Bartolomé Mitre, paradigma de la resiliencia conservadora, Presidente de la Nación y aficionado al ajedrez

Por Juan S. Morgado

Epígrafes

Foto 1:

Mitre, Avellaneda y El Mosquito

Nicolás Avellaneda, Presidente de la Nación en el período 1784-1880, enfrenta a Mitre en una partida de ajedrez que se juega sobre el tablero de la conciliación. La sombra de Adolfo Alsina, que había fallecido el 29 de diciembre de 1877, observa el juego. Ya en 1877 Mitre había estado dispuesto a encabezar una revolución contra el gobierno nacional. Oponiéndose al deseo de Alsina, titular del Ministerio de Guerra y Marina, que quería escarmentarlo, Avellaneda se contactó con Mitre y se produjo la llamada conciliación nacional con la entrada del mitrista Rufino de Elizalde [1] al gabinete de ministros. Fallecido Alsina, Avellaneda está solo con Mitre, y se preparan las elecciones de 1880.

Obsérvese cómo el dibujo de Stein [2] ha ido ganando en minuciosidad; las piezas de ajedrez representan a los principales políticos de la época. La torre a la derecha de Avellaneda, es Roca, el futuro Presidente. Sarmiento ocupa la casilla e1. El tablero es grueso, y en el frente se observa la leyenda Ajedrez de la Conciliación y se lee el siguiente diálogo entre el expresidente Mitre y Nicolás Avellaneda:

Bartolo (Mitre): —Juegue, pues

Y el presidente en ejercicio responde:

Nicolás  (Avellaneda): —Espérese, ahora que estoy solo contra Ud. necesito meditar

La caricatura se publicó el 13 de enero de 1878.[3]  

El Mosquito, 13 de enero de 1878
Adolfo Alsina (Foto AGN)

La conciliación de los partidos

Mientras se realizaba la campaña del desierto, hizo Avellaneda un esfuerzo para lograr el acercamiento de los partidos en pugna, con proyección a la fusión electoral entre el partido autonomista nacional que sostenía al presidente, y el partido nacionalista que acaudillaba Mitre y que, después de la rendición que siguió a La Verde,[4] se había alejado de la cosa pública, se abstenía en son de protesta muda y prescindía en todo lo referente a la política gubernativa. Aunque vencidos, los revolucionarios de 1874 eran una fuerza importante y el país vivía inquieto por esa situación que no era precisamente de apaciguamiento.

Por iniciativa del gobernador de Buenos Aires Carlos Casares y la mediación personal de José María Moreno, se estableció contacto con Mitre y se echaron las bases de una política de conciliación. Mitre concretó en un documento los compromisos adquiridos: la rectificación del sistema imperante de presión electoral por el gobernador de Buenos Aires; una política presidencial de grandes actos que pacificara por el olvido y abandonara el campo electoral al movimiento de los partidos. Avellaneda se propuso privar a los vencidos de todo pretexto para nuevas subversiones y se dedicó a remover los obstáculos que se oponían a un acercamiento. 

Mitre y sus amigos querían hacerse presentes en la provincia como fuerza política, ya que en ella contaban con sus más firmes efectivos. Decía Avellaneda:

Los hombres públicos deben dejar entre sí un campo abierto y libre para poder estrecharse las manos sin odio y sin violencia cuando las conveniencias de la patria así lo exijan.

Para resolver en definitiva la conciliación se consultó con el jefe del partido autonomista, Adolfo Alsina, que se había instalado en el campamento de Carhué. Alsina no opuso resistencia a esa idea. El acuerdo se llamó conciliación de los partidos y fue aplaudido popularmente, mostrándose en las calles desfiles conjuntos de los que días antes eran adversarios.

Una de las numerosas caricaturas que se le dedicaron a Avellaneda

Sarmiento no vio con buenos ojos la conciliación propiciada por Avellaneda ni había visto con simpatía la amnistía de los revolucionarios de 1874, aunque procuró manejarse con tacto en la oposición; sin embargo, hizo reparos en las columnas de El Nacional, diciendo que las ideas no se concilian y que las conciliaciones alrededor del poder público no tienen más resultado que el de suprimir la voluntad de los que mandan.

