Ray Bradbury y su aproximación al ajedrez

Por Sergio Negri

Crónicas marcianas es la obra escrita en 1950 por la que siempre será recordado el gran escritor estadounidense del género fantástico Ray Bradbury (1920-2012). Allí el ajedrez no podía estar ausente, a pesar de que los hechos debían necesariamente transcurrir, tal su propuesta habitual, en otro planeta.

En diversas ocasiones se habla del juego, básicamente en tanto poderosa imagen visual que pudiera servir de parábola, lo que comienza sucediendo en la crónica de febrero de 1999: Ylla, al expresarse:

“Ylla no miraba las antiguas y ajedrezadas ciudades muertas, ni los viejos canales de sueño y soledad. Como una sombra de luna, como una antorcha encendida, volaban sobre ríos secos y lagos secos”.

En la crónica correspondiente a junio de 2001: Aunque siga brillando la luna, se incluye esta otra referencia:

Tomó el fusil y observó a los hombres que corrían escondiéndose. Miró las torres del inmaculado pueblo marciano, como piezas de ajedrez finamente cinceladas, caídas en la tarde. Vio las rocas, y entre ellas el pecho de Spender…”.

Para noviembre de 2005: Fuera de temporada, podía decirse:

“Pasaban ante una blanca ciudad ajedrezada, y Sam, despechado, furioso, disparó seis veces contra las torres de cristal. La ciudad se deshizo en una lluvia de antiguos cristales y astillas de cuarzo, y cayó disolviéndose en escamas de jabón. Desapareció. Sam, riéndose, hizo fuego una vez más, y una última torre, una última figura de ajedrez, se incendió, ardió, y en cenizas azules subió a las estrellas”.

Y también:

“El viento empujó la nave sobre el antiguo fondo del mar, sobre cristales enterrados hacía mucho tiempo, y las columnas, los muelles desiertos de mármol y bronce, las ciudades muertas ajedrezadas y blancas, y las laderas purpúreas desfilaron y se alejaron. Las siluetas de los barcos marcianos se empequeñecieron, y luego empezaron a seguir a Sam”.

Siguiendo la cronología, en diciembre de 2005: Los pueblos silenciosos, se consigna:

“Fuera del pueblo tocó la bocina en todas las vueltas del camino. A la puesta del sol, después de una jornada agotadora en el volante, se detuvo al borde del camino, se sacó los zapatos, se tumbó en el asiento y deslizó el sombrero gris sobre los ojos fatigados. Sopló el viento, y las estrellas brillaron suavemente sobre él en el nuevo crepúsculo. Alrededor se elevaban las milenarias montañas de Marte. La luz estelar se reflejó en las torres de un pueblecito marciano que se alzaba en las colinas azules, no más grande que un juego de ajedrez”.

Para más adelante, dentro de esa jornada, agregar:

“Sam observó las caras de alrededor. Un centenar de caras. No quedaban muchos marcianos en Marte, cien, ciento cincuenta, y casi todos estaban ahora allí, en el fondo seco del mar, en sus barcos resucitados, no muy lejos de sus ajedrezadas ciudades muertas. Una de ellas acababa de caer en pedazos, como una copa de cristal derribada por una piedra. Las máscaras plateadas destellaban”.

Ray Bradbury

En otra de las famosas novelas de Bradbury, en la distópica Fahrenheit 451, título a que alude a la temperatura en la que arden los libros que debían ser quemados, se sabe que Montag, uno de los bomberos encargados de tan innoble tarea de incinerarlos, se hallaba n principio preocupado por la “angustia” que provocaba el ejercicio de la lectura.

Montag luego cambiaría de parecer, al conocer a una mujer que estaba considerada loca. Por supuesto que era tildada de tal por el hecho de permitirse pensar (algo a lo que los libros suelen, aunque no siempre, contribuir). El bombero se replantea su vil tarea y, de hecho, comenzará a robar libros, los que irá conversando. Pero será objeto de la mirada oprobiosa del poder por lo que decidirá huir para, en cierto momento, apreciar cómo todos los televisores de la ciudad están transmitiendo esa frenética escapatoria. En ese contexto se dice:

“Con un esfuerzo, Montag recordó de nuevo que aquello no era ningún espectáculo imaginario que podía se contemplado mientras huía hacia el río; en realidad, era su propia partida de ajedrez la que estaba contemplando, movimiento tras movimiento…”.

Si bien hay otras menciones de Bradbury en su obra integral, quizás la más hermosa sea la que aparece en el cuento El ruido de un trueno (incluido en otro de sus trabajos cumbres: Las doradas manzanas del sol), ese del safari en el tiempo en el que un mínimo descuido habrá de cambiar el curso de los futuros acontecimientos, en donde se formula un crucial interrogante:

Qué clase de mundo era ahora, no había forma de saberlo. Podía sentirlos moverse allí, más allá de las paredes, casi, como tantas piezas de ajedrez arrastradas por un viento seco”.

El autor en el año 2006 publicó una novela autobiográfica denominada El verano de la despedida, en la que incluyó este pasaje en el que se alude a la clásica asociación entre personas y trebejos, al decirse:

“¡Estamos en el tablero de ajedrez!” gritó Douglas. “¡Esas piezas de ajedrez, esas piezas de ajedrez, esos somos nosotros! ¡Los viejos nos mueven por las plazas, las calles! Toda nuestra vida hemos estado allí, atrapados en los tableros de ajedrez en la plaza, con ellos empujándonos”.

En este trabajo de la época postrera de Bradbury, el ajedrez aparece mencionado como nunca antes en su obra. La última de las alusiones al juego puede ser considerada como la más relevante en su literatura y, de alguna manera, todo un legado, al decirse (para fortalecer la idea de que en la vida “todo lo que avanza, gana”:

Ninguna partida de ajedrez fue ganada por el jugador que se pasó toda la vida pensando en su próximo movimiento“.

Toda una definición de un Bradbury que, como tantos otros literatos de todos los tiempos, cayeron en su medida embrujados por el influjo del más milenario de los juegos.

©ALS, 2021

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