Semblanza de Morphy. El máximo ajedrecista del siglo XIX

Por Sergio Negri

"El más ínfimo peón de la partida entre Murphy y sus estrellas realiza su insignificante movimiento: pone en marcha una maniobra y se le barre del tablero. Puede concebirse que Austin Ticklepenny sirva todavía para el rompecabezas de un niño o las palabras cruzadas de un crítico literario, pero para el ajedrez ha pasado su día. No se da partida de revancha entre un hombre y sus astros” (Samuel Beckett, Murphy, 1938)

El jugador de ajedrez más genial del siglo XIX, al menos hasta que apareciera a su segunda mitad Wilhelm Steinitz (1836-1900), fue sin dudas el norteamericano Paul Charles Morphy (1837-1884). Y, sin embargo, lo suyo fue una ráfaga, que duró apenas un par de años en los que se dedicará al juego, un tiempo en el que vencerá claramente a todos los jugadores de la época que lo enfrentaron, primero en su país y, más tarde, en una Europa que se rendiría incondicionalmente al poder de su genio.

Morphy nació en Nueva Orleans, el principal puerto del río Mississippi, urbe multicultural que dio a buena parte de los músicos más famosos del jazz, donde se celebra el clásico Festival Mardi Gras. En sus orígenes fue un centro del comercio de esclavos que provenían de África, en lo que mucho tuvo que ver el hecho de ser un enclave algodonero. Una situación dramática puso en el radar a esta ciudad hace poco tiempo: en el 2005 fue devastada por el huracán Katrina, con su conocida secuela de muerte y destrucción.

Su padre era de origen español (el abuelo paterno era de Madrid) y, por la fecha en que ocurrió, si bien nació en territorio que luego será norteamericano, por lo pronto tendrá la nacionalidad española, ya que por entonces era territorio de ese país. Su madre, quien era una reconocida pianista, tuvo un origen francés, nación que desde fines del siglo XVII había tenido fuerte presencia en la región.

Por lo visto, sangre latina, además de la irlandesa que venía por vía paterna, corría por las venas de un niño que se crío en una familia económicamente acomodada. Además, había otros mandatos: el amor por la música de su progenitora (alguna vez el ajedrecista podrá recrear íntegramente una ópera que se estrenó en París, apelando para ello a su prodigiosa memoria) y el amor por las leyes que heredó por vía paterna (y ambos serán abogados).

Paul será el tercero de los cuatro hijos: la hermana mayor era seis años y medio más grande; le seguía un hermano de algo más de dos2 años y medio de diferencia respecto del futuro ajedrecista y, por último, tuvo otra hermana menor en dos años y fracción.

Habría que recordar, como se sugirió antes, y ese entorno íntimo del futuro ajedrecista era toda una evidencia, que esa ciudad era un crisol de culturas. La urbe fue fundada en 1718 como colonia francesa, mas tuvo un buen tiempo de dominación española (entre 1766 y 1801), hasta que volvió a manos galas. Finalmente Napoleón Bonaparte (1769-1821) cedió  en venta a los EE. UU. los territorios más amplios a los que esa urbe pertenecía, integrándose a partir del 30 de abril de 1812 a la nueva nación en el marco del estado de Luisiana.

Es interesante recordar que los primeros exploradores de la región, en el lejano 1528, habían sido Álvar Nuñez Cabeza de Vaca (1490-1559) y Hernando de Soto (1500-1542). Este, más tarde, ya instalado en lo que por entonces aún era el imperio inca, será quien introducirá a Atahualpa (c. 1497-1533) en las reglas del ajedrez, gracias a lo cual, muy probablemente, el soberano se convertiría en el primer ajedrecista nacido en continente americano. O sea que de Soto, de alguna manera, es el factor eficiente que establece una línea imaginaria, en el tiempo y en el espacio, mediada por el ajedrez, que unirá a Atahualpa con Morphy.

El padre del jugador fue un destacado letrado, legislador e integrante de la Corte Suprema del Estado de Luisiana. Le gustaba el ajedrez, que practicaba con su hermano (un buen aficionado de la época). Lo cierto es que se cree que el niño aprenderá a jugarlo más bien por la fuerza de la observación, habiendo casi inmediatamente de vencer al progenitor, como puede derivarse de la lectura de estos versos:

To teach the young Paul chess, / His leisure he´d employ; / Until, at last, the old man / Was beaten by the boy.”

El tío paterno, Ernest, era considerado el mejor ajedrecista de la ciudad, pero será rápidamente superado por su sobrino (incluso este lo vencerá a poco de andar sin ver el tablero). Más adelante, aquel será quien más lo impulse a seguir ese camino, mientras que su padre, en cambio, no habría de alentarlo ya que veía a la actividad como algo muy  menor, una consideración que habrá de transmitir a su vástago, a quien alguna vez le dijo:

“Un caballero de buena familia sólo juega ajedrez por diversión y recibir dinero por mover unas cuantas piezas es indigno y propio de un tahúr”.

A los 12 años, en prueba de su talento temprano, vencerá en el mes de agosto de 1850 al fuerte jugador húngaro Johann Löwenthal (1810-1876) en un match a tres partidas, con dos victorias del niño y un empate.

Retrato de Morphy

Durante los siguientes años Morphy, conforme algunos análisis que pusieron foco en su compleja personalidad, se pudo haber refugiado en el ajedrez en forma de intensa práctica, alejándose por un lado de las relaciones sociales (fundamentalmente las vinculadas a expresiones sexuales tan típicas de la adolescencia) mientras que, por el otro, le pudo haber servido de escudo protector de cierto estado de psicosis aún en cierne.

En ese sentido se ha explicado que, en años próximos, cuando su éxito en el ajedrez le planteará que ya dejará de ser la actividad lúdica que lo amparaba, para potencialmente convertirse en una profesión más exigente, ese muro defensivo que habría de construir con el juego, habría de derrumbarse, con sus inevitables consecuencias.