Algunos jóvenes del partido autonomista, encabezados por Leandro N. Alem y Aristóbulo del Valle, rehusaron a someterse a la conciliación y presentaron una candidatura propia a la gobernación de la provincia, la del doctor del Valle, preparándose para luchar por su cuenta en las próximas elecciones de senadores y diputados. Fue entonces cuando Alsina, que deseaba mantener la unidad del partido, se dirigió a esos jóvenes para exhortarles a buscar un acuerdo que suprimiese la lucha entre amigos políticos. Carlos Casares prometió la más amplia libertad en las elecciones: 

No he de consentir el abuso de la fuerza en los comicios y he de perseguir el dolo, el fraude y la coacción doquiera se presenten.

Los partidos de la conciliación triunfaron en los comicios provinciales de 1878, aunque discreparon en torno a la persona que debía suceder a Carlos Casares.

Se aprobó la ley general de amnistía, fueron reintegrados en sus puestos los militares revolucionarios y se proclamó que sería respetada en las provincias la libertad de sufragio. La oposición se comprometió a declinar todo recurso de violencia y a desistir de su actitud agresiva. En virtud de ese acuerdo, Avellaneda incorporó a su gabinete a mitristas como Rufino de Elizalde y José María Gutiérrez. La conciliación se rompió, sin embargo, cuando surgió la candidatura presidencial de Roca, que se suponía apoyada por Avellaneda, y nuevamente se volvió a hablar de revolución. [5]

Mitre y sus amigos ajedrecistas

El general Bartolomé Mitre era un aficionado de mediana fuerza al ajedrez, al igual de Napoleón I, que tampoco sobresalió en este juego. Pero esto no obstaba para que jugase de continuo algunas partidas, lo que en cierta época hacía continuamente con Carlos Carranza, Juan A. Gelly y Obes, Federico Llosa, Carmelo Rosende y Benito Wehely,[6] quienes a veces salían vencedores, lo que hacía que enseguida de este resultado fuesen invitados a jugar al chaquete,[7] en el que el general era aficionado de fuerza, por lo que con mucha frecuencia fuese el vencedor. Y entonces le había llegado el momento de la revancha, como les acontece a los pueblos despojados de lo que constituye parte de su nacionalidad. [8]

Carmelo Bonifacio Rosende Torres, nació en Buenos Aires en 1835, y emigró a Montevideo durante el gobierno de Rosas. Tomó parte en las campañas de Cepeda y Pavón. Fue proveedor del Ejército durante la guerra del Paraguay, y Vista de Aduana del puerto de Buenos Aires. Falleció en Buenos Aires el 3 de noviembre de 1904.[9]  Se casó con Edelmira Mitre en 1857, y tuvieron 11 hijos.

Carmelo Rosende, Vista de Aduana. (Foto AGN)

Mitre, Llosa y los Staunton

El guerrero del Paraguay don Federico Llosa, que salió de sus campañas con mucha gloria y con una herida en la pierna que lo llevó a la tumba, se dedicaba al ajedrez, en el que había adquirido una regular maestría, no sólo para distraerse, sino como morfina para sus padecimientos físicos. El general Mitre, por el cual Llosa tenía una sincera admiración, solía visitarlo, y en ese día Llosa se olvidaba de sus dolores y creemos que hasta del ajedrez.

Pero como en la casa de Llosa siempre estaba lista la espléndida mesa y uno de los primeros Staunton traídos de Inglaterra, el general invitó al coronel para una partida, y aceptada la idea, los dos militares y amigos se sentaron para iniciarla. El general, cosa rara en ese hombre tan superior y tan sinceramente modesto, ofrece a su adversario una torre de ventaja.

