Mijaíl Botvínnik, el padre de la escuela soviética y primer campeón mundial de la posguerra

Por Sergio Negri

Yo, / para afinar la puntería, / juego al billar. / Él, / al ajedrez, / más útil a los jefes. / Del tablero / pasaba / al enemigo real, / transformando / en hombres / los peones de ayer.”

Vladimir Ilitch Lenin, poema de Vladimir Vladimirovich Mayakovsky, 1924

Mijaíl Botvínnik fue el primer campeón mundial de la posguerra y principal exponente de la escuela ajedrecística nacional más exitosa desde la Segunda Guerra Mundial, la soviética, esa que será sólo conmovida por la pérdida del título de otro de sus referentes  a manos del norteamericano Bobby Fischer (1943-2008) en 1972 pero que, tras la deserción de este de la escena internacional, volverá a ocupar su sitial de honor hasta la desaparición de la URSS.

Botvínnik, confundiendo entidades nacionales, a veces es injustamente considerado padre del ajedrez ruso pero, al decirse esto, se olvida de la tradición previa a la URSS, esa que venía desde el siglo XIX, con referentes tan notables como Aleksandr Petrov (1794-1867) y Mijaíl Chigorin (1850-1908) e, incluso, el propio Alexandre Alekhine (1892-1946), quien será el primer campeón mundial ruso (aunque obtuvo la ciudadanía francesa en el mismo año en que obtuvo el título), al que se lo negará en su patria, hasta una muy posterior reivindicación.

Es que en 1917 la Revolución Rusa, esa que vino a imponer un nuevo orden, tomó a Alekhine como estandarte de la tradición zarista y, como el comunismo pretendía hallar su propia marca haciendo tabula rasa con el pasado, el ajedrez se empleará como uno de los instrumentos en la consolidación de una nueva identidad nacional, primero y, más tarde, en la lucha por la preeminencia mundial en la Guerra Fría contra los EE. UU. y el mundo capitalista.

En eso Botvínnik, como principal referente de la que debía ser considerada una nueva escuela (borrando la historia), habrá de cumplir un importante rol, como paradigma de un sistema que pugnaba por presentarse como el más exitoso modelo universal. No habría que olvidarse que el ajedrez en la URSS era una actividad cuya federación dependía del Departamento de Propaganda y Agitación.

En ese marco Botvínnik se vio de alguna manera involucrado  en polémicas históricas que lo ubicaron como demasiado ligado al régimen, en particular en tiempos del oscuro periodo de Iósif Stalin (1878-1953), un déspota que, en ajedrez, a través de sus personeros, quiso influir para que un soviético de su predilección fuera campeón mundial. Y ese jugador elegido por el poder no fue otro que Mijaíl.

Matizando debidamente las cosas, no habría que dejar de consignar que Botvínnik, más allá de ese aura de ser funcional al modelo y a las autoridades constituidas, fue protector de algunos colegas entrados en desgracia, en particular del estonio Paul Keres (1916-1975). Por otro lado, además de las convicciones personales, que siempre son dignas de respeto, nunca hay que olvidar que cada uno y cada cual, por elementales razones en las que se mezcla la capacidad de adaptación y la necesidad de progreso, debe adaptarse al signo de los tiempos que tocan vivir.

Pero claro, nunca podremos olvidarnos, y en esto Botvínnik no tuvo personalmente desde luego nada que ver, que esas mismas autoridades que tanto lo apoyaron a él en particular, y al ajedrez en general, eran las mismas que persiguieron, confinaron a Siberia, borraron de los libros o incluso mataron (en las clásicas purgas y otras acciones extremas). Esos fueron los casos, entre tantos otros, del letón Vladímirs Petrovs (1907-1943), muy probablemente de Alexei Alekhine (1888-1939), hermano del campeón del mundo, y hasta el de uno de los mentores del propio Botvínnik, el Tte. Gral. Alekséi Kuznetsov (1905-1950).

En ese contexto de temor, siempre se temió, ya a nivel deportivo, y por momentos denunció, que algunos jugadores soviéticos pudieran haber sido o haberse sentido presiones para favorecer los éxitos de aquellos a los que en cada caso el sistema prefería. Y Botvínnik ingresaba, tal vez muy a su pesar, en esa categoría.

Lo dicho antes es para colocar las cosas en contexto. Y no empaña la calidad del jugador. Botvínnik fue, probablemente, el campeón mundial de ajedrez en el que más estuvo involucrada la cuestión política. Y todo ello no hace para nada mella al reconocimiento que se merece un gran jugador que, por méritos propios, llegó a lo más alto tras la culminación de la guerra, un lugar que se perfilaba podía ocupar ya desde su aparición en la escena internacional en 1936.

Para más, ese puesto de honor lo habrá de mantener a pesar de perder varios matches por el título y de igualar otros evidenciando que lo suyo, en todo caso, no era un predominio absoluto sino, más bien, la vigencia persistente en la cúspide y la posibilidad de recuperación, en estos casos aprendiendo del estilo de sus mejores rivales que lo desafiaron en cada momento. Para ello fue particularmente relevante su mente analítica, esa que también lo hizo vincularse con el mundo de la ciencia y de los desarrollos computacionales.

Botvínnik nació bajo el nombre de Mikhail Moiseyevich Botvinnik (en ruso Михаи́л Моисе́евич Ботви́нник) el 17 de agosto de 1911 en una ciudad del Gran Ducado de Finlandia llamada Kuókkala, por entonces parte del Imperio Ruso, a la que se llama actualmente Repino (en Rusia), una pequeña localidad costera muy próxima a la capital imperial de San Petersburgo.

Botvínnik en 1927

Su familia era judía, siendo su padre técnico dental y su madre odontóloga. Esas profesiones les permitieron a sus integrantes, incluido Mijaíl y su hermano tres años mayor, de nombre Izaak (le decían Issy), vivir fuera de la Zona de Asentamiento en la que estaban recluidas mayoritariamente las personas de esa fe, por lo que San Petersburgo, una de las ciudades más pujantes y centro ajedrecístico sin par desde el siglo XIX, será su lugar de residencia.