Por lo pronto, se dedicó a sus estudios, graduándose en el Spring Hill College de Mobile, estado de Alabama, en 1854, una institución católica de perfil jesuita, donde se quedará otro año estudiando matemáticas y filosofía.

Estudió derecho en la Universidad de Luisiana, una entidad por entonces pública que, tras la Guerra de Secesión, se transformó en un ente privado y laico, tomando el nombre de Tulane. Allí Morphy se habrá de recibir prontamente: se decía que, durante sus estudios, memorizó el Código Civil del Estado, demostrando una capacidad innata que, evidentemente, le fueron también muy útiles para el ajedrez; y también para la música, de la que será un entusiasta aficionado en su carácter de espectador, y para los idiomas, habiendo aprendido a los veinte años cuatro lenguas que hablará fluidamente.

Justamente, el hecho de que obtuviera su graduació antes de cumplir la edad exigida para ejercer la profesión (que era de veintiún años), le dio la posibilidad de dedicarse al ajedrez, en un hiato de casi dos años, en espera de poder comenzar la actividad laboral.

Teniendo veinte años se consagra campeón de los EE. UU., al triunfar en el denominado First American Chess Congress que se realizó entre el 6 de octubre y el 10 de noviembre de 1857, bajo la modalidad de matches por eliminación, en la ciudad de Nueva York, en los que participaron dieciséis ajedrecistas de todo el país. En principio no iba a asistir, pero terminó por aceptar la invitación, siempre a instancias de su entusiasta tío.

En la instancia final, a la que accede tras fácilmente desembarazarse de sus rivales en etapas previas, confronta con el reconocido jugador alemán Ludwig (Louis) Paulsen (1833-1891), quien pudo participar ya que la competencia era para residentes y no sólo para nativos, imponiéndose tras cinco triunfos, dos tablas y una derrota.

De ese modo Morphy se convierte en el segundo campeón norteamericano de la historia. El primero se había consagrado en 1845, Charles Henry Stanley (1819-1901), un residente que era de nacionalidad inglesa.

Avalado por este gran triunfo, se genera un desafío para que el inglés Howard Staunton (1810-1874), la mayor figura de ese país, y a quien se consideraba un virtual campeón del mundo en la pasada década del 40, fuera a los EE. UU. para enfrentarse. Como este no acepta, y simétricamente propone que en todo caso el encuentro se haga en Europa, será Morphy quien rumbeará para el Viejo Continente.

En Londres se lo recibe primero con algo de expectación, ya que no se sabía con certeza la capacidad de su juego. Pero, con el tiempo, tras sus triunfos y sesiones de exhibición que resultaron tan impactantes como extraordinarias (sobre todo las simultáneas a ciegas), se lo verá casi como si de un fenómeno se tratase.

Su principal objetivo era, por supuesto, confrontar con Staunton, quien pese a sus pergaminos exitosos de otrora había de alguna manera defraudado a sus seguidores al no poder triunfar en el Torneo que en 1851 se organizó en la ciudad de Londres.

En la isla lo recibe al norteamericano el St. George´s Chess Club, entidad de la que Staunton era miembro. Al arribo de la figura invitada, este se las ingeniará para no aceptar el convite, una y otra vez, oscilando desde una primera etapa en la que parecía subestimar a su rival para, más tarde, evidenciar implícitamente el temor a una derrota al apreciar su poderío. Comenzaron las desinteligencias, los malentendidos y, de alguna manera las excusas.

En una primera misiva el inglés pidió tiempo para prepararse. A partir de allí, habrá  un intercambio epistolar en un sentido y en otro (que era puntualmente recogido en los diarios de la época, por ejemplo en el Illustrated London News, en el cual Staunton era editor de la columna sobre ajedrez), incluyendo adicionalmente la publicación de algunas cartas anónimas de terceros (amigos de cada parte), generando más confusión que solución a la propuesta concreta de que se generara el esperado match entre ambos.

En se contexto la discusión pasó de la expectativa al estancamiento, y de esta al fracaso. Hubo problemas con las condiciones económicas (compatriotas de Morphy aseguraron una suma para ponerla en juego en la ocasión, que pasó de 1.000 a 500 libras esterlinas), con la probable oportunidad y sede del encuentro para, en definitiva, decantar en cuestiones que comenzaron a rozar asuntos personales. Staunton dijo que Morphy se daba excesivos aires de importancia y este replicó que había que “jugar y no hablar”,  aumentando la inquina entre ambos.

Retrato de Staunton

Staunton habrá de argumentar que estaba ocupado en otro proyecto extra ajedrecístico (lo que en rigor de verdad era cierto y se vinculaba con su pasión por la literatura), que la visita del norteamericano a Inglaterra fue imprevista, que estuvo afectado de cuestiones de salud, que últimamente no estaba abocado a la práctica ajedrecística y que, en todo caso, tenía cosas más importantes entre sus manos.

Y en efecto, en 1853 Staunton había comenzado un match en Bruselas, Bélgica, contra el poderoso jugador e historiador ajedrecístico germano Tassilo von Heydebrand und der Lasa (1818-1899), el cual aquel abandonó por razones de salud, cuando prevalecía este por la mínima diferencia. Allí el inglés había tenido palpitaciones en su corazón, un problema que ya había sentido asimismo en el marco de su segundo encuentro en París contra el francés Pierre-Charles Fournier de Saint-Amant (1800-1872), el que se había disputado en 1843.

El encuentro entre Morphy y Staunton en principio parecía que podía darse ya que ambos iban a participar del Torneo de Birmingham, que reunía a dieciséis jugadores que se enfrentaban a pares por eliminación, hasta una instancia final que se iba a dirimir al mejor de ocho partidas, a la que se suponía que ambos llegarían. Pero el norteamericano no apareció en la primera ronda, que se disputó el 24 de agosto de 1858, por lo que quedó perdiendo por ausencia ante el irlandés Charles French Smith (1828-1868). La demora habría sido generada por temas de agenda, aunque se dijo que lo que quería Morphy era jugar directamente contra Staunton, sin mediaciones algunas, por lo que no quería involucrarse en una competencia en la que algunos participantes eran muy inferiores en su perspectiva (decía que les podía ganar incluso dándole ventaja de material).