—No creo, general, que en Buenos Aires haya quien puede darme esa ventaja; pero jugaremos como usted desea—

Y la partida empezó, jugando el general con una torre menos. Al poco de andar, humildemente y lleno de timidez, le dice a su exjefe y amigo:

—¡General, abandona usted el caballo! ¡General, le tomo la reina!—

El general era un modestísimo aficionado que podía recibir la ventaja dada a su inválido amigo. [10]

¿Quién fue Federico Llosa? Nació en Buenos Aires a mediados del siglo XIX. En las filas de la Guardia Nacional actuó en defensa de las instituciones de Buenos Aires, y en 1874 participó en la revolución nacionalista; herido en uno de los combates, quedó inválido. Fue un hacendado, y murió joven en esta ciudad, el 19 de agosto de 1882. La Nación, al terminar un editorial necrológico, decía: ¨En presencia de una generación que puede atestiguar en conciencia la verdad de este modesto y merecido tributo, podemos decir que Federico Llosa ha sido el representante más completo, más valeroso, más convencido y más abnegado de a la par que modelo de los correligionarios de su tiempo”.[11]

Mitre y Pastor Obligado

El doctor Alberto Decoud refiere que el doctor Obligado frecuentaba la casa del General Bartolomé Mitre, y jugaba largas e interesantes partidas con la esposa de éste, la distinguida aficionada Delfina Vedia de Mitre, quien a veces llegaba a tener posiciones de triunfo. Entonces, el doctor Obligado solía decir:

Ahorcaban a un delincuente

Quien a su mujer decía

Que bien puede suceder

Que la cuerda se reviente.

Pero esta especie de poesía no lo salvaba de recibir el jaque mate.[12]

Pastor Obligado nació en Buenos Aires en 1818 y falleció en Córdoba en 1870. Fue abogado, político y militar. Gobernó la provincia de Buenos Aires en la época de su secesión de la Confederación Argentina, tras la caída de Juan Manuel de Rosas. Era un fuerte partidario del rosismo, pero al día siguiente de la batalla de Caseros donde el caudillo fue derrotado, obtuvo el nombramiento de juez en la provincia de Buenos Aires, gracias a las influencias de su acaudalada familia. Apoyó la separación radical entre las provincias del interior y Buenos Aires, defendiendo sus privilegios aduaneros. Por razones políticas pactó con Mitre y Sarmiento, con quienes compartía la ideología liberal de la burguesía porteña. De este modo, en 1853 logró ser electo gobernador de la provincia. Es en esta época cuando jugaban las partidas de ajedrez Obligado y Mitre.[13]

Mitre y Augusto Larguier

En casa del entonces Presidente de la Nación general Bartolomé Mitre, se reunían con frecuencia numerosos aficionados al ajedrez, produciéndose partidas muchas veces largas e interesantes. Sucedió que le toca jugar por primera vez al Profesor Augusto Larguier con la distinguida esposa del General, Delfina Vedia de Mitre,[14] quien también era entusiasta por el agradable juego, y cuyas condiciones de aficionada no sobresalían de la generalidad. Entablada la partida, Larguier, con una sólida combinación, consigue obtener un alfil de ventaja, lo que pone a su adversaria en condición de nerviosidad visible.

Reflexiona él y comprende que sería una atención hacia la gentil dama no aprovechar la ventaja, y para igualar las fuerzas deja un caballo sin defensa, el que es tomado rápidamente, exclamando ella con satisfacción:

—Yo también tomo las piezas que están sin defensa—

Queda al final una partida tablas, dejando a ella contenta, y satisfecho así el deseo del atento y buen profesor. [15]

El Profesor Augusto Larguier refiere que el día que fue presentado al general Bartolomé Mitre, estaba en ese hogar patricio, entre otras personas, Agustín Drago, quien le invita a jugar una partida, lo que acepta con vivo placer. El juego se desarrolla en condiciones sin ventaja apreciable para ninguno de los dos contendores, y se llega a un final largo y difícil, en el que al fin vence el recién presentado.

Drago, de una manera amable, le pide la revancha, la que otorgada, resulta con la victoria del distinguido aficionado que acababa de ser vencido, con lo que dejan de jugar, al parecer satisfechos los dos.