Ante la enfermedad de la madre en 1920, su progenitor los dejó, encarando otro matrimonio, pero mantendría el contacto con el entorno primero, el que quedó económicamente empobrecido, aunque con una pequeña herencia en oro que Botvínnik, en 1941, donará a la causa nacional frente a la invasión nazi.

Con apenas nueve años, el niño Mijaíl hará sus primeras lecturas y ya se entusiasmará con el comunismo; tiempo después será uno de los primeros ajedrecistas en ser admitido al partido. Nunca se habrá de plantear autocrítica pública alguna a pesar de haber vivido, mucho después, poco antes de su muerte, la era de la glasnot. También prontamente el joven abandonaría toda religiosidad para declararse ateo, conforme exigía el modelo dominante, a pesar de una herencia que estaba ya en su segundo nombre, ese que remitía a Moisés.

Con el curso del tiempo, se habrá de casar con Gayane (Ganna) Davidovna, la hija de uno de sus profesores, que era estudiante de ballet, con quien tendrá una única hija, Olya (Olga), que nacerá en 1942. Años después su esposa enfermará mentalmente viéndose a su marido que rechaza internarla, por temor a un suicidio, y la cuidará esmeradamente en el hogar logrando que se recupere.

Botvínnik y su esposa

El ajedrez llega a su vida exactamente en el mes de septiembre de 1923, siendo un amigo de su hermano, de nombre Leonid (Lenya) Baskin a quien hay que agradecerle por haberlo introducido al futuro campeón en su magia. Se deslumbró de inmediato al reconocerle una cualidad única: le exigía pensar. Y comenzará a practicarlo de inmediato en torneos escolares, ganando el campeonato escolar en 1924, el segundo en el que participó. De ahí irá al club Petrograd Chess Assembly, donde es admitido a pesar de no tener la edad mínima para ello y la resistencia de su padre; empero tendrá la complicidad secreta de la madre, siendo a partir de entonces el progreso del joven continuo e imparable, comenzando por su ascenso a la primera categoría en 1925.

El 20 de noviembre de ese año fue una fecha muy estimulante ya que el joven de catorce años pudo jugar simultáneas contra José Raúl Capablanca (1888-1942) en San Petersburgo, cuando aún no era maestro. ¡Y le ganó al campeón mundial! Toda una premonición de su futuro progreso en el mundo escaqueado.

Ya en 1926 es subcampeón (en la preliminar había hecho 11,5 en 12) del torneo de Leningrado, detrás de Aleksandr Ilín-Zhenevski (1894-1941) quien, años después, jugará un papel para posibilitar que Botvínnik juegue con Salomon Flohr (1908-1983) en un match que, de alguna manera, le sirvió de carta de presentación a la figura local. Como dato complementario hay que tener en cuenta que aquel será, más tarde, una de las tantas víctimas de una de las clásicas purgas del régimen estalinista. Ese año de 1926 viajará el futuro campeón del mundo por primera vez al extranjero ya que, en Estocolmo, juega ante Gösta Stolz (1904-1963) en un match entre esa ciudad y la de Leningrado.

En 1927 se gradúa Botvínnik, un año antes de la fecha permitida para poder acceder al Politécnico. Siguiendo el modelo de Paul Morphy (1837-1884) y su gira europea en un tiempo en el que no podía por su edad trabajar de abogado, el soviético usará ese año sabático para concentrarse en sus estudios en ajedrez logrando, por vez primera, llegar a la final del campeonato del país, en su quinta edición, disputada en 1927, la que fue ganada por Fedor Bohartichuk (1892-1984) y Peter Romanovsky (1892-1964), igualando Botvínnik, con sólo dieciséis años (el benjamín de la prueba), la quinta posición entre 21 participantes. ¡Un progreso meteórico para quien obtiene de ese modo el preciado título de Maestro Nacional! Este torneo fue en cierto momento borrado del historial ya que Bohartichuk emigró del país, terminando por ser representante de Canadá, tras un paso previo por Alemania, por lo que se lo habrá de considerar desde el régimen como “no persona” (!!).

En 1928 Botvínnik es admitido por el Departamento de Matemáticas de la Universidad de Leningrado (nombre de una ciudad que ya no se llamaba San Petersburgo) y, tiempo después, aunque no sin esfuerzo, llegará al Departamento de Electromecánica de la Politécnica: tal era su deseo, lo que logró gracias a su reputación en el ajedrez. En el verano de 1931 se gradúa de ingeniero electrónico, su otra gran pasión, además del ajedrez. Con el tiempo se habrá de destacar en ese rubro por su trabajo en las centrales eléctricas en los Montes Urales, durante la Segunda Guerra Mundial, habiéndose de doctorar en esa disciplina en 1951. En 1956, se unirá al Instituto de Investigación de Energía Eléctrica, como investigador científico principal.

Pero lo importante en ese tiempo pasaba por otro lado. Su primer maestro en el juego fue Abram Model (1896-1976), en Leningrado (nombre de la ex San Petersburgo). Pero rápidamente el alumno superará al maestro: es que Botvínnik en 1930 logra, con 6½ en 8, el torneo de esa ciudad, superando a Romanovsky quien venía, nada menos, que de ser el campeón de la URSS.

En 1931 Botvínnik es campeón soviético, en su séptima edición, en Moscú, con dos puntos de ventaja, repitiendo en la siguiente, en 1933 en Leningrado, con una luz de una unidad. Ya el jugador evidenciaba ser el máximo referente local y, en esas condiciones, la fruta estaba madura para catapultarse a la esfera internacional.

La primera vez que Botvínnik tuvo un desafío fuera del país fue a fin de ese 1933 cuando disputa un match, en las ciudades de Moscú y Leningrado, con el poderoso jugador checo Flohr. Este, a la postre, siendo judío, al deber huir del avance nazi, se radicará muchos años después en la URSS adoptando la ciudadanía soviética. Pero, por el momento, este era el primer rival extranjero de la figura local, con quien quedó igualado en el encuentro en seis, tras dos triunfos para cada uno y ocho tablas, dando cuenta de que Botvínnik era una figura con proyección mundial.