Pero de haber sido de la partida, tampoco se habría de dar el encuentro deseado ya que Staunton pierde en segunda ronda 2 a 0 contra Löwenthal, quedando consiguientemente eliminado. Al cabo de todo, este jugador húngaro se impondrá al austriaco Ernst Falkbeer (1819-1885) quien, en segunda ronda, había prevalecido sobre Saint-Amant, otro de los favoritos.

Por ende, podría decirse que es del todo inexacto que Staunton estuviera fuera de actividad ajedrecística para entonces. Pero sí es cierto que, en su otro andarivel de intereses, que era el del mundo de las letras, estaba incurso en un proyecto muy ambicioso, el que será a la sazón alabado por sus resultados, en aras de editar la obra integral de William Shakespeare (1564-1616). Ese gran trabajo decantará en la aparición de seis volúmenes, entre 1857 y 1860, es decir en contemporaneidad de este entuerto ajedrecístico no resuelto con Morphy.

Quizás el mayor error del inglés fue el de haber generado la expectativa de la realización efectiva del encuentro, en vez de rechazarlo de plano, si esa era su intención basada en las limitaciones profesionales por las que objetivamente atravesaba. Por la forma en la que se manejó, quedó flotando la sensación que, más allá de esas razones, lo suyo tuvo más que ver con el temor reputacional de ser vencido claramente por el jugador proveniente del otro lado del Atlántico, una vez que comprobó su fortaleza ajedrecística.

Cabría hacerse otra consideración: Staunton se comportaba como un virtual campeón del mundo, por lo que se autoadjudicaba la decisión final y creía poder establecer las condiciones de cara a un eventual enfrentamiento. Morphy, en ese enfoque, debía ser considerado un mero retador.

De hecho en la década del 40 se lo consideraba al inglés como el mejor de Europa, continente que siempre había prevalecido en la actividad, particularmente a través del eje establecido entre París y Londres. Esa consideración suprema venía de cuando Staunton había batido a Saint-Amant en el match disputado en París entre el 14 de noviembre al 18 de diciembre de 1843, por 13 a 8. Y esa consideración se mantuvo hasta su defección en el Torneo de Londres de 1851, en el que participaron buena parte de los máximos referentes de la época (a excepción de von der Lasa y algunos otros), en el que se impuso el compatriota de este, Adolf Anderssen (1818-1879) quien, en la semifinal, venció a Staunton, algo inesperada y del todo ampliamente, por 4 a 1.

No obstante la ausencia de un match directo hubo dos partidas, bajo la modalidad en consulta, que tuvieron de un lado del tablero a Morphy y del otro a Staunton: aquel junto a Thomas Barnes (1825-1874) y el local con el Reverendo John Owen (1827-1901). En ambos casos se impuso el norteamericano y su por entonces compañero de contienda.

En su tiempo, y esa imagen se proyectó a la historia, quedó un sabor muy amargo: el de un “match que no fue”, una prueba no consumada en la que se pretendía dirimir supremacías entre dos de los mejores jugadores de la época. La mentada negativa, la pagará Staunton en términos de una capitis deminutio de su reputación definitiva en el mundo del ajedrez, aunque tendrá también un impacto psicológico en Morphy al generársele una gran frustración, máxime que su viaje a Europa estuvo principalmente motivado para concretar esa porfía.

Conforme la mirada profesional del psicoanalista y neurólogo inglés Ernest Jones (1879-1958), este tema pudo haber influido en la psiquis del norteamericano ya que el rival que no fue, de algún modo, era el supremo padre imago, siguiendo el modelo del psiquiatra y psicólogo suizo Carl Gustav Jung (1875-1961), es decir, era la imagen del referente al que debía necesariamente vencer para reforzar su propio yo (Nota: El estudio de Jones apareció en la revista The International  Journal of Psycho-Analysis, Volumen XII, enero de 1931, Parte 1, bajo el título: The Problem of Paul Morphy – A Contribution to the Psycho-Analysis of Chess; en http://www.edochess.ca/batgirl/Jones.html).

Este vínculo traumático se superpone con otro de similares alcances, aunque vinculado ahora al plano familiar: el del propio padre quien, a diferencia del hijo, será un exitoso abogado, y acumulará una pequeña fortuna familiar con el producido de su profesión, cosa que el vástago siempre reconocería en comparación con su propia pobre performance que le deparará la vida en ese rubro.

Podríamos decir que Morphy, entonces, no podrá superar ambas barreras: la de su padre (rival en la vida) y la de Staunton (rival en el ajedrez).

Podría desplegarse otra alternativa de análisis, poniendo el acento en un componente político basado en valores nacionales: las excolonias, los EE. UU., debían poder demostrar ser mejores en algún rubro que simbólicamente pudiera ser atractivo, venciendo a un Imperio del que antes dependían. En esas condiciones Staunton, en caso de ser derrotado, como era bastante posible, podía sentirse en su carácter de pieza sacrificial, por lo que no se prestará al juego.

Morphy logrará confrontar, en cambio, con otros grandes jugadores europeos, siendo el punto culminante su viaje a Francia, el otro centro ajedrecístico mundial de la época, lo que hace exactamente el 1° de agosto de 1858, al arribar a París tras un paso por la ciudad portuaria de Calais. El Café de la Régence, el lugar más influyente de ese tiempo de todo el mundo en donde el ajedrez se practicaba, estaría esperándolo, en la bellísima Ciudad Luz…

En los extremos del cielorraso del Café, más que alegóricamente, se podían ver, en uno de ellos, la fecha de fundación del local y, en los otros tres, aparecían los nombres de los máximos ajedrecistas del pasado: François-André Danican Philidor (1726-1795); Alexandre Deschapelles (1780-1847), y Louis-Charles Mahé de La Bourdonnais (1796-1840).

