Julio Bolbochán (7)

Por Juan S. Morgado

1967 Julio Bolbochán va y vuelve

Días antes de la partida para Sousse, Túnez, y para despedirse de sus amigos, Bolbochán pasó por el salón de ajedrez Caissa, ubicado en Esmeralda 480, que dirigían Guimard y Panno, y allí los encontró a ambos, ocasión en la que compartieron un café. Para ese entonces, apenas habían transcurrido unas pocas semanas de la famosa Guerra de los seis días, aquélla cruenta incursión israelí sobre territorios del mundo árabe, ocurrida a principios de julio de 1967. Esto deja picando una broma, que Guimard no desaprovechó:

—Che, Julito, vos que sos judío, ¿vas a ir a jugar un torneo justo a un país de la comunidad árabe? Mmmmm, ¡nunca imaginé que fueras tan valiente!—

Julio, por fuera, tomó la acotación como lo que era, una simple broma entre amigos. Retrucó algo, se rió, y siguió hablando de otra cosa. Pero Oscar, que lo conocía muy bien, percibió primero su sonrojo, luego lo vio ponerse pálido, para mantener, hasta la despedida, un aire de preocupación en su mirada. Pasaron los días, y Bolbochán partió. Oscar estaba atento a los diarios, esperando las primeras noticias que llegaran del Interzonal, cuando recibe un inesperado llamado telefónico: era Bolbochán, pero no hablaba desde Túnez, sino desde su casa de entonces, en Liniers. Preguntó intrigadísimo Oscar:

—¿Qué pasó?—

—Nada serio. Cuando nos veamos, te lo cuento—

Oscar no soportó el suspenso. Se subió a una moto que tenía entonces, y al rato estaba en la casa de Julio. Al aluvión de preguntas, Julio lo calmó, mientras acercaba a la mesa una botella de vermouth, aceitunas, papas fritas, y un queso contenido en un envoltorio que no era de aquí:

—Tranquilo, Oscar. Esperá un poco. Vamos a preparar una picadita, y te cuento todo. Tenés que probar este queso que acabo de comprar en Europa. Es espectacular—

El relato fue increíble. Julio confesó que el conflicto de Medio Oriente y las consecuencias que le podría deparar su presencia allí ya lo tenían preocupado desde antes, más allá de las bromas que pudiera haberle hecho Guimard. Tampoco lo hacía sentir bien el hecho de viajar solo. La cosa se puso peor cuando, haciendo escala en Roma, intentó la visa para ingresar en Túnez. Le comunicó un empleado:

—Hoy no va a poder hacer el trámite, porque los sábados la oficina de migraciones no atiende. Va a tener que esperar hasta el lunes—

Ésta era una pésima noticia, porque el torneo empezaba al día siguiente. Pero eso no era todo, Mientras caminaba hacia el hotel, se cruzó con toda una manifestación de jugadores de élite, que también estaba haciendo su escala para Túnez. Era el grupo de ajedrecistas yugoslavos: Gligoric, Trifunovic, y otros. Lo rodearon, lo saludaron efusivamente, y se despidieron con un te esperamos en Túnez. Julio se sintió como un débil cordero, acechado por una jauría de lobos hambrientos.

—Y me volví. Si no me ejecutaban o encarcelaban los árabes, igual el panorama no era muy agradable. Tenía que jugar dando la ventaja de por lo menos un cero por ausencia. Y como si esto fuera poco, la posibilidad de recuperar algún punto y tener una actuación aceptable, sólo se daba si le ganaba a alguno de aquellos monstruos del tablero. Encima, estaba solo. No tenía realmente ninguna motivación para jugar, y ya sabés qué pasa cuando uno juega sin ganas. Lo único que conseguí de ese viaje es este queso que estamos comiendo. Lo compré en el mismo aeropuerto de Fiumicino. Está bueno, ¿no?—

Reflexionó Oscar:

—Lo que sale el pasaje de ida y vuelta son U$S 1.500, más otros gastos y el precio del queso. ¡Me estoy comiendo el queso más caro de la historia!—[1]

1981 Julio Bolbochán, Najdorf y Ståhlberg

A Ståhlberg lo encontré en Estocolmo. Dotado de un gran talento, culto y bohemio, no llegó más allá por no someterse a la disciplina de un Fischer o un Karpov, para no citar a otros. Lo sabía sin muchas preocupaciones por su vestir, y ahora lucía impecable.

—No tiene nada que ver con el ajedrez. Soy periodista especializado en turf, en publicaciones locales y revistas de otros países europeos. Y me pagan bastante bien. No me he alejado del tablero, y de vez en cuando juego en algún torneo—

Nunca me había podido ganar en Europa, pero en el Interzonal de Budapest 1950, donde tuve como colaborador a Julio Bolbochán, estuvo a punto de hacerlo. Habíamos suspendido y mi posición era muy mala; Julio comentó:

—No hay nada que hacer. No te salva ni Dios—

Y se fue a dormir. Para colmo yo tenía otras tres aplazadas con Keres, Boleslavsky y Kotov, pero especialmente no quería perder con Ståhlberg. Analicé hasta las cinco de la mañana, y casi me caigo de espaldas: entregando un peón seguía sin chances, pero cediendo dos había una variante de tablas forzosa.  Desperté a Julio y se la mostré.

