La profundidad de Baudrillard llegó al ajedrez

Por Sergio Negri

Muchos intelectuales llegaron al ajedrez casi colateralmente y, sin embargo, cuando lo hicieron, no dejaron de acuñar profundas reflexiones sobre el juego.

Eso es lo que sucede con el filósofo francés Jean Baudrillard (1929-2007) quien, pese a que no reparó demasiado en el ajedrez, no dejó de afirmar que este, como otros juegos (incluidos los de azar), ejercidos con pasión, no tiene nada de teatral, ya que la intensidad se da en un plano interior y no exterior. Dice al respecto en Las estrategias fatales, trabajo de 1983:

“Si la ceremonia es sinónimo de lentitud, es porque pertenece al orden de la predestinación y del desarrollo regulado. La precipitación, al igual que para el sacrificio, sería sacrílega. Hay que dejar a la regla el tiempo de intervenir y a los gestos el tiempo de realizarse. Hay que dejar al tiempo el tiempo de desaparecer. La ceremonia tiene el presentimiento de su desenvolvimiento y de su final. No tiene espectadores. En todas partes donde hay un espectáculo, la ceremonia cesa, pues también ella es una violencia infligida a la representación. El espacio en el que se mueve no es una escena, un espacio de ilusión escénica: es un lugar de inmanencia y de desenvolvimiento de la regla. Pensemos una vez más en la operación del juego (de cartas, de ajedrez, de azar): nada hay menos teatral que la pasión del juego, toda la intensidad está replegada hacia el interior, hacía la operación interna de la regla, a diferencia del escenario y del espectáculo, que están abiertos a la mirada…”.

Jean Baudrillard

Baudrillard ve, en las reglas, signos inequívocos de arbitrariedad, considerando que deberían ser sustituidos por la necesidad de la Ley (así, en mayúscula). Y, dentro de esas reglas, que podrían y deberían ser objeto de reproche moral, incluye a las del ajedrez:

“Hoy situamos la ley moral por encima de los signos. El juego de las formas convencionales es considerado hipócrita e inmoral…Y estamos dispuestos a transgredir los códigos establecidos para hacer resplandecer la Ley y la Verdad. Es cierto que la cortesía (y la ceremonia en general) ya no es lo que era. Pero lo cargamos de afectación porque queremos conferirle un sentido. Los signos de urbanidad se convierten en una convención arbitraria. Porque queremos sustituir lo arbitrario de la regla por la necesidad de la Ley. Podríamos y deberíamos también cargar de reprobación moral las reglas del juego de ajedrez. Pues la urbanidad, lo que fue en un orden ceremonial que ya no es el nuestro, ni siquiera tiene por función, así como tampoco los rituales, moderar la violencia original de las relaciones, conjurar la amenaza y la agresividad (tender la mano para mostrar que no se empuña un arma, etc.)…”.

©ALS, 2021

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