El ajedrez como discurso sublimado

Por Francisco J. Fernández

Nota preliminar: una versión anterior de este artículo se publicó en ALFA, Revista Andaluza de Filosofía, Año XV, n.º 30-31, enero-diciembre 2012, pp. 149-156. Se republica con pequeñas modificaciones.

            Llevo un tiempo intentando vincular el ajedrez y la filosofía[1]. Los vínculos encontrados han sido muchos y de ellos he dado cuenta en trabajos anteriores. Hoy me gustaría insistir en una dimensión que apenas si he tocado tangencialmente en otras ocasiones. En efecto, el juego en sí mismo parece tolerar una consideración absolutamente abstracta de su desenvolvimiento: un ejemplo eximio de discurso sublimado.

            Desde luego, razones hay para esta lectura: ausencia de azar, igualdad de oportunidades entre los rivales, estricta alternancia en las jugadas, reglas fijas que afectan a los jugadores de la misma manera y uso exclusivo (o al menos aparentemente exclusivo) de nuestra sola capacidad racional a la hora de imponerse al contrario. No es extraño por tanto que el ajedrez se haya visto como modelo magnífico de comunicación racional[2], libre de interferencias espurias, aun si de paso subsistían las dudas en torno a su inanidad o falta de ejemplariedad (recuérdense en este sentido algunos comentarios de Unamuno[3]). Es más, los propios ajedrecistas han sucumbido ante esta interpretación: el gran Paul Morphy, allá por 1859, con ocasión de un homenaje que se le rindió en Nueva York por sus éxitos en Europa (victorias contundentes sobre los maestros del viejo continente), lo declaró explícitamente: It is eminently and emphatically the philosopher´s game. El juego de los filósofos, efectivamente, y bástenos recordar en este sentido la afición por el ajedrez de un Descartes, de un Hegel, de un Rousseau o un Hume, entre muchos otros. Y por eso quizá se atribuye también al mismo Morphy una frase condescendiente, que bebe del prestigio indeleble concedido al ajedrez: Checkers is for tramps (las damas son para los vagabundos).

            Pues bien, a pesar de todo mi amor por el ajedrez, unido a mi condición de filósofo, esta forma de plantear las cosas es al menos dos cosas: sesgada e interesada. Digamos que para mantenerse en pie tan virtuosa consideración del asunto hemos de desdeñar aspectos difícilmente desdeñables. No obstante, tan interesante es percibir el desdén como comprender sobre qué se sostiene. Es más, no estoy seguro siquiera de que debamos eliminar por completo esos sesgos y esos intereses, pues a mi jucio está en juego algo más importante que el propio ajedrez; me refiero a la posibilidad misma de comunicarnos racionalmente. Por eso hablo de sublimación, para saber qué dejamos atrás al practicarla. Recordando al Marx más cruel en este momento: si el filósofo es la imagen abstracta del hombre alienado, resultará por nuestra parte que el ajedrecista será la imagen abstracta del filósofo alienado. Sombra de una sombra, nada menos, como si fuéramos Plotino.

            Lo que pretendo en lo que sigue es muy sencillo. Me voy a permitir mostrarles una partida de ajedrez jugada por mí hace unos años bajo condiciones estrictas de torneo, es decir, presencia de un árbitro, control de tiempo, anotación obligada de las jugadas, etc. La partida tiene la calidad que puedan desarrollar un par de aficionados con cierta experiencia; es además muy breve, aunque intensa y bastante digna. La analicé poco tiempo después de jugada y aquí que les traigo aquel análisis. Me gustaría que pudieran percibir, aun si su conocimiento de las artes del ajedrez es escaso[4], las diferencias entre lo ajedrecístico y lo extra-ajedrecístico. Mi esperanza es que si consigo hacerles notar esa diferencia, podremos mantener a continuación la tesis de que la partida no se desarrolló atendiendo exclusivamente a lo que podríamos llamar la verdad ajedrecística, sino que ésta se vio afectada por consideraciones que, con toda la intención del mundo, llamaré pragmáticas.

