Ernesto Sabato sostuvo que el ajedrez fue descubierto (mas no inventado)

Por Sergio Negri

Ernesto Roque Sabato (1911-2011), nacido en la ciudad de Rojas en la provincia de Buenos Aires, fue uno de los escritores más trascendentes de la Argentina. Y su pasión por las letras estuvo de la mano de su compromiso ciudadano. Con la recuperación de la democracia en 1983, liderada por el exPresidente Raúl Alfonsín (1927-2009), se le encomendó la Presidencia de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (CoNaDeP) la que, patriótica, responsable y tan dolorosamente, debió registrar, procesar y evaluar miles de declaraciones de familiares y amigos de las víctimas de la represión de la última dictadura militar.

Al cabo de todo, el propio Sabato le presentó al mandatario argentino, junto a sus colegas de la CoNaDeP, un Informe que fue clave para la condena de los jerarcas de esos tiempos oscuros. A partir de ese momento se acuñará, siguiendo su título, una frase, la del NUNCA MÁS, que será invocada como signo de los nuevos tiempos democráticos. De alguna manera, esa expresión será la contracara de otra que lamentablemente también remite al país: la de DESAPARECIDOS.

Este hombre de la literatura, que escribirá el prólogo de un Informe que luego inopinadamente será intervenido por personas ajenas a ese proceso fundacional de la búsqueda de la verdad y de la recuperación y revalorización de la democracia, siempre exhibió un intenso compromiso social, complementaria de su mirada humanista de la realidad.

Sabato fue un hombre de las letras y, a la vez, de la ciencia, en otra de sus virtuosas dualidades o multiplicidad de campos de interés. Con el tiempo, en una etapa postrera de su vida, se concentrará además en la pintura, otro de sus privilegiados gustos, el que vino desarrollando desde su infancia pero que será su punto de conexión expresiva más importante en las vísperas del adiós.

Desde el año 1924, se lo verá al futuro escritor cursar el Bachillerato en el Colegio Nacional de La Plata (la primaria la había hecho en su pueblo natal de Rojas, en la provincia de Buenos Aires) donde, en el último año de la carrera, se dio un encuentro prodigioso con el eximio pensador argentino Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), profesor de Literatura de ese establecimiento educativo.

Este, como es reconocido, fue un gran apasionado del ajedrez, al que le dedicó muchas de sus horas de vida. Además de buen aficionado en su práctica, llegó a ser Bibliotecario de la Federación Argentina de Ajedrez y varios de sus escritos sobre el juego fueron publicados en diversos medios. Además lo incluyó en su obra y, el producto de sus más profundas reflexiones, serán el germen para la aparición póstuma de un libro que es un clásico en la materia: Filosofía del Ajedrez.

De ese vínculo personal con un amante de la literatura y del ajedrez le quedó a Sabato, además de un lógico interés por las letras, probablemente también algún metafísico mensaje sobre el juego. Siempre a nivel de especulaciones podríamos creer que el futuro escritor, seguramente estuvo imbuido por el clima ajedrecístico que se vivió en Buenos Aires en oportunidad del match por el título mundial que, a fines de 1927, disputaron el cubano José Raúl Capablanca (1888-1942) y el ruso, devenido en francés, Alexandre Alekhine (1892-1946).

Lo cierto es que a consecuencia de esta afinidad con el ajedrez, lo vemos a Sabato convertirse en el campeón del colegio y, como es usual, que llegara también a descuidar sus estudios específicos por otros que le dedicó al mundo escaqueado, valiéndose de libros especializados y del análisis de partidas, los que dejará cuando comprenda que estaba desviando el camino de reflexiones que podían, en su mente privilegiada, ser más profundas y fructíferas, siempre que las aplicara a otros campos. Es en ese contexto que en 1929 ingresa a la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad Nacional de La Plata donde, en 1937, habrá de obtener su doctorado en Ciencias Físico-matemáticas.

Ya que al cabo de todo lo valioso vuelve, esa pasión por el ajedrez dejada en aquel tiempo de lado, tendrá una segunda y definitiva oportunidad: a Sabato se lo podía encontrar, en los últimos años de su vida, en el Club Defensores de Santos Lugares ubicado justo enfrente de su casa (se mudó a esa localidad en 1945 y allí transcurrió buena parte de su existencia), para incursionar en su querido juego de la juventud. Es en ese mismo sitio en el que será velado y, en su honor, se le impuso al Centro Cultural el nombre de su hijo dilecto.

