Alekhine, el genio del ajedrez que destronó a Capablanca en Buenos Aires y su misteriosa muerte tras coquetear con los nazis

Por Luis Vinker

Nacido en Rusia y francés por adopción fue campeón del mundo entre 1927 y 1935 y luego entre 1937 y 1946, cuando apareció sin vida en una habitación de un hotel de Estoril. Su vida y su huella en la Argentina.

Nota publicada en el diario Clarín el 18 de junio de 2021. En  https://www.clarin.com/deportes/alekhine--genio-ajedrez-destrono-capablanca-buenos-aires-misteriosa-muerte-coquetear-nazis_0_WFObNIUzZ.html.

Alexandre Alekhine

Cerca de la medianoche del 24 de marzo de 1946, hace poco más de 75 años, le avisaron al joven ajedrecista portugués Francisco Lupi que regresara al Hotel do Parque, en Estoril, donde diariamente acompañaba al campeón mundial Alexander Alekhine en la preparación de su defensa del título. Cuando llegó y subió a la habitación número 43 –la única habilitada en esa primavera portuguesa, porque el hotel tenía un solo huésped-, le mostraron la escena: Alekhine estaba muerto.

“Tenía 54 años, entrenaba con el campeón portugués Francisco Lupi y trabajaba en un libro de memorias. Fue encontrado muerto en su habitación”, encabezó la necrológica el diario La Nación.

Alekhine había llegado a Portugal dos meses antes desde Francia. El país bajo la dictadura de António de Olivera Salazar y su temible Policía de Investigaciones (PIDE) podía ser el refugio en caso de que, como se rumoreaba, los supervivientes de la Resistencia Francesa le apuntaran a Alekhine entre sus objetivos de venganza.

La versión, primera y oficial, sobre su muerte fue “intoxicación” o, más directamente, que se atragantó con un trozo de carne. Otra, que creció con el tiempo y remite a las teorías conspirativas, es que Alekhine fue asesinado (y algunos, hasta se lo atribuyen a Iosif Stalin). También se mencionó la posibilidad de un suicidio o que sufriera angina de pecho. Lo más probable es que Alekhine haya muerto por su deteriorada salud, complicada desde mucho tiempo antes.

A la hora de citar a los mejores ajedrecistas de la historia, el maestro Miguel Najdorf –quien no le tenía ninguna simpatía personal- precisaba: “No podemos dejar de lado el nombre de Alekhine”.

Venía de la aristocracia zarista, huyó por los pelos después de la revolución bolchevique de 1917, se convirtió –desde el memorable match de 1927 en Buenos Aires ante José Raúl Capablanca– en el rey del ajedrez mundial, cedió y recuperó su corona, y tuvo una supervivencia sombría bajo el yugo nazi durante la Segunda Guerra MundialY terminó allí, solitario, en una perdida habitación de Estoril. Una vida de película.

Alexander Alekhine y José Raúl Capablanca en 1914. Foto: La Vanguardia
Alexander Alekhine y José Raúl Capablanca en 1914. Foto: La Vanguardia

Para mí, el ajedrez no es un juego sino un arte. Todo jugador de excepción dotado de disposiciones naturales tiene no sólo el derecho sino el deber ineludible de considerarse artista”, afirmó. Esas inquietudes artísticas a veces parecían a contramano de su impetuoso carácter y su estilo agresivo de juego.

Según escribió Luciano W. Cámara, “su personalidad fuerte, de modales un tanto bruscos, se reflejaba cabalmente en el tablero a través de sus ataques demoledores, a menudo con concepciones geniales”.

Alexander Aleksandrovich Aliojin, tal era su verdadero nombre, nació a fines de octubre de 1892 en Moscú -algunos indican el 19, otros el 31, según las diferencias por el calendario ortodoxo- y su familia integraba la exclusiva nobleza rusa, con extensas propiedades rurales y negocios textiles.