Retrato de Morphy jugando a ciegas en el Café de la Régence

En la capital francesa vencerá a Anderssen, el mismo que había sido el triunfador del Torneo de Londres de 1851, la primera prueba en la historia mundial del ajedrez en su etapa moderna. En esas condiciones, tras ese resonante éxito, se lo consideró al tímido matemático alemán como natural sucesor de Staunton en la consideración de a quién le correspondía la calidad de poder ser conceptuado como el mejor jugador del mundo.

El encuentro se dio entre el 20 y el 28 de diciembre de 1858. Morphy prevalece claramente, con un marcador a su favor de 8 a 3, tras siete triunfos (cinco de ellos consecutivos), dos empates y dos derrotas, una de ellas en la primera ronda.  Europa, tras este claro resultado, se habrá de rendir definitivamente a los pies del visitante extracontinental.

El propio derrotado, y también lo será en partidas informales que se jugaron después del match (en las que perdió cinco juegos, habiendo ganado el nacido en la ciudad alemana de Breslau, hoy Wroclaw, en Polonia, sólo uno), admitirá su admiración por el juego desplegado por su rival. Un reconocimiento que el norteamericano mucho valoraría al comparar ese gesto de caballerosidad (y de aceptación de la verdad, por otro lado) con los tratos poco gratos y/o esquivos que habían marcado sus vínculos previos con Staunton en Londres y también con Daniel Harrwitz (1821-1884) en la propia París.

Partida N° 11 (y última) del match Morphy vs. Anderssen. Blancas el norteamericano. En https://www.chessgames.com/perl/chessgame?gid=1019049

El americano jugó en condiciones muy precarias de su salud, ya que fue afectado por una gripe y, el tratamiento con sanguijuelas aplicado (típico de la época), le produjo una importante pérdida de sangre (se llegó a afirmar que había perdido ¾ partes de ella), provocándole un estado de debilidad general, estando incurso en la lenta recuperación en vísperas de su match con Anderssen, quien había por su lado viajado especialmente desde su ciudad de residencia.

Por ello el encuentro se disputó en el Hotel Breteuil (en la Rue du Dauphin), que ya no existe más (hay otro homónimo actualmente), y no en el Café de la Régence donde hubiera tenido una multitudinaria asistencia. También se dijo que el prusiano estuvo afectado por alguna enfermedad, aunque no se dieron detalles de ella; en todo caso, el propio jugador habló de su falta de forma ajedrecística mas, a diferencia de Staunton, habrá de seguir participando en importantes competencias en el futuro, como en la de Londres en 1862, en la que también se impondrá, por lo que volverá a estar en el centro del escenario, tras la defección de Morphy y el retiro progresivo de Staunton.

Entre ese año de 1858, y comienzos del próximo, a ambos lados del canal de la Mancha Morphy hará exhibiciones de partidas simultáneas, incluso bajo la modalidad de “a ciegas”. En este último rubro, en Londres, lo hizo en el contexto del mentado torneo de Birmingham, con seis triunfos, un empate y una derrota; mientras que, en París, será en el emblemático Café de la Régence que lo haga, también ante ocho rivales, un número del todo desusado, en una sesión que duró diez horas, ganando seis partidas y empatando las restantes, y sin siquiera tomar un vaso de agua en el transcurso de la exhibición.

En la capital británica, antes de esta excursión parisina, sucumbirá ante el norteamericano el conocido Löwenthal, por 10 a 4 (+9; -3; =2), en match disputado entre los meses de julio y agosto de 1858. Es el mismo jugador húngaro que lo había visitado en su casa de Nueva Orléans cuando niño (quien venció al experimentado rival) y quien triunfará poco después en Birmingham dejando atrás a Staunton.

Morphy, en esos tiempos, iba mucho al The Divan Club, el mismo que frecuentaba Staunton. Allí generalmente se desarrollaron muchas partidas informales en las que dio claras muestras de su superioridad.

El rival que más fuerza le hizo fue Samuel Boden (1826-1882), al que batió por 6,5 a 2,5 (+5; -1; =3), a quien Morphy calificó como el mejor ajedrecista de ese tiempo (¡teléfono para Staunton!). Pero hay muchos otros resultados favorables ante rivales connotados, a saber: el buen ajedrecista y excelente historiador del juego Henry Bird (1830-1908), a quien le gana diez partidas, pierde una y empatan otra; y ante Thomas Wilson Barnes (1825-1874); Thomas Hampton (1806-1875); James Kipping (1822-1899); el nacido en Bohemia Edward Löwe (1794-1880); George Medley (1826-1898) y Augustus Mongredien (1807-1888), a quien volverá a enfrentar más formalmente en París. También, siempre en la capital inglesa derrotará, y dándole ventaja de peón y salida, a John Owen (1827-1901) por 6 a 1 (+5; =2), en contienda hecha en el mes de julio (en algunas fuentes se da un resultado distinto: como algunas partidas tuvieron un tono informal, es lógico que haya diferencias en las respectivas contabilizaciones, aunque en ninguna se pone en tela de juicio el éxito del norteamericano en estas contiendas).

Ya en París su primer rival será Harrwitz. Primero jugaron una partida informal, en la que Morphy perdió, lo que envalentonó a su rival. Ya en el match, el norteamericano perdió dos juegos consecutivos, lo que aumentaba los pronósticos peligrosos contra su suerte. Pero luego se recuperará, y vencerá  claramente a su rival por 5,5 a 2,5 (+5; -2; =1), antes del abandono del prusiano, pese a que se había pactado que el match se decidiría tras siete triunfos obtenidos por el vencedor. Esta muy esperada contienda se realizó entre el 5 de septiembre y el 4 de octubre de 1858.