Más tarde Larguier se retira de la casa en compañía de Gijena[16], Mackern y otros caballeros, a quienes informa de la satisfacción que había experimentado venciendo en una partida al más fuerte aficionado de la época. Le dice Gijena:

—Es que no conoce la amabilidad de Drago, pues tiene por norma de conducta dejarse ganar la primera partida que juega con toda persona que le es presentada—

Y así fue en lo sucesivo. Larguier no consiguió después resultar vencedor, a pesar de haberlo intentado por repetidas veces.[17]

Augusto Larguier fue un muy prestigioso profesor de matemáticas. Es autor del Compendio de aritmética práctica, que se utilizaba en los establecimientos de enseñanza media en la década de 1880, y contó con numerosas ediciones.

La enfermedad Mitre, preocupación nacional

En su número del 16 de diciembre, Caras y Caretas refleja la preocupación sobre el estado de salud del expresidente:

Las dolorosas alternativas por que ha pasado la enfermedad del ilustre patricio han mantenido en el pueblo la ansiedad de los primeros días. Esa extraordinaria naturaleza del enfermo ha hecho vacilar más de un pronóstico. Los doctores Antonio F. Piñero, Daniel R. Molina, Agustín Drago, Obdulio Hernández, Manuel Blancas, Luis Güemes y Antonio Gandolfo se turnaron a la cabecera del paciente, prodigándole todos los auxilios de la ciencia. [18]

Angustia por salud de Bartolomé Mitre, diciembre de 1905. Un grupo de gente espera el boletín médico. (Foto AGN)

Duelo por Mitre en el Club Argentino

El 1º de febrero aparece el Nº 6 de la revista del Club Argentino, con su editorial dedicado al fallecimiento del General Bartolomé Mitre, ocurrido el 19 de enero. Es notable el grado de idolatría hacia Mitre por parte de los dirigentes y socios del Club, donde es considerado como un prócer. En realidad, una buena parte de la población pensaba igual. Así, el 26 de junio de 1901 la tradicional calle Piedad había sido rebautizada Bartolomé Mitre. Llevar el nombre de una calle en vida era el homenaje que le hacían a Mitre en su 80° cumpleaños, por iniciativa del Poder Ejecutivo, el Congreso y la Municipalidad de Buenos Aires, cuando era intendente Adolfo Bullrich.

Editorial de la revista del Club Argentino Nº 6

El editorial decía:

Dentro de nuestros límites técnicos, no podemos dejar de expresar en breves líneas el pesar intenso que nos ha causado la muerte del venerable y eminente patricio teniente general don Bartolomé Mitre. Este sentimiento unánime de la América entera, donde el ilustre extinto ha dejado estelas imborrables, es compartido también por la humanidad toda, que veía en Mitre al Washington sudamericano. Para nosotros, esta pérdida es inmensa, pues creíamos ingenuamente que la envoltura material de tan excelso pensamiento y virtudes no podía desaparecer sin arrastrarnos en el torbellino del hecho inexorable. ¡Mitre ha muerto!

Es la palabra de orden como nota gemebunda (Sic) que arrancaran a un pueblo sorprendido en medio de sus alegrías y esperanzas. (Sic) Pero, su ejemplo y sus virtudes perdurarán; las generaciones venideras, en los momentos de crisis, verán aparecer su rostro venerando, como astro de luz, al cual se han de dirigir para arrancar de sus potentes luces ejemplos de austeridad.

Sólo tomaremos a Mitre en sus rasgos de aficionado ajedrecista, pues la actividad de las facultades que le engrandecieron han sido amplia y brillantemente descriptas por todos los periódicos y revistas. Mitre como ajedrecista descolló en su época, como en todo lo que requería un esfuerzo intelectual, siendo considerado como uno de los primeros aficionados y uno de los más brillantes en sus combinaciones, por los que en aquel entonces tuvieron la dicha de medir sus fuerzas con las del noble guerrero y patriarca. Podemos citar entre éstos a don Federico Llosa, uno de los más fuertes aficionados de su época.