Su abuela fue su primera maestra de ajedrez cuando tenía siete años. Su padre, que además fue miembro de la Duma (Parlamento), no estaba tan convencido y lo obligó a estudiar las leyes. Alekhine se destacó desde joven en las competencias ajedrecísticas y obtuvo su primer campeonato ruso en 1913, compartido con Nimzowitsch.

Al año siguiente, mientras se licenciaba en Derecho, brilló con el tercer puesto en el Magistral de San Petersburgo, detrás de los colosos de la época: el alemán Emanuel Lasker y el cubano Capablanca. Fue el propio Zar Nicolás II quien le concedió a Alekhine la distinción de “gran maestro” en ajedrez y también lo condecoró como capitán de reserva en sus ejércitos. Pero ese mismo año, mientras jugaba y ganaba el torneo de Mannheim, Alemania, estalló la Primera Guerra Mundial.

Vestido con el uniforme del Colegio de San Petersburgo, Alekhine fue llevado a un campo de concentración, aunque finalmente lo liberaron y pudo retornar a Rusia. Allí lo aguardaba otro duro momento, ya que la Revolución del 17 y la guerra civil arrasaron con millones de vidas y liquidaron las propiedades privadas, incluyendo por supuesto las de la familia Alekhine.

Una de las tantas leyendas alrededor de Alexander Alekhine indica que los bolcheviques lo confinaron a la cárcel de Odesa y que uno de los líderes revolucionarios, Leon Trotsky, todavía poderoso en aquel momento, fue a visitarlo para jugar una partida. Y de inmediato, le extendió un salvoconducto para su liberación.

Alexéi, uno de los hermanos de Alexander, llegó a ser director de ajedrez del nuevo régimen y el propio campeón ganó el torneo de Moscú en 1920, pero después decidió marcharse a Francia. Tampoco está claro si las autoridades comunistas le concedieron el visado o si huyó, supuestamente con la ayuda de una delegada suiza del Komintern, una periodista llamada Ann Rüegg y que fue, por breve tiempo, su primera esposa.

Lo cierto es que 1921 lo encuentra a Alekhine ya afincado en Francia, revalidando su título de Derecho en La Sorbona (aunque nunca ejerció) y retomando su campaña ajedrecística a todo vapor. Durante ese año, Capablanca despojó a Lasker del título mundial en un match jugado bajo un clima extenuante en La Habana. Pero Alekhine triunfaba en los magistrales de Budapest y La Haya y su primer encuentro con el cubano (tablas) se daría en la temporada siguiente en Londres: un torneo ganado por Capablanca, con Alekhine como escolta.

El ruso-francés se consolidó a partir de allí como retador obligado y como uno de los más formidables ajedrecistas de ataque de la historia. Animó la mayoría de los torneos, triunfando en Hastings 1922, Carlsbald y Portsmouth 1923, París y Baden-Baden 1925, Hastings y Birmingham 1926, entre otros. También en 1926 visitó por primera vez Buenos Aires, en una invitación privada, palpitando lo que sería la cita obligada -y más trascendente- de su vida.

Justamente en uno de aquellos torneos (Baden-Baden), Alekhine protagonizó ante el checoslovaco Richard Reti lo que Garry Kasparov consideró “una de las mejores partidas de la historia”. Un notable analista y difusor del ajedrez como Leontxo García referencia a Garry Kasparov en el modelo de Alekhine: “En los momentos más brillantes de su carrera deportiva, ambos exhibieron un talento y un carácter volcánicos, y representan a las fuerzas de la naturaleza proyectadas sobre un tablero de ajedrez. Casi todas las jugadas de Alekhine deben ser paladeadas como el caviar más exquisito. Son estallidos de brillantez, que conforman una joya inmortal”.