Harrwitz era considerado el mejor exponente del Café de la Régence. De hecho era el único profesional ya que vivía absolutamente de sus ingresos obtenidos por el ajedrez. Si bien había perdido un match contra Staunton, en 1846, dos años más tarde logra igualar otro ante Anderssen. De su estancia londinense quedó como legado la célebre revista British Chess Review por él creada.

Las relaciones entre Morphy y Harrwitz, si bien no llegaron a los extremos de conflicto que había tenido aquel en su vínculo con Staunton, tampoco fueron agradables (incluso el match debió postergarse por pedido del de Breslau, quien quiso retomarlo rápidamente cuando el norteamericano estaba exhausto tras su sesión de simultáneas a ciegas de la que ya dimos cuenta). Quizás el norteamericano, algo joven e idealista, luego de estos entuertos, y en el marco de su propia hipersensibilidad, iba a comenzar a ver los límites de un ajedrez en el que no todo eran éxitos, halagos y rosas.

Siempre en la capital de Francia, además de este encuentro y el ya consignado con Anderssen, batirá al local Jules de  Rivière (1830-1905) por 7,5 a 0,5 (+7; =1), con quien se reencontrará Morphy en un próximo viaje en 1863, y a Mongredien (Mongredieu), el Presidente del London Chess Club, quien viajó especialmente a París para enfrentarlo, por 7,5 a 0,5 (+7; =1, la primera fue tablas y luego vinieron siete triunfos consecutivos), en este caso jugándose en el Hotel du Louvre (allí se alojaba el británico), aunque ya en 1859, entre los meses de febrero y marzo.

Hay muchas partidas menos formales jugadas en París por Morphy, incluyéndose varias en las que da ventaja de peón y salida e, incluso, hasta dos peones y salida. Bajo otra modalidad, la de en consulta, gana dos y empata dos contra el histórico Saint-Amant, quien jugó junto al ajedrecista y notable escultor Eugène-Louis Lequesne (1815-1887).

Bajo este formato, hay una partida que adquirió una connotación histórica por su espectacular desarrollo. Se disputó el 2 de noviembre de 1858, en la Ópera de París, en un entreacto mientras se presentaba El barbero de Sevilla, siendo los rivales Karl II, el duque de Brunswick (1804-1873)y el conde Gonzague d´Isoard de Vauvenargues (1838-1913). Se la suele presentar bajo el título “Una noche en la Ópera”.


"Una noche en la Ópera", partida que Morphy disputa en París frente a dos rivales en el intervalo de una obra. En https://www.chessgames.com/perl/chessgame?gid=1233404
Retrato que recrea la partida de Morphy en la Opera de Paris

El 26 de abril de 1859, en una prueba de la gran diferencia de nivel que registraba  Morphy respecto de sus contemporáneos, brinda una sesión de simultáneas en el Club St. James’s de Londres ante cinco grandes jugadores locales: pierde con Thomas Barnes (1825-1874), pero le gana a Boden, Bird, de Rivière y Löwenthal. Simplemente mágico.

Sus éxitos europeos harán que se lo tilde de celebridad, dejando atrás la polémica con Staunton. Se le dará tratamiento de estrella y, tras su exitosa excursión europea, la afición ajedrecística lo comenzará a considerar un virtual nuevo campeón mundial. La propia reina Victoria de Inglaterra (1819-1901) lo habrá de recibir en la primavera de 1859 en audiencia privada, habiéndose especulado que el norteamericano, muy gentilmente, en ese contexto le deja ganar al ajedrez a una soberana que, se cree, apenas sabía mover las piezas.

Al regresar a los EE. UU., el 11 de mayo de 1859, fue recibido con todos los honores. Se lo consideraba un héroe que había triunfado en Europa: el Nuevo Mundo demostraba que podía entonces imponerse al Viejo.

Un club de béisbol y marcas de cigarrillos habrán de llevar el nombre de Morphy en prueba de celebración. En la capilla de la Universidad le obsequian un tablero y un juego de piezas de oro y plata representando, aquellas, las fuerzas de la civilización y, estas, las de la barbarie.

En un banquete en su honor dirán: “Morphy es más grande que Julio César ya que vino y venció, sin siquiera ver”, una clara alusión al famoso apotegma “Veni, vidi, vinci”, reformulado ahora teniendo en cuenta el deslumbramiento causado por el hecho de que el jugador pudiera enfrentar a sus rivales a ciegas y, claramente, vencerlos.

Pero Morphy, más allá de este entusiasmo de tono nacionalista, decide abandonar el ajedrez, en forma del todo inesperada e inexplicable, desde la perspectiva de quienes lo observaban, mas no si se ahonda en su profunda personalidad.

Antes de adoptar esa extrema decisión primero hizo un desafío a cualquier jugador del mundo para que lo enfrente, ofreciendo la ventaja de salida y peón, en una prueba de alta consideración de sus propias fortalezas. Pero nadie respondió, por lo que ese será virtualmente su fin frente a un tablero que comenzaba a serle esquivo, tras una excursión europea en la que, en no más de un semestre de practicar el juego a nivel competitivo, tan rápida y plenamente se consagraría. Ya no tenía rivales a la vista. El ajedrez se le agotó rápidamente al genial jugador.

En su tiempo, y en el marco de la guerra entre los estados del norte y los del sur de su país,  mientras su madre y una de sus hermanas se exilian en la capital de Francia en busca de paz, el propio jugador partirá al exterior habiendo de retomar la actividad deportiva, aunque muy ligeramente, al recalar en La Habana, en 1862 y 1864, y en París, en 1863, ciudad que lo había visto otrora brillar, pero que ahora será escenario de encuentros del ajedrecista de tono muy menor.

A la capital francesa regresará en 1867, habiendo de permanecer en esa oportunidad casi dieciocho meses aunque, esta vez, sin actividad vinculada al juego. Por caso, no se lo vio como espectador, menos como participante, en el contexto del importante torneo que se disputó del 4 de junio al 11 de julio de ese año, en el que se impuso el eslovaco Ignác Kolisch (1837-1889) delante del polaco Szymon Winawer (1838-1919) y del futuro campeón del mundo Wilhelm Steinitz (1836-1900).