            Todo el mundo sabe que hay en la lengua una dimensión pragmática, que está como por fuera de ella, aunque a veces también como por dentro de la misma (verbos delocutivos, que decía Benveniste). Hay una gran diferencia entre decir una cosa con cierto tono de voz u otro, o en cierto momento y no en otro (lo que llamaríamos su oportunidad). Las condiciones de la comunicación afectan por tanto a lo comunicado, incapaz de sustraerse a esos requisitos. El reglamento ajedrecístico tiende precisamente a la eliminación de todo aquello que pueda perturbar el normal desarrollo de la partida (local de juego apropiado, absoluto silencio, comportamiento respetuoso, incluso cuestiones relativas a la higiene y la vestimenta). Se pretende con todo ello crear un burbuja lúdica (a veces incluso literalmente, con estancias acristaladas insonorizadas), un mundo aparte diseñado para la práctica del ajedrez. Por eso es habitual que los curiosos que se acercan a un torneo perciban ese clima como algo profundamente extraño. Y lo es. Los jugadores se matan exquisitamente entre sí. Se trata pues de facilitar por todos los medios que se haga eso que se ha venido a hacer: jugar al ajedrez, sin excusas.

            El abandono de la partida puede darse por razones ajedrecísticas (posición desesperada) o extra-ajedrecísticas (repentino malestar del jugador). Las garantías lúdicas no hacen sin embargo tales distingos; abandonar la partida merece un castigo: la pérdida del punto o puntos correspondientes. Esto es algo que no ocurre en otras situaciones: el terrorista puede levantarse de la mesa de negociación, el empresario dejar de hablar con los sindicatos a la hora de acordar un convenio colectivo, etc. En estos casos, rompemos la mesa del acuerdo y las posiciones se enquistan, cada uno en su postura, con razón o sin ella. Los ajedrecistas sin embargo se condenan a enfrentarse. No pueden romper la baraja, pues al romperla siguen jugando. Según me parece, este es un segundo motivo para hablar de ajedrez como discurso sublimado: los ajedrecistas se olvidan de la vida durante tres o cuatro horas, precisamente las que dura el juego, imponiendo sus propias reglas. Es cierto que tales veleidades no son exclusivas del ajedrez, sino de muchos juegos y deportes fuertemente reglamentados, pero en el ajedrez se perciben de inmediato. En fin, todo este panorama sublimado es el que quiero ver relativizado. En verdad no es más que una ficción voluntariosa y hasta heroica, pues rebosa dignidad.

            Y, sin embargo, apenas si estamos a la altura de tan elevado concepto. Platón no pudo escribir aquel diálogo proyectado sobre el Filósofo porque habría de parecerse demasiado al Sofista, como sospechan algunos intérpretes. En la persecución de los filosofemas medran los sofismas, tras las desinteresadas verdades, los motivos cicateros. Y esto también en el ajedrez, más que nos pese. De manera sibilina en ocasiones, imperceptible a veces. Yo mismo jugando al ajedrez, nunca acabando de extirpar una cierta impureza en mi juego, es decir, nunca acabando de tener en cuenta nada más que las piezas sobre el tablero.

            ¿A qué me refiero? Adelantaré tales referencias para que después sean capaces de detectarlas en el análisis de la partida, esa impostura.

            Para empezar, no soy yo jugando contra otro yo. Soy Francisco José Fernández García contra José Antonio Díaz Rodríguez, es decir, un jugador sin Elo Internacional (y que aspiraba a tenerlo, un servidor) frente a otro que lo tenía desde hace tiempo. No soy jugando contra él, sino contra ese que me había ganado siempre en ocasiones anteriores. No soy yo a solas tampoco, sino un integrante más de un equipo de cinco, equipo que se enfrentaba al suyo, equipo que dependía de mi actuación para ganar el encuentro.

            Pues bien, estas consideraciones relativas a la identidad del oponente es imposible olvidarlas durante la partida. Afectan a las decisiones que se toman, aun cuando sea muy difícil determinar hasta qué punto. El GM Nigel Short decía que el ajedrez es un juego maravilloso y un deporte cruel. Traducido a nuestras categorías: lo competitivo no es lo mismo que lo ajedrecístico. Intereses demasiado humanos se precipitan sobre las jugadas. Por otra parte, tal precipitado no es necesariamente negativo para lo propiamente ajedrecístico. A menudo ayuda a encontrar la mejor jugada, tan a menudo al menos como su contrario, es decir, a decidirse por una jugada torpe.

