Carlos Guimard, el personaje de mil batallas

Por Juan S. Morgado

Guimard, el futuro campeón argentino (Grau, 1937)

Carlos Guimard nació el 6 de abril de 1913 en la Ciudad de Santiago del Estero. Ajedrecista agresivo, de una imaginación rápida, de ideas claras y novedosas, es, sin duda alguna, la figura de más porvenir de nuestro ajedrez. Además, es un deportista cabal, y un representante ideal para cualquier competencia, por su argentinidad y su físico admirable para soportar los eventos de un torneo intenso. Y quizá hayamos anticipado la presentación del futuro y próximo campeón argentino. Por lo menos, es prudente acostumbrarse a suponerlo… [1]

Guimard en La Cabeza de Goliat (Martínez Estrada, 1940)

Con Carlos Guimard hablé dos veces y resultó que desde mucho tiempo antes éramos amigos. Si lo hubiera encontrado en la calle sin haber visto jamás su retrato lo habría reconocido. Hay entre su estilo de juego y su persona una concordancia fundamental. En él juega la inteligencia y la intuición primaria, lo que va directamente del principio al fin, y lo que se demora voluptuosamente en lo complejo, igual función. Una especie de arabescos llenos de malicias, de digresiones ladinas, sin perder el rumbo ni dejarse atrapar, sin que lo atemoricen los eventos de la marcha. En la inflexión meliflua de su voz y en la mirada que se cansa pronto de estar quieta, hay la persistente búsqueda de un descuido para asegurar cualquier pequeña ventaja definitiva. Cualquier pequeño desliz o error, y estamos perdidos.

Algunas de sus partidas parecen concebidas por el procedimiento que produce la hipnosis: son obras maestras de fascinación, donde la fuerza destructora no siempre se ve llegar de frente, sino que resulta mortífera debido a palabras y de miradas y de una especie de pases magnéticos que al fin y al cabo causan la muerte, pero en tal forma que casi se tiene la obligación de agradecérsele. La rareza de su estilo de juego se basa regularmente en complicadas maniobras estratégicas de largo alcance, donde un plan comprende a menudo otros planes concéntricos o subsidiarios que es muy difícil prevenir y evitar, porque con movimientos tan dulces y delicados dan ganas de experimentar cómo diablos se puede ver uno de espaldas al suelo.[2]

El Gráfico sobre Guimard, 1941

Nació en Santiago del Estero el 6 de abril de 1913. Se radicó en Santa Fe en 1928, y allí se inició en el ajedrez en 1930. Obtuvo su primer triunfo en un torneo de la Asociación Bancaria Santafesina, al que sumó pronto el título de Campeón de Santa Fe. Debutó en Buenos Aires en el Torneo Mayor de 1933, llegando cuarto, y fue designado para el campeonato sudamericano de 1934, donde empató el tercer puesto. En 1936 ganó el Torneo Mayor y venció a Grau, obteniendo el título de Campeón Argentino, que perdió luego, para reconquistarlo este año frente a Maderna. Actuó en Estocolmo, Worcester y Berlín, ganando estos dos últimos torneos, y fue segundo de Alekhine en Miramar. Su notable desempeño en los torneos sudamericanos y en el gran Torneo de las Naciones ha culminado con su reciente magnífica actuación en Río de Janeiro, donde igualó el primer puesto con Eliskases. Es un verdadero maestro del tablero.[3]

Guimard, notable en Mar del Plata (nota póstuma de Grau, 1944)

La actuación de Guimard refirma el concepto de que debemos ser optimistas con respecto al ajedrez argentino. El notable ajedrecista santiagueño ha llegado tercero (…) aunque haya jugado por debajo de su capacidad. Está lejos de haber recobrado su excepcional forma de 1937 y 1938, cuando era una máquina de exactitud y una voluntad indomable de triunfo. Aún no es aquel jugador firme que no incurría en yerros graves, y que jamás daba tablas en una posición que ofreciera la más mínima posibilidad. Recuerdo que el torneo de Miramar de 1938, Guimard me rehusó tablas en una posición compleja, pero en ningún caso favorable para él. En la misma prueba, más tarde desechó una propuesta de empate de Alekhine, con atrevido pero exacto criterio de sus posibilidades, y confianza en su habilidad para sacarles provecho, aún frente al propio Campeón Mundial. La partida terminó, en realidad, tablas, pero no sin que antes Alekhine se hallara al borde de la derrota. Posteriormente, me dijo el campeón:

—Guimard y Pleci son los dos jugadores argentinos que mejor me impresionan, precisamente porque no le temen a nadie, y siempre juegan para ganar. El ajedrez es una lucha, y para vencer no basta con saber mucho, sino que es preciso tener alma de luchador—

Y esto es lo que, precisamente, no ha recobrado Guimard. En su buena época, no habría cometido el error que le sucedió con Maderna, ni habría empatado sus juegos con Michel y Pélikan. Pero aún sin haber lucido su temperamento de luchador ni haber desplegado su ambición de triunfo, Guimard logró ubicarse en un lugar destacado en la tabla final.[4]

Guimard pega cuatro veces, Noticias Gráficas, 21 de marzo de 1944

Guimard vence en Viña del Mar (Amílcar Celaya, 1945)

Cuando en 1945 derrotó en su partida individual y superó en la clasificación general a Najdorf, en Viña del Mar, volvimos a decir lo mismo. Sin embargo, el propio Guimard se encargaba, al poco tiempo, de desmentirnos, cumpliendo actuaciones inferiores que nos desorientaban. ¿Cuál es la falla de este gran ajedrecista? Alguna vez, ayer mismo, lo hemos dicho. Guimard es un jugador distinto, según conduzca las piezas blancas o las negras. Con las negras, el santiagueño no es nada más que “medio Guimard”. ¿A qué se debe esta curiosa diferencia? Débese, probablemente, a que Guimard tiene un estilo unilateral, un temperamento personal y propio. Al santiagueño no le gusta defenderse; no le agrada preparar un paciente y laborioso final de partida, de muchas jugadas.

A Guimard le encanta atacar con violencia al adversario, no darle tregua, destrozarle la posición a costa de la sangre de sus peones, o de sus caballos como en la partida de ayer con Eliskases. Todo esto es mucho más cómodo realizarlo con las blancas que con las negras, porque las blancas, a quienes les corresponde efectuar la primera jugada, derivan de ella, del saque, su iniciativa. En cambio, conduciendo las negras, hay que defenderse. Y en la defensa, Guimard suele perder la paciencia. Con las piezas negras, frente al representante chileno René Letelier, Guimard sufrió su única derrota del torneo. En cambio, con las blancas doblegó a Eliskases.[5] 

Guimard supera a Najdorf y gana en Viña del Mar, Noticias Gráficas, 1º de febrero de 1945
Gran victoria de Guimard en Viña del Mar, Noticias Gráficas, 2 de febrero de 1945

Decía sabiamente Guimard:

Soy un convencido de que el destino del hombre lo determinan a menudo circunstancias triviales, pasajeras, accidentales, a las que no damos importancia, hasta que, repentinamente, sin darnos tiempo siquiera para resolver el ser o no ser, esa misma circunstancia accidental nos impulsa con la violencia y la velocidad por un camino nuevo del que no podríamos apartarnos aunque quisiéramos. Es lo que ha ocurrido conmigo: ¡soy ajedrecista por accidente!

Confieso, sorprendido por la confidencia:

—¡Asombroso! Y yo que le creía predestinado, nacido con un tablero debajo del brazo. ¿Y cómo ocurrió eso que usted llama accidente?—

Carlos Enrique Guimard da un salto hacia atrás, en el tiempo, reviviendo escenas de la época de sus 18 años, cuando vivía en la ciudad de Santa Fe, y sus hermanos lo acosaban; uno, Gustavo, radicado en el pueblo santafesino de Guarda Escolta, pidiéndole en todas sus cartas, libros y recortes de diarios y revistas que tratasen de ajedrez; y el otro, Ernesto, el mayor, buscándole a cualquier hora del día para jugar partidas y más partidas, que solían prolongarse hasta bien entrada la madrugada. Una noche, como otras, Ernesto lo llama, diciéndole:

