Spencer Holst, los gatos y el ajedrez

Por Sergio Negri

Agradezco al escritor Guillermo Martínez por haber permitido el descubrimiento de este autor y su hermoso libro de poesías y relatos.

El escritor norteamericano Spencer Holst (a quien el poeta Allen Ginsberg apodara como “el Kafka de los suburbios”), nacido el 7 de julio de 1926 y fallecido el 22 de noviembre de 2001, como tantos ajedrecistas de nota (y viene a la mente el recuerdo de Chess, el compañero felino inseparable de Alexandre Alekhine), estuvieron tan fascinados por el ajedrez como por los gatos. Creemos que quizás el misterio podría ser el común denominador más eficiente que une a esos entes tan preciados.

Reproducimos a continuación Ajedrez, un relato de Holst incluido en su libro El idioma de los gatos, el que apareció originalmente en idioma inglés en 1971 y un año más tarde en la versión en español en traducción del escritor argentino Ernesto Schóo (1925-2013), bajo el sello Ediciones de la Flor.

Holst y uno de sus amados gatos

AJEDREZ

Por Spencer Holst

Hubo una vez una demostración de cortesía rusa. Hay en Rusia una ciudad bastante grande el centro de una vasta zona árida.

En esta ciudad hay un club de ajedrez y quienquiera, en toda esa zona, esté seriamente interesado en el ajedrez, pertenece a este club.

Durante varios años hubo dos ancianos que estaban muy por encima de todos los demás miembros del club. No eran maestros, pero en esta zona eran los mejores jugadores, y a lo largo de los años los socios del club habían estado tratando de decidir cuál de ellos era el mejor; cada año había un concurso, y cada año los dos hacían lo mismo: primero, uno de ellos ganaba, después ganaba el otro, después empataban o declaraban tablas; el club estaba dividido, la mitad de los socios pensaba que el uno era superior, la otra mitad pensaba que el otro.

Los socios del club querían tener un campeón.

De modo que decidieron que este año harían un concurso distinto: decidieron traer un jugador inferior, una persona completamente desconocida, ajena a la zona, y cada candidato jugaría con él una partida; y entendieron que cada uno de los candidatos le ganaría al jugador mediocre, de modo que no era cuestión de ganar o perder, sino que resolvieron más bien votar después, tras estudiar y discutir el juego de cada uno de los candidatos, y que le otorgarían el campeonato a aquel que jugara con mejor estilo.

La noche del torneo llegó, y el primer candidato jugó con el jugador inferior hasta que el jugador inferior finalmente se encogió de hombros y le dijo: “Abandono. Usted gana, obviamente”. Momento en el cual el primer candidato se inclinó e hizo girar el tablero en redondo, tomando él la posición que el jugador inferior había abandonado, y dijo: “Continúe”. Jugaron hasta que por fin el jugador inferior recibió jaque mate.

Después el segundo candidato jugó con el jugador inferior hasta que finalmente el extranjero alzó sus manos y dijo: “Abandono”. Y el segundo candidato, exactamente como lo había hecho el primero, hizo girar el tablero en redondo y dijo: “Continúe”.

Jugaron por un rato hasta que el vencido jugador inferior, con expresión vacía, se echó hacia atrás y se encogió de hombros y dijo: “No sé qué hacer. No sé a dónde mover. ¿Qué haré?”

El segundo candidato torció la cabeza para entender mejor cómo veía su oponente el tablero, y después dijo cautelosamente: “Bueno, ¿por qué no mueve esa pieza allá?” El forastero miró el tablero sin comprender, y finalmente se encogió de hombros como diciendo: “Bueno, no puede causar ningún daño, y después de todo, qué importa, sé que voy a perder de todas maneras”. Con ese gesto movió la pieza allá.

El maestro frunció el cejo y examinó el tablero durante varios minutos antes de mover.

Su entrecejo se ahondó.

Las comisuras de su boca se cayeron.

Sus ojos se endurecieron, devolvió una hosca, pétrea, desafiante mirada a su público por un momento, antes de decir con una voz ronca que todos pudieron escuchar: “¡Abandono!”

Saltó de su silla, alzó rápidamente su bastón con puño de oro y lo descargó sobre el tablero de ébano y marfil, partiéndolo por la mitad.

Salió corriendo de la habitación, murmurando en voz alta una larga, vigorosa letanía de blasfemias que fue maravilloso escuchar.

Por supuesto le otorgaron el campeonato del club. Y de paso, pienso, demostró la manera apropiada de perder una partida.

Una de las ediciones del libro de Holst

Tras la especificidad ajedrecística en este relato, Holst nos regala otra mención al juego. En el cuento que da nombre al libro, se describe a un caballero de treinta y cinco años, autoritario, de hablar bajo, quien era científico, hablaba cien idiomas (¡del iroqués al esperanto!), era autor de varios folletos de matemática astral, que tenía como hobby…”jugar al ajedrez en un tablero tridimensional”. El hombre tenía una fiel compañía, un gato siamés que lo hipnotizaba., con quien conversaba y el que en algún momento le indicó las siguientes reglas:

NO PATEES A LOS GATOS

NADA DE GUERRAS ATÓMICAS

NADA DE TRAMPAS PARA RATONES

MATA A LOS PERROS

Como persona acompañada por un gato siamés desde hace tanto tiempo (antes el recordado Fidelio, hoy su honroso sucesor Mao), aunque quizás habría que ser más preciso y decir que en todo caso el autor de esta nota se limita a agradecer por haber sido depositario de su amorosa e intensa compañía, cabría preguntarse si, en ese diálogo tan intenso entre ambos, en el cuento de Holst, no habría que dejar de imaginar que ambos pudieran jugar al ajedrez aunque, desde luego, podríamos imaginar el resultado que arrojaría el encuentro entre el hipnotizado hombre y el preciosamente dominante minino.

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