Harry Nelson Pillsbury, un genio malogrado

Por Horacio Olivera

Si nos preguntáramos quienes fueron los tres mejores jugadores estadounidenses de todos los tiempos, sin duda dos nombres surgirían de inmediato en nuestras mentes: Paul Morphy, a mediados del siglo XIX, y Robert Fischer, durante el Siglo XX. Pero a caballo entre las dos centurias, hubo otro jugador, quizás no tan conocido como los dos genios que acabamos de nombrar, pero que  por propios merecimientos podría ocupar el tercer lugar…y tal vez aspirar a más!

Harry Nelson Pillsbury

Es que Harry Nelson Pillsbury, que a él nos estamos refiriendo, reunió las condiciones necesarias para ser considerado un genio, no solo ante el tablero de ajedrez, sino también en otras actividades lúdicas en las que no cesó de demostrar las capacidades de su mente privilegiada.

Nacido en 1872 en una pequeña ciudad del estado de Massachusetts, en los Estados Unidos de Norteamérica, Pillsbury aprendió los rudimentos del ajedrez recién a los dieciséis años, una edad a la que la mayoría de los grandes jugadores ya eran, incluso en esa época,  fuertes maestros (y sin hablar de la precocidad de los súper Grandes Maestros de hoy en día!). Sin embargo, ello no fue óbice para que casi de inmediato comenzara el joven Harry a competir con éxito hasta en los mejores niveles de fuerza ajedrecística de su país, para asombro tanto de legos como de entendidos. En 1892, a los veinte años, tuvo oportunidad de demostrar su enorme potencial, cuando derrotó por dos a uno en un match al Campeón del Mundo Wilhelm Steinitz, de visita en las EEUU. Y aunque el austríaco le había concedido peón de ventaja, no hubo dudas desde allí del promisorio futuro ajedrecístico de Pillsbury.

Y así fue que alcanzada ya cierta madurez en su juego, un grupo de amigos, mecenas y el Club de Ajedrez de Brooklyn financiaron su primera aparición internacional, para lo cual el joven jugador debió cruzar el mar en 1895 con el objeto de  participar en el excepcionalmente fuerte Torneo de Hastings, en el Reino Unido. Y aunque llegaba a la competencia precedido por los interesantes lauros que cosechara en su país, lo hacía en el papel de un iniciado con pretensiones, pero con remotas chances para acceder a una buena figuración en la tabla final de posiciones. Es que allí, en ese certamen que fuera considerado el más fuerte de todos los jugados hasta entonces, estaban el nuevo Campeón Mundial Emanuel Lasker y el ex campeón Steinitz, que sumados a Tarrasch, Chigorin, Teichmann y otros grandes, conformaban un fuerte lote de jugadores talentosos y de probada experiencia.

Pero lejos de arredrarse ante los pergaminos de sus rivales, el joven estadounidense desplegó su estilo agresivo con notable éxito y luchó desde el inicio en los primeros lugares, para finalmente adjudicarse el primer puesto relegando al segundo lugar al ruso Chigorin y al campeón Lasker al tercero. Fácil es de imaginar la gran sorpresa de la “crema” ajedrecística del momento que, aunque avisados de las virtudes del americano, no sospecharon una actuación tan extraordinariamente relevante.

Fue para Pillsbury el inicio de una brillante carrera de diez años, siempre luchando en los puestos de privilegio en los torneos y codeándose con los más afamados ajedrecistas. Su manera de jugar, su estilo incisivo y el tratamiento que reveló sobre las posiciones cerradas (hasta allí algo menospreciadas por los teóricos del juego), lo convirtieron pronto en una estrella de primerísimo nivel.

El triunfo en Hastings lo llevó a ser invitado a un fuerte cuadrangular en San Petersburgo, en la Rusia de los Zares, en el cual compitió con Lasker, Steinitz y Chigorin, obteniendo solamente el tercer puesto, pero demostrando que lo de Hastings no había sido casualidad y que su juego estaba a la altura del de los mejores. Vinieron luego grandes actuaciones en los últimos años del siglo XIX y principios del XX, en torneos donde compartió cartel con los grandes jugadores de la época: Nuremberg 1896, Londres 1899, Munich y París 1900, Montecarlo y Hannover 1902, lo vieron brillar y pasar a la consideración general como un serio aspirante al campeonato del mundo. En su patria, tuvo el honor de ser declarado oficialmente el primer campeón estadounidense de la historia, tras derrotar en un match, en 1898, al conocido jugador Showalter.

Pero no todo fue ajedrez de alta competencia en la vida de este extraordinario jugador. Y es que el joven Pillsbury supo ganarse la vida haciendo alarde de sus excepcionales cualidades, brindando frecuentes sesiones de partidas simultáneas a ciegas, ardua disciplina reservada solamente a algunas mentes privilegiadas.

Además, y para asombro de sus auditorios, en ocasiones complementaba las demostraciones repitiendo, al derecho y al revés, una lista de veinte o más palabras que la habían entregado para memorizar…antes de iniciar las partidas simultáneas. Por si esto fuera poco, parece que remataba algunas de estas descomunales exhibiciones de memoria y agilidad mental jugando, al mismo tiempo una partida de Whist, un popular juego carteado.

Amante de la buena vida, de los puros y el whisky, también fue un enamoradizo perseguidor de bellas mujeres, hasta que sentó cabeza y se casó con María Bush, su fiel esposa que lo acompañaría hasta sus últimos días.

Y esos días finales llegaron demasiado pronto. Sus andanzas tempranas debió pagarlas caro, pues contrajo sífilis, una enfermedad incurable en sus tiempos, lo que progresivamente lo llevó a la postración y a la ruina económica. La muerte lo sorprendió en la ciudad de Filadelfia, el 17 de Junio de 1906, cuando contaba solamente con treinta y tres años de edad.

Aunque contrafáctico, podemos preguntarnos qué es lo que hubiera pasado con Harry si no hubiera enfermado y sus proezas ajedrecísticas hubieran continuado deslumbrando en los tableros de todo el mundo. Tal vez, como era su sueño expresado tantas veces, el Campeonato del  Mundo lo esperaba. Al menos, tengamos por seguro que habría tenido una chance, pues así lo demuestran sus logros durante el corto período de su actuación dentro de la élite del ajedrez mundial.

Pillsbury dejó este mundo cuando aún tenía mucho que aportar sobre un tablero de ajedrez. Pero nos legó sus partidas brillantes, didácticas y plenas de ideas,propias de su mente privilegiada, restallante de talento y genialidad.

Sobre el autor:
Horacio Olivera es un ajedrecista de Primera Categoría de la Federación Metropolitana de Ajedrez de la República Argentina y socio fundador del club Torre Blanca de la ciudad de Buenos Aires.
Como ajedrecista, fue subcampeón metropolitano juvenil, campeón metropolitano y nacional de los Torneos Evita (1973), finalista de Campeonato Argentino Juvenil (1974) y sub-campeón de las provincias de Chaco y Corrientes (en los años 90).
En su calidad de investigador ha sido colaborador del diario Página 12 y del sitio web Ajedrez 12.
Actualmente, participa del programa radial Frente al Tablero, que se emite desde la Radio Porteña 89.7 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires los viernes a las 20.00, en donde se abordan cuestiones vinculadas al ajedrez con las dimensiones educativa, terapéutica y pedagógica.
Asimismo, ha oficiado en su país de panelista en diferentes Encuentros relacionados con la Historia del Ajedrez.
Horacio Olivera

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