El escritor argentino Eduardo Mallea y el ajedrez

Por Sergio Negri

El escritor y diplomático argentino Eduardo Mallea (1903-1982), en su capacidad de observación, pudo mencionar la existencia en una repisa en un café oblongo en la que se ubicaba, además de jarras de bronce y sartenes decorativas:

“…un retrato de Federico el Grande[1] jugando al ajedrez”.

Eso ocurrió en su novela La bahía del silencio. De nuevo, y tomando como referencia al mismo personaje histórico, en La ciudad junto al río inmóvil,podrá apreciar:

“…A esto se llega. Cada hombre distraído en sus piezas de juego, absorto en ellas, como representan al gran Federico, inclinado sobre su tablero de ajedrez en una estancia suntuosa de Weimar…”.

Por otro lado percibirá, en El resentimiento, a personas distraídas con el ajedrez o con los naipes. También en La mancha en el mármol advertirá en un piso la clásica imagen cuadriculada de:

“…los mosaicos negros y blancos como tablero de ajedrez”.

En Triste piel del universo se verá a un maharajá ofrecerle jugar a un personaje de la novela; dado que éste se define mediocre ajedrecista, el indio se dispondrá a enseñarle una “apertura secreta”; esos mismos personajes podrán luego sostener un diálogo que transcurre en el:

“…gran tablero de ajedrez que formaba el piso de mosaicos del Fuerte Rojo de Agra, donde los emperadores jugaban con piezas humanas”.

No sería esa ni la primera vez, ni la última, en que un ajedrez viviente se representara, en esas tierras iniciáticas para el juego, escenificación que se dará, una y otra vez, en otros tiempos y lugares.

Otra referencia ajedrecística la hace Mallea en un pasaje de su novela Gabriel Andaral de 1971 cuando, evidentemente influido por The Waste Land (poema que el protagonista de la novela sabía de memoria), uno de los trabajos más recordados del escritor irlandés T. S. Eliot (1888-1965), en el que el ajedrez es un gran protagonista,[2] advertirá una:

“…escena del partido de ajedrez, el corazón del caos humano o caos burgués, la escena de la dactilógrafa, el poeta agitado por la celeridad civilizada de su propio corazón…”.

En 1967 Mallea había presentado su novela La barca de hielo en la que, tal vez, el ajedrez tiene una presencia escénica de tono más profundo. En su propio inicio aparece el juego de esta forma:

“Dije que no.
       Entonces Perpetuidad (1) se llevó el café. Y yo entré en la galería y pasé frente a la ventana del salón y luego me asomé al escritorio y vi que papá —a quien yo llamaba casi siempre padre— estaba jugando al ajedrez con Nicanor(2). Y entonces mis temores desaparecieron y corrí por la galería y alcancé a Perpetuidad cuando iba a entrar en la cocina…”.

(1): Es el nombre de la hermana de Adhemar, el protagonista del relato. Nicanor era el tercero de los hermanos. 

(2): Este capítulo se denomina Violencia donde el relator, el propio Adhemar, se ocupa de describir las características de personalidad de Nicanor. 

Nicanor habrá de ir aprendiendo la lógica del juego, con el curso de los días, como se señala en este pasaje:

Pero ahora que yo tenía veinticinco años y padre tantos más y Nicanor sólo veinte, me gustaba ver a padre jugando al ajedrez con mi hermano en el escritorio de la casa colonial. Entonces sentía una especie de quietud, una especie de descanso, porque me parecía que Nicanor empezaría al fin a entender el juego y algo se habría ganado, y a padre y a mí semejante cosa nos hubiera dado una gran alegría porque el hecho de que Nicanor entendiera tan poco y fuera tan callado y tan misterioso nos había tenido siempre entristecidos…”.

El relato prosigue y, nuevamente, el ajedrez estará presente, en tono coloquial, dando cuenta de un Mallea que, evidentemente, pudo considerar que el juego podía ser parte de una cotidianidad de una familia auslada del mundo, en cuyo devenir el juego podía ser mudo testigo.

Juego inerte que tiene la característica de acompañar, sin condenar contextos o conductas. Como la del creciente estado psicológico endeble de un Nicanor quien, al cabo del tiempo, podía convertirse en más taciturno y enfermizo, sensaciones que se le despertaron, seguramente, en el descubrimiento existencial ante la intensa fugacidad que marca el paso del tiempo…

Eduardo Mallea
Notas:
[1] Es conocida la afición ajedrecística de Federico II el Grande (de la casa Hohenzollern), quien nación en Berlín en 1712 y muere en Potsdam en 1786), el tercer rey de Prusia. Personaje tan controvertido como influyente, cultivó diversas ciencias; tal vez por esa inclinación al conocimiento, también caería en las redes de nuestro juego, que se dice practicó enfrentando al influyente filósofo francés Voltaire (1694-1778).
[2] Thomas Stearns Eliot (1888-1965), nacido en los Estados Unidos, aunque luego se trasladó a Inglaterra donde se nacionalizaría y desarrollaría gran parte de su obra (por la cual recibiría el Premio Nobel de Literatura), compuso en 1922 ese poema que en castellano recibió varios nombres, entre ellos el de La tierra baldía (o Páramo, como sostiene Mallea). Se trata de una obra cosmogónica de profunda influencia, en la que retrata la miseria de la contemporaneidad, redactada en 433 versos, separados en cinco secciones. Su segunda parte se titula precisamente Una partida de ajedrez, en la que Eliot muestra a dos mujeres conversando en una taberna de Londres, hablando particularmente sobre el regreso al hogar del soldado que era marido de una de ellas.

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