—Está bien, te felicito. ¡Pero dejame dormir!—

Continué el final con cara de resignado. Pensé media hora y de golpe le doy el primer peón, tomado tras un vistazo. Y luego de meditar un poco, en gesto de aparente desesperación, le tiro el anzuelo del segundo. La treta psicológica dio resultado: ¡también se lo comió! Tarde descubrió, enrojeciendo, que no podía ganarme, y tras un gesto, me dijo:

—Muy bien, está visto que el clima europeo no me sienta para ganarte. Te felicito por la diablura—[2]

1990 Eduardo Maschwitz y los hermanos

Julio Bolbochán me contó muchas veces acerca del gimnasio que su padre puso en su casa para su hermano y para él. Me decía:

—Hasta hacíamos boxeo—

 Su falta de salud fue uno de sus enemigos. Afirmaba que el ajedrez es 90% estudio y 10% inspiración.[3]

1991 Zoilo Caputto 1

Ajedrecista excepcional, dos veces campeón argentino, que participó en siete Olimpíadas, y en tres de ellas finalizó invicto. Jugó en diez ediciones del Torneo de Mar del Plata, de las cuáles se adjudicó tres, compartidas, y figuró entre los primeros del torneo de Trencianske-Teplice de 1949, donde perdió una sola partida. Julio es de carácter afable y se una sencillez natural poco común. Periodista especializado en ajedrez y experto en temas de economía, –fue auditor contable de la Junta Nacional de Carnes– parece haber hecho una divisa de la economía del error, y gracias a ello es que ha perdido tan pocas partidas en su vida.

Sus reconocidas virtudes de analista profundo fueron elogiadas en 1939 por el doctor Alekhine, cuando el Campeón del Mundo preparaba al equipo argentino para el Torneo de las Naciones ¡y el hoy Gran Maestro no tenía entonces 20 años! Aunque desde 1976 Bolbochán se radicó en Venezuela, continúa escribiendo para La Nación de Buenos Aires en la tradicional sección Frente al Tablero, cuya primera nota publicó hace más de 30 años, y allí el lector está seguro de encontrar, alternativamente, un buen Estudio o un buen Problema, seleccionados por su exigente redactor.[4]

2007/9 Zoilo Caputto 2

Conocí a un ser humano y ajedrecista excepcional en una entidad autárquica del Estado, hace tiempo desaparecida. Era Julio Bolbochán un joven muy agradable, casi siempre sonriente, y de una sencillez natural poco común; humilde y complaciente en todo, hasta para aceptar la norma impuesta por su hermano mayor Jacobo, que no permitía que entre hermanos se jugara para ganar.

¡Quizá este respeto por el adversario fue una constante en su carrera, ya que lo ideal para él era no perder, y en eso radicaba su fuerza! Participó en siete torneos olímpicos y en tres terminó invicto, y en el gran torneo de Trencianske Teplice de 1949 figuró entre los primeros, perdiendo una sola partida. Tomaba sus vacaciones laborales para jugar los torneos magistrales de Mar del Plata, de los que jugó diez y ganó tres, compartidos, y dos veces fue Campeón Argentino, lo mismo que su hermano. (Foto 7)

Nuestra amistad duró más de treinta años. La primera idea en la que estuvimos de acuerdo fue escribir un libro sobre la vida de Morphy con todas sus partidas, que con los análisis de Julito hubiera sido sensacional. Y digo hubiera sido porque el trabajo que iniciamos con un plan muy ordenado (íbamos dos o tres veces por semana a la Biblioteca Nacional, entonces en la calle México, para consultar la selección de partidas del libro de Lowenthal y copiarlas a mano), con el tiempo se vio perturbado y finalmente paralizado por una feliz circunstancia: Julito se puso de novio con la que después sería su esposa, y el pobre Morphy volvió a dormir en los polvorientos estantes de la Biblioteca Nacional, que en ese entonces dirigía Jorge Luis Borges…

La segunda vez que intentamos algo fue cuando Julio iba a comenzar a escribir con Najdorf el que luego resultó 15 Aspirantes al Campeonato Mundial; pero no estuvo de acuerdo con las condiciones económicas y me presentó a mí para reemplazarlo. No sé si ellos se apreciaban sinceramente, pero en todo caso una anécdota que me contó Najdorf durante nuestro trabajo, no deja de ser llamativa. En ese torneo de Budapest, en 1950, después de suspender la segunda partida con Ståhlberg en clara inferioridad, Najdorf se fue al hotel a descansar, mientras Julio pasó casi toda la noche analizando la partida. Tuve en mis manos las hojitas celestes con membrete del hotel donde él había detallado todas las variantes posibles, con su prolijidad habitual.

