Ziryab, la leyenda del mirlo negro

Por Manuel Azuaga Herrera

La historia cuenta que un esclavo iraquí, conocido por su exquisito canto, introdujo el ajedrez en Al-Ándalus

Esta nota salió en el diario Sur de la ciudad española de Málaga, el 9 de mayo de 2021. 
En https://www.diariosur.es/culturas/ziryab-leyenda-mirlo-20210509181322-nt.html?fbclid=IwAR20KwtqFtOxh7toZGwiSgfKTBLWgnNkUw_64UH2O8cI-blrYTTRZIoYuLk.

En el siglo VII, el yemení Abu Musa Ashaari, fiel compañero del profeta Mahoma, escribió: «Sólo el que peca juega al ajedrez. Jugarlo es de vanidosos y Dios no ama la vanidad». Poco tiempo después, el imán Al-Shafi’i, considerado el padre de la jurisprudencia islámica, abundó en esta tesis: «No me gusta el ajedrez porque me ofenden los juegos que practican los hombres». Sin embargo, el propio Al-Shafi’i lo practicaba, no sabemos con qué frecuencia, y admitía que podía entenderse como una simulación de guerra, siempre que se diera una condición: las apuestas no debían permitirse.

El arabista Jesús Bermúdez, conservador arqueólogo del Patronato de la Alhambra, trata de poner contexto: «Hay que dejar claro que el Islam no prohíbe la música, el teatro o el juego, tampoco el ajedrez. Lo que ocurre es que, desde nuestra mirada puramente occidental, este tipo de recreaciones artísticas nos subliman y nos acercan a la belleza en sí misma. En cambio, en ciertas corrientes del Islam podrían llegar a considerarse una irreverencia, ya que estas manifestaciones sólo son admitidas en la medida en que acerquen al hombre a lo espiritual, al significado de la creación». Aun así, el juego del ajedrez («shatranj») era muy popular entre los califas. En Bagdad, el califa abasí Al-Mahdi, de corte ortodoxo, pidió a los líderes religiosos que renunciaran a los juegos de azar, sobre todo a los que se jugaban con dados. Tras la muerte de Al-Mahdi, uno de sus hijos, Al-Rashid, se convirtió en el nuevo califa y en un «ferviente jugador de ajedrez». Y fue en su palacio donde arranca la increíble historia de Ziryab, un personaje proverbial con una vida que es un cuento y a la vez una leyenda.

El califa Al-Rashid, hombre apasionado y culto, conoció la inmortalidad gracias a ‘Las mil y una noches’, obra en la que aparece en numerosas escenas. Nuestro personaje, Ziryab, «el mirlo negro», era un esclavo liberto, un músico tan excepcional que sabía tocar y cantar miles de canciones de memoria. Ziryab era discípulo del músico del califa, Isaac Al-Mawsili. Un día, Al-Rashid pidió en una audiencia que Ziryab, del que había oído maravillas, tocase para él. Cuando le trajeron el laúd de su maestro, Ziryab lo rechazó del modo más educado que pudo: «Tengo un laúd fabricado con mis propias manos y nunca toco con otro instrumento. Mi laúd tiene cinco cuerdas, y no cuatro; algunas son de seda y otras están hechas de las entrañas de un león joven». El califa hizo traer el instrumento y Ziryab lo tocó con la garra de un águila como púa, lo que le permitía un toque más ligero. Al-Rashid quedó tan enamorado del sonido de aquel liberto que lo invitó a una segunda audiencia. Pero los celos se apoderaron del maestro Al-Mawsili y advirtió a su protegido: «Si no te tuviera aprecio, no dudaría en matarte. Así que esta es tu elección: abandona Bagdad, establécete lejos de aquí y jura que nunca volveré a oír tu nombre». Ziryab huyó de Bagdag con su familia. En una mano llevaba el laúd más hermoso jamás concebido. Y en la otra, un tablero de ajedrez.