Este, con el paso del tiempo y el título en su alforja, en 1883, al visitar la ciudad de Morphy, querrá conocerlo personalmente, cosa que logra no sin esfuerzo, dada la reticencia del norteamericano, dándose un encuentro histórico por las personalidades involucradas. Mas la entrevista no habría sido de las mejores (duró apenas diez minutos) y, para peor, el de Nueva Orleans exigió que el ajedrez no fuera parte de las conversaciones. En cierto momento, paradojalmente, cuando se le dijo a Morphy que Steinitz estaba en la ciudad, su respuesta fue: “Lo conozco. Su gambito no es bueno”. 

El año anterior el otro gran jugador de la época, Johannes Zukertort (1842-1888) lo vio a Morphy en su ciudad, momento en el que  le entregó una tarjeta personal que este, sin mirarla, puso en su bolsillo, para de inmediato hablarle en francés. Sorprendido por la actitud del local, este le dice al jugador polaco, muy sorprendido por el uso de la lengua de los francos, que lo recordaba de cuando, en 1867, lo había visto en París. En el episodio advertimos, una vez más, la vigencia de una memoria que siempre fue prodigiosa en un genio que, ya para entonces, daba no obstante algunas señales de extravío. Y de manifiesto desinterés por todo aquello que remitiera al ajedrez.

En el mismo acto de reconocimiento a su logro, al regresar a su país en aquel año de 1859, cuando fue considerado como un héroe nacional, se molestó porque públicamente se lo consideró como profesional del ajedrez, una actividad que, ya sabemos, no revestía esa condición de privilegio por mandato paterno. Morphy, a pesar de su talento específico evidenciado en el juego, o quizás precisamente por ello, no llegó a justipreciar en toda su entidad ni a valorar al mundo de 64 escaques.

Contrariamente, la que sí consideraba una profesión, y respetable, la de abogado, no le dio ninguna satisfacción a lo largo de su vida. Primero no pudo ejercerla por las consecuencias de la guerra de secesión norteamericana, que se desató de 1861 a 1865, en la que sumó su apoyo a los Estados Confederados, como era lógico por su pertenencia geográfica, los que fueron los derrotados en el conflicto. Pareciera que se ofreció como voluntario en combate, aunque no hay evidencias de que hubiera sido reclutado. Y luego no pudo ni supo destacarse en el mundo de los letrados. Siempre se lo veía como ajedrecista, muy a su pesar, y no como un profesional, como pretendía. En igual sentido, una joven que le resultaba atractiva pareciera que lo rechazó, justamente, por ser “un simple jugador de ajedrez”.

En 1871, cuando se disputa el Segundo Congreso de Ajedrez Americano, en el que se impondrá George Henry Mackenzie (1837-1891), jugador nacido en Escocia, Morphy será invitado a sumarse pero, desde luego, no aceptará el convite. El ajedrez para él era parte de un pasado muy remoto.

Con el transcurso del tiempo, en el contexto de su fracaso laboral, y tal vez existencial, incurso en cierto estado de soledad y melancolía, decantó en un estado autoimpuesto de reclusión individual y creciente extravío emocional y, muy probablemente, mental.

Al menos antes de que cumpliera los 40 años de edad, se sentía perseguido e injuriado dando muestras de manías y de cierto estado de enajenación. Ya para 1875 existen reportes periodísticos (por ejemplo en el periódico escocés The Scotsman) dando cuenta de sus probables problemas de salud mental.

Llegó a decir que un amigo de la infancia lo estaba acosando, imputándolo supuestamente por destruirle sus preciadas ropas (era muy coqueto en la vestimenta). Lo fue a buscar a sus oficinas y lo tomó por asalto. Se ha creído que en este  vínculo tal vez existiera la frustración de una relación homosexual, una tendencia en Morphy que también podía ser vista en su esmerado cuidado personal y en un extraño hábito que habrá de adquirir: en su cuarto, todos los días procedía a  disponer en forma de semicírculo numerosos zapatos de mujer.

Asimismo, también injustificadamente, acusó al esposo de su hermana mayor de querer quedarse con su fortuna personal y de pretender envenenarlo (desde entonces pidió que todas sus comidas fueran hechas por su madre y la menor de sus hermanas, quien permanecerá soltera), y lo batió a duelo. Esas imputaciones serán desechadas judicialmente por considerárselas infundadas, una humillante derrota de un Morphy abogado. Una clase de derrota que nunca hubiera tenido en el mundo escaqueado.

Las acciones extrañas iban agudizándose en un Morphy que, en el aspecto exterior, siempre mantenía su estilo atildado y sus maneras caballerescas pero, en el interior, daba muestras de desequilibrios que podían advertir con agudeza los suyos, preocupados porque en el ajedrecista se estaba difuminando crecientemente el límite entre fantasía y realidad.

Que fuera todos los días a la ópera con su madre (actitud que se quiso ver como una evidencia de cierta tendencia al voyeurismo), que a cierta hora diera las mismas caminatas exclamando a viva voz una frase de sentido incomprensible (“He will plant the flag of Castille on the walls of Madrid with the cry of the city won and the little King will go away all abashed”, es decir: “Colocará la bandera de castillo en los muros de Madrid con el grito de la ciudad ganada y el pequeño Rey se irá abrumado”) y su mentada obsesión con los calzados femeninos (la pretensión de un orden extremo en un contexto sexualmente equívoco), eran procesados con preocupación por su familia en términos de manías que había que intentar de alguna manera corregir.

Por ello, en junio de 1882, deciden internarlo en el Louisiana Retreat, un centro médico para afectados de enfermedades mentales, erigido bajo ideario católico. Pero no logra su familia concretar sus propósitos ya que Morphy se opone, en un rapto de extrema lucidez, con sólidos argumentos (allí sus dotes de abogado lo ayudaron), por lo que las monjas del sitio deciden no admitirlo.

