Gombrowicz renació con la traducción de Ferdydurke en una sala de ajedrez de Buenos Aires

Por Sergio Negri

En el recordado Café Rex de la capital argentina, el jugador polaco Paulino Frydman (1905-1982)[1], que lo fundó y dirigió, quien había sido uno de los integrantes del elenco subcampeón olímpico de ajedrez que permanecieron definitivamente en la capital argentina tras el Torneo de las Naciones de Buenos Aires de 1939, enhebró una gran amistad con el gran escritor polaco Witold Grombowicz.

Este vino a la Argentina justamente ese año, junto a otros escritores compatriotas, que habían sido conchabados para que , con motivos promocionales, escriban sobre la larga travesía en barco y sus bondades. Ellos arribaron el 21 de agosto en el viaje inaugural del Chrobry, un imponente buque blanco polaco.

Tras una travesía de tres semanas, habiendo partido del puerto de Gdynia, ubicado en el Mar Báltico, llegará a la capital argentina por unos pocos días para, por el peso de las circunstancias, haber de quedarse durante más de veinte años, los más activos y ricos de su producción literaria.

La invasión a Varsovia por los nazis se produjo el 1° de septiembre de 1939, coincidiendo con el inicio de la fase final de la máxima competencia ajedrecística a nivel de conjuntos nacionales. Se había declarado la que rápidamente habrá de ser reconocida como la Segunda Guerra Mundial. El buque tuvo órdenes de zarpar hacia Inglaterra, a fines de ese mes. Pero Gombrowicz, con muchas dudas, y con su equipaje a cuestas, en principio decide embarcar.

Pero, a último momento, y muy presurosamente, se baja de la nave, decidiendo quedarse tan lejos de casa, y diciendo, así algunos aseguran, tan solo dos palabras: “No puedo”. Mas el propio escritor dará otra versión, una menos temerosa y a la vez más inteligente: no decidió regresar a Europa porque había comenzado su estudio del “alma sudamericana”.

Witold Gombrowicz

En cualquier caso, Gombrowicz se presenta en la embajada polaca en Buenos Aires dando cuenta de esa decisión. Allí mismo deberá concurrir dos años más tarde, al ser convocado para la guerra, pero lo declaran “no apto” no sin retirarle un subsidio que le estaban otorgando.

Por instinto de supervivencia se quedó. Y lo bien que hizo. Ya sabemos cómo los nazis sembraron de terror y muerte el territorio de su país, Pero las cosas, como se puede sin demasiados detalles adicionales inferir, no le serán fáciles en Buenos Aires. Sin conocer el idioma, siendo un escritor poco conocido, debió arreglársela como pudo, dando clases de literatura a las hijas de algunos acaudalados locales, por un tiempo como empleado del Banco Polaco y colaborando literariamente con algunas revistas y publicaciones. Y también jugando al ajedrez.

Es en 1941 cuando se hace amigo de Frydman y frecuenta, desde entonces, generalmente por las tardes, y a lo largo de dieciocho años, la Sala de Ajedrez del Café Rex,[2] la que aquel había fundado a fines de ese año. Allí el escritor polaco encontró consuelo a su soledad, jugando a un ajedrez que no le era ajeno e interactuando con gente que le era afín, ya que ese ámbito podía ser frecuentado por gente de la cultura.

Con Frydman estableció un vínculo muy estrecho. El ajedrecista, se preocupaba bastante por el enigmático y algo desvalido compatriota. Por caso, en sus Diario argentino el escritor recordará un episodio ocurrido a fines de 1943 que es testimonio de la profundidad de esa relación:

“…amigo noble y generoso (se refiere a Frydman) se preocupó por mi  salud y me procuró algunos pesos para que me fuera a las sierras de Córdoba…”.

Por su parte, recíprocamente, sobre Gombrowicz aseguró Frydman:

“Algunos días después, lo vi entrar al Rex, era un apasionado de ese juego. El ambiente le gustó mucho. Jugaba y, entre las partidas, solía charlar, lo que no agradaba a sus adversarios. Gombrowicz no era un jugador profesional pero tenía un buen nivel para ser aficionado. Su juego era muy personal, un poco fantasioso. No conocía bien la teoría y practicaba principalmente el ataque. Además jugaba siempre con el estado psicológico de su adversario. Tenía manías que ponían a los otros jugadores fuera de sí, por ejemplo, la de tomar un peón entre el dedo índice y el mayor y dar pequeños golpes secos contra el tablero. Gombrowicz jugaba indistintamente con buenos y malos jugadores y le daba igual perder que ganar (fingía que le daba igual pero, como a todos, le gustaba ganar). El ajedrez lo ayudaba más que ninguna otra cosa a calmar los nervios en la difícil situación en la que se encontraba. Al concentrarse en las partidas, se olvidaba de todo. Esta disciplina le fue muy útil durante la guerra y en los momentos de mayor pobreza y soledad. El Rex era como un segundo hogar para él”.[3]