Antes de su marcha, Ziryab escribió al emir de Córdoba, Al-Hakam I, y le ofreció sus servicios y talento. Al-Hakam I, ansioso por incorporar a su corte un músico procedente de Bagdag, no solo aceptó, sino que le prometió a Ziryab un salario mensual y otros tantos privilegios. Es importante subrayar que, en aquel momento, Córdoba era la joya de la corona de Al-Ándalus y se había convertido en una de las capitales más influyentes del mundo árabe. Algunas crónicas hablan de la existencia de más de 300 bibliotecas en la ciudad y sabemos que la mujer andalusí gozaba de una libertad incomparable. Como en un cuento lírico, cristianos, judíos y musulmanes convivían pacíficamente. Javier Bermúdez lo describe de forma muy gráfica: «Córdoba era la Nueva York del siglo nueve». En su periplo, Ziryab viajó por tierras sirias y tunecinas hasta llegar a El Cairo, atravesó los desiertos de Egipto y, siguiendo las rutas comerciales, navegó hasta Algeciras, donde arribó en el año 822. Nada más llegar, se enteró de la muerte del emir Al-Hakam I. Afligido por la noticia, Ziryab pensó en desandar el camino, pero el nuevo emir, Abderramán II, envió a un músico de su corte para darle la bienvenida a Ziryab. Entretanto, en Bagdad, el califa Al-Rashid preguntó una y otra vez por el paradero de aquel joven de canto extraordinario, pero el maestro Al-Mawsili tenía en mente una falsa coartada: «Se ha vuelto loco», le dijo. «El pobre piensa que puede hablar con las divinidades y se ha marchado de repente».

Al-Rashid no pudo disfrutar de nuevo del canto del mirlo negro, tampoco de su destreza en el arte del ajedrez. Y es seguro que hubieran jugado juntos, pues el califa tuvo maestros ajedrecistas en su círculo de influencia. Años antes, el propio Al-Rashid le había regalado al emperador Carlomagno un hermoso tablero con las piezas talladas en marfil. Este interés de Al-Rashid por el «shatranj» pasó a uno de sus hijos, el califa Al-Mamún, quien se convirtió en un jugador notable. En cierta ocasión, Al-Mamún se lamentó: «Es asombroso que, a pesar de dominar un mundo que se extiende desde el Indo, en el este, hasta Al-Ándalus, en el oeste, no pueda yo gobernar treinta y dos figuras de ajedrez en una extensión de tan pocos cuadrados».

Ziryab y Abderramán II se hicieron inseparables y fraguaron una amistad que duró 30 años, hasta la muerte del emir. En ‘Córdoba de los Omeyas’ (Planeta Editorial, 1991), Antonio Muñoz Molina escribe este precioso pasaje: «El papel, la seda, la sabiduría, los libros, llegaban siempre de Oriente, de la casi infinita Bagdad, de donde había venido en tiempos de Abderramán II el músico Ziryab, de Bizancio, cuyos emperadores enviaban a los emires de Córdoba quintales de piedras de mosaicos y libros más valiosos y únicos que la gran perla al-Jatima». En su culto por la belleza, Ziryab pidió expresamente que todos los cortesanos del califa aprendieran a jugar al ajedrez. Es por ello que suele decirse que Ziryab fue el primer árabe que trajo el noble juego a la península. Quizás rompa el encanto literario de esta leyenda, pero me consta que no fue así. Aunque, para la historia que nos ocupa, tampoco importa tanto porque, si bien no fue el primero, sí que influyó como ningún otro en la expansión del ajedrez por Al-Ándalus y el resto de Europa.