Imagen del asilo mental en el que se pretendió internar a Morphy

Se ha creído que el camino de Morphy hacia la mentada oscuridad mental pudo haber sido agudizado muy tempranamente desde el mismo abandono de la actividad de ajedrez. Es sabida la capacidad de sublimación de ese juego el cual, en su primera etapa de vida, pudo haber sido una barrera de contención de desvíos más profundos. Al dejarlo, y al no poder prosperar en la profesión que había elegido, es muy posible que su psiquis, algo frágil, tomara la senda que en definitiva lo condujo al desvarío.

En todo caso, hay que admitir que muchas veces los genios son así, que el exotismo de muchos de sus comportamientos esconde en el fondo la necesidad de escapar a las normas, romper los paradigmas, vencer la mediocridad circundante. Y, al hacerlo, se alejan de las pautas convencionales a las que solemos denominar normalidad.

Dos años antes de su muerte, lo contactaron a Morphy para una publicación en la que se incluirían las grandes personalidades del estado de Luisiana. Apenas le comentaron que se lo iba a incluir por su vínculo con el ajedrez, respondió en forma airada, que ese juego no era relevante, insistió en el punto de que no era una profesión, que su padre, a diferencia suya, había sido un exitoso abogado y había sabido acumular una  fortuna personal, por lo que se negó a acceder al requerimiento. Un ajedrecista que, evidentemente, en esas circunstancias sacó a relucir el peso de toda su hipersensibilidad y de un sentimiento de frustración y fracaso general en la vida.

El 10 de julio de 1884, tras volver de dar un largo paseo, se lo hallará muerto en la bañera de su casa, siendo la causa del deceso una congestión del cerebro. Se habla de una apoplejía, haciendo en ese caso la parábola perfecta del ciclo de su padre, quien murió de igual forma, provocada por el shock térmico ocasionado por el agua fría ante un cuerpo muy caliente.

Paul Morphy, para su compatriota Robert Bobby Fischer (1943-2008), otro gran exponente del tablero, y entre ellos pueden establecerse fuertes líneas de contacto (que van desde la nacionalidad, al genio ajedrecístico, pasando por los desvíos de los convencionalismos), fue uno de los diez mejores jugadores de todos los tiempos. Es más, a su juicio se lo debía considerar como “el jugador más preciso que haya existido jamás“.

La de Morphy fue una vida vertiginosa. Así como aprendió a jugar al ajedrez en forma muy temprana, con buenos resultados inmediatos, también concretará sus estudios con rapidez. Se dedicará más seriamente cuando se le dio la oportunidad de hacerlo y, en un raid por su país y Europa de poco más de un año, vencerá a todos sus connotados rivales, ingresando definitivamente en la historia de la disciplina, muy a su pesar.

Su estilo de juego fue tan poderoso como original. Su apabullante superioridad respecto de sus contemporáneos, dio testimonio de la existencia de una personalidad que se adelantó a su época, como quizás sólo se diera en la historia del ajedrez en el caso del francés François-André Danican, por siempre Philidor (1726-1795).

Su vértigo existencial lo llevó a abandonar el ajedrez casi de inmediato y, años más tarde, fue quemando etapas en sus vínculos con la vida, conduciéndose por los caminos del extravío emocional que fueron el preludio de una muerte también temprana.

El pensador argentino Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), en el diario de la ciudad de Buenos Aires La Nación, en su edición del 16 de abril de 1939, presenta una nota sobre la figura del norteamericano bajo el título: Pablo Morphy, un artista de la afinación intelectual, habiendo de definirlo:

 “… ajedrecista norteamericano cuya aparición meteórica dejó una estela de las que llega hasta nosotros, poseyó una inteligencia poderosa y fina que participaba a la vez, y en justas proporciones, de la exactitud del geómetra y de la fantasía del poeta”.

Continúa con algunas de las conocidas precisiones sobre su vida, resaltando su virtual desprecio por el juego, al tiempo que señala que se hundirá en la misantropía, la tristeza, el delirio persecutorio. Ajedrecísticamente lo ubica como creador de una escuela en la que se apoyaron todos los grandes jugadores ulteriores:

“No (fue) un jugador extraordinario, sino el más completo, profundo y elegante de toda la historia del ajedrez. De él se conservan alrededor de 300 partidas  (…) Directa o indirectamente se apoyan en el ejemplo de sus producciones aquellos ulteriores avances hacia más amplios horizontes, que se conocen con el nombre de escuelas…”.

Considera que Morphy fue una necesidad de su época, ya que había que poder hallar una expresión de juego la cual, mediante una concepción de mayor alcance y riqueza de posibilidades, hiciera que los principios estratégicos reemplazaran definitivamente al dogma de los textos y a la fantasía de carácter poético de los jugadores. El norteamericano fue la respuesta histórica a ese desafío:

Con Morphy terminan la tiranía del dogma y el señorío de la inspiración, y el gusto ordinario que se complacía en los pequeños ardides y en la entrega espectacular de piezas mayores. Sin dejar de ser, él mismo, el más acabado exponente del ajedrez de su época, Morphy inaugura una nueva era de estrategia trascendental y de belleza genuinamente ajedrecística, consistente en la afinación musical y en la exactitud matemática de las ideas” (…) Mientras sus rivales emplean líneas de juego y movimientos consagrados como óptimos, él trabaja sobre la partida viva para cerciorarse por el razonamiento, guiado a la manera cartesiana, de la bondad de las jugadas (…) si hay algo original y supremo en la inteligencia de Morphy es cuanto se desvincula de la teoría canónica y obedece a las directivas de su propio estilo. Por ello se le ha comparado acertadamente con Mozart y se le puede comparar mucho más acertadamente con Paganini y Poe (…) Con Morphy la partida de ajedrez adquiere su “forma” completa, como la mecánica y la estética del violín con Paganini. El sentido del ajedrez en Morphy es superior a su capacidad personal de jugarlo bien, como el oído de Paganini es superior al prodigio de sus manos. Paganini encarna una sensibilidad neta y exclusivamente violinística, como Morphy encarna una mentalidad y una técnica neta y exclusivamente ajedrecística”.

