanca (film ruso con subtítulos en español)

Por Sergio Negri

En versión subtitulada al idioma español ofrecemos a nuestros lectores, gracias a la gentileza de Christian De Luca, quien nos envió el respectivo vídeo de La nieve blanca (Belyy Sneg Rossii), estrenado en la entonces URSS en 1980, el que se puede apreciar desde el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=N2N_0VHxrjk.

De Luca, al remitir el material, expresó su agradecimiento, el que desde luego hacemos propio (aún sin personalmente conocerlos), a Iván Neznamov y Elizaveta Bogomaz, dos integrantes de la comunidad rusa en la Argentina quienes hicieron el trabajo de traducción.

COMENTARIOS SOBRE EL FILM LA NIEVE BLANCA

El film ruso La nieve blanca (Belyy Sneg Rossii), estrenado en la entonces URSS en 1980, dirigido por Yuri Vyshinsky (1923-1990), inicia su recorrido con el momento histórico en el que, al reanudarse la que a la postre sería la última partida del match que enfrentaba en Buenos Aires al cubano José Raúl Capablanca con el aún ruso Alexandre Alekhine, este recibe una carta de su rival anunciando que no proseguiría el juego suspendido por lo que se consagra como el cuarto campeón mundial de ajedrez.

El relato decanta hacia el devenir de la vida de un muy atormentado Alekhine quien, tras ese suceso sudamericano, se verá por las fuerzas de las circunstancias a no poder regresar a su patria en donde prontamente se lo considerará un enemigo del régimen.

Más tarde, esa situación enojosa con su patria de origen se exacerba con el ascenso del nazismo, y la ocupación de la Francia en la que residía el campeón con su esposa de ese tiempo, dándole mayores componentes dramáticos a su existencia y, en la perspectiva del film, a su enajenación con el terruño natal.

En este planteo general observamos cierta condescendencia por partida doble: es probable que ni Alekhine quisiera regresar a Moscú, como se plantea, habida cuenta de que la instalación del modelo político en su país no le fuera nada propicia al habérselo considerado un símbolo de la vieja aristocracia dominante. En el otro sentido, tampoco parece verosímil que en Rusia quisieran que volviera alguien que ya estaba residiendo en Francia, y que había procurado rápidamente la ciudadanía gala, en tiempos en los que disputaba su querella ajedrecística contra el cubano. En la URSS, por supuesto, todas las fichas estaban puestas en la nueva escuela soviética (y no rusa) que se quería instaurar bajo el liderazgo de Mijaíl Botvínnik.

Hay cierta escasez de profundidad en la mirada: nada se sugiere sobre las controvertidas declaraciones de Alekhine sobre los jugadores judíos, a los que caracterizaba como temerosos y especulativos, en tiempos en que esa clase de definiciones podían tener (y tuvieron) consecuencias muy indeseadas. Más bien, se lo presenta al campeón como una suerte de secuestrado del régimen nazi lo que, si bien tiene algún asidero, no presenta matices respecto del propio comportamiento de un Alekhine que, en diversas visiones, fue demasiado funcional al nuevo orden que Hitler quería imponer.

Por otro lado, es asimismo edulcorado el tratamiento que se le brinda a Rusia en tanto nación ya que esa patria, si bien podía evocar los mejores recuerdos de Alekhine, no hay que olvidar que estaba en pleno auge de la URSS de Stalin, con su secuela de puntos oscuros que alcanzaron a todos los planos de la sociedad, incluido desde luego el ajedrez. En ese contexto, hubo purgas, confinamientos a Siberia y asesinatos de muchos ajedrecistas.

De hecho se ha sostenido, aunque no debidamente comprobado, que el propio hermano del campeón del mundo, quien era también ajedrecista, pudo haber sido enviado matar por personeros del régimen. Y Alekhine no se había ido antes del país alegremente sino que se le habían confiscado sus bienes y, en algún momento, también fue encarcelado en su país, siendo conocida la anécdota sobre que lo habrían liberado por orden de León Trotzki. Nada de esto se menciona en un film donde, la nieve blanca, en su estado de idealización, puede ocultar los escombros que se depositan por debajo de la superficie.

Hay adicionalmente planteos que no necesariamente tienen rigor histórico: por ejemplo, el desafío de Botvínnik fue recibido en su residencia en Estoril después de la muerte del campeón y el match se iba a disputar en Inglaterra y no en Moscú.

Al final el film, entre canciones bellas cantadas en idioma ruso, vuelve a obnubilarnos el director con la propuesta de color níveo blanquecino, al decretarse que Alekhine tuvo una "muerte natural" cuando, es sabido, hay fundadas sospechas de que pudo haber sido asesinado (algunos, como el escritor italiano Paolo Maurensig, sostienen, aunque ficcionalmente, que la orden de exterminio pudo haber provenido precisamente de Moscú).

Pese a todos estos comentarios, que se los hace para contextualizar y no caer en los brazos de la propaganda o de los sesgos narrativos, no puede menos que decirse que el film es agradable y que, en algún sentido, al enfatizarse en los avatares personales de Alekhine, en su obsesión por el ajedrez, en su encantadora relación con su gato Chess, y en las circunstancias dramáticas que caracterizaron a su existir en tiempos bien difíciles (los de los totalitarismos, los del nazismo, los de las guerras mundiales), le confiere un halo de mayor humanismo que permite empatizar con una figura que, usualmente, ha sido mucho más valorada por lo hecho dentro del tablero que por algunos de sus controvertidos comportamientos fuera de él.

Por otra parte, habida cuenta del origen del film, y la fecha en el que apareció, comprendemos perfectamente que se le haya querido imprimir un mensaje de algún modo reivindicatorio en cuanto a la visión de Rusia sobre un hijo pródigo del que mucho tiempo renegó. No habría que dejar de notar que la película se basa en Belye i chyornye de Aleksandr Kótov (1913-1981) quien, a su vez, es coguionista del film, junto a su director.

Ese libro al traducirse al español se lo tituló Las blancas y las negras, y no el más poético, y del todo inexacto, La nieve blanca. Pero lo que importa decir, en estas circunstancias es que Kótov, además de eximio ajedrecista, tuvo un vínculo muy estrecho con el régimen soviético, a punto tal de que se lo llegó a considerar, lo que es difícil de comprobar, parte de los servicios secretos de su país. Sea esto cierto o no, la mirada de Kótov está lejos de ser neutra e imparcial.

Cuando se fundó la escuela soviética de ajedrez, encabezada por Botvínnik, la que el régimen necesitaba por razones propagandísticas e ideológicas que fuera revolucionariamente fundacional, en sus primeros tiempos se había hecho tabula rasa con el brillante pasado ruso, ese que había en buena medida encarnado Mijaíl Chigorin (entre otros) en el siglo XIX; y ese que Alekhine, ya en el siglo XX, llevaría al cénit al alcanzar la corona mundial en la lejana Buenos Aires.

La nieve blanca, por ello, y más allá de los cuestionamientos y precisiones que pueden hacérsela en tanto reflejo fiel de los hechos, es un film profundamente reivindicativo y, a su modo, conmovedor.

Por un lado, plantea la necesidad de comprender más humanamente a un Alekhine que fue llevado a circunstancias probablemente no queridas en buena parte de su nada feliz existencia.

Y, por el otro, prohija la idea de que la propia Rusia, nación ajedrecística impar, de ninguna manera podía darse el lujo de desconocer que, con Alekhine, alcanzó por vez primera el pináculo de la gloria.


Afiche de La nieve blanca

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