Julio Bolbochán (5)

Por Juan S. Morgado

1951 Julio Bolbochán y Felipe Pinzón Solís en Mar del Plata

Julio Bolbochán dio también la nota teórica de esta ronda 6ª. ¡Es que Julito sabe una barbaridad! ¡Es un libro abierto! Jugando tan bien y sabiendo tanto, ¿quién de los demás competidores, argentino o extranjero, será capaz, al final de las 23 rondas, de totalizar tantos puntos como este maravilloso exponente del ingenio natural unido a la dedicación y al estudio? Y Julito es un sinvergüenza dicho con el mayor respeto personal y la máxima cordialidad que merecen el ajedrecista y el caballero–, que hasta puede permitirse el lujo de adoptar variantes malas, con tal de que sean difíciles y complicadas, porque maniobrará a río revuelto con la enorme ventaja de su tremenda erudición, mientras sus rivales luchan a ciegas.

Ayer, en la hermosa partida que le ganó al peruano Felipe Pinzón Solís, Julio Bolbochán escogió una variante mala. ¿Y quién había demostrado que esa variante era mala? Él mismo, en esta misma ciudad de Mar del Plata, el año pasado, en la instructiva partida que le ganó a Marini. No fue poca, entonces, la sorpresa de la concurrencia, al advertir que Julio Bolbochán seguía los pasos que llevaron a Marini a la perdición, y que Pinzón Solís aprovechaba punto por punto la hermosa lección táctica que Julio le había dado a Marini justamente hacía un año. Pero llegó la jugada 16ª, y Julio cambió, mejorando el plan de Marini.[1]

La partida Julio Bolbochán vs. Marini, en Mar del Plata, 1950, puede verse en https://www.365chess.com/game.php?gid=2506896.

1951 Estudios exigentes

Tiene 31 años y es un hombre feliz. Somos viejos amigos. (Tenemos) esa amistad que nace tablero de por medio. Éramos estudiantes y nos conocimos en una Olimpíada Universitaria.

—¿Qué estudiás?—

—Ciencias económicas. Voy más o menos, ¿sabés? El trabajo, el ajedrez. Estudio a saltos y rindo cuando puedo—

Lo volví a encontrar años después en Buenos Aires; seguía estudiando, el ajedrez roba mucho tiempo, exige demasiado, absorbe, distrae, un torneo se va, y viene otro.

—Ahora juego más tranquilo. Me casé, tengo una nena, ¿sabés?—

—Felicitaciones, ahora tienes a quién dedicar tus triunfos— [2]

1952  Los Bolbochán emparentan con el Hamlet argentino

De los ocho hermanos que aprendimos a jugar al ajedrez en el tablero que trajera mi padre desde el otro lado del océano, cinco terminaron por aburrirse, y tres seguimos adelante: Lázaro, Jacobo y yo. Con la marcha del tiempo y sin dejar de ser un fuerte ajedrecista, Lázaro fue apartado del tablero por las circunstancias, Jacobo se consagró campeón argentino, y yo, modestia aparte, creo que voy por buen camino. He aquí en pocas palabras una semblanza ultrasintética de la dinastía ajedrecística de los Bolbochán contaba por Julio, el Benjamín. Ocho hermanos celosamente adiestrados por el progenitor desde la infancia; ocho magníficas chances de las cuales se perdieron seis por el camino del tiempo, y dos cristalizaron en campeones argentinos.

Hubo una época en que Jacobo se convirtió en la sensación del momento, sobre todo en la última semana de noviembre de 1933, que tuvo al país sobre ascuas, incluso a los que no entendían un pito de ajedrez. Durante esos siete días se habló tanto de él como del Comisario de Relaciones Exteriores de la URSS Máximo V. Litvinoff, que fue a la Casa Blanca para convenir con Roosevelt la reanudación de las relaciones diplomáticas entre la URSS y los Estados Unidos. Esto fue el 23 de noviembre. A las 21 en punto del día siguiente, en el salón de uno de los diarios de la Avenida de Mayo tenía lugar la ¨sensacional batalla por la disputa del título máximo del ajedrez argentino¨, subtítulo textual publicado a tres columnas, entre el campeón Jacobo Bolbochán y el desafiante Luis Piazzini, un match formidable, de hacha y tiza; cada movimiento era transmitido por radiofonía a los rincones más remotos del país.

