Apollinaire, los emigrantes como piezas y Buenos Aires como sino

Por Sergio Negri

Al poeta, pese a su lugar natal, indudablemente francés Guillaume Apollinaire (1880-1918), nacido en rigor bajo el nombre de Wilhelm Albert Włodzimierz Apollinaris de Wąż-Kostrowicky, en Roma, Italia (de madre polaca y padre que abandonó a la familia demasiado tempranamente), se le debe la invención del término surrealista, ese que habrá de caracterizar a una corriente artística, símbolo de toda una época y de influencia posterior universal.

Uno de los máximos exponentes y fundadores de ese movimiento será Marcel Duchamp (1887-1968), artista integral, de hecho uno de los más influyentes en todo el siglo XX, quien a su vez fue un reconocido ajedrecista.

A propósito de ellos dos, Apollinaire en 1913 presenta el Manifiesto cubista y, dentro de los pintores analizados en esa obra, estará desde luego su compatriota quien, sólo tres años atrás, había sabido representar una escena familiar de tono ajedrecístico que transcurría en Puteaux, barrio periférico de París, donde el hermano de Marcel, de nombre Raymond, tenía una casa.

Guillaume Apollinaire

Aquella expresión, la de surrealismo, fue acuñada por Apollinaire en 1917, cuando la utiliza en su obra de teatro Las tetas (Los pechos) de Tiresias, en un relato que transcurre en Zanzíbar, la isla del Océano Índico que, desde su propio nombre, remite a otro juego, uno de dados, el zanzi, que era muy practicado por los franceses.

El ajedrez no aparece no obstante allí, sino que lo había hecho antes, en 1913 en Zone, texto incluido por Apollinaire en su libro de poemas Alcools en cuyo transcurso, al referirse a los emigrantes, dirá lo siguiente:

“Miras con ojos llenos de lágrimas a estos pobres emigrantes / Creen en Dios rezan, sus mujeres amamantan los niños / Impregnar con su olor la sala de espera de la estación Saint-Lazare con su olor / Confían en su estrella como los Reyes Magos / Esperan ganar dinero en la Argentina / Y regresar a su tierra después de hacer fortuna / Una familia lleva una manta roja como cualquiera transporta su corazón / Esa manta y nuestros sueños son igual de irreales / Algunos de los emigrantes permanecen y se alojan / en la Rues des Rosiers  o en la Rue des Écouffes en tugurios / Los he visto a menudo por las noches mientras toman un poco de aire en la calle / Apenas se mueven como piezas de ajedrez  / La mayoría son judíos sus esposas llevan pelucas / Sentadas en las tiendas permanecen exánimes”.

Esa precisa y preciosa descripción que realiza el poeta en esos versos, recreando la situación de aquellos años, muestra a  emigrantes con dosis parejas de sufrimiento, por las condiciones en las que seguramente debían vivir en un tiempo de entreguerras europeas, y de esperanzas, por lo que pudiera llegar a venir en las nuevas tierras prometidas, tan lejos y tan al sur, moviéndose como piezas de ajedrez caracterizadas por cierta timidez. La referencia, en lengua francesa original, es elocuente, rezando así:

Et se déplacent rarement comme les pièces aux échecs”.

Bajo la perspectiva de la Argentina, en otro signo de época, con algo de nostalgia, vemos también que por entonces se la establece cuanto una suerte de Meca económica aspiracional a la que es deseable y posible acceder. En ese por entonces mítico rincón del planeta, desde la perspectiva del Viejo Continente, era concebible que se pudiera progresar, hacer alguna fortuna, en el peor de los casos sobrevivir en mejores condiciones que en casa, para luego regresar.

Al referirse a ese destino sudamericano, el autor formula un juego de palabras, Vemos que la línea del verso en el original se registra así:

Ils espérent gagner de l´argent dans l´Argentine”.

Argent significa plata, en tanto metal cuanto como moneda. Y, a su vez, es un evidente afijo del nombre del país de destino, del que tomó el nombre: sabido es que Argentina deriva de la expresión en latín argentum que se refiere al precioso metal.

Con el curso de los acontecimientos, con una Europa que será escenario principal de la Segunda Guerra Mundial,y con una Argentina que seguirá, por un tiempo, su camino de prosperidad, ese deseo de retorno de los emigrantes será en la mayoría de los casos postergado. En cambio, los otrora viajeros conformarán, en el lugar de residencia, nuevos entornos familiares en la promisoria nueva Nación, valorando y enriqueciendo la pujante cultura local, estableciendo un marco que se llegará a determinar como aquel en que regía un “crisol de razas”.

Apollinaire, quizás como esos mismos emigrantes descriptos en su poética como piezas de ajedrez, ubicadas en estaciones de transporte que les servirán de punto de partida de los nuevos horizontes, tal vez no llegó a intuir que ese destino tan distante, más que un tránsito a un posterior y definitivo regreso, sería para esos contingentes deseosos de progreso, una decisión postrera que no exigirá un innecesario retorno.

Pero Zone, sin muestras de esa clarividencia, expondrá por lo pronto que esos seres humanos, lejos de ser trebejos exánimes o inertes, estaban movilizados por múltiples esperanzas en aras de progresar en la vida. Es que la partida debía seguir su curso y era preciso, sino vencer, al menos procurar progresar en el juego.

A esos ciudadanos del mundo expectantes, la Argentina les dará la bienvenida y brindará las oportunidades para que esos sueños se conviertan en palmaria realidad. Aquí serán, en la mayoría de los casos, algo más que meras piezas de ajedrez. 

Por ejemplo, y sólo en el más acotado mundo del ajedrez vernáculo, en ese contexto inmigratorio vendrían al país numerosos jugadores que habrán de destacarse, como los rumanos Juan Iliesco (1898-1968) y Bernardo Wexler (1925-1998), los alemanes Francisco Benkö (1910-2010) y Herman Pilnik (1914-1981), y el letón Leonardo Lipiniks (1924-2018), que lo harán en tiempos pioneros. Pilnik será GM, connotado representante olímpico (con un triple vicecampeonato en los años 50) y campeón nacional, título que también habrán de ostentar alguna vez Iliesco y Wexler.

Más tarde, tras el Torneo de las Naciones disputado en Buenos Aires en 1939, la primera competencia de ese tipo disputada fuera de Europa en otra prueba de la potencia del país del sur, una constelación de figuras permanecerá en la región.

Los casos más egregios de quienes se adscribirán en ese rango serán los del nacido en Polonia Miguel Najdorf (1910-1997), quien se convertirá en el mejor ajedrecista argentino de la historia; el de su compatriota Paulino Frydman (1905-1982) y el del austriaco Erich Eliskases (1913-1997), quienes se radicarán en el país del sur en forma definitiva, junto a tantos otros.

Y, permaneciendo en la Argentina por un lapso relativamente prolongado, se los verá asimismo al sueco Gideon Ståhlberg (1908-1967); a la subcampeona mundial, la alemana-norteamericana Sonja Graf (1908-1965), y al polaco-israelí Moshe Czerniak (1910-1984).

Es que esos ajedrecistas de nota, seguirán ese camino imaginado por el poeta Apollinaire en Zone, una de las tantas hermosas poesías que salieron de su prodigiosa pluma. El poeta supo divisar que, en muchos casos, había un posible mejor destino allá lejos, bajo la protección de la Cruz del Sur.

La rúbrica y el arte de Apollinaire

©ALS, 2021

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