Stalin tenía un lema referido a Occidente: “alcanzarlo y superarlo”, el que aplicaba a todos los ámbitos, incluso, habría que decir particularmente, en el terreno del ajedrez. Este juego, que primero fue visto como la expresión de la burguesía, se transformó rápidamente en un estandarte del régimen, el que tendió a su popularización y apoyó a sus principales referentes. Pero se optó por la estrategia de no participar en el exterior hasta tanto se pudieran derrotar a los referentes principales del oeste. Botvínnik, en ese contexto, será el primero en ser admitido para salir del país como estandarte de los valores locales.

Esa fue la principal razón por la que la URSS sólo debutará en Olimpíadas en la década del 50; de hecho, para los Juegos de Folkestone, Inglaterra, de 1933, si bien había un equipo designado, se decidió en definitiva no ser de la partida. En el caso de los torneos internacionales individuales el férreo régimen comunista se ocupaba de no autorizar a nadie a salir del país, lo que tronchó la proyección global de figuras locales muy valiosas.

Inversamente en 1934 en Leningrado se convoca a un jugador extranjero, el futuro campeón mundial Max Euwe (1901-1981), de los Países Bajos, junto a once figuras locales, viéndose a Botvínnik vencer y al visitante aparecer en un oscuro sexto lugar (dijo estar muy impresionado por el vencedor de la prueba). Allí comenzó a visualizarse las características de lo que luego se definiría como escuela soviética, a la que precisamente Euwe distinguió por tener estas características:

a) saber aprovechar la iniciativa;

b) contar con un espíritu de lucha que los hace rechazar las denominadas “tablas de grandes maestros”;

c) defender de modo tal de generar un contraataque;

d) preparación en aperturas muy extensa, y

e) la ausencia de juicios superficiales para evaluar la posición no reduciéndolo a criterios materiales (y de ahí la difusión del concepto de “sacrificio de calidad ruso”).

Botvínnik pasó a ser el principal referente soviético y el primero en ser habilitado a ir al exterior, lo que sucederá por vez primera en el clásico torneo de Hastings, Inglaterra (con lo que se perdió de participar del noveno campeonato soviético que se jugó en simultáneo), disputado entre el 27 de diciembre de 1934 y el 5 de enero de 1935, donde empatará el quinto lugar con el húngaro devenido más tarde en soviético Andor Lilienthal (1911-2010), entre diez jugadores, oportunidad en la que alcanzan el primer lugar, en forma compartida, Flohr, Euwe y el local George Thomas (1881-1972), llegando cuarto Capablanca. Fue un fiasco para este, y también para el soviético, que esperaba más de su debut fuera del país.

Pero tendrá la revancha en 1935 en el gran (en número, ya que fueron veinte los participantes, y en calidad) Torneo de Moscú, cuando compartirá el liderazgo con Flohr, anticipándose a los excampeones mundiales Emanuel Lasker (1868-1941) quien, a sus 66 años, quedará en condición de invicto, y Capablanca, entre muchos otros.

Botvínnik, quien por esta actuación habrá de recibir un auto de regalo, comentará en sus memorias que, antes de la última rueda Nikolái Krylenko (1885-1938), influyente dirigente de ajedrez que a su vez, como fiscal y Ministro de Justicia, fue clave en los juicios de Stalin contra los opositores del régimen (muchos de los cuales serán condenados a muerte, como le sucedería a él mismo cuando caiga en desgracia),se acercó a su cuarto de hotel para insinuarle que Ilya Rabinovich (1891-1942), podía perder en esa instancia, para facilitar su triunfo, lo que fue rechazado: de hecho se acordaron tablas rápidamente. Ya aquí se aprecia la influencia concreta de la autoridad para promover a su protegido (este episodio es relatado por Andrew Soltis en su libro Soviet Chess 1917-1991, McFarland and Co., Jefferson, Carolina del Norte, 2014).

Como herencia de este torneo se dará el comienzo de la emblemática publicación de la revista 64, que aparecerá el 5 de julio de 1935, y la instalación definitiva en Moscú de Flohr y Lilienthal (ambos se casarán con mujeres locales) y, transitoriamente, de Lasker. La acción de propaganda, y el fortalecimiento del ajedrez en la URSS, con cabeza en Botvínnik, se iba cimentando sólidamente…

Se hace un nuevo gran torneo en Moscú, a doble vuelta, en 1936. Vladimir Alatortsev (1909-1987) pudo haber sido excluido por pedido de Botvínnik (a pesar de que aquel habría ofrecido dejarse ganar, una equívoca situación que pareciera estar muy presente en esos contextos) y Bohartichuk quien, en ese tiempo, solía jugarle de igual a igual a aquel, tampoco será invitado como parte de los representantes soviéticos. Nadie le podía hacer sombra, evidentemente. Pero, a pesar de todo ello, será un invicto Capablanca quien se imponga, quedando Botvínnik (pierde un cotejo ante el cubano, lo que marcará la diferencia) segundo a un punto, ambos con margen de diferencia respecto de Flohr, Lilienthal, Viacheslav Ragozin (1908-1962), un rezagado Lasker y otros intervinientes.

A Botvínnik se le permite ir de nuevo al exterior, oportunidad en la que tendrá su primer gran suceso en Nottingham, Inglaterra, en ese mismo año,  para alegría de Stalin y del Politburó. Al obtener la prueba el propio Botvínnik le envía al líder del país (¿lo habrá redactado él mismo o habrá sido Krylenko?) un telegrama de tono muy efusivo dando cuenta de su triunfo, el que comenzaba diciendo:

Querido maestro y jefe” y agregaba el concepto de que “porque mi ardiente deseo de defender el ajedrez soviético me hizo poner en el juego toda mi fuerza, conocimientos y energía” (Fuente: Los cuerpos del poder: Deporte, política y cultura, de Orfeo Suárez, Córner, Roca Libros, Barcelona, 2015).

Le tenían tanta confianza política al novel jugador, que le permitieron concurrir con su esposa Gayanne Ananov, a pesar de los peligros que se corría por la posibilidad de que se exiliaran. Se confiaba, y no ausente de razón, en que a Botvínnik no se le iba a ocurrir nada por el estilo. Ese triunfo en tierras inglesas salió en la portada del periódico Pravda, el que pudo dar cuenta que su hijo pródigo había logrado imponer “el primer triunfo de la URSS en una competencia cultural internacional”.

