Julio Bolbochán (3)

Por Juan S. Morgado

1949-1950

Julito tras la cortina de hierro

Jugar con los rusos es difícil: hay que tener los títulos suficientes; jugar con los rusos en su propia casa, es casi imposible, porque a los títulos ajedrecísticos hay que agregar otros cuya enumeración sería larga y bastante comprometedora…

Pero un argentino está debatiéndose en el tablero con los rusos, detrás de la inexpugnable cortina de hierro. Julito Bolbochán, campeón argentino, fue invitado al Torneo de Praga, y su actuación en él vale el viaje, por cierto. El cable nos dice que entabla partidas y que las gana, con hombres fogueados en las luchas del tablero, y dedicados por entero a ellas, al amparo de la protección oficial que el ajedrez disfruta en Rusia y en los países satélites: Hungría, Bulgaria, Rumania, Checoslovaquia y Polonia. Pero es que Julito, delgado, pálido y grave, es un jugador formidable. Yo recuerdo muy bien que allá por el ’30 –¡20 años nada menos!– se lo veía de pantalón corto en el famoso salón de los 36 Billares, sirviéndole de acompañante, analista y principal admirador, a su hermano Jacobo, ex Campeón Argentino, el más temible de los jugadores de su tiempo, porque cuando ganaba un peón, no había Dios que salvara a su contrario. Y Julito miraba y remiraba, sin una sonrisa, casi adusto, y nadie se fijaba en él, eclipsado por la fría maestría de Jacobito… Con el correr de los años, el chico habría de superar a su maestro, a favor del desgaste biológico de éste, y del juvenil entusiasmo del aspirante.

Julito es nuestro embajador en Europa, embajador del ajedrez argentino que ya ocupa en tercer lugar en el mundo, por lo decir el segundo. Y es un embajador ciento por ciento: reservado y serio, prudente y sagaz. Nuestro gobierno (de Perón) facilitó su viaje, como si adivinara lo que aquí decimos: que en el campeón se reúnen la diplomacia y la habilidad técnica necesarias para superar a aquellos colosos, que con despierta inteligencia, aguardan al pacífico invasor, detrás de la cortina de hierro, para despedazarlo…

Como embajador, le toca también desempeñar una misión de confianza: si su comportamiento ajedrecístico es brillante, como lo parece, los rusos se convencerán de que pueden venir a Mar del Plata sin mengua de su prestigio. La FADA ha invitado a dos maestros soviéticos a nuestro más importante certamen anual. Si el Politburó, o la Academia de Ciencias, o el correspondiente comisario del pueblo, o el Presidium Supremo, o el propio Mariscal Stalin no se oponen, tendremos este año, en Mar del Plata, a los rusos. Y si Caissa nos ayuda, los haremos polvo, a fuerza de coraje latino.

Ya se ve con cuánta responsabilidad se fue Julito para Europa. Era el indicado para sobrellevarla, porque a él le gusta hablar poco y hacer mucho, que es la consigna de la hora, y que aplica al ajedrez como a todas las cosas. Hablando poco y haciendo mucho, Julito venció en el campeonato infantil de 1933, a los 12 años, y cinco después, en Río de Janeiro, empató un torneo internacional con Guimard y Fenoglio. Haciendo mucho y hablando poco le ganó a Euwe en Mar del Plata, un golpe del cuál el simpático holandés, vencedor de Alekhine, no ha podido reponerse todavía, al parecer…

Con lo que ha hecho hasta hoy en Checoslovaquia, Julio Bolbochán ha triunfado. Argentina ha conquistado otro lauro para el deporte del ajedrez, e impuesto su nombre a la consideración de todos los que practican y aman el gran juego científico.[1]

Hay que recordar a Julio Bolbochán, que dice:

—Cuando juego, yo sólo sé que tengo un rival que me contesta, un reloj que controla el tiempo, el tablero y las piezas—[2]