Gombrowicz y el ajedrez

Se recuerda que era un buen aficionado, aunque no dejaba de hacer gala de sus manías personales, jugando con la sicología del rival, como con el tic indicado en el pasaje anterior. Por otra parte, cuidadosamente elegía a eventuales rivales para ganar algún dinero, apostando en partidas rápidas en las que seguramente su vocación por hablar durante los encuentros se transformó en elemento convenientemente distractivo.

También ese ámbito era un posible punto de encuentro. Se ha llegado a creer que una dama de la sociedad argentina, la pintora y mecenas Cecilia Benedit de Debenedetti (1895-1984) se había enamorado de él (seguramente sin conocer el otro lado de un escritor que, reservadamente, cultivaba otras relaciones más clandestinas y homoeróticas en bares de la zona portuaria de Retiro). Gombrowicz la invitaba al Rex, como alguna vez dijera alguien a quien solían presentar como “la condesa”:

“A veces me invitaba al Rex y jugaba al ajedrez. Yo me quedaba sola sentada a una mesa esperándolo. Esperaba, esperaba… y cuando había terminado de jugar, me acompañaba a casa. En ocasiones, por la noche, íbamos a cenar al Sorrento de la calle Corrientes, y cenábamos tranquilamente, contentos de nosotros mismos. Era un gran amigo […]. En la calle Venezuela tenía colgado un cuadro que había pintado yo, era un desnudo colgado al revés, quizás trataba de disimular el hecho de que le había gustado”.

Ella será quien financie, desde noviembre de 1945, tarea que comenzará de inmediato en el mes de diciembre, la traducción de Ferdydurke; y quien promueva la publicación de la obra por la Editorial Argos. También en otro sello editorial, coadyuvará para que en 1948 se publique la obra teatral El casamiento, esa que el escritor polaco terminó por escribir mientras estaba en una de las propiedades de la dama en la provincia de Córdoba. Paralelamente, se los veía a Cecilia y Witold concurrir asiduamente a las representaciones en el imponente Teatro Colón de la capital argentina y compartir en veladas de tinte aristocrático en casas de alta sociedad. Nos imaginamos a un Gombrowicz rico en contrastes: con su smoking y moño blanco, asistiendo a un concierto; y dejándose arrastrar por sus pasiones en bares marginales, en donde los cuerpos de los trabajadores portuarios exhalaban de sus respectivas bocas aliento de alcohol.

Gombrowicz y Benedit de Debenedetti

Lo mágico del asunto es que fue en ese mismo Café Rex donde, providencialmente, se habrá de traducir al idioma local Ferdydurke, su principal obra (hasta entonces), lo que comienza a hacerse en 1945 por un Comité oficioso creado a tal efecto. Esta novela había sido escrita en 1937; había un ejemplar en idioma polaco, Gombrowicz intentaba llevarla al castellano pero, desde luego, iba a necesitar auxilio para lograr un producto razonable. ¡Y vaya que lo consiguió!

El referido y bien complejo proceso de traducción se hizo con algunos colegas de literatura y de ajedrez en aquel emblemático sitio, haciendo renacer un libro que podía, en caso contrario, quedar sumido en el polvo del olvido. Desde la lejana Buenos Aires, entonces, se dará el reverdecer de ese texto y, con ello, de quien lo escribiera.

En ese cometido virtuoso participaron el pintor Luis Centurión y el escritor Adolfo de Obieta, ambos argentinos (el último hijo del gran hombre de letras Macedonio Fernández), junto a los poetas cubanos Virgilio Piñera (fue quien dirigió la tarea) y Humberto Rodríguez Tomeu. Estos últimos, por entonces vivían en la Argentina, más precisamente en una vieja casa en Avda. Corrientes 758, muy próxima al Rex. Por ende, para evitar los ruidos de la sala, proseguían con el trabajo de traducción de la novela en ese otro solar. Muchos otros escritores locales colaboraron en la empresa. Sobre el punto dijo Obieta:

“La traducción de Ferdydurke es una de las más curiosas y divertidas que conozco. Se trataba de transponer al español el libro de un polaco que apenas sabía español, con ayuda de cinco o seis latinoamericanos que apenas sabían un par de palabras de polaco. Y todo, en mesas de café y en un ambiente a menudo digno del absurdo ferdydurkeano. En ocasiones, Gombrowicz le tomaba gran afecto a una palabra española cuyo sentido no comprendía bien y la imponía porque su sonoridad o su fisonomía le parecían evocadoras…”.[4]

Por su parte, el máximo responsable del proceso, Virgilio Piñera, así relata el momento en que conoció a Gombrowicz, introducido por Obieta, lo que ocurrió por supuesto en el Rex:

“Obieta apuntó con un dedo hacia una mesa en que, encorvado y de espaldas, estaba sentado un hombre, que por la contracción de su espalda y las volutas de humo que salían de su boca, se adivinaba que, o buscaba la solución a una difícil jugada de ajedrez o estaba enfrascado en ´hondos pensamientos´”.

Witold Gombrowicz y Virgilio Piñera

Al cabo de todo, el 26 de abril de 1947 la editorial Argos publicará Ferdydurke, siendo esta edición la que luego se traducirá al francés, haciéndolo conocido al escritor polaco, años más tarde, en Europa toda. En el respetivo prólogo, Gombrowicz sobre el proceso de traducción, y reconociendo el aporte de sus colegas, dice:

“Esta traducción fue efectuada por mí y sólo de lejos se parece al texto original. El lenguaje de Ferdydurke ofrece dificultades muy grandes para el traductor. Yo no domino bastante el castellano. Ni siquiera existe un vocabulario castellano-polaco. En estas condiciones la tarea resultó, tan ardua, como, digamos, oscura y fue llevada a cabo a ciegas –sólo gracias a la noble y eficaz ayuda de varios hijos de este continente, conmovidos por la parálisis idiomática de un pobre extranjero”.[5]

Sobre el punto más adelante abunda:

“Bajo la presidencia de Virgilio Piñera, distinguido representante de las letras de la lejana Cuba, de visita en este país, se formó el comité de traducción compuesto por el poeta y pintor Luis Centurión, el escritor Adolfo de Obieta, director de la revista literaria “Papeles de Buenos Aires” y Humberto Rodríguez Tomeu, otro hijo intelectual de la lejana Cuba. Delante de todos esos caballeros y gauchos me inclino profundamente. Pero, además colaboraron en la traducción con todo empeño y sacrificio tantos representantes de diversos países y de diversas provincias, ciudades y barrios, que de pensar en ello no puedo defenderme contra un adarme de legítimo orgullo…Tengo que agradecer — ¡por Dios! — a todos esos nobles doctores en la “gauchada”, y a los criollos les digo sólo eso: ¡viva la patria que tiene tales hijos! Si a pesar de un número tan serio de colaboradores el texto castellano tuviese alguna falla proveniente, no de las insuperables dificultades de la traducción, sino del descuido, esto se debería, creo, al exceso de amenas discusiones que caracterizaba las sesiones, realizadas casi todas en la sala de ajedrez de la confitería Rex bajo la enigmática y bondadosa sonrisa del director de la sala, maestro Paulino Frydman. ¡Me alegro que Ferdydurke haya nacido en castellano de tal modo, y no en los tristes talleres del comercio libresco!”.

Ferdydurke de Gombrowicz, Witold: Buen estado Rústica (1947) First Edition  | Federico Burki
Edición de Ferdydurke de Argos

Una vez publicado el libro, Gombrowicz consiguió otro recurso para ganar algún dinero, siempre en el Café Rex. Juan Carlos Gómez, su biógrafo argentino cuenta lo siguiente:

(En cierto momento) nos lanzó un desafío: -apuesto diez nacionales a que yo adivino cuál es el capítulo de Ferdydurke al que pertenecen tres palabras consecutivas cualesquiera que ustedes elijan al azar. Para facilitarle las cosas yo me pongo de espaldas a la mesa. Y adivinaba, la frecuencia de sus aciertos sólo podía tener un origen: la seriedad, la responsabilidad y el enorme esfuerzo con los que hizo la traducción de Ferdydurke asistido por el comité legendario del Rex. Vale la pena recordar aquí que el dinero que ganaba en estas apuestas le sirvió en los tiempos de miseria para pagarse alguna comida”.