En rigor el soviético, que terminó imbatido, compartió el primer lugar con Capablanca, quedando a media unidad Euwe, Reuben Fine (1914-1993), Samuel Reshevsky (1911-1992) y, más atrás, Alekhine, Flohr y Lasker (sólo Keres faltó de las figuras de la época). Que Botvínnik superara especialmente al considerado enemigo del régimen, Alekhine, le dio un valor adicional a una actuación que fue del todo rutilante en una de las competencias más importantes de la historia.

Los participantes del torneo de Nottingham, 1936

Grigori Levenfish (1889-1961) ganó, en ausencia de Botvínnik, los torneos soviéticos de 1934 y 1937 (el primero junto a Romanovsky); por ello, dado que en los Países Bajos se disputaría en 1938 un gran torneo, y se había invitado a una figura de la URSS. Se organiza un match entre ambos confiando las autoridades, seguramente, que el joven Botvínnik se iba a imponer, habida cuenta de que, al menos así se lo suponía, si empataban el representante debería ser el campeón oficial, que era su rival. Pero el encuentro no sale cómo esperaban las autoridades del país. Se prevé que el vencedor sería el que logre seis triunfos y que se interrumpiría el match si se llegaba a una igualdad en cinco, que fue lo que efectivamente sucedió, en un contexto cambiante en el que en cierto momento el joven vencía al veterano por cuatro juegos ganados a dos: mas Levenfish empató al ganar el último encuentro. ¿Cuál fue la conclusión de todo esto? Las autoridades designan a Botvínnik para el torneo internacional del año próximo. Una vez más, el dedo lo señaló.

Y así es que parte a los Países Bajos para sumarse al torneo AVRO, el más importante de la década del 30 considerado un virtual mecanismo de selección para hallar al retador de Alekhine, el campeón mundial. El primer lugar quedará compartido por Keres (invicto) y Reuben Fine, siendo Botvínnik tercero, adelantándose al resto de los concursantes, nada menos que Euwe, Reshevsky, el propio Alekhine, Capablanca y Flohr. Este octogonal, en su diseño, servirá de modelo para un pentagonal que, tras la culminación de la guerra, le dará en 1948 a Botvínnik la posibilidad de convertirse en el próximo campeón del mundo. Ese torneo fue importantísimo ya que es el paso de una generación conformada por los más viejos Alekhine y Capablanca, a otra integrada por los más jóvenes, la de Botvínnik, Keres, Reshevsky, Fine; con un Euwe y Flohr como figuras bisagra.

Regresa Botvínnik al campeonato soviético en su 11ma. edición, que se hace en Leningrado en 1939, quedando invicto al obtener el título delante de Aleksandr Kótov (1913-1981) y el malogrado Sergey Belavenets (1910-1942), quien morirá muy joven en una acción de guerra, tres referentes de la nueva generación, esa que tanto había ansiado Krylenko que apareciera.

Ese palmarés lo repetirá en el denominado Campeonato Absoluto Soviético disputado en 1941 en las ciudades de Moscú y Leningrado, en el que seis jugadores se enfrentaron entre sí a cuatro partidas, prevaleciendo Botvínnik claramente delante del estonio Keres, Vasili Smyslov (1921-2010), Isaak Boleslavsky (1919-1977), Lilienthal e Ígor Bondarevsky (1913-1979). Se lo hizo para determinar quién habría de desafiar a Alekhine por el título mundial )los soviéticos se veían con el derecho de proponer al oponente), el que se concreta justo en el momento en el que este halla la muerte, en extrañas circunstancias, en su residencia de Estoril en 1946.

Esos jugadores habían sido parte del campeonato soviético de 1940, ganado por Lilienthal (imbatido) y Bondarevsky, seguidos de Smyslov, Keres y, en la siguiente posición, quedan en línea Boleslavsky y Botvínnik, este en decepcionante ubicación (con cuatro derrotas a lo largo del torneo). Aquel campeonato absoluto fue una creación para reivindicarlo: el jugador, lo que nos recuerda a futuros planteos de Bobby Fischer (1943-2008), había atribuido a los ruidos insoportables y al humo del tabaco de los espectadores en una sala de juego no debidamente insonorizada. Lo cierto es que Botvínnik, más allá de ciertos privilegios, ya iba mostrando las garras en cuanto a su cualidad para imponerse en situaciones de revancha.

Ya sin cortapisa alguna, Botvínnik ganará otros campeonatos soviéticos: en 1944 en Moscú,  delante de Smyslov, Boleslavsky y Flohr; y de nuevo en la capital del país en 1945, finalizando invicto y con tres puntos de ventaja respecto de Boleslavsky, con un David Bronstein (1924-2006) que es tercero; y repite el éxito en 1952. Con esto último demostró que bien hubiera podido encabezar el equipo olímpico que ese año debutaba en Helsinki pero, como venía de estar algo inactivo, terminó no siendo de la partida. Esa postrera vez terminó en la punta junto a Mark Taimánov (1926-2016), a quien venció en el desempate 31/2 a 21/2. Ambos habían quedado por delante de Yefim Géler (1925-1998), Boleslavsky, Alexander Tolush (1910-1969) y un muy joven Víktor Korchnói (1931-2016). Ese será su último triunfo en campeonatos soviéticos y el único que logrará en su condición de campeón mundial.

En otros casos defeccionaría en esta prueba: en 1951, cuando ganó Keres, delante de Tigrán Petrosián (1929-1984) y Géler, Botvínnik quedó quinto. Y en 1955, victoria en el desempate de Géler prevaleciendo por encima de Smyslov, y en su despedida de esta clase de competencias, Botvínnik empata el tercer lugar con el sorprendente Georgy Illivitsky (1921-1989) y con dos futuros campeones del mundo: el mentado Petrosián y Borís Spaski (nacido en 1937), a sólo medio punto de los vencedores, en una definición apretadísima.

Volviendo a la cronología, en 1943 gana invicto un torneo a doble vuelta en Sverdlovsk, delante de Vladímir Makogónov (1904-1993) y Smyslov; y el campeonato de la ciudad de Moscú a fin de ese año y comienzo del siguiente, delante nuevamente de este último.