Lamentamos no poder presentar ninguna de esas partidas, por no conservarse anotación de ellas. (…) El Club Argentino ha dispuesto, en la forma que era dable, su deber de asociación al duelo nacional producido por el fallecimiento del Teniente General Bartolomé Mitre. Inmediatamente de conocerse el infausto suceso, reunióse la Comisión Directiva y dispuso entornar las puertas del Club, suspendiendo sus habituales entretenimientos, colocar en el balcón banderas enlutadas, y enviar una nota de pésame a la familia del ilustre muerto. [19] 

La mesa de ajedrez de Bartolomé Mitre

Pueden verse en el Museo Mitre la mesa y el tablero que fueran de su propiedad. Son tres muebles de madera de gran lujo, de la segunda mitad del siglo XIX:

** una mesa tablero con damero de 64 cuadrados, cuerpo piramidal truncado con abertura rodillera y apoyapiés en ambos frentes, pequeñas alas de líneas curvas, sendos depósitos laterales para piezas. 

** Dos sillas de dirección invertida, para sentarse a horcajadas, respaldo calado, asiento y apoyabrazos frontal tapizados con terciopelo morado. El apoyabrazos articulado actúa como tapa de un depósito. Medidas: el apoyamesa 73x134x61 cm; las sillas 89x47x54 cm.

También se usaba esa mesa para jugar al chaquete (back-gammon), con tablero de dos tonos de fines del siglo XIX, rectangular, con dos cubiletes torneados, dado de marfil y fichas. Medidas del tablero: 45×73 cm; alto del cubilete 8,5 cm.

Cuando se jugaba al chaquete, el tablero de éste se colocaba sobre el de ajedrez. La parte superior de cada silla tenía una caja para guardar las piezas. [20]

Mesa de ajedrez (Museo Mitre)

Silla con su caja para guardar las piezas (Museo Mitre)

No se conservan las piezas, que, de acuerdo con la información de Pérez Mendoza, eran Staunton traídas de Londres.

Mitre, según Octavio Amadeo (Apología)

Nació en 1821 y falleció en 1906. Alto, bien distribuido, algo encorvado, como hombre que ha leído y ha sufrido: ancha frente estrellada, firme nariz de capitán, ojos glaucos ausentes. La pupila humana ha quedado impregnada de los tres profundos colores que absorbió en los días iniciales: la tierra parda, el cielo azul y las aguas verdes del mar costanero. Había, tal vez, algún abuelo británico que por conducto materno le había enviado su serenidad nórdica, los cabellos castaños y sus ojos verdemar. Su voz era sonora, sin melodía, autoritaria, de poco volumen, pero de contagiosa simpatía. (…) En sus últimos años, con su barba rala y el chambergo, parecía un viejo pescador escandinavo escapado de la tempestad. Impasible en el combate, alguien dijo:

—Tiene pereza de tener miedo—

Impasibilidad espartana, levemente taciturna. Era aplomado y se tenía fe, como todos los héroes; toma su decisión a la hora oportuna. Tesonero, frugal, tenaz en el revés, estoico sin aspavientos, estaba más arriba del agravio y del rencor. (…) Era cordial, sin familiaridad, cuidando su zona de protección, porque se respetaba mucho. Gran fumador, el habano y el chambergo integraban su silueta de la calle. (…) Sufrió la desaparición de casi todos los suyos. De su señora y amigas en 1882, de sus hermanos Emilio y Federico, y de tres de sus cuatro hijos varones. Dicen que no lloró jamás delante de testigos. (…) Habitualmente escondía su emoción. (…) Conoció en su juventud la gran miseria argentina, pero llegó en sus últimos veinticinco años a vivir nuestra edad victoriana de la prosperidad. (…) Cuando paseaba por Florida, siempre al borde de la acera, los transeúntes descendían a la calzada y lo saludaban como a una reliquia. Él tocaba apenas con el índice el ala del chambergo, y seguía lejano, como en sus sueños.[21]

Mitre, según Carlos D’Amico (Reprobación)