Imaginamos el pesar de Gombrowicz cuando, en marzo de 1961, cierre el Café Rex. A partir de ese momento, se disociarán las tertulias del juego: aquellas irán a parar a otro reconocido café (La Fragata) y este a un club específico. Pero ya nada será como antes. Y dos años más tarde, en 1963, se irá del país, para ya no volver.

La despedida de Gombrowicz de la Argentina, el 8 de abril de 1963

Ernesto Sábato (1911-2011), uno de los mayores escritores argentinos del siglo XX, en su prefacio a una segunda edición argentina de 1964, que reemplazó al prólogo previo del propio Gombrowicz, correspondiente a Editorial Sudamericana, dice que ardía por leer esa novela:

“… Pero su autor no estaba en condiciones de hacerla traducir ni editar. Pobre, desanimado, trabajando en una oficina bancaria, caminando por las calles del Bajo, jugando partidas de ajedrez en cafés llenos de humo, nadie o casi nadie adivinaba en aquel sujeto a un formidable artista; más bien la gente se inclinaba a considerarlo como a un mistificador o a un mitómano”.

Witold Gombrowicz Ferdydurke | MercadoLibre.com.ar
Edición de Ferdydurke de Editorial Sudamericana

Por su parte, la norteamericana Susan Sontag, al presentar una edición en inglés de este libro, dice:

“A la edad de 35 años, pocos días antes de la fecha del 1° de septiembre de 1939 que marcaría su destino, Gombrowicz fue arrojado a un inesperado exilio, lejos de Europa, en el “inmaduro” Nuevo Mundo. Fue un cambio brutal en su vida real como si un treintañero volviera a una escuela de niños. Desamparado (encallado), sin ninguna clase de apoyo, donde nada se esperaba de él, porque nada se sabía de él, fue ofrendado a la divina oportunidad de perderse en sí mismo”.[6] 

La descripción de Sontag, referida a la vida de Grombowicz, bien podría ser aplicada a la propia trama de Ferdydurke, novela que alude a la experiencia de un treintañero que es “infantilizado” siendo, consiguientemente, llevado a una anterior etapa de su vida.

Ferdydurke - Witold Gombrowicz
Otra edición de Ferdydurke

El propio autor de este trabajo, en una lectura similar (de su propia existencia) a la presentada por Sontag, diría:

“No sé. El imperialismo de nuestro yo es indomable, y a tal grado poderoso, que, a veces, se sentía inclinado a creer que todo aquel trastorno del mundo no tenía otro fin que el de asentarme en Argentina y volverme a sumergir en la juventud de mi vida, que en su tiempo no había podido experimentar ni aprovechar. Era para eso por lo que había la guerra y había Argentina y había Buenos Aires”.[7]

El notable escritor polaco, despojado de todo y arrojado a sí mismo, como precisa Sontag, vive en la Argentina hasta 1963. Respecto de aquellos años Gombrowicz más tarde recordaría:

“Mi pie tocó suelo argentino el 22 de agosto de 1939 y después. ¿Cuántas veces pregunté: Cuántos años quedan? ¿Todavía va a durar mucho?-, y ese 19 de marzo de 1963 vi que llegaba el final. Cortado por el filo de la revelación, morí de repente, sí, en ese minuto toda mi sangre me dejó. Ausente ya. Ya terminado. Ya dispuesto a partir. El lazo misterioso entre yo y mi propio lugar acababa de ser cortado”.[8]

La frase que emitió el día en que recibió una invitación a alistarse al ejército polaco lo pinta de cuerpo entero, por la profundidad de sus emociones y por su genialidad. Grombowicz consideró a ese convite:

“Un papel ingrato el de incitar a otros al heroísmo cuando uno está a salvo”.

Sobre su destino sudamericano alguna vez dirá:

“Sí, todo era penoso, terrible, desesperante. / La guerra me destruyó familia, posición social, / patria, porvenir, ya no tenía nada, ya no era nada… / ¡Y, sin embargo! Y sin embargo, la Argentina… / ¡Qué alivio! ¡Qué liberación! / De mis primeros años en la Argentina, / los más duros, podría decirse como Mickiewicz:[9] / “Nacido en la esclavitud, encadenado / desde el nacimiento, solo he tenido en la vida eso, / pero ¡qué primavera!”. [10]

Para Gombrowicz la Argentina fue la “primavera” de su vida,[11] donde “no era nada por lo que podía hacer cualquier cosa”.[12] Igualmente no se privó de ejercer su visión crítica aplicándola al suelo que lo acogió. Por ejemplo aseveró:

“Argentina no cree en su propia jerarquía de valores. Hay un lenguaje solemne, ritual, retórico, y un lenguaje privado que usa la gente para entenderse, a espaldas del oficial. Argentina es una pasta que todavía no llegó a ser postre. Es algo informe”.[13]

Pese a esta “informidad”, nuestro país fue esa “primavera gombrowicziana” y, para muchos que la eligieron por entonces, decidiendo quedarse en ella en tiempos por cierto tan conflictivos, les permitió dejar atrás el “invierno” de la guerra europea y aguardar en todo caso un “verano” que se daría en tiempos mejores. Acá o allá. Pero más tarde.