Sabato en su casa de piso ajedrezado

Para alguien que siempre pensó que “el sufrimiento es más didáctico que la felicidad”, tal vez alejarse del ajedrez en sus mocedades le significó un necesario ostracismo de algo muy querido, siempre en vistas de progresar. Alguna vez llegará a reconocer que, tal vez, esos años de escuela media fueron los más plenos de su vida, quizás los únicos en los que fuera feliz. Siendo así, es notable que el ajedrez tuvo importante acto de presencia en su mejor existir.

Sabato fue un escritor que, si bien era luminoso para quienes lo leyeron, resultaba un tanto oscuro, tanto por el tratamiento cuanto por las temáticas abordadas en su obra. No habría que olvidarse que fue el décimo de once hermanos, y que su nombre lo recibió ya que, pocos días antes de nacer, había muerto uno de ellos, que era muy pequeño, por lo que el mandato de redención partía desde un profundo dolor familiar. Podría creerse que la luz debía ser construida desde la más plena de las oscuridades personales.

Podría decirse, en esa línea de pensamiento, que se advierte un contraste en sus escritos que bien pueden ser reflejado por los escaques blancos y negros de un tablero de su querido ajedrez. La negrura (y al decir esto no se deja de advertir que el concepto de asociar lo negro al mal, a lo tenebroso, siendo tan arraigado en diversas culturas, ha sido modernamente cuestionado por la implícita discriminación en la que se cae), ya puede advertirse en el título de su primera gran novela El túnel. Podría creerse que, al fondo de ese túnel una luz, aunque tenue, podría iluminar el camino hacia la claridad.

Para ser rigurosos, habría que señalar que en rigor su primer trabajo fue La fuente muda, escrita en su residencia parisina, la que jamás será publicada (se conoce algún fragmento de ella) ya que el autor quemó sus escritos. Esa mudez también nos habla de carencias, de la imposibilidad de la palabra dicha. La misma intención piromaníaca tendrá el autor con Sobre Héroes y Tumbas, la que providencialmente se salvó gracias a la intervención de su esposa. Y al decir esto reaparece Martínez Estrada: sus escritos sobre el ajedrez fueron salvados del fuego por Jorge Luis Borges (1899-1986) quien evitó que el autor consumara un acto del que hoy mucho nos lamentaríamos… Alguna vez, con su clásica y por momentos lacerante ironía, Borges, haciéndose el desentendido y el confundido, mencionó a su colega como Ernesto Sótano.

En Sobre Héroes y Tumbas, quizás su obra más trascendente, segunda de sus novelas, se incluye su célebre Informe para Ciegos, por lo que ahora es la imposibilidad de visión la que reluce, lo que también remite a la más penetrante y permanente oscuridad.

En todas estas situaciones de ausencia de luz creemos ver una visión algo existencialista y fatal de la vida y, también, ese penetrante momento en el que el escritor debió escuchar cientos de testimonios de terror al investigar el fenómeno de la desaparición forzada de personas en su querido y dolido país. Con todo, tras toda esa oscuridad, tal vez haya un hálito de esperanza. Es que seguramente, al final de ese túnel iniciático, probable pero inexorablemente algo lejos, la diáfana claridad habrá de llegar a aparecer…

Esa búsqueda de la luminosidad, y de la científica verdad, la inició Sabato al cursar estudios superiores de Física en la Universidad de la Plata, Buenos Aires. Gracias a la recomendación del Premio Nobel de Medicina, el argentino Bernardo Houssay (1887-1971), obtiene en 1938 una beca de la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias, y pasa a trabajar en el laboratorio Jolliot-Curie de Paris, especializado en radiaciones atómicas, donde asistió a la ruptura del átomo de uranio, un hecho lo que lo conmovió  a punto tal de que consideró que ese era el comienzo del Apocalipsis.

En ese tiempo parisino (fue de algo menos de un año), además de su labor científica, tomará contacto con el movimiento surrealista, lo que le deparó, por un lado, la ampliación de su radar intelectual y, por el otro, la constatación de situaciones en un sentido existencial extremas. Uno de sus referentes, el pintor español Óscar Manuel Domínguez Palazón (1906-1957), quien efectivamente terminará sus días tras quitarse la vida, una vez le propuso lo siguiente: “¿Qué te parece si esta noche nos suicidamos juntos?”. ¡La oscuridad siempre cercana!