Con la culminación de la guerra, la primera prueba importante internacional se registra en la ciudad de Groninga, en los Países Bajos, en los meses de agosto y septiembre de 1946, imponiéndose Botvínnik por media unidad, respecto del excampeón mundial Euwe, siendo tercero Smyslov y cuarto, junto al húngaro László Szabó (1917-1998), el argentino Miguel Najdorf (1910-1997) quien logra superar al campeón del torneo en el encuentro individual.

Los participantes de Groninga en 1946

De vuelta en casa, en el II Memorial Mijaíl Chigorin disputado en Moscú en 1947, logra otro triunfo, por la mínima diferencia, esta vez delante de Ragozin y, más atrás quedan Smyslov y Boleslavsky.

Y llegaría la ansiada corona, a las arcas de Botvínnik y de la causa comunista, lo que acontecerá cuando se imponga en el pentagonal disputado en Moscú entre el 2 de marzo y el 17 de mayo de 1948. Se ha hablado bastante sobre la conformación de sus participantes resultó algo amañada, y de que el propio Botvínnik ejerció sus influencias para determinar la nómina de participantes definitiva, lo que en principio se contradice con que la prueba fue organizada por la FIDE (en la que no obstante pesaba mucho la opinión de la delegación soviética, por decir lo menos).

La base de invitación era la de los supervivientes de AVRO de 1938, más los ganadores de Groninga y de Praga, en reemplazo de los fallecidos Alekhine y Capablanca, torneos disputados en 1946 (en este caso triunfo de Najdorf, en el otro Botvínnik que estaba clasificado en sí mismo).

Fine, temiendo una colusión soviética, no habrá de participar, aunque aduciendo cuestiones personales; Flohr, presente en AVRO, será reemplazado por el más fuerte para la época, y del todo ruso, Smyslov : estaba claro que los soviéticos preferían a uno de los suyos que a otro jugador que sólo era nacionalizado; Najdorf, quien venía de ganarle a Botvínnik en Groninga, será desinvitado. Con lo que el octogonal se transformó en un pentagonal con tres soviéticos, por lo que las posibilidades de que el título fuera a sus vitrinas, tenía grandes probabilidades de concretarse.

En cuanto al desarrollo de la prueba por la corona, mucho se ha dicho sobre un Keres jugando presionado por las autoridades políticas de un país que todavía lo veía al estonio con recelo, en aras de que no fuera un obstáculo para que el preferido Botvínnik se alzase con el triunfo, lo que en rigor de verdad luego nunca fue denunciado por el propio jugador. Este, no obstante, bien sabía lo que significaba el ajedrez en términos de lectura geopolítica y cuáles eran las preferencias del régimen sobre quien debía ser el campeón mundial.

Con ayudas, o sin ellas, y en cualquier caso sin necesidad de tenerlas por la calidad de su juego, Botvínnik vencerá en La Haya y Moscú, entre el 2 de marzo y el 17 de mayo de 1948, en un torneo en que cada jugador disputó cinco partidas con los respectivos contrincantes. Su triunfo fue con un margen convincente de tres puntos de ventaja sobre Smyslov, quedando a medio punto de este Keres y Reshevsky y último, muy rezagado, Euwe. Es sabido que Keres pierde, algo inconcebiblemente, las primeras cuatro partidas del mini-match ante Botvínnik ; y que solo lo vencerá, en la restante ocasión, una vez que este tuviera asegurado el título.

Los soviéticos tendrán su primer campeón de la historia, y el que tanto habían soñado que lo fuera; los rusos, el segundo, tras un Alekhine quien, sólo ocho años más tarde, será objeto en la URSS de un inicio de reivindicación, y el mundo el sexto, desde que se iniciara el ciclo reconocido de quiénes deben ser considerados como la mejor expresión ajedrecística de cada momento. Estaba claro, por lo demás, que comenzaba formalmente el claro dominio de la escuela soviética en el mundo del milenario juego.

Desde este momento es la FIDE la que impone las condiciones para la determinación de los desafiantes del titular del mundo, contrariando una tradición de la preguerra en la que los propios campeones eran quienes tallaban para elegir a sus rivales, lo que generó inequidades, como la de que el polaco Akiba Rubinstein (1880-1961) no tuviera oportunidad de acceder al cetro, que Capablanca no tuviera la merecida revancha contra Alekhine, que los campeones pudieran seleccionar a contendientes objetivamente inferiores a otros, o que se dejara transcurrir el tiempo, con motivos o sin ellos, más o menos prolongados, sin exponerse la corona.

Botvínnik, por lo pronto, tras obtener el título mundial, inesperadamente abandona el ajedrez por tres años para poder culminar sus estudios de doctorado en Ingeniería Electrónica, dando evidencia de que no quería concentrarse en una sola actividad, ya que nunca descuidará su profesión, siendo ese el último caso registrado entre los excampeones mundiales (antes habían recorrido esa senda Lasker y Euwe).

En 1952, cuando se dio la ya referida participación inicial de la URSS en Olimpíadas, Keres lo reemplaza como primer tablero por el bajo estado del campeón, que venía sin embargo de mantener el título mundial ante Bronstein en 1951 en ajustada definición y de jugar el campeonato soviético de 1951 en Moscú. Esa edición fue ganada por el estonio, delante de Petrosián, Géler y Smyslov, viéndose al campeón mundial en un alejado quinto lugar. Por otra parte, Botvínnik había sido tercero, igualado con Smyslov y el sueco Gideon Ståhlberg (1908-1967), en el Memorial Maróczy disputado en Budapest en 1952, cuando ganó Keres delante de Géler.

Previas a esas Olimpíadas, hubo conciliábulos de los jugadores con los integrantes del Politburó, quienes demandaban que no sólo había que ganar en la vecina Helsinki, sino que eso debía acontecer en todos los tableros. Se temía que Botvínnik, por su baja forma, pudiera perder con los mejores referentes de los otros equipos: Reshevsky, Najdorf o el yugoslavo Svetozar Gligorić (1923-2012).

Para evitar esa probable defección en la capital finesa, se decide que lo reemplace Keres como estandarte de la delegación, y que se incorpore a Géler en el conjunto. El estonio, no obstante, cumplirá un oscuro papel, ya que será el décimo en el principal tablero, siendo el mejor de todos el argentino, quien obtendrá, de nuevo, medalla de oro individual.