Mitre ha ocupado los más altos puestos en el gobierno de su país, y en ellos ha dejado profundas huellas de su paso. Le tocó, como Gobernador de Buenos Aires, la reorganización de la República, y si hubiera tenido las grandes inspiraciones de los hombres de genio, hubiera fundado en su patria un sistema de paz, libertad y justicia. Le hubiera garantido para siempre al pueblo argentino el ejercicio de sus derechos electorales; hubiera levantado tanto su moral, que ningún gobierno se habría permitido suprimir en la práctica las garantías constitucionales, porque eso, ante la virilidad del pueblo, habría sido decretar la revolución en masa, y el derrocamiento de la autoridad atentatoria. Habría garantizado la gestión honrada de los dineros públicos, y él mismo habría escalado a la inmortalidad, la que no alcanzan sino los grandes benefactores de la humanidad, y de la que él se ha excluido, confundiéndose con la muchedumbre de los gobernantes que apenas alcanzan a vivir medio siglo en la memoria de sus conciudadanos.

Jefe de la fuerza vencedora que derrocó por las armas al gobierno de la Confederación, cayó en la tentación de los ambiciosos vulgares, haciéndose elegir primero jefe interino del gobierno federal, por los mismos gobernadores que él había colocado con la fuerza de sus bayonetas, y enseguida Presidente de la República. (…) En vez de garantir al pueblo el ejercicio de los derechos electorales, Mitre ha sido el que en Buenos Aires primero, y en la República después, inventó los medios fraudulentos de hacer ilusorios esos derechos. Fue Mitre (…) el que inventó el fraude, que se hizo en grande escala, y con el cual triunfó lo que entonces se llamaba la lista del pueblo. Fue él quien en 1857, para reemplazar la inmensa mayoría del partido chupandino[22] presidido por Carlos Calvo,[23] recurrió al fraude en las parroquias, y consiguió con votos falsos superar los votos verdaderos de sus adversarios. (…)

Si ha descendido el nivel moral del pueblo, que soporta sin quejas ni protestas todas las usurpaciones del poder, ha sido Mitre el que primero inutilizó los esfuerzos populares, suplantando el voto de los ciudadanos por la coacción oficial. (…) Fue él, quien viendo un numeroso grupo de jóvenes presididos por Dardo Rocha y Aristóbulo del Valle, que querían emanciparse de las influencias oficiales y elegir libremente, se alió con el Gobernador Casares [24] y el Presidente Avellaneda, para ahogar el voto de estos jóvenes de aspiraciones generosas. Mitre ha sido un gobernante honrado solamente en este sentido: que él no ha tomado un peso de las arcas públicas, pero durante su gobierno, sus empleados han llevado el abuso hasta la más escandalosa exageración; los robos eran tantos y tan frecuentes, que a nadie le llamaba la atención; ¡se robaba hasta en las cajas de cirugía del ejército! (…)

Si son una prueba del bajo nivel moral del pueblo los regalos al Presidente de la República, o al Gobernador de Córdoba, no hay que extrañarlo, porque ese nivel empezó a bajar cuando los proveedores, cuyas fortunas insolentes se habían hecho a la sombra de Mitre, le regalaron a éste la casa en que hoy está la opulenta imprenta de La Nación. [25]


[1] Rufino de Elizalde (18221887) fue titular del Ministerio de Relaciones Exteriores de los presidentes Bartolomé Mitre y Nicolás Avellaneda. Típico converso argentino, fue diputado provincial muy cercano a Juan Manuel de Rosas, pero poco después de la batalla de Caseros se pasó al bando contrario unitario. Fundó el Club del Progreso y fue su presidente varias veces. [Nota del autor]

[2]  El Mosquito fue un periódico dominical crítico de los gobiernos de su época. Su primer ejemplar salió el 24 de mayo de 1863 y el último, el 16 de julio de 1893. En 1872 ingresa Henri Stein, quien además fue director-gerente y director-propietario.

[3] Biblioteca del Congreso de la Nación.

