Rudolf Spielmann: un hombre sobre un viejo tablero

Por Horacio Olivera

El hombre que está encorvado ante el tablero de ajedrez supo del esplendor de la fama, el reconocimiento del público y la admiración de quienes fueron sus pares.

Ahora acaricia con nostalgia las piezas, acaso las únicas que supieron serle fieles en estos últimos años de amarguras y pobreza, de silencios y soledad.

El hombre tiene una mirada triste. Y mientras desplaza en sosegado transcurrir sus trebejos sobre los escaques ya borrosos, rememora los tiempos idos, la pasión por el juego, el leve escalofrío del fluir  de la adrenalina al comenzar cada partida.

Pero también su mente transita, en aleatorio divagar, por esos oscuros y tristes laberintos de una obligada errancia. Fue cuando esa escoria humana, los Nazis, llegaron a su Viena natal, a su querida Austria mancillada por la bota feroz y asesina del invasor. Y hubo de irse de su patria, por el único “pecado” de ser judío, huyendo hacia Praga, en Checoslovaquia. Pero tampoco allí era lugar seguro para un judío. Ni lo fueron los Países Bajos, donde también buscó amparo. Solamente la paz de la acogedora Estocolmo, en la Suecia neutral desde el inicio de la gran guerra, le brindó la posibilidad de establecerse por fin. Aunque no fue suficiente la ayuda de algunos amigos suecos para solventar siquiera sus más básicas necesidades, que no eran ni más ni menos que las de un hombre solo, de enorme timidez y cuyo único afán en la vida había sido jugar ajedrez.

Pues ya casi ni para comer tIene Rudolf Spielmann en sus últimos años.

¡Rudolf Spielmann! Sonríe el hombre taciturno mientras sigue empujando con placer esas piezas, sus compañeras de siempre, reproduciendo quien sabe qué partida memorable. Y sonríe pues recuerda la mención de su nombre, un ilustre nombre ajedrecístico, al tope del podio en alguno de los tantos torneos en los que triunfara. En esos en donde también jugaban ajedrecistas tan exitosos como excelsos: Capablanca, Alekhine, Rubinstein, Réti…con todos los cuales se había medido en igualdad de condiciones, alternando triunfos y derrotas, siempre dignamente, con respeto por sus rivales y por el juego mismo.

Comprueba que su memoria no flaquea, aunque a sus cincuenta y nueve años, con varias penurias acumuladas, el cuerpo hace tiempo que lo colma de padecimientos. Recuerda pues, con muchísima precisión, sus años jóvenes, los últimos exámenes para recibirse de abogado en la añorada Viena; y sus vacilaciones antes de guardar en un cajón su título sin estrenar para dedicarse profesionalmente al ajedrez, cuando hacerlo era algo parecido a un acto demencial. Rememora feliz sus primeros éxitos en los tableros de Europa, el reconocimiento internacional, la bien ganada fama de extraordinario jugador combinativo , de plan atacante y frondosa imaginación. También el respeto que supo ganar por el manejo incomparable que hizo del Gambito de Rey, aquel que lo consagró como “el último de los jugadores románticos”. Continúa sonriendo al recorrer mentalmente las páginas de los libros que había legado a las generaciones de jóvenes ajedrecistas por venir, como aquel “El arte del sacrificio” que, bien lo sabía, iba camino a convertirse en un clásico de la literatura de su amado juego.

Pero de pronto la sonrisa melancólica da paso al dolor y  Rudolf se siente morir. Está solo, como casi toda su vida y acaso en esos momentos añora el no haber logrado formar una familia a la que recurrir para confortarse, ahora que el final se aproxima.

Se encuentra débil, desnutrido, con poco más de unos mendrugos de pan viejo como todo alimento para los días venideros, sumido en la más atroz de las pobrezas y acosado por una fantasmal y enloquecedora soledad.

Pero allí está con él el ajedrez. Solamente sus piezas y su tablero de ajedrez. El ajedrez como motivación última de su existencia. Mucho más que un juego, una forma de vida para Rudolf Spielmann. Algo que nadie le impuso y que él eligió desde joven y para siempre. Esa forma de vida que le deparó alegrías inmensas y hasta algún atisbo de gloria, y que ahora, en el momento final, mientras el dolor perfora inclemente su estómago estragado, lo acompaña en ese paso último, que lo librará por fin de la pena, la desdicha y el sufrimiento.

Rudolf Spielmann
Sobre el autor:
Horacio Olivera es un ajedrecista de Primera Categoría de la Federación Metropolitana de Ajedrez de la República Argentina y socio fundador del club Torre Blanca de la ciudad de Buenos Aires.
Como ajedrecista, fue subcampeón metropolitano juvenil, campeón metropolitano y nacional de los Torneos Evita (1973), finalista de Campeonato Argentino Juvenil (1974) y sub-campeón de las provincias de Chaco y Corrientes (en los años 90).
En su calidad de investigador ha sido colaborador del diario Página 12 y del sitio web Ajedrez 12.
Actualmente, participa del programa radial Frente al Tablero, que se emite desde la Radio Porteña 89.7 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires los viernes a las 20.00, en donde se abordan cuestiones vinculadas al ajedrez con las dimensiones educativa, terapéutica y pedagógica.
Asimismo, ha oficiado en su país de panelista en diferentes Encuentros relacionados con la Historia del Ajedrez.
Horacio Olivera

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