En aquella batalla se gastaron más de diez millones de pesos en apuestas. Dos años después, en setiembre de 1935, Jacobo formaba parte como segundo tablero del cuarteto –con Grau, Pleci y Maderna– que va a Polonia, clasificándose octavo en el Torneo Internacional de Varsovia, precediendo a equipos de primerísima clase como Lituania, Francia, Gran Bretaña, Estonia y Letonia. Cuatro años después, durante el Torneo de las Naciones que se realiza en Buenos Aires, aparece alguien imberbe que hace exclamar al número uno de Francia Alejandro Alekhine:

—Este muchacho tiene las virtudes de una fuerte personalidad. Veo en él a un futuro campeón argentino—

El que llamara tanto la atención del Campeón Mundial era… Julio Bolbochán, un verdadero fenómeno por lo que trasciende enseguida. A los cinco años, Julio no sabe escribir y mucho menos leer, sin embargo, ya conoce el valor y el significado de las piezas y la estrategia de los movimientos. A los doce, obtiene su primera victoria importante, que presagia su magnífico futuro próximo: campeón absoluto, por cinco cuadras, del torneo que organiza un diario de la tarde para menores de quince años. Siete años más tarde, en agosto de 1939, cuando los campeones de América y Europa vienen a nuestra ciudad para el Torneo de las Naciones, una noticia increíble: Julio Bolbochán es designado, junto con Carlos Maderna, nada menos que analista del equipo argentino, directo colaborador de Alekhine, a quien acaban de designar entrenador de nuestros representantes. A partir de entonces, avanza a la manera de las estrellas: sin prisa, sin pausa. En 1947 (viene) la consagración: Campeón Argentino, ganador del torneo mayor.

Pero con los Bolbochán ocurre lo que con esos individuos que nunca logran convencer del todo. Jacobito empieza a declinar, y los hay que lo llaman la hormiguita, por su forma de jugar, yendo y viniendo por el tablero, acumulando pequeñas ventajas, y sin decidirse nunca. A Julito lo consideran apocado, un meteoro que nunca llegará a estrella de gran magnitud en el firmamento del ajedrez argentino.

Afirma un crítico, categórico, como dispuesto a romper a pedradas la estantería del último de los Bolbochán:

—Parecería que todavía está verde—

Julio hace mutis por el foro, y más de cuatro ya están creídos que ha vuelto al ping-pong, en el que descollara cuando muchacho, cuando en abril de 1951 vuelve a aparecer en el escenario durante el Campeonato Zonal Sudamericano que se lleva a cabo en los salones del Automóvil Club Argentino. ¡Sorpresa para todo el mundo, incluso para aquellos que le creían muerto ajedrecísticamente! Julio hace la reentrée a la manera de los grandes tapados: con juego nuevo, estilo distinto, espectacular, brillante. Y ahora lo tenemos otra vez entre los mejores ajedrecistas del país. No podemos terminar la nota sin mencionar a alguien que el destino entroncó con la dinastía de los Bolbochán, el que a principios de siglo fuera llamado el Hamlet del ajedrez porteño, Don Benito Villegas, el más batallador defensor del rey. (…) La relación entre los Villegas y los Bolbochán está en que Jacobo se ha casado con una hija de Don Benito.[3]


[1] Noticias Gráficas, 26 de marzo de 1951.

[2] El Gráfico nº 1656 del 4 de mayo de 1951. Lo nota no posee firma, aunque es factible suponer que el autor fue Amílcar Celaya.

[3] Gary Sherwood, PBT nº 806 del 29/2/52.

2 respuestas a “Julio Bolbochán (5)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s