Cuando Najdorf volvió de completar la partida suspendida, simuló estar abatido. Bastante inquieto, Julito le preguntó:

—¿Cómo le fue?—

Le contestó Najdorf, muy serio:

—Perdí—

Y le aclaró que una de las variantes, precisamente la que se jugó, estaba equivocada. En parte esto era cierto, porque al advertirlo en el momento de tener que jugar, cambió a tiempo la movida y así pudo entablar, pero no se lo dijo para hacerlo sufrir… En circunstancias así, que cuestionaban su capacidad analítica, Julio no se ponía pálido, sino todo lo contrario: enrojecía como una amapola, ¡y para Najdorf eso era muy divertido!

Hacia 1960 trabajamos también juntos en el Diario La Nación, donde Julio era el periodista especializado y yo lo secundaba, porque en aquel tiempo ¡el ajedrez todavía existía para la prensa!

En ocasión del Torneo del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo, que luego documentó mi libro El torneo del siglo, todas las noches, tras el chirrido inevitable de la puerta, Julio hacía su entrada al salón de la redacción con su infaltable portafolios y el paquete de galletas que eran nuestra cena fría entre gambitos y jaques.[5] Si el Jefe de Deportes, el famoso periodista Alberto Laya,[6] estaba de buen humor, no era raro que le hiciera en voz alta la pregunta habitual:

—El ajedrez, ¿es un juego o una estupidez?—

Dicho esto con una palabra menos académica que no es difícil imaginar. Pero si al principio sufrí, creyendo que era un hostigamiento obsesivo, Julio me tranquilizó diciendo que aquella frase sólo respondía al saludo de buenas noches.

En la personalidad de Julio Bolbochán coexistían todas las formas de la amistad sincera, la tolerancia y hasta la resignación por las vulgaridades ajenas. ¡En eso también era un gran maestro! Su actitud frente al tablero, creo yo, estaba condicionada por su manera de ser, siempre a la defensiva de peligros muchas veces imaginarios. Su filosofía era la obligación de no perder, y es posible que su fortaleza se basara en la casi seguridad de que no le podían ganar. Pero a veces su conformismo llegaba a extremos increíbles, como en el match con Rossetto por el Campeonato Argentino de 1948, donde en la última partida, teniendo gran ventaja, ofreció las tablas, porque empatando retenía el título.

Pero en la vida todo tiene un límite, y para Julio también lo tuvo. Cuando no pudo resistir más la situación política del país, en 1976 se fue silenciosamente a Venezuela con su familia y allí se radicó, dedicándose a la enseñanza del ajedrez en una Universidad. Por muchos años, el contacto que mantuvo con la Argentina, salvo una corta visita, fue sólo a través de su columna de los domingos del Diario La Nación, Frente al Tablero. Desde entonces, sin grandes torneos magistrales como antaño, y con apenas el tardío reconocimiento de la FIDE del título de Gran Maestro, un poco olvidado por el tiempo y la distancia, don Julio Bolbochán, silenciosamente como era su costumbre, se nos fue y esta vez sin que pudiera hacer tablas…[7]

¡Los hermanos sean unidos! En una sola oportunidad, Julio le ganó una partida a su hermano Jacobo, y luego recibió el reto de su familia.

—Debes guardar respeto por tu hermano— 

De ahí en más, todas las veces que se encontraron en un torneo hicieron tablas.[8]


Notas:

[1] Panno magistral, Enrique Arguiñariz, edición del autor, Buenos Aires, 2009, pág. 25/6

[2] Miguel Najdorf, Clarín 1981. La anécdota ya había sido relatada por Najdorf a Guimard en 1950, y fue publicada en Mundo Deportivo nº 64 del 6 de julio de ese año.

[3] El mundo del ajedrez: cómo llegó al país; Eduardo A. Maschwitz, La Nación. Nota V, 1990.

[4] El arte del Estudio tomo II, Zoilo R. Caputto, tomo II, edición del autor, Buenos Aires 1991, pág. 55/6.

[5] Eran unas galletas artesanales, marca Maltavena.

[6] Alberto Laya firmaba sus notas con el seudónimo de Olímpico. Fue Premio Konex de Platino 1987, y Jurado en los Premios Konex 1990, 1980. Ha recibido 32 premios en casi 60 años de profesión. Columnista deportivo, Jefe de la Sección Deportes, Prosecretario de Redacción, Colaborador Externo y Asesor del diario La Nación.

[7] Testimonio del Prof. Zoilo R. Caputto al autor, 16.07.2007 y 21/05/2009, y publicado en su libro.

[8] Testimonio del Profesor Zoilo Caputto al autor, noviembre de 2008. La partida se jugó en el Torneo de 1ª Categoría del Club Jaque Mate, en 1938.

Entregas anteriores de Juan S. Morgado sobre la figura de Julio Bolbochán:
Julio Bolbochán (1), en https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/06/28/julio-bolbochan-1/.
Julio Bolbochán (2), en https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/07/09/julio-bolbochan-2/.
Julio Bolbochán (3), en https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/08/03/julio-bolbochan-3/.
Julio Bolbochán (4), en https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/08/07/julio-bolbochan-4/.
Julio Bolbochán (5), en https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/08/16/julio-bolbochan-5/.

Julio Bolbochán (6), en https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/08/23/julio-bolbochan-6/#more-8685.



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