No fue ese un buen año para el campeón mundial: el 14 de junio de 1952 fallece su madre, con quien vivía, de una hemorragia cerebral (su padre había muerto en 1931).

En Olimpiadas Botvínnik aparecerá en la siguiente oportunidad, en Ámsterdam en 1954, cuando lidera el elenco del campeón, que será escoltado por Argentina, ganando la medalla de oro en el primer tablero, lo que fue visto como una revancha personal de lo sucedido en la capital de Finlandia, evidenciando que siempre sabría esperar cuál era el mejor de sus momentos, en calidad de invicto.

Volverá a esa lid en todas las competencias posteriores, hasta la de 1964, descendiendo al segundo tablero en Leipzig´60, detrás del entonces campeón mundial Mijaíl Tal (1936-1992) y en Tel Aviv´64 (encabezó la delegación el nuevo titular del mundo, Petrosián). De Varna en 1962 se recuerda unas angustiosas tablas que obtuvo ante la joven estrella norteamericana: Bobby Fischer (1943-2008).

Además de participar de la medalla de oro del conjunto en las seis ocasiones Botvínnik obtendrá, a nivel individual, otra dorada, como la de su inicio en esta clase de pruebas, en Leipzig; una de plata, en Moscú´56, cuando se ubicará detrás del danés Bent Larsen (1935-2010); sendos bronces en Múnich´58 (pierde el invicto olímpico ante un jugador austriaco) y en su despedida de Tel Aviv; para completar el cuadro siendo apenas el sexto mejor en su tablero en La Habana´62. En todo este trayecto olímpico ganó 39 partidas, empató 31 y tuvo 3 caídas, completando un muy buen rendimiento global del 74.7%.

Regresemos a qué sucedió con Botvínnik como campeón del mundo, tras ese oscuro espacio posterior a que obtuviera el título. A pesar de todo, mantendrá el sitial principal en un tiempo que durará quince años, con un par de interrupciones, viéndose obligado en los próximos años a jugar matches, como campeón o desafiante, en siete ocasiones.

Es que la FIDE estableció mecanismos para determinar los rivales (con Torneos Interzonales y de Candidatos) y, en caso de que el campeón perdiera, se le debía dar una revancha, lo que le sucedió a Botvínnik en dos oportunidades, las que debidamente aprovecharía alguien que, como sabemos, tenía una gran especialidad: la de imponerse en las revanchas. También en sendas ocasiones conservó el cetro al igualar las respectivas contiendas, aportando un dato que no debe dejar de señalarse: pese a su largo periodo en el trono, siempre tuvo rivales de fuste, que por momentos lo superaron, por lo que su predominio en la escena ajedrecística distó, y bastante, de ser indiscutido.

La secuencia de los matches por el título mundial fue la siguiente: 

  • En 1951, entre el 15 de marzo y el 11 de mayo, empata dramáticamente, en su regreso al tablero después de su prolongado retiro,  su match a 24 partidas contra el ucraniano Bronstein en Moscú, igualando el último juego y venciendo en el penúltimo (uno en el que el desafiador podía haber igualado, tras el error cometido por Botvínnik al elegir una jugada no ganadora a la hora de dejar la sellada secreta antes de su reanudación), por lo que conserva el título. También aquí hubo especulaciones en el sentido de que el retador jugó bajo cierta presión ya que su padre estaba siendo perseguido por la justicia de su país
Sitio en el que se disputó el match Botvínnik vs. Bronstein
  • En el mes de marzo de 1954, siempre en Moscú, se repite el resultado, en este caso ante Smyslov, en un match sin tregua. Comienza Botvínnik con tres triunfos en cuatro, para luego pasar al frente el retador. No obstante, el campeón se recupera y Smyslov vuelve a equiparar en el penúltimo juego, siendo destacable que 14 de las 24 partidas tuvieron un resultado positivo (siete para cada uno). De todos modos, en este caso el empate logrado por el campeón, con lo cual retenía el título, no tuvo la dosis de dramatismo que había tenido su tenida previa con Bronstein
Botvínnik y Smyslov en el match de 1954
  • Smyslov se convertirá en 1957, del 5 de marzo al 27 de abril, en campeón del mundo al derrotar claramente a Botvínnik, siempre en Moscú, por 12,5 a 9,5, sin necesidad de jugarse las últimas dos partidas

  • En 1958, del 4 de marzo al 9 de mayo en Moscú, se dará la revancha, establecida en forma inédita por una FIDE en la que tallaba como Vicepresidente (lo fue desde 1950 a 1961) Ragozin, quien era muy allegado a Botvínnik. Gracias a esta disposición el excampeón regresa al título ya que esta vez se impone, en la capital soviética, a Smyslov (quien acusó problemas de salud), por 12,5 a 10,5 (el match comienza con tres victorias para el entonces retador, quien pierde una partida por tiempo que le resultaba favorable). Lo dicho, y ahora más que nunca: la capacidad de recuperación de Botvínnik siempre fue proverbial.

  • El joven y talentoso letón Mijaíl Tal (1936-1992) le arrebata la corona claramente, entre el 15 de marzo y el 7 de mayo de 1960, en Moscú. El táctico le ganaba al científico por 12,5 a 8,5, muy convincentemente. Pero sólo por ahora.
Botvínnik vs Tal, en 1960

  • La hora de la revancha para Botvínnik se dio en la capital soviética del 23 de marzo al 20 de mayo de 1961, con un marcador más claro que el previo encuentro entre ellos, por 13 a 8. Tal estuvo muy deteriorado por problemas renales (sus adicciones al alcohol y al tabaco contribuyeron a ello). Se quiso postergar el encuentro por razones de salud, pero el influyente retador sólo aceptó que ello ocurriera en el caso de que interviniera un médico de Moscú y no uno de Riga. Tal, entonces, decidió jugar en la fecha prevista

  • Su último vencedor será el armenio Petrosián, un jugador de estilo pétreo quien, del 23 de marzo al 20 de mayo de 1963, lo derrota claramente en Moscú por 12,5 a 9,5, con un solo triunfo del campeón saliente a lo largo de toda la brega. Ese será el momento en que Botvínnik se despedirá definitivamente del título mundial que había conseguido en 1948 y que mantuvo con intermitencias hasta esta caída