Lo cierto es que Ferdydurke, la gran obra de Gombrowicz, volvió a tomar entidad, a su modo a renacer, como su autor, quien tiempo después será nominado al Premio Nobel de Literatura, a partir de su traducción del idioma polaco al castellano, en una preciosa acción cooperativa que diversos escritores hicieron en una sala de ajedrez, en la lejana (desde la perspectiva euro-céntrica), aunque  orgullosa y bella, ciudad de Buenos Aires.

Al cabo de todo, se podría decir que el ajedrez rescató al propio Gombrowicz como persona, y no tan solo a su obra más emblemática. Es que, en el clima de miseria y de anonimato (al principio se lo consideraba un farsante y/o un delirante) en el que se desenvolvía en Buenos Aires, jugar al ajedrez en el Café Rex, lo salvó de la desesperación. Es que el juego fue un buen compañero en el exilio autoimpuesto por  Gombrowicz ante las circunstancias de la conflagración europea. Y fue beatífico al proponer el marco de su renacer literario.

Su amigo y biógrafo local, Juan Carlos Gómez, cuenta varias anécdotas que lo unen al autor con el juego, en citas que son autorreferenciales:

“Me dirijo a la plaza de Morón. Cada vez que vuelvo aquí, voy en peregrinación a la  plaza para echar una mirada a mi pasado del año mil novecientos cuarenta y dos. Pero ya no existe la pizzería donde solía tener conversaciones con los contertulios, ni el café donde jugué una memorable partida de ajedrez bailando boogie-woogie con el campeón de Morón; los dos bailábamos y bailando nos acercábamos al tablero de ajedrez para cada nuevo movimiento (…)

En Morón gocé de gran popularidad, tanto en la pizzería de la plaza como en el café, donde se podía jugar al billar y al ajedrez…En la pizzería, un mozo al que le caía simpático, me daba un sándwich por veinte centavos, pero con una feta de jamón cuatro veces más gruesa de lo normal, casi como un bistec. Y, en eso, he aquí que en el suplemento literario de ´La Nación´, un periódico muy  popular, aparece en primera plana un artículo mío. Desde ese momento mi posición social en Morón quedó liquidada. La gente empezó a darme muestras de consideración”.

Gombrowicz, al hacer una comparación del ajedrez con la poesía, diría:

“Los ajedrecistas, por ejemplo, consideran el ajedrez como la cumbre de la creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca como los poetas hablan de Valéry y, mutuamente, se rinden todos los honores. Pero el ajedrez es un juego mientras que la poesía es algo más serio y lo que resulta simpático en los ajedrecistas, en los poetas es signo de una mezquindad imperdonable”.

En principio cabría señalar que en su literatura no apreciamos menciones específicas al juego. No obstante, en su ponencia sobre el autor, el investigador argentino Juan S. Morgado hace un notable descubrimiento: los personajes principales de Ferdydurke, Filifor y Filimor, bien podrían estar aludiendo a Philidor y Morphy, dos de los máximos ajedrecistas de la historia. Y, ya sabemos, en la sala de ajedrez del Café Rex de Buenos Aires esa obra recobrará entidad y tomará vuelo definitivo.

Gombrowicz en el Rex

Para Gombrowicz “la vida digna de admiración está en lo inacabado”. Quizás no sea una casualidad que su admirable vida, que nunca acabará dado el inmenso legado de su obra, llegara a los 64 años, tantos como escaques en el tablero de su amado e inabarcable ajedrez, ese que lo acompañara en momentos de soledad y de necesario esparcimiento, y ese que le facilitara, ante todo, el renacer de su obra literaria y, a su manera, de su vida.