De vuelta a su país impartirá clases de Física en la Universidad, mas poco después habrá de abandonar la ciencia para abrazar el mundo de las letras.

En 1945 publicó Uno y el Universo, colección de breves ensayos en donde cuestiona la aparente neutralidad moral de la ciencia. Esa fue su primera obra literaria y, máxime considerando su contenido, la transición definitiva hacia su nuevo camino vital, el literario, dejando atrás, al menos a nivel experimental y profesional, pero no desde luego en su abordaje reflexivo, el mundo de las ciencias duras.

En ese trabajo, que mereció el Premio de la Municipalidad de Buenos Aires en Prosa y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, se produce su primera mención al ajedrez la que, paradójicamente, puede considerarse su legado principal en la materia al plantear, muy inteligente y creativamente, que tal vez el juego no haya sido inventado sino descubierto. Le reconoce una condición más inmanente y, extremando el concepto, dice que todas las invenciones y creaciones del hombre serían como partidas de una suerte de Gran Ajedrez. En concreto expresa:

“Podría decirse que cuando fue inventado el ajedrez, quedaron dadas, potencialmente, todas las partidas: a través de los siglos, los jugadores descubrirían las partidas preexistentes, como en una selva. Pero dando un paso más atrás, se podría decir que el hombre no inventó el ajedrez, sino que lo descubrió. Considerando el Universo como dado, todas las creaciones e invenciones del hombre serían como partidas en este Gran Ajedrez, descubrimientos en una Gran Selva. Pero dando otro paso más atrás, podría decirse que quizá el Universo no ha sido creado sino descubierto en una Selva de Universos Posibles, selva difícil, oscura, sublime, en que sólo un Dios puede aventurarse”.


Bajo otro punto de análisis, al referirse al poderío del lenguaje Sabato vuelve sobre el juego, en analogía con el lenguaje, expresando la idea de que “la palabra vale, como en el ajedrez, por su posición relativa“; y refuerza el concepto dando el ejemplo de un mal ajedrecista que descuida un peón que sostiene toda la posición, al asumir este argumento:

“La riqueza del lenguaje puede ser medida por el número de las palabras, pero no su poderío. Hay escritores que se arreglan con un vocabulario restringido, que sacan matices y partido del que tienen por la maestría en la colocación. Como en el ajedrez, una palabra no vale por sí sola sino por su posición relativa, por la estructura total de que forma parte. Sólo un escritor mediocre puede desdeñar ciertas palabras, como un mal jugador de ajedrez desdeña un peón: no sabe que a veces sostiene una posición. (Nota: el subrayado no obra en el original).

Su primera novela es la magnífica El túnel,  que se publicó en la Revista Sur en 1948 (las editoriales no se mostraron en principio interesadas en ella), la que sería muy ponderada por el Premio Nobel de Literatura, el francés Albert Camus (1913-1960) lo que le abrió las puertas a la consideración internacional.

Allí el ajedrez hace acto de presencia en el contexto de que el protagonista del relato, el atormentado Juan Pablo Castel, quien desde la cárcel narra las motivaciones que lo impulsaron a matar a su amada, en cierto momento es visto enfrascado en sus pensamientos, siendo el juego un buen punto de referencia respecto de lo que sucedía en los recovecos de su compleja mente. El fragmento en cuestión, en donde imagina en épocas mejores cómo podría darse el eventual encuentro con la mujer que le fascinaba, expresa:

“No recuerdo ahora todas las variantes que pensé. Sólo recuerdo que había algunas tan complicadas que eran prácticamente inservibles. Sería un azar demasiado portentoso que la realidad coincidiera luego con una llave tan complicada, preparada de antemano ignorando la forma de la cerradura. Pero sucedía que cuando había examinado tantas variantes enrevesadas, me olvidaba del orden de las preguntas y respuestas o las mezclaba, como sucede en el ajedrez cuando uno imagina partidas de memoria. Y también resultaba a menudo que reemplazaba frases de una variante con frases de otra, con resultados ridículos o desalentadores. Por ejemplo, detenerla para darle una dirección y en seguida preguntarle: “¿Tiene mucho interés en el arte?”. Era grotesco. Cuando llegaba a esta situación descansaba por varios días de barajar combinaciones…”. (Nota: el subrayado no obra en el original).