La FIDE, en esta última ocasión, no previó la posibilidad de revancha (se había agotado la cláusula a la que algo maliciosamente se había llamado “la regla Botvínnik”) como derecho inherente al campeón desplazado. Y entonces Botvínnik no pudo ejercer esa cualidad de recuperación que le fue siempre tan propia. Se retira, entonces, para siempre, del ciclo por los campeonatos mundiales. El viejo maestro, el máximo exponente de la escuela soviética, había cedido el sitial más alto en el ajedrez mundial. No estará Botvínnik pero, hasta la aparición de Fischer, y también luego de su deserción, la URSS podrá enorgullecerse de haber ganado, y con margen, la batalla ajedrecística que se fue dando en la Guerra Fría; esa que soñó el régimen librar y ganar; esa que Botvínnik supo tan bien encarnar.

Las sucesivas argumentaciones, de Keres a Tal, pasando por las de Bronstein, y quizás también las que pudieran explicar la ausencia de Najdorf en el torneo de 1948, si bien fueron todas muy verosímiles, en el sentido de evidenciar cómo Botvínnik fue objeto de la protección del régimen, ponen el acento, implícitamente, en otra cuestión, que le es del todo virtuosa: cuando perdió sus respectivos matches, Botvínnik nunca tuvo excusas reforzando tal vez la idea de que estábamos en presencia de un “hombre de acero”, como se lo llamara. Una suerte de contracara soviética, y de carne y hueso, del Superman de historieta concebido en el odiado EE. UU.

En torneos en estos tiempos Botvínnik gana, junto a Smyslov,el Memorial Alekhine (la primera vez que se reivindicaba al viejo campeón ruso en la URSS, a diez años de su muerte) disputado en Moscú en 1956, delante de Taimánov, Gligorić, Bronstein, Najdorf y Keres (quien le gana en la última rueda, privándolo del invicto y del liderato absoluto). Victoria que repite en Hastings, Inglaterra, entre diciembre de 1961 y enero de 1962, imbatido, y con dos unidades de ventaja respecto de Gligorić, quedando tercero un ya veterano Flohr.

Será en esos años, en aisladas participaciones, primero o segundo en torneos de tono de menor relevancia respecto de los que supo tenerlo como protagonista en el pasado. Algunas pruebas algo más exigentes fueron las de Palma de Mallorca, España, en el torneo que se hizo a fines de 1967, cuando quedó junto a su viejo conocido Smyslov, a medio punto del vencedor, el danés Bent Larsen (1935-2010), y por delante del húngaro Lajos Portisch (nacido en 1937) y de Gligorić; la de Montecarlo en 1968, cuando ocupará igual posición, de nuevo detrás de un encendido Larsen,  siendo terceros el checoslovaco Vlastimil Hort (nacido en 1944) y Smyslov; y la de Wijk aan Zee en Holanda, terminando invicto en un primer lugar compartido con Géler y, a medio punto, Portisch y Keres.

Pero el declive estaba a la vista, y se manifestó brutalmente en un torneo realizado en Belgrado a fines de 1969 cuando, entre quince participantes, y no todos de gran nivel, ocupará apenas la séptima posición, siendo antecedido por Milan Matulović (1935-2013), Lev Polugayevsky (1934-1995), Gligorić, Borislav Ivkov (nacido en 1933), Levente Lengyel (1933-2014) y Géler.

En el match URSS vs. Resto del Mundo, del 29 de marzo al 5 de abril de 1970, ocupa apenas el octavo tablero, enfrentando al yugoslavo Matulović, al que vence 2,5 a 1,5, en el marco de un triunfo demasiado cerrado para la delegación de su país.

Pocos días después se realiza un cuadrangular a cuatro vueltas, organizado por el club de ajedrez de Leiden, en los Países Bajos, donde Spaski será el campeón y Jan Donner (1927-1988) segundo, quedando empatados en las restantes posiciones Larsen y Botvínnik, este con una única victoria, dos derrotas y las restantes tablas. Era hora de ir pensando en el adiós al tablero…

Capacidad de revancha, una cualidad innata de ese “hombre de hierro” que fue Botvínnik, quien evidenció muchas otras: pragmatismo, orden, cientificismo, contracción al estudio y al trabajo, investigador y, como contracara, o quizás como necesario complemento, la evidencia de un duro carácter que, para varios de sus colegas (Ivkov dixit), lo hacían un ser distante, cerrado, casi antisocial (el propio jugador, admitiéndolo, se autodefinió como una “persona solitaria”).

Por lo demás, pese a ello, se lo ha sindicado como persona solidaria y, en cualquier caso, la de tener un don magistral. En una mirada más relajada, ya que el ajedrez no podría ocupar ese espacio, el campeón habría de disfrutar de las exhibiciones de ballet y de la lectura de poesía (actividades prototípicas de la cultura soviética, por otra parte, para alguien que supo representar tan bien a la URSS en su querido ajedrez).

Su retiro se producirá en 1970. Pese a ello, en el primer listado oficial del ranking ELO, que se publicará en el mes de julio de 1971, aparece en el séptimo lugar, compartido con el húngaro Portisch.

Seguirá vinculado al ajedrez como docente y en sus desarrollos computacionales vinculados al juego (los que inició en los años 50), aunque con escaso éxito ya que adoptará una línea que se ha creído equivocada de investigación al tratar de modelizar el pensamiento humano en vistas al juego desde una perspectiva que no resultó próspera. Con todo, habría que tener en cuenta que en la URSS los desarrollos tecnológicos se dieron en ese campo en forma más lenta que en Occidente por lo que los medios que dispuso el campeón fueron más bien limitados.

El 7 de septiembre de 1991 recibirá en la Universidad italiana de Ferrara  un título honorífico en matemáticas por sus aportes computacionales en materia de ajedrez. Y tiene dos libros sobre el tema: Computers, Chess and Long-Range Planning y Computers in Chess: Solving Inexact Search Problems, ambos de la editorial Springer Verlag, que son de 1970 y 1984, respectivamente.