Buenos Aires 1927, para la historia

La mesa del match entre Alekhine y Capablanca, en el Club Argentino de Ajedrez.
Foto Germán García Adrasti
La mesa del match entre Alekhine y Capablanca, en el Club Argentino de Ajedrez. Foto Germán García Adrasti

El 29 de noviembre de 1927, Alekhine ingresó con paso orgulloso al salón del Club Argentino y le entregó al árbitro Querencio su jugada secreta. Allí debía reanudarse, tras dos jornadas de aplazo, la 34° partida del match con Capablanca. Pero el cubano, que ya había suspendido en una posición casi desesperante, ni siquiera se presentó. El ruso-francés recibió la carta firmada por su oponente:

“Estimado Dr. Alekhine

Abandono la partida. Es usted, pues, el campeón del mundo y le felicito por su éxito.

Mis cumplidos a Madame Alekhine.

Cordialmente suyo, José Raúl Capablanca”

Punto final a casi dos meses y medio de uno de los matches más apasionantes que se recuerdan en el ajedrez y que, sin dudas, fue un hito en la historia deportiva de nuestro país.

Si uno recorre hoy las instalaciones del Club Argentino de Ajedrez, allí por Paraguay llegando a Callao, aún podrá admirar esas reliquias: la mesa, las piezas, los sillones y el reloj que Capablanca y Alekhine utilizaron desde el 16 de septiembre hasta el último juego. Y también la famosa carta. Pero en realidad el título se disputó en la sede anterior de ese templo de nuestros ajedrecistas, en Carlos Pellegrini 449, frente a la plaza donde una década más tarde se levantaría el Obelisco.

El presidente Marcelo Torcuato de Alvear fue uno de los impulsores de Buenos Aires como sede, mientras que distintas entidades -el Club del Progreso, el club de Gimnasia y Esgrima, Radio Prieto- estuvieron entre los sponsors, al igual que varios particulares. Casi todo el match se desarrolló en el Club Argentino, a excepción de las partidas 4 y 16, trasladadas al Jockey Club.

La mesa del match entre Alekhine y Capablanca, en el Club Argentino de Ajedrez.
Foto Germán García Adrasti
La mesa del match entre Alekhine y Capablanca, en el Club Argentino de Ajedrez. Foto Germán García Adrasti

“En nuestro país existía un clima de abierta simpatía y adhesión hacia Capablanca, una suerte de identificación para con el hombre de la misma raza y poseedor de perfiles y características muy estimadas entonces -y ahora- por los argentinos: audaz, brillante, seguro, dominador, galante mujeriego, cordial, gracioso, amigo de la charla y gustos de gastar la noche sin ningún tipo de apuro”, recordó mucho después Jorge Göttling en Clarín.

Capablanca, al fin, le había concedido la chance a Alekhine de disputarle el título. Y en aquella época las reglas las fijaba el campeón. En este caso, que ganaría el primero que llegara a los seis triunfos. Capablanca tenía motivos suficientes para sentirse confiado, ya que su récord personal sobre Alekhine era de cinco victorias y siete tablas, sin derrotas. Viajó desde Nueva York, donde era un verdadero ídolo, en el buque Western World, con una festiva escala en las playas de Brasil.

Aquella personalidad dicharachera, abierta y carismática se prolongó durante las noches porteñas con sus visitas al Teatro Esmeralda (actual Maipo) y a los billares, sus paseos en Rambler junto a la popular actriz Consuelo Velázquez o sus cenas y sobremesas en los restoranes de la avenida Callao.

No comprendo cómo le podré ganar seis partidas a semejante monstruo. Sin embargo, aún menos me imaginó como hará él para ganarme a mí”, ironizó Alekhine, quien llegó a bordo del transatlántico Massilia, el 7 de septiembre. Aquí se preparó con el maestro Roberto Grau. Junto a Capablanca recibieron al presidente Alvear para el sorteo, en vísperas del primer juego (Alvear también concurrió a una de las partidas).

Aquella primera partida ofreció una sorpresa, ya que Alekhine -con piezas negras y utilizando la Defensa Francesa- le ganó por primera vez en su vida a Capablanca. Éste se repuso en los juegos 3 y 7, Alekhine volvió a ganar en la 11 y 12, siguió una serie de ocho empates y el ruso-francés se adelantó a 4-2 con el juego 21.