En los inicios de los años cincuenta Sabato atravesó una crisis producto de las contradicciones entre el mundo “claro y luminoso de las matemáticas”, según sus dichos, y el atormentado y complejo mundo de la literatura. Otra vez la dualidad de blancas y negras tan perfectamente reflejada en las piezas y los escaques de, para ese tiempo, su algo olvidado ajedrez. De ese periodo surgen sus ensayos Hombres y engranajes (1951) y Heterodoxia (1952) en los que critica los alcances reales de la ciencia desde una óptica humanista.

En el primero de ellos acuña el concepto de “la tumba del hombre-cosa”, significando los efectos de la masificación que suprime los deseos individuales, haciendo la analogía del hombre como un mero repuesto mecánico de una gran maquinaria. Al hacerlo, barrunta la existencia de un monstruoso ajedrez en el que todos los mortales somos incorporados a un escuadrón manejado por un Estado Mayor invisible. El fragmento de referencia dice así:

“Hasta que estalla la guerra, que el hombre-cosa espera con ansiedad, porque imagina la gran liberación de la rutina. Pero una vez más serán juguetes de una horrenda paradoja, porque la guerra moderna es otra empresa mecanizada. Desde la fábrica en que ejecuta un movimiento-tipo, o desde su anónimo puesto de burócrata en que maneja expedientes, o desde el fondo de un laboratorio en que como modesto empleado kafkiano pasa la vida midiendo placas espectrográficas y apilando millares de números indiferentes, el hombre-cosa es incorporado con un número a un escuadrón, una compañía, un regimiento, una división y un ejército también numerados. Y en el que un Estado Mayor, tan invisible como el Tribunal del proceso kafkiano, mueve las piezas de un monstruoso ajedrez, mediante la ayuda de mapas matemáticos, telémetros y relieves aerofotogramétricos”.(Nota: el subrayado no obra en el original).

En otro de sus capítulos, al reflexionar sobre los conceptos de realidad y  suprarrealidad, invoca a Borges, con quien supo tener una difícil relación y muchos espacios de disidencia, que en general abrevaron en el plano político (en 1975 se reencontrarán tras veinte años de distanciamiento), aunque también la llevaron al plano literario. En tono de polémica, al mencionar que aquel se queja de que en las novelas psicológicas la libertad se convierte en arbitrariedad, Sabato discrepa asegurando que los seres humanos no son piezas de ajedrez, conforme el párrafo que a continuación se transcribe:

“…Borges se queja de que en las novelas llamadas psicológicas la libertad se convierta en absoluta arbitrariedad: asesinos que matan por piedad, enamorados que se separan por amor; y arguye que, paradójicamente, sólo en las novelas llamadas de aventura existe el rigor. Esto parece una crítica, pero apenas es una definición. Los seres humanos no son piezas de ajedrez: si un alfil es de pronto movido como una torre, tenemos derecho a reprochar falta de coherencia al jugador. Pero un ser humano es algo infinitamente más complejo para obedecer a normas meramente lógicas. Frente a ese tipo de rigor existe, en cambio, el rigor psicológico, y es con respecto a él que cabrá juzgar el comportamiento de un personaje…”.(Nota: el subrayado no obra en el original).


Los diálogos de Borges y Sabato se registraron en otro espacio que tenía el piso ajedrezado

Por su lado en Heterodoxia usa al ajedrez como ejemplo, al referirse al género de los relatos policiales, lo que hace de este modo:

“En general, nadie lo toma en serio: ni el literato que lo fabrica -por algo se pone seudónimo- ni el editor que lo industrializa, ni el lector que lo consume. Con razón esta literatura la leen los negociantes cansados que viajan en avión. En la novela corriente, el acento está colocado sobre la verdad, sobre el drama, sobre lo humano; en la narración policial (estricta), está puesto sobre el juego, sobre el artificio. La investigación del enigma es un pasatiempo, y tiene ni más ni menos jerarquía que un problema de ajedrez o una ingeniosa charada. Por eso no hay en este tipo de literatura drama auténtico, aunque abunde lo más dramático de la vida, que es la muerte. Los personajes parecen disfrazados o actores que, en cuanto terminen con su trabajo del día, irán juntos -criminales y detectives- a tomar una copa al bar más cercano”.(Nota: el subrayado no obra en el original).