En cuanto al estilo del ajedrecista norteamericano advierte, en una suerte de incompleto decálogo:

1) Que elegía posiciones abiertas, de rápido desarrollo y máximo dinamismo, con lo que la partida tiene un signo dramático desde el comienzo;

2) Que esas posiciones abiertas no ofrecen debilidades estratégicas y son tan correctas en su estructura teórica como las posiciones cerradas de la escuela naturalista o de posición;

3) Que la combinación se realiza siempre teniendo como punto de partida el sentido funcional de la posición y no la posición misma como punto final de una serie anterior que acaba en ella;

4) Que trata las posiciones por el método y con el criterio del problemista que ve, bajo la posición real de las piezas: “la posición ajedrecística verdadera”, es decir, el comienzo de una serie y no el final;

5) Que crea el concepto de valor relativo e intercambiable del espacio (casillas) y de las fuerzas (piezas), bien distinto del concepto estático;

6) Que consideró digno de mucho cuidado cada movimiento, desde el inicial, haciendo: “vibrar todo el tablero”;

7) Que subordinó todo el valor a la sencillez, la claridad y la exactitud, procurando acumular las pequeñas ventajas tácticas (se apoya al decir esto en un juicio del excampeón mundial Emanuel Lasker);

8) Que procedía siempre según dos planes simultáneos: uno táctico, de ataque directo; otro estratégico, con horizonte de todo el tablero, para obtener mejor posición;

9) Que creó la noción de fuerza conforme al desarrollo, del desarrollo conforme al plan y del plan conforme a la realidad de la posición.

Concluye Martínez Estrada su análisis asegurando que, en esa transición de una mentalidad estática y cerrada a otra abierta y dinámica, es donde se advierte el principal valor de Morphy. Uniendo, tal vez, las miradas estética y ética del autor, sobre el admirado ajedrecista terminará por aportar:

Por mucho que el ajedrez actual haya progresado en la dirección de un mayor ajuste en su estrategia general y en la solidez de los conocimientos teóricos, en el dominio a fondo de las particularidades de la táctica y en la complejidad de los planes, el genio de Morphy debe ser visto como el de un creador en quien se dieron juntos los más altos poderes de la fantasía y de la precisión. Ningún jugador ha dejado en su obra un caudal tan grande, noble y puro de emociones de belleza verdadera y de afinaciones de pensamiento. En este sentido se le debe situar en la misma línea de los artistas que, desde Dante hasta Baudelaire, con Paganini y Poe como ejemplos supremos, exigieron al arte no sólo la fuerza de la expresión y la originalidad, sino además la exactitud como deber de conciencia”.

Su ciudad natal, en prueba de reconciliación con uno de sus hijos más pródigos y admirables, inauguró el 5 de abril de 2019 el Morphy Chess & Cultural Center. En Nueva Orleans hay, además, una calle con su nombre, una placa en la casa que vivió y murió –hoy tiene un  restaurante- y un tablero que le perteneció se exhibe en el Museo local.

Morphy no fue campeón del mundo de ajedrez, simplemente porque esa clase de título no existía en su tiempo. Morphy, en su corta aunque deslumbrante trayectoria, demostró ser el mejor de su tiempo, y con margen, respecto de cualquiera de sus rivales. Morphy, en una experiencia frente al tablero que en cuanto a la continuidad en el tiempo fue tan frágil como la calidad de su salud mental sobreviniente fue, sin dudas, un ajedrecista genial que estableció una forma de juego que se adelantó a su tiempo. Morphy, como muy pocos ajedrecistas a lo largo de toda la historia, será una celebridad de su tiempo que excederá el ámbito específico del juego, siendo idolatrado en París y Londres por sus triunfos y las impresionantes sesiones de partidas simultáneas a ciegas que lo transformaron en un fenómeno social, habiendo sido recibido por la reina de Inglaterra en una implícita admisión de que era el mejor del mundo en lo suyo, y será considerado un héroe en los EE. UU. ya que pudo demostrar, por vez primera, que la nueva nación estaba en condiciones de prevalecer respecto de todas las de la Vieja Europa.

En un sentido específicamente ajedrecístico podría asegurarse que Morphy puede ser considerado el primer jugador moderno, siendo por ende el precursor de Steinitz, el primer campeón mundial de la historia, título que obtendrá ya avanzado el siglo XIX.

El norteamericano es un principal eslabón de la cadena de evolución del ajedrez, habiendo nacido en vigencia de la escuela romántica (basada en la táctica), mas sabiendo decantar hacia la escuela clásica (sustentada en la estrategia), que de alguna manera se creó con su estilo de juego (lo que será perfeccionado por el nacido en Praga y los referentes posteriores).

Es que el norteamericano, si bien será preferentemente recordado por sus espectaculares y rápidos triunfos, en los que empleaba una técnica más agresiva (generalmente para vencer con rapidez a adversarios muy inferiores), también hizo gala de un estilo de juego más posicional y reposado (el que le sirvió para prevalecer ante ajedrecistas más competitivos).

Y todo ello será a pesar de que la actividad ajedrecística no era precisamente valorada en toda su dimensión por alguien que, casi sin proponérselo, casi a su pesar, casi sin saberlo, se habrá de transformar en referente ineludible a la hora de intentarse, por cierto vanamente, de determinar quién fue el más influyente y el mejor ajedrecista de toda la historia.

Paul Morphy

©ALS, 2021

Notas relacionadas:

Análisis astrológico de Morphy. Por Silvia Méndez. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/08/analisis-astrologico-de-paul-charles-morphy/.

Semblanza de Staunton. Por Sergio Negri. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/01/semblanza-de-staunton-por-sergio-negri/.

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