Grandes ajedrecistas

El mundo árabe, influenciado por la cultura persa, adaptó el juego conocido como «chaturanga» y lo transformó en el «shatranj», muy difundido por Oriente Próximo. El yerno del profeta Mahoma, el califa Abi Talib, había prohibido su práctica debido al uso de piezas representadas con figuras humanas. A pesar de ello, los primeros grandes ajedrecistas de la historia fueron árabes. Es el caso del jurista iraquí Said bin Jubair, quien jugaba sus partidas a la ciega, sentado de espaldas al tablero o con los ojos vendados. Ya en el siglo X aparece la obra del poeta Al-Suli, autor del primer libro de estrategia de ajedrez del que tenemos testimonio. Al-Suli inventó muchos problemas de «shatranj», los llamados «mansuba», en los que, en apariencia, uno de los bandos está a punto de recibir jaque mate. Sin embargo, y de forma casi milagrosa, es el bando amenazado el que encuentra una combinación táctica que le salva del desastre. El más célebre de los «mansuba» de Al-Suli es conocido como el problema de la doncella Dilaram. El problema encierra una belleza tan admirable que Alfonso X el Sabio lo incluyó en su obra ‘Libro de los juegos de ajedrez, dados y tablas’ (1283), un códice con ilustraciones a color que atestigua de forma clara el influjo que tuvo la cultura islámica en la expansión del ajedrez.

Si quieren disfrutar del problema de Dilaram (lo que les recomiendo), deben tener en cuenta que las reglas del «shatranj» difieren de las del ajedrez moderno. Al «shatranj» se jugaba con dos elefantes por cada bando. Éstos saltaban dos casillas en diagonal por encima de cualquier pieza. Los acróbatas paquidermos, en un proceso de lenta mutación, se convirtieron en los alfiles que hoy conocemos. También existía una pieza llamada alferza que se colocaba junto al rey. El alferza o consejero tenía un movimiento muy limitado: se desplazaba una sola casilla, siempre en diagonal. Esta pieza flemática, a partir del siglo XV, se transformará en la moderna y poderosa dama, lo que revolucionará el juego de manera definitiva. Si quieren contemplar de cerca esta metamorfosis, aún pueden hacerlo, al menos tendrán su aroma. En el Museo de la Alhambra de Granada se conserva en perfecto estado un ajedrez nazarí del siglo XIV, único en el mundo, al que se jugaba con las reglas propias del «shatranj».

Pero volvamos a Ziryab. Con un salario de 200 dinares al mes, el liberto de canto prodigioso contribuyó a la modernización de la cultura popular más allá de los límites de un tablero de ajedrez. Ziryab nos transmitió, por ejemplo, el supersticioso rechazo al número trece y a los espejos rotos. En cuestiones de moda, recomendó usar un ropaje distinto según la estación del año, así como cambiar los tonos oscuros tradicionales por colores brillantes y vivos. Fue también Ziryab quien incorporó algunas normas básicas de protocolo, como la de degustar el vino en vasos de cristal o la de establecer un orden para servir la mesa: aperitivo, primer plato, segundo plato, postre y licor. Descubrió, de paso, las propiedades de los espárragos trigueros. Al-Ándalus estaba colmado de espárragos, pero nadie los comía. Ziryab fundó en Córdoba el primer conservatorio de música de Europa y decidió abrir sus puertas a todas las clases sociales. Cada vez que tenía ocasión, se afanaba en mejorar el laúd que trajo de Bagdag. Y, poco a poco, su tarea ayudó a la posterior aparición de uno de los instrumentos más formidables jamás concebido: la guitarra flamenca.

En 1990 Paco de Lucía lanzó ‘Zyryab’ (escrito con «y» griega), un álbum redondo e hipnotizador con el que rendía homenaje al músico iraquí, al que admiraba. En realidad, de algún modo evidente pero a la vez inexplicable, ambos estaban conectados. El poeta y flamencólogo Félix Grande se refirió a Paco de Lucía como el nuevo Ziryab de nuestro tiempo. Si pudiera contárselo, le diría a Félix que el genio de Algeciras (precisamente Algeciras) también jugaba al ajedrez. Lo hizo en el bar El Candela, en el madrileño barrio de Lavapiés, con su amigo Enrique Morente. Y no puedo más que suponer que la magia del milenario «shatranj» agitaba sus corazones.

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