Sin dudas que el mayor trabajo de Sabato fue Sobre héroes y tumbas, una novela de tono existencialista (siguiendo el camino ya abordado en la anterior), que es de 1961 la cual, adicionalmente, sin dudas que es una de las mejores en su género de toda la literatura argentina y latinoamericana del siglo XX.

En el capítulo XVIII del Informe sobre Ciegos, la parte de esa obra en la que se presenta una gigantesca conspiración maléfica de una Secta, vuelve a aquella idea acerca de que los pensamientos de las personas pueden ser vistos como variantes ajedrecísticas, y ello sucede aunque luego las cosas no se presenten como se lo suponía, lo que se trasunta al asegurar:

En los días que precedieron a la salida de Iglesias yo había estudiado, como en una partida de ajedrez, todas las variantes que podía asumir esa salida, ya que debía estar preparado para cada una de ellas. Por ejemplo, podía suceder muy bien que esa gente viniese a buscarlo en un taxi o en un coche particular. Como yo no iba a perder la más brillante oportunidad de mi vida por olvido de una combinación tan groseramente previsible, mantuve estacionada en la cercanía una rural que me facilitó R., uno de mis socios en la falsificación de billetes. Pero cuando aquel día vi llegar de a pie al emisario parecido a Pierre Fresnay, comprendí que mi precaución era inútil. Quedaba, claro la variante de tomar luego un taxi con Iglesias, y aunque hoy en día en Buenos Aires es tan difícil conseguir un taxi como un mamut, estuve atento a esa posibilidad cuando lo vi bajar. Pero no permanecieron en la puerta, en la actitud de quien espera el paso de uno; por el contrario, y sin siquiera echar un vistazo a derecha e izquierda, el hombrecito llevó del brazo al tipógrafo hacia el lado de Bartolomé Mitre: era ya evidente que irían adonde fuese con los medios comunes de transportes. Quedaba, es cierto, la variante de que el otro, el gordo de la CADE, los estuviese esperando en algún lugar con un coche, pero no me pareció lógico…”. (Nota: el subrayado no obra en el original).

En el capítulo III de Un Dios desconocido (la cuarta parte de la novela) Bruno aparece como el narrador, teniendo este personaje aires autobiográficos, ya que se trata de un personaje que mutó del anarquismo en el comunismo. Y es sabido que Sabato pasó, de un precoz anarquismo al comunismo, partido en el que militó en 1930.

Con el golpe militar de ese año (el primero en la triste historia argentina de un siglo XX caracterizado por interrupciones institucionales), pasó a la clandestinidad, abandonando estudios y familia. Ya para 1933 fue Secretario de la Juventud Comunista; ese año conoció a Matilde Kusminsky Richter (1916-1998), la compañera de toda su vida. Luego vendrían las dudas, y las constataciones, sobre la cara real del estalinismo, y su consecuente alejamiento de ese movimiento político que tanto lo fascinó en la etapa temprana de su vida.

En ese pasaje a Bruno, al rememorar su reencuentro con Fernando, le brotan las figuras de Capablanca y Alekhine (esas que seguramente Sabato siguió en el tiempo de su fascinación por el ajedrez tal como ya imaginamos). A la hora de trazar una nómina que resulta intensa, arbitraria y del todo melancólica, los ajedrecistas surgen a esta guisa:

“No volví a ver a Fernando hasta 1930. Siempre es fácil profetizar el pasado, decía él, mordazmente. Ahora, después de casi treinta años, pequeños acontecimientos de aquel tiempo, al parecer casuales y sin trascendencia, revelan su sentido; como para el que acaba de leer una larga novela (…). Pienso en aquel tiempo tan remoto y las palabras que acuden a mi mente son palabras como ajedrez, Capablanca y Alekhine, Al Jolson, Cantando bajo la lluvia, Sacco y Vanzetti, Sandino y Nicaragua. ¡Extraña y melancólica mezcla! Pero, ¿qué conjunto de palabras unidas al recuerdo de nuestra juventud no es extraña y melancólica…”. (Nota: el subrayado no obra en el original).