Notas:
[1] Para profundizar en la personalidad y experiencia de vida de este ajedrecista polaco-argentino, puede consultarse el trabajo publicado en https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/05/26/frydman/ (Paulino Frydman, el ajedrecista polaco con destino sudamericano, de Juan S. Morgado y Sergio E. Negri).
[2] Actualmente en esa numeración hay un local comercial en la planta baja, vecino al famoso cine y teatro Gran Rex. Pero el primer piso, donde se jugaba otrora al ajedrez, corresponde al propio cinematógrafo, cuya creación data del 8 de julio de 1936. Se construyó en solo siete meses, bajo la dirección del arquitecto Raúl Prebisch, recibiendo la mención de Honor del "American Institute of Architects". En ese momento era el más grande de toda Sudamérica. Para acceder al Café Rex, frecuentado por los ajedrecistas, que se hallaba en un primer piso, en los altos de la confitería homónima. Se entraba por una puerta ubicada entre el Teatro Tabarís, en Avda. Corrientes 831, y el Rex, en Avda. Corrientes 857, exactamente en el número 837 de esa importante arteria porteña. Una descripción de Juan Carlos Martínez, a la que tuvimos acceso gracias a la investigación de Morgado sobre el punto, indica que "para llegar al salón de ajedrez, ubicado en el primer piso, había tanto una escalera como un ascensor. A la izquierda, junto a la ventana que da a la Avenida Corrientes, estaban las mesas de ajedrez; a la derecha, los billares, tres mesas de cartas y la peluquería –salón de caballeros– de Luis Rocha, siempre llena de clientes. Allí se solía levantar quiniela en forma subrepticia". Hoy, no hay nada que recuerde esa Sala, a diferencia de lo que sucede con el solar de Venezuela 615 donde, en 1999, se colocó una placa en conmemoración a los treinta años del fallecimiento de Gombrowicz, con una inscripción que identifica al sitio como el que habitó “el gran escritor polaco”.
[3] http://www.elortiba.org/old/gomez.html
[4] https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/subnotas/4650-763-2008-06-08.html
[5] https://www.eternacadencia.com.ar/blog/ficcion/item/gombrowicz-presenta-ferdydurke.html
[6] Traducción propia del prólogo de Susan Sontag a la edición en inglés debida a Danuta Borchardt, Yale University Press, 2000.
[7] En “El enigma de Gombrowicz, 1904-2004”, Embajada de la República de Polonia en la Argentina y Centro Cultural Borges, que llegó a nuestras manos gracias al entonces Presidente de la SADE, Alejandro Vaccaro.

[8] Ídem referencia de la nota anterior.

[9]  Adam Mickiewicz de Poraj (Nowogródek, Polonia, 24 de diciembre de 1798 - Constantinopla, 26 de noviembre de 1855) fue un poeta y patriota polaco, cuya obra marca el comienzo del Romanticismo en su país. La referencia de Gombrowicz es seguramente para su poema épico Pan Tadeusz (1834), que en uno de sus fragmentos dice:
“Libro XI. La primavera! con lo cual se vio que nuestro país, Primavera guerra memorable cosecha de primavera! La primavera! ¿Quién te vio cómo se abrían, Los cereales y gramíneas, y la gente brillante, Abundante en el incidente, llenos de esperanza! Aún te veo, Fantasma Sueñobelleza! Nacidos en cautividad, viven en el exilio, Yo solo soy una primavera como yo tenía en mi vida”.
[10] Gombrowicz en “Testamento”.
[11] Y en este suelo, además del reverdecer del Ferdydurke, escribiría gran parte de su obra literaria: El Casamiento (1947); Trans-Atlántico (1951); Seducción (1958); Cosmos (1965), que para muchos es su obra maestra, y el Diario, compuesto por tres tomos que abarcan los siguientes periodos: 1953-1956; 1957-1961, y 1962-1969.  El escritor polaco-argentino sería postulado al Premio Nobel de Literatura en 1967 (En “El enigma de Gombrowicz, 1904-2004”, obra antes citada).
[12] Traducción de una frase de quizás mejor sonoridad y mayor contundencia en el original traducido: “I was nothing, so I could do anything”, según la cita a propios dichos de Gombrowicz que hace Sontag en el prólogo al que hiciéramos referencia previamente. 
[13] Comentario tomado de la nota de Abel Posse “Que nadie deje el salón” publicado en la edición del diario Perfil el 19 de septiembre de 2010, página 85. 

©ALS, 2021

Nota relacionada:
Gombrowicz y el ajedrez en su literatura. Por Juan S. Morgado. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/07/24/gombrowicz-y-el-ajedrez-en-su-literatura/

Una respuesta a “Gombrowicz renació con la traducción de Ferdydurke en una sala de ajedrez de Buenos Aires

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s