Otras siete tablas y la cuota de emoción que aportó el cubano al ganar la 29a. en 70 movimientos, para quedar a sólo un punto (3-4). Sin embargo, Alekhine se mostraba más firme y su nuevo triunfo en la 32a. para el 5-3 anticipó el desenlace. Hicieron tablas rápidamente en la siguiente y luego sobrevino el abandono de Capablanca.

Fue el match más largo de la historia de los títulos mundiales hasta que Karpov-Kasparov, en el 84-85, necesitaron 48 partidas, algo impensable en nuestros días.

ANTES DEL MATCH CONTRA CAPABLANCA.

Aunque volvieron a enfrentarse en algunos torneos (el cubano ganó en Nottingham 1936 y Alekhine, en Holanda, dos años después), Alekhine no le concedió la revancha por el título. Y el buen clima entre ellos de la década anterior devino en una creciente enemistad. En aquellas partidas que volvieron a jugar, ni siquiera se hablaban y tenía que interceder el árbitro para comunicar los mensajes.

Después de resignar el título en Buenos Aires, Capablanca estaba ansioso de revancha y jugó los años siguientes en alto nivel: entre 1928 y 1931 venció en siete de sus diez grandes torneos, y quedó segundo en los otros tres, totalizando 67 victorias y apenas 4 caídas (45 tablas).

Pero Alekhine, con distintas excusas, eludió la revancha. En 1929, por ejemplo, exigía una bolsa de 10 mil dólares, que finalmente Capablanca pudo reunir. Y cuando disponía de ese dinero, sobrevino el crack de Wall Street: Alekhine dijo que ese dinero se había “depreciado” y lo quería en valor oro. Un imposible.

Alekhine, en cambio, defendió dos veces la corona mundial ante un rival menos peligroso como Efin Bogolíubov (1929 y 1934), pero la resignó en 1935 ante el holandés Max Euwe, quien llegó a presidir la Federación Internacional. Algunos comentaron en aquel momento que la afición a la bebida de Alekhine -otro mito que difundió el propio Euwe- lo llevó a la perdición, pero igualmente recuperó el título en 1937 y lo conservó hasta su muerte.

La negativa de Alekhine fue ciertamente penosa para el cubano, quien el 7 de marzo de 1942, a sus 53 años, cayó fulminado por un ataque de hipertensión cuando se encontraba en el Manhattan Chess Club, en Nueva York. Murió al día siguiente en el hospital Mount Sinaí, el mismo donde un año antes había fallecido Lasker, su antecesor en el título.

A Capablanca le dieron en Cuba el funeral digno de un jefe de Estado y sus restos descansan en el cementerio Colón, en La Habana, “custodiados” por la escultura de mármol blanco que levantó el artista Florencio Gelabert. “Nunca antes hubo ni volverá a existir un genio igual”, lo reconoció Alekhine.

Según Leontxo García, “Capablanca fue un adelantado a su tiempo y cinceló una aureola de casi invencible, porque su profunda comprensión de la estrategia era muy superior a lo que se sabía hasta entonces. Sus mejores partidas son un paradigma de la sencillez de los genios: logra que el aficionado crea, durante un rato, que lo muy difícil es en realidad fácil”.

Alekhine se mantuvo como un animador constante de los grandes torneos y retornó a Buenos Aires en 1939 para el Torneo de las Naciones (luego denominado 8° Olimpíada), donde encabezó la formación francesa. La leyenda más difundida alrededor de aquel torneo es que, durante una noche y entre copas, Najdorf le comentó que se habían enfrentado tres veces. “Y yo estoy adelante 2-1”, agregó, mencionando una partida a ciegas en Varsovia, en la década anterior. Pero no se conservó ningún registro de esos juegos.

En tiempos de aquel torneo, las hordas nazis invadieron Polonia y comenzó la Segunda Guerra Mundial. Don Miguel perdió a toda su familia, asesinada, y tuvo que afincarse entre nosotros, mientras Alekhine retornó a Francia, donde al principio se enroló como oficial de Sanidad en las fuerzas francesas. Cuando las tropas de Hitler también avanzaron sobre Francia, Alekhine se marchó hacia Marsella con su esposa estadounidense, Grace Wisham. No pudo ir más allá, si su intención era escapar.