Ese episodio fue posible tras ciertas vicisitudes en las que el ajedrez hizo acto de presencia. Primero, verá a un tal Alonso, bajo estas circunstancias:

En los últimos días de enero de 1930, cuando terminadas mis vacaciones en Capitán Olmos, yo volvía para inscribirme en aquella pensión de la calle Cangallo, casi en forma mecánica, por la fuerza de la costumbre, me dirigí al café ´La Academia´. ¿A qué iba? A ver a Castellanos, a Alonso, a seguir las eternas partidas de ajedrez. A ver lo de siempre”.  

Luego conocerá a Max Steinberg, otro anarquista quien quizás, en el contexto de una de esa mentadas “eternas partidas de ajedrez”, en este caso contra Alonso, le permitirá a Bruno primero recorrer su pasado (su pueblo, la relación con su padre y familia, la escuela secundaria y el periplo personal que había recorrido hasta llegar a la capital en donde estudió Derecho) para, sobre el final de la partida, dedicarse a observarlo a Max, con quien establecerá un vínculo.

Es muy interesante el dato que aporta el investigador argentino Juan Sebastián Morgado (en Luces y sombras del ajedrez argentino, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2014), donde el autor incluye un capítulo (el IX) titulado: “Miguel Itzigsohn, el astrónomo ajedrecista”: ese personaje de Max del relato, está inspirado en un amigo personal de Sabato que, en efecto, era ajedrecista (representó al club Gimnasia y Esgrima de La Plata, habiendo ganado un torneo en el Jockey Club de esa ciudad).

Se trata del astrónomo y fuerte jugador de la ciudad de La Plata Miguel Itzigsohn (1908-1978), nacido en Bélgica, pero muy comprometidamente argentino y, también, con el universo (descubrió quince asteroides). Este científico, fue uno de los desaparecidos por la última dictadura militar. Por ende es de suponer el intenso dolor del Sabato, en tanto presidente de la CoNaDeP, al deber registrar el triste sino de su amigo…

Sabato y el astrónomo Itzigsohn

Volviendo al relato se aprecia que, cuando Bruno lo visita a Max en la modesta pensión en la que este vivía, era infaltable un ajedrez, como se aclara en este segmento:

“Allí también tenía un calentador y un mate, que, sin moverse de la cama, tomaba interminablemente, alternando con cigarrillos. En aquel camastro inmundo, a medio vestir, estudiaba y seguía con su ajedrez de bolsillo partidas célebres, consultando a cada instante con libros y revistas especializadas”. (Nota: el subrayado no obra en el original).

Max sería, en efecto, el puente para recuperar el vínculo tan deseado con Fernando. En enero de 1930, tras ver una película, van a un bar en el cual este lo estaba esperando en la mesa en la que aquel ocupaba con su habitual tablero de ajedrez. Poco después Bruno, ya conectándose más decididamente con esa banda de anarquistas, se pregunta sobre el carácter pacífico de Max quien, a su juicio:

“Era tan contemporizador que  habría encontrado razones hasta para ser amigo del propio jefe de policía de Buenos Aires, y sin duda alguna habría jugado con él una buena partida de ajedrez de habérsele ofrecido la ocasión. Y era tan desafinado encontrarlo entre aquella gente como si alguien, en medio de un terremoto, leyese plácidamente el diario en una poltrona. Entre asaltantes y terroristas que hablaban de falsificaciones, de gelinita y de túneles, Max me comentaba Le Roi David, que Honegger dirigía en esos momentos en el Colón, o de Tairoff, que estaba en el teatro Odeón, o analizaba largamente la mejor partida de Capablanca con Alekhine…”.  (Nota: el subrayado no obra en el original).

Sabato y su rúbrica (siempre sin la tilde que se suele usar incorrectamente en los escritos y que se pronuncia naturalmente en el lenguaje hablado)

Su tercera novela, Abaddón el exterminador, es de 1974; allí las  referencias ajedrecísticas serán más incidentales, aunque profundas. Primero, al referirse a la obra de Franz Kafka (1883-1924), al asegurar que no era esencial ni una formal innovación ni una novedad para estar en presencia de un auténtico trabajo revolucionario, muy oportunamente dirá:

Quizá no sea desacertado comparar la obra literaria con el ajedrez; con las remanidas piezas de siempre, un genio lo renueva”. (Nota: el subrayado no obra en el original).