Tiene, asimismo, numerosas obras sobre su carrera ajedrecística, particularmente referidas a los encuentros por el título mundial, y también con la recopilación de sus partidas, y uno de 1978 dedicado a otro campeón del mundo, y alumno suyo: Anatoly Karpov: His Road to the World Championship, de la editorial Elsevier.

Por otra parte, en 1980 propondrá, de nuevo en su aporte profesional fuera del ajedrez, aunque será rechazado, un modelo computacional para manejar la declinante economía soviética. Sin embargo, su programa PIONEER contenía un método generalizado de toma de decisiones que, con algunos ajustes, le permitió planificar el mantenimiento de las centrales eléctricas del país.

En su faceta de maestro hará un aporte espectacular, con una escuela que liderará en Moscú, por la que pasarán miles de ajedrecistas, muchos de la élite, particularmente tres futuros campeones mundiales: Anatoly Kárpov (nacido en 1951), Gary Kaspárov (nacido en 1963), quien fue a la Escuela Botvínnik entre 1973 y 1978, y Vladímir Krámnik (nacido en 1975).

El bueno de Gary, en su obra monumental en la que analiza lo hecho por sus predecesores en tanto campeones mundiales, se define a sí mismo como “el único alumno genuino de Botvínnik”: un gran reconocimiento de alguien que, es sabido, tiene criterios de excelencia al analizar la contribución de los ajedrecistas de toda época.

En los análisis de Chessmetrics, Botvínnik fue el jugador N° 1 del mundo durante nada menos que 131 meses, siendo la primera vez en que ello ocurrió en septiembre de 1936 y la última en mayo de 1958. Su mejor ránking corresponde a octubre de 1945, siendo de 2.885 puntos; y su mejor performance individual está en sintonía con la revancha por el título mundial ante Tal cuando arriba a los 2.862 puntos.

En la consideración intertemporal, Botvínnik es el jugador N° 9 de la historia en un periodo de veinte años, detrás de Kaspárov, Kárpov, Lasker, Alekhine, Korchnói, Smyslov, Keres y Petrosián; asciende al N° 6 en el entorno de quince años, detrás de Kaspárov, Kárpov, Lasker, Capablanca y Alekhine; ocupa posición idéntica en el de diez años, cuando en la nómina de quienes lo superan Fischer reemplaza a Alekhine y Lasker se anticipa a Kárpov; y avanza más en el de cinco años, ya que es el N° 4, sólo precedido por Kaspárov, Lasker y Capablanca y en el de dos, estando antes Kaspárov, Fischer y Lasker. Lo mejor, dentro de los altísimos estándares, en estas consideraciones comparativas, corresponde a la medición de un único año, ya que es el tercero de todos los tiempos, detrás de Fischer y Kaspárov

Por su parte, en el libro Warrios of the Mind, de Raymond Keene y Nathan Divinsky, se concluye que Botvínnik fue el cuarto mejor jugador de la historia, sólo precedido por Kaspárov, Kárpov y Fischer. Para Árpád Elo, en su análisis retrospectivo, Botvínnik fue el ajedrecista mejor rankeado en el periodo que va de 1937 a 1954, con un pico de 2.730 puntos en 1946 y con un promedio de 2.720 para un lapso de cinco años.

El norteamericano Fine, quien en su tiempo fuera un clásico rival, hizo una extraordinaria consideración: Botvínnik estuvo cerca de la cima durante cincuenta años, desde 1933 a 1963, un hecho del todo desusado. En efecto, para Chessmetrics, en el mes de diciembre de aquel año, tras su match con Flohr, aparece en el lugar N° 13; al año siguiente, para el mismo mes, estaría en la posición N° 7; en 1935 en la 4 y, ya en 1936, al cabo del año, es el N° 1 (delante de Capablanca, Reshevsky, Euwe y Alekhine).  En diciembre de 1963 es el N° 2 del planeta y, más allá de lo dicho por el norteamericano, en realidad su ubicación en posiciones encumbradas se dará hasta su propio retiro, habida cuenta de que, para fin de 1970, seguía en el top 20: estaba en la posición número 14.

Botvínnik es considerado un héroe en la URSS. El patriarca del ajedrez soviético, en una prueba de imbricación perfecta con el sistema al que perteneció, y del que fue uno de sus principales referentes, alguna vez dijo que: “por regla general fui muy afortunado ya que mis intereses coincidieron con los de la sociedad”.

También alguna vez dijo:por sangre soy judío, por cultura ruso, mas por educación soy soviético”, definición que lo pinta de cuerpo entero, a partir de una autopercepción en la que une su historia personal, el legado de su familia y su formación política y social.

Botvínnik, no sólo que fue el primer campeón mundial de la posguerra sino que, aún más importante, fue el principal referente de la escuela nacional soviética que dominó, sin solución de continuidad, el panorama mundial hasta bien entrado el siglo XX.

Su muerte fue muy dolorosa, ya que estaba afectado por un cáncer de páncreas, habiendo de cerrar sus ojos en mayo de 1995. Pese a la ceguera en un ojo, y la escasa visión en el otro, siguió yendo a trabajar hasta el mes de marzo. Es que el hombre de acero iba a serlo hasta el último día. Y seguramente su revancha, la tendrá en el más allá, a pesar de que probablemente no creyera en alguna clase de trascendencia, independientemente de la correspondiente al recuerdo terrenal por su legado.

Hay que saludar, entonces, a la distancia, al gran ajedrecista que presentó su biografía con un título más que elocuente: Alcanzar el objetivo. En efecto, Botvínnik, el patriarca, alcanzó su objetivo: el de convertirse en líder y principal referente de la escuela soviética que predominó y marcó todo un tiempo crucial en la evolución moderna del ajedrez.

Mijaíl Botvínnik
Nota relacionada:
La Astrología y el Destino: Mijaíl Botvínnik. Por Silvia Méndez. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/05/05/la-astrologia-y-el-destino-mijail-botvinnik/.

©ALS, 2021

3 respuestas a “Mijaíl Botvínnik, el padre de la escuela soviética y primer campeón mundial de la posguerra

  1. juansmorgado 5 mayo, 2021 / 10:17 am

    Muy buena investigación! Está muy bien documentada la estrecha relación entre la política y el ajedrez.

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