Y sobrevino el período más oscuro de su vida, en medio del drama que vivió la humanidad. Prácticamente las competencias de ajedrez quedaron paralizadas por la guerra, al igual que el resto de las actividades deportivas, pero los nazis igualmente promovieron algunos torneos y Alekhine aceptó participar. Ganó en Munich y Salzburgo, Praga y Varsovia, por ejemplo. También se le atribuyen textos antisemitas e imágenes junto al matrimonio Goebbels.

Según escribió el periodista y especialista en ajedrez Carlos Ilardo, “mientras el ejército nazi incautaba las propiedades a su paso por el territorio francés, el doctor Alexander Alekhine sacó provecho de su fama y se sentó en la mesa de negociaciones, confundió conveniencia por convicción y decidió vender su alma al diablo. El ajedrecista jugaría torneos bajo la bandera del III Reich, a cambio de la restitución del castillo de Saint-Aubin-le Cauf a su esposa, y la entrega de un visado para que ella regresara a Estados Unidos. El acuerdo incluía una autorización para que sólo él pudiera trasladarse por España y Portugal (países bajo las dictaduras de Francisco Franco Bahamonde y António de Oliveira Salazar), para participar en torneos poco relevantes”.

Alekhine admitió aquellos textos, aunque manifestó que ”fueron modificados por la Gestapo” y en un reportaje a un diario español se justificó: “Durante la ocupación cedí a los chantajes con la esperanza de obtener la visa para mi esposa. Me exigieron jugar y lo hice porque era el único modo de seguir con vida y garantizar la libertad de mi señora”.

La España de Franco lo recibió en 1944 para que ayudara a los progresos de un juvenil prodigio, Arturo Pomar, que a sus doce años le había empatado durante unas simultáneas en Gijón. Pero el Alekhine de ese tiempo estaba cuesta abajo: insomnio y úlcera, tensiones nerviosas que obligaron a una internación. Y probablemente una alta cuota de remordimiento. Pasó a Portugal cuando la chance de volver a jugar por el título, ahora contra el ascendente valor soviético Mijáil Botvinnik, se hizo más firme. Así lo sorprendió la muerte.

La película “El jugador de ajedrez”, del español Julio Castedo, está inspirada en aquellos momentos de Alekhine. Así como “Teoría de las sombras”, la novela del italiano Paolo Mauresig. Éste forma parte de un grupo de periodistas y expertos en ajedrez que investigaron los últimos tramos en la vida de Alekhine.

“Era muy individualista, un monomaníaco del juego y gran oportunista. Por todo ello, es difícil de creer que hubiese podido casarse realmente con una ideología, a no ser que eso le resultase lo más cómodo” afirma Mauresig. Y sobre la etapa antisemita, considera que “Alekhine conocía perfectamente el extraordinario aporte de los jugadores judíos a la teoría del ajedrez. Sentía profunda admiración por alguno de ellos, como Lasker, por lo que los artículos que escribió sobre él le fueron impuestos a la fuerza por los nazis”.

Su conclusión es: “No intento rehabilitar su figura, sino presentarlo sencillamente bajo un enfoque más favorable: el de un hombre en declive, abandonado por todos y acusado injustamente. Por otra parte, su figura pertenece al romanticismo, porque es la de un genio desordenado, una personalidad fascinante para las páginas de una novela, pero poco edificante en la vida real”.

Tal vez la principal definición de aquellos tiempos la ofreció Paul Keres: “Era imposible ganarle a Capablanca, pero contra Alekhine era imposible jugar”.

Los estilos y el enfrentamiento -incompleto-  Capablanca vs. Alekhine marcaron una época relevante del ajedrez mundial y ambos dejaron una huella nítida en casi todos sus sucesores.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s