            En segundo lugar, hay que luchar contra la univocidad de las jugadas, tan inmediatamente comprensibles. No podemos aprovecharnos de aquello que decía Leibniz en torno a la significación de las palabras, que parecen flotar entre varias opciones. No, en el ajedrez todo está demasiado claro. Mi contrario las comprende tan bien como yo (por eso no puedo hacer trampas), pero por eso mismo he de ocultar mis intenciones, un poco a la manera en que defendía Aristóteles en los Tópicos. En efecto, de entre las proposiciones o tesis que han de adoptarse en una discusión, “las adoptadas para disimular [la conclusión] lo son por mor de competir; pero, ya que toda esta actividad está dirigida contra otro, es necesario emplearlas también”[5].

            Del ajedrez de Lasker se decía que era una copa de agua clara con una gota de veneno. No sé si la presencia de ese veneno es necesaria, pues del ajedrez de Capablanca se decía también que su ajedrez era una copa de agua aún más clara, sin veneno alguno; en cualquier caso es muy habitual.

            Pues bien, no tengo mucho más espacio para desarrollar estas ideas, pero ya disponemos de aquello que Schopenhauer entendía que constituía el nervio de toda dialéctica, los dos modos para refutar lo que se nos expone: el modo ad rem y el modo ad hominem[6]. Lo que resta por decidir es si venciendo al contrario encontramos algo más que un cadáver en la cuneta. Si tras la dialéctica subjetiva, hay ciertos frutos objetivos. Contestar con un sí nos permite seguir confiando en el procedimiento dialógico a la hora de obtener verdades, verdades precisamente porque se han emancipado de tales subjetividades. Contestar con un no no sé sencillamente dónde nos conduce: mi impresión es que la partida ha terminado y sólo cabe empezar otra. ¿Para qué?

Apéndice:
Francisco José Fernández García ½
José Antonio Díaz Rodríguez ½
Marmolejo (Jaén, España)
16 de noviembre de 2008
Liga Andaluza (Primera), ronda 6.ª, mesa 5.ª
C10 Defensa Francesa (variante Rubinstein)
 1.e4-e6 2.d4-d5 3. Cc3-dxe4 4.f3!?-Ab4 5. Ae3-Cf6 6. a3-Axc3 7.bxc3-0-0 8. Ag5-h6 9. Ah4-exf3 10. Cxf3-Cbd7 11. Ad3-c5 12. 0-0-Da5 13. Ce5-Dxc3 14. Cxd7-Dxd4+ 15. Af2-DxNotas:
d7 16. Axc5-Te8 17. Txf6!=-Dd5! 18. Ah7!+-Rxh7 19. Dxd5-exd5 20. Txf7 Oferta de tablas que es aceptada.


La partida debidamente analizada puede ser vista desde el siguiente enlace: http://analisisajedrecistico.blogspot.com/2013/04/fernandez-garcia-diaz-rodriguez.html.

Notas:

[1]Francisco J. Fernández, El ajedrez de la filosofía, Madrid, Plaza y Valdés, 2010.

[2]René Alladaye, Petite philosophie du joueur d´échecs, Cahors, Milan, 2005.

[3]Miguel de Unamuno, “Sobre el ajedrez”, incluido en Contra esto y aquello, Madrid, Espasa-Calpe, 1980, pp. 114-122.

[4]En esta nueva edición del artículo he suprimido el análisis verbal de la partida. Me parece más interesante que no se facilite al lector la percepción de lo argumentado.

[5]Tópicos, VIII, 155 b, 25 ss (Aristóteles, Tratados de lógica I, introducción y traducción de M. Candel Sanmartín, Madrid, Gredos, 1988, p. 276).

[6]Arthur Schopenhauer, Dialéctica erística o El arte de tener razón expuesta en 38 estratagemas, introducción y notas de L. F. Moreno Claros, Madrid, Trotta, 2007, p. 57.
Sobre el autor:
Francisco J. Fernández (San Sebastián, 1967) se doctoró en Filosofía en la Universidad del País Vasco con una tesis sobre Leibniz («Implicaciones semiológicas de la teoría de los principios de Leibniz»), filósofo al que ha traducido y consagrado varios estudios y artículos. 

Entre sus libros publicados destacan «El filósofo del océano» (1998), «El descrédito de los quilates» (1999), «El ajedrez de la filosofía» (2010), «Los huesos de Leibniz» (2015) y, próximamente, «Lycofrón (Diario de clase)». Presidente del Club Deportivo Dama Morena de Marmolejo (Jaén). 

Ha sido profesor en la Universidad de Jaén e investigador en la Universidad del País Vasco. Actualmente es profesor de Enseñanzas Medias.
Francisco J. Fernández

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