Crónica sobre “Siluetas del ajedrez ruso”

Por Francisco J. Fernández

Conocía la obra de Sosonko, Siluetas del ajedrez ruso, por las referencias que hace de él Kasparov en Mis geniales predecesores. Sólo ahora me doy cuenta de lo mucho que le debe. Muchos de los más interesantes apuntes o anécdotas que relata éste son contribuciones de Sosonko. Pero no sólo eso, sino que también le debe en buena medida la interpretación misma que hace de los diferentes jugadores así como del ajedrez soviético en general.


Genna Sosonko, Siluetas del ajedrez ruso, Editorial Dancadrez, Sevilla, trad. de A. S. Villegas Grippo, pról. de Julián Alonso Martín, 2007, 255 pp.

El libro de Sosonko tiene su origen en una serie de semblanzas publicadas en New in Chess. Es un libro de homenajes y por sus diferentes capítulos desfilan campeones del mundo y entrenadores, judíos y letones, comunistas y desencantados, dogmáticos y desequilibrados. En efecto, Sosonko realiza semblanzas a Tal, Botvinnik, Polugaievsky, Geller, Olga Capablanca, Zak (primer entrenador de Spasski), Semyon Furman, Alexander Koblenz, Alvis Vitolins, Levenfish, pero necesariamente aparecen en los retratos una miríada de personajes tan apasionantes como los seleccionados. No obstante, el libro es también algo más. Sosonko emigró a Holanda en 1972, huyendo del clima asfixiante de la extinta Unión Soviética. Tenía 29 años y había ejercido de entrenador de Tal o Korchnoi. Fue una decisión difícil pues se trataba en principio de un viaje sin retorno. Establecido en Holanda desde entonces ha ejercido su carrera de ajedrecista defendiendo el pabellón de los tulipanes, así como entrenando a diferentes promesas (como Piket). Pero es que el libro responde a un impulso más íntimo. De hecho, sus páginas destilan cierta tristeza o, mejor, melancolía. Por eso es también una especie de autobiografía o confesión (en terminología de María Zambrano). Trata de explicar esa dificultad mayúscula en la que consistía vivir en la Unión Soviética, en la que consistía sobrevivir en ese “desastre oscuro” (que diría Alain Badiou) del socialismo real. Lo paradójico es que las personalidades retratadas ofrecen un panorama tan variopinto que las tesis que defiendan la absoluta cerrazón de la vida soviética se encontrarán en un serio aprieto. Sosonko se da cuenta de ello y lo explica diciendo algo así como que en el ajedrez se daban las condiciones para que los talentos y las energías se derrocharan “en campos relativamente neutrales” (pág. 28).

Esta explicación como de psicología social no sé si satisfará a todo el mundo, pues viene a defender que hubo una sublimación generalizada que tuvo en el ajedrez una feliz concreción, una suerte de válvula de escape por la que optaron inconscientemente decenas de miles de personas subyugadas. Claro está que lo que no se entiende a continuación es por qué el Estado soviético, con Krilenko a la cabeza, apostara tan fuertemente por esa misma válvula de escape. Quizá llame la atención la presencia de tres entrenadores como Zak, Furman o Koblenz (aunque también se menciona a Tolush o Bondarevski, entre otros). El de mayor talento ajedrecístico fue seguramente Furman, pero sus respectivas carreras tuvieron su apogeo en el momento en que se encontraron con sus talentosos alumnos, Spasski, Karpov o Tal, respectivamente. Es posible que hasta el concepto de alumno no les haga justicia, que su concepto responda más bien al de discípulo, pues su relación no era estrictamente académica o deportiva. A diferencia de Botvinnik, cuyos discípulos no podían sentirse superiores a él, Spasski, Karpov o Tal eran objetivamente más fuertes que ellos. Las páginas dedicadas a desentrañar esta extraña situación de sacrificio de las aspiraciones propias están excelentemente escritas y son de lo mejor de este delicado libro. El propósito inicial de Sosonko era que ese tiempo pasado no se perdiera del todo. Aunque la nostalgia sea un hablar inexacto, lo que aquí puede leerse tiene siempre la cualidad de la vivencia, hasta el punto de que uno llega a lamentar no haber compartido más allá de estas páginas lo que Sosonko nos cuenta.

Sobre el autor:
Francisco J. Fernández (San Sebastián, 1967) se doctoró en Filosofía en la Universidad del País Vasco con una tesis sobre Leibniz («Implicaciones semiológicas de la teoría de los principios de Leibniz»), filósofo al que ha traducido y consagrado varios estudios y artículos. 

Entre sus libros publicados destacan «El filósofo del océano» (1998), «El descrédito de los quilates» (1999), «El ajedrez de la filosofía» (2010), «Los huesos de Leibniz» (2015) y, próximamente, «Lycofrón (Diario de clase)». Presidente del Club Deportivo Dama Morena de Marmolejo (Jaén). 

Ha sido profesor en la Universidad de Jaén e investigador en la Universidad del País Vasco. Actualmente es profesor de Enseñanzas Medias.
Francisco J. Fernández

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