Por último, ya en tono más descriptivo, al referirse a un paseo en un parque en las Barrancas de Belgrano por parte de una pareja, tras haber tomado un café en un bar vecino, al salir a un exterior algo frío se podrá advertir que, frente a esa situación climática, junto a un banco de madera y bajo la sombra de un gomero, se apreciaba que:

Las mesas de ajedrez estaban solitarias”. (Nota: el subrayado no obra en el original).

Este trabajo, el último en ese género de novela, habrá de ser premiado en Francia con el Premio al Mejor Libro Extranjero en 1976. Sabato, a lo largo de su vida, habrá de recibir múltiples reconocimientos: el Gran Premio de la Sociedad Argentina de Escritores, en 1974; el Premio Jerusalén, en 1989; el Gabriela Mistral de Chile, en 1996; el Internacional Menéndez Pelayo de España y el Medici de Italia, en 1997; y el de la Universidad española Rosalía de Castro por su trayectoria de escritor en lengua castellana, en 2002.

Asimismo, le confirieron el título de Chevalier des Arts et des Lettres, orden instituida por André Malraux (1901-1976); la Gran Cruz al Mérito Civil de España en 1978; el de Comandante de la Legión de Honor de Francia en 1979; lo declararon Ciudadano Ilustre de la ciudad de Buenos Aires en 1984; le asignaron la Gran Cruz de Oficial de la República Federal de Alemania en 1986; la de Comendador de la Orden de la Legión de Honor en 1987: recibe la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2002 y, ese mismo año, la Medalla de Honor de la Universidad Carlos III de España.

Recibió, por otra parte, los títulos de doctor honoris causa de las Universidades de Buenos Aires: Nacional de Rosario; San Luis; Río Cuarto; de la República de Uruguay: Turín, y Murcia. En 1994, dentro del terreno académico, es nombrado Presidente Honorario de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA); y en el 2005 lo homenajeó su Colegio Nacional de La Plata.

Con todo, sin dudas que la distinción máxima que llegará a sus manos será el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes (el segundo argentino en obtenerlo detrás de Jorge Luis Borges), que recibió en 1984, el que es conferido anualmente por el Ministerio de Cultura del Reino de España.

Su muerte, ocurrida el 30 de abril de 2011, cuando le faltaban días para cumplir los 100 años de edad, se dio mientras que Buenos Aires era la Capital Mundial del Libro y se desarrollaba la Feria Internacional del Libro, una conjunción notable tan cercana para quien siempre estuvo vinculado a las buenas lecturas y escrituras. A su extraordinaria faceta de escritor, bien lo sabemos, debe sumarse que por siempre Sabato quedará en la memoria como un referente de las luchas de su tiempo y, en particular, como símbolo de la recuperación de la democracia en su querido y dolido país.

Concluyamos diciendo que, un Sabato encandilado por el ajedrez en su adolescencia, dejará el juego, como tantos hombres talentosos, para dedicarse a otros campos que serán las razones de su vida.

En su caso, registrará un primer e intenso aporte al mundo de la ciencia, para decantar luego en la literatura en la que habrá de brillar (término que seguramente el autor hubiera preferido evitar) con luz propia.

Los últimos años lo llevaron a regresar a la pintura de su juventud (la de los años 40), con toda la fuerza. Aunque, lamentablemente, lo aquejará crecientemente una ceguera, que lo condujo a las oscuridades que antes solo se hallaban en su interior, las que lograba expiar con sus reflexiones y escritos, esos que partían desde un escepticismo existencial conduciéndolo, como lo demostraba su intenso compromiso social, por caminos mucho más luminosos.

En esa etapa final, con el simple expediente de cruzar la calle desde su casa, quizás haciéndolo con paso lento y algo a tientas, pudo volver al ajedrez añorado. Ese que, en sus tres célebres novelas, tuvo presencia potente, lo que también ocurrió en varios de sus ensayos.

Un ajedrez que, en su inmanencia, esencialidad y alcances metafísicos, sólo puede estar asociado al mundo de las ideas eternas. Siendo así, y Sabato fue de los pocos que habrían de percatarse, el milenario juego no pudo haber sido inventado, sino meramente descubierto por la Humanidad. Hoy, gracias al admirado escritor argentino, lo sabemos y entendemos perfectamente.

©ALS, 2021

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