[4] La revolución de 1874 de Mitre contra Sarmiento fue uno de los últimos intentos del llamado ‘bando liberal’, continuador de los unitarios, de llegar al gobierno. Como resultado de su derrota, Mitre fue condenado a muerte por un tribunal militar, pero luego Avellaneda lo indultó. La Batalla de La Verde se produjo el 26 de noviembre de 1874. Fue un combate entre las fuerzas nacionales al mando del teniente coronel José Inocencio Arias y las revolucionarias, dirigidas por Bartolomé Mitre. Como resultado de su derrota, Mitre fue condenado a muerte por un tribunal militar, pero luego Avellaneda lo indultó

[5] Todo Argentina.net, presidencia de Avellaneda. Lic. Zunilda Trinidad,Directora de Contenidos.

[6] Benito Wehely era un financista, muy amigo de Francisco Lino Balbín, ajedrecista mencionado en el libro de Pérez Mendoza.

[7] Backgammon.

[8] El Ajedrez en la Argentina, José Pérez Mendoza, Imprenta Tixi, 1920, pág. 565/6.

[9] Worldroots.com, WEB.

[10] Nota del Dr. Leopoldo Carranza en El ajedrez en la Argentina, op. cit., pág. 559.

[11] Diccionario Biográfico Argentino, Enrique Udaondo, Imprenta y Casa Editora Coni, Buenos Aires, 1938.

[12] El Ajedrez en la Argentina, op. cit., pág. 553/4.

[13] Nota del autor.

[14] Delfina Vedia de Mitre, esposa del general, nacida en 1841 y fallecida en 1882.

[15] El Ajedrez en la Argentina, op. cit., pág. 554.

[16] Eduardo Gijena, o Gigena, o Jigena, austero y exigente profesor de latín del Colegio Nacional de Buenos Aires, mencionado por Miguel Cané en Juvenilia, y José Ingenieros en Las direcciones filosóficas en la Argentina.

[17] El Ajedrez en la Argentina, op. cit., pág. 572.

[18] Caras y Caretas nº 376 del 16 de diciembre de 1905. Agustín Drago era un miembro destacado del Club Argentino, y fue uno de los socios fundadores del Club del Progreso.

[19] Revista del Club Argentino nº 6, pág. 115/6, 130.

[20] Descripción en el Catálogo del Museo Mitre, pág. 128, 168.

[21] Vidas Argentinas, Octavio R. Amadeo, Editorial Cimera, Buenos Aires 1945, pág. 290/321

[22] La población de la provincia de Buenos Aires se agrupaba en dos corrientes políticas: los llamados chupandinos (partidarios de la anexión de la provincia al resto de la Confederación) y los pandilleros (liberales, enemigos de Urquiza y partidarios de una política autonomista).

[23] Si bien Carlos Calvo (1824-1906) nació en Uruguay, se trasladó a Buenos Aires, donde estudió Derecho y se especializó en Derecho Internacional. Fue representante de Argentina y Paraguay ante varios países europeos.

[24]  Carlos Casares (18321883) fue gobernador de la provincia de Buenos Aires entre 1875 y 1878.

[25] Buenos Aires, sus hombres, su política (1860-1890), Carlos D’Amico, Editorial Americana, Buenos Aires 1952, pág. 101/5. La primera edición de este libro fue publicada en 1890, meses después de la Revolución del Parque. El autor se escudó bajo el seudónimo de Carlos Martínez, debido al peligro que significaban las denuncias que hacía en él: oscuras negociaciones, elecciones fraudulentas, gobierno dominado por la clase social aristocrática, nula participación del pueblo en la vida política, un círculo cerrado de amigos que se sucedían en el poder, etc. El libro se agotó rápidamente ni bien salido a la venta, transformándose en una especie de bestseller.  

Carlos Alfredo D’Amico (18391917) fue un abogado, político y escritor argentino, gobernador de Buenos Aires entre 1884 y 1887. En su juventud fue partidario de Adolfo Alsina y colaborador de El Nacional. Es curioso el hecho de que haya finalizado su carrera política en México, donde fue designado por el entonces presidente de aquél país, Porfirio Díaz, como titular del Ministerio de Relaciones Exteriores de esa Nación, merced a las relaciones que ambos tenían a través de la masonería. Volvió a la Argentina en 1904 y murió en 1917.

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