Algún día se podrá comprender, por fin, que el ajedrez es la vida. Sin intenciones metafóricas ni sinuosidades de irónico intelectualismo. El ajedrez es la vida y es el hombre. O el niño. Acaso el hombre, que seguirá siendo niño siempre a pesar de ser la suya un arma terrible, la utilizará como un juguete… (Sic) Así lo sigue haciendo Julio Bolbochán. Julio Bolbochán alterna el trompo y el tren de cuerda con la obligación de alcanzar a su padre o a sus hermanos mayores, los caballos y las torres que caían al suelo desde ese mundo inalcanzable que era el tablero. Hasta que un día quedó a su alcance la caja con trebejos. Desde entonces, comprendió el porqué del silencio de los mayores, ese otro mundo que crece como una madrépora aromada de misterio desde el tablero. Sobre todo, cuando después lo inician en el camino de los gambitos y los enroques. Y tiene tan solo 12 años cuando interviene en un campeonato infantil, que se adjudica despertando la curiosidad de los mayores. Era en 1933. Desde entonces, la historia del ajedrez argentino se enriquece con las partidas de este muchacho que inscribe su nombre en el campeonato argentino, en el sudamericano, en distintos torneos locales frente a los más caracterizados maestros, y en el exterior, cumpliendo un espontáneo vaticinio de ese maestro indiscutible que es Alekhine, cuando en los comienzos de Julio anticipa que será una figura de trascendencia.

No sabremos nunca si es un temperamental, porque posiblemente lo sea al revés. Parece, en los primeros años, el inhibido. El muchacho que no se anima a saltar el cerco de las audacias y los sobresaltos. Prefiere mantenerse a la vera de las emociones fuertes, no utilizando el equilibrio del cordón, sino transitando en la seguridad de la cercanía de las paredes… Da pábulo así para que se pueda pensar en la falta de impulso del genio. Pero andando el tiempo, su temperamento va adaptándose a las exigencias de las luchas dramáticas y orquestales: también nos dice que él tiene su mundo.

Aunque de vez en cuando regrese a aquellos silencios, a aquellas pausas de su temperamento que se encierra en el caracol de su gozo. Porque eso es el Julio Bolbochán, hijo de ajedrecistas, hermano de campeones de ajedrez. Un hombre –un muchacho, acaso un niño siempre–que hace del ajedrez su gozo estético. Como si haciendo abstracción del jugador que está enfrente, jugara consigo mismo. Sufriendo o gozando todas las alternativas, sin hacerlas florecer en su epidermis. Remitiéndolas hacia adentro, hacia su sangre, hacia su alma. Más de una vez quizá le hubiera indicado al enemigo la jugada salvadora. Más de una vez supo que en el triunfo está el fracaso de la vida, como en la conquista está el fracaso del amor. Si, nos parece que lo estamos viendo ahora en Helsinki.[3]

1950  ¿Y estos son los rusos?

Al que no hay menor reparo en formularle es al señor Julio Bolbochán, el modesto y silencioso Julito. Najdorf nos refería que en el torneo de Budapest 1950 los entrenadores de los grandes maestros rusos Bronstein, Boleslavsky, Smyslov, Keres, Kotov, Flohr y Lilienthal, que figuraban como periodistas, pero que en realidad eran ajedrecistas de primera fila que ayudaban en los análisis a sus compatriotas, jugaron varias partidas rápidas con Julito. Después de esas partidas, Najdorf interrogó a Julito por el score, que éste se reservaba modestamente. Cuando por fin le pudo arrancar la verdad, se quedó impresionado por las palizas que había propinado a los célebres rusos. Como así se lo hiciera notar el Campeón Argentino, Julito, abandonando por una sola vez su tradicional silencio, preguntó, entre asombrado y orgulloso:

—¿Y éstos son los rusos?—[4]


[1] Mundo Deportivo, nota de Rafael Castells Méndez firmada con el seudónimo de Peón Cuatro Rey, 15 de setiembre de 1949.

[2] Carlos Guimard, Mundo Deportivo, marzo de 1950.

[3] Rafael Castells Méndez, Mundo Deportivo, 1952. Trapalanda típico del autor de la nota.

[4] Noticias Gráficas, 1º de setiembre de 1950.

4 respuestas a “Julio Bolbochán (3)

  1. leoszloss 3 agosto, 2021 / 7:07 pm

    Que suerte que tenemos a J.S.Morgado entre nosotros.No lleva siempre a los orígenes del Ajedrez Argentino con serias investigaciones.Gracias

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