—Vení, vamos a jugar, que necesito entrenarme. Mañana empiezo un torneo—

—¿Torneo? ¿Dónde?—

—En el café—

—¿A qué hora?—

—A las 18; pero yo no podré ir hasta después de las 20. Empecemos; salí vos—

Comienza el juego… Al día siguiente, cuando Ernesto aparece en uno de los más populares cafés de Santa Fe, donde se realiza el certamen ajedrecístico, oye comentarios aquí y allá acerca de un tapado que se había presentado y marchado sigilosamente.

—¿Quién es el fenómeno?—

—Un desconocido, un tipo misterioso; apareció como por arte de magia; jugó 10 partidas, ganó 9 y se marchó sin despegar los labios. Era un gordito parsimonioso, de ojos achinados…—

—¿Parsimonioso y de ojos achinados?—, repite Ernesto, con la mueca de que acaba de captar la onda.

Creo que conozco a ese… tapado. Apostaría que es Carlos, mi hermano—

—¿Cómo? ¿Tenés un hermano que juega como un campeón y no lo traés?—

—Es menor de edad. Debió que pedirme permiso para venir al café. Tendré que darle un levante

—Dale el levante, pero traélo. Acordate que la semana que viene jugamos con los de enfrente, y tenemos que darles la gran paliza—

Cuando Ernesto regresa, gran reto para Carlos Enrique, que trata de capear el temporal fraterno con una excusa más o menos aceptable.

—¿Para qué te iba a pedir permiso, si de todas maneras no ibas a dejarme ir? Fui para descubrir, para saber exactamente cómo jugaba yo con desconocidos, después de leer tantos recortes y jugar con vos—

—¿ Y qué has descubierto?—

—Que juego magníficamente. Puedo darle un susto a más de uno—

—Ya que sos tan modesto, veremos lo que hacés la semana que viene contra los de… Paraná—

¡Primeros triunfos! ¿Modestia? ¡No! Era la certeza, la absoluta seguridad de quien conoce los puntos que calza. A la semana siguiente, Carlos Enrique Guimard forma parte del equipo santafesino que enfrenta al eterno contrincante de todos los años: los de enfrente, del otro lado del río, de Paraná. Ganan los santafesinos. Ese mismo año, Carlos Enrique obtiene el Campeonato de la Ciudad de Santa Fe; poco más tarde, se clasifica primero en el torneo de la misma provincia, compitiendo con los campeones rosarinos, considerados siempre maestros excepcionales.

En 1933 viene a Buenos Aires, dispuesto a intervenir en el Torneo Selección, que es algo así como la angustiosa antesala que conduce al Torneo Mayor: gana, vuelve a ganar, gana otra vez… hasta consagrarse, en 1937, campeón argentino, al vencer a Roberto Grau; retiene el título frente a Piazzini y Jacobo Bolbochán, y lo pierde luego con Grau, recuperándolo más tarde, en 1941, en un match memorable contra Maderna, por el score de 7:0.

¡Guimard conoce a María Elena! Pero es en los torneos internacionales donde Guimard adquiere proyecciones de campeón extraordinario, de maestro indiscutido, peligrosísimo. Gana el primero en que interviene, en Montevideo. Inmediatamente marcha a Europa formando parte del equipo argentino —Piazzini, Grau, Jacobo Bolbochán y Pleci— que intervendrá en el certamen de las naciones, a realizarse ese mismo año, 1937, en Estocolmo. ¡Un viaje magnífico, lleno de inolvidables sorpresas! Una que emociona profundamente a nuestro personaje, es cuando le llevan al mismísimo Café La Regence, cerca del Teatro de la Ópera, en París, y en un rincón le muestran una mesa estilizada, primorosa, acordonada. Le explican:

—Fue la mesa favorita de Napoleón. El Gran Corso pasaba horas y horas inclinado sobre ella, jugando al ajedrez—

Aún está contemplando la mesa, cuando uno de los que le acompañan le toca el brazo, diciéndole:

—Mire, Guimard, quién acaba de llegar. ¡Alekhine! ¡Y qué cambiado está! ¡Parece rejuvenecido! Vamos a saludarle—

Apretones de manos, preguntas que van y vienen, y entre éstas, una:

—Maestro, ¿qué le ha pasado? Lo encuentro 20 años más joven. ¿A qué se debe el cambio?— Responde Alekhine con ojos iluminados:

—¡A María Elena! No saben ustedes lo que María Elena está haciendo por mí… Gracias a ella me siento como si hubiese nacido de nuevo, y gracias a María Elena volveré a enfrentarme con el doctor Euwe—

—¿Tanto hizo esta criatura por usted, maestro?—

—Lo increíble. Vengan a casa y tendré el gran placer de que la conozcan—

Guimard y los otros no pueden ocultar la emoción y el interés que les produce la inesperada invitación del maestro. Alekhine acaba de pasar por un violentísimo temporal…sentimental. Se ha divorciado, y completamente deprimido, tuvo que enfrentar al doctor Euwe, quien le batió en un dramático match. Con el transcurrir de los meses, la borrasca sentimental que agobia a Alekhine amaina, cede, y el maestro termina casándose otra vez, suceso que parece transformarle, rejuvenecerle en 20 años. EL cambio deja perplejos a los amigos, y entre éstos, al grupo del que forma parte Carlos Enrique Guimard, que ahora le tenemos rumbo a la casa de Alekhine. En cuanto llegan, el famosísimo ajedrecista les muestra la sala, los cuadros, algunas obras de arte, el comedor, los otros cuartos, y finalmente, cuando llegan a la cocina, alguien le recuerda:

—Todo esto es magnífico, maestro, pero usted prometió presentarnos a la criatura que contribuye a su rejuvenecimiento, a su resurrección—

Responde Alekhine, que acto seguido abre una puerta disimulada en la cocina, y de pie en el escalón exclama, mostrando a la criatura que había adentro:

—Allá vamos, queridos amigos. Aquí tienen a María Elena—

Gracias a ella, Alekhine ha vuelto a ser lo que era. Indescriptible estupor de los visitantes. La criatura resultó ser… ¡una vaca! Cuya leche recién ordeñada constituía el dilecto alimento de todas horas del maestro, hasta poco antes incondicional del whisky, como consecuencia del divorcio. Días después, el hombre de la vaca derrotaba al doctor Euwe en forma magistral, a la manera personalísima, única, estupenda de Alekhine. Y hubo espíritus un tanto… buceadores, que plantearon la tremenda duda: ¿Fue realmente María Elena quien contribuyó al renacimiento de Alekhine? ¡Chi lo sa!

De París, la delegación pasa a Suecia, y en Estocolmo los argentinos juegan como los maestros que son, deslumbrando incluso a los astros de primerísima magnitud, que rutilan en el cielo ajedrecístico del mundo. Los diarios y revistas queman bolsas de incienso en honor de los platenses. El cónsul general, señor Bidone, comenta entusiasmadísimo a los connacionales:

—¡Ah! Quizá no comprendan exactamente lo que significa la presencia y la actuación de ustedes para nuestro país. ¡Qué publicidad, qué propaganda para la Argentina! Esto es lo que hace falta para estimular el comercio sueco-argentino. Hacer que hablen de nuestro país, de nuestras cosas, de nuestros productos—

Le dice Guimard:

—Señor cónsul, se me ocurre una idea. ¿Qué le parece si mañana…?—

Y le expone una idea que acaba de ocurrírsele. Al día siguiente, conmoción en la gran sala del torneo, cuando los argentinos que intervienen en el certamen se presentan tomando… mate, y siguen tomando mate mientras juegan, o entre una partida y otra. ¡Qué publicidad! Los diarios, las revistas, en los clubes, en los restaurantes, por todas partes se habla del mate, y también esta vez, no faltaron los espíritus buceadores que, al final del torneo, plantearon tremenda incógnita: Qué influencia tuvo el mate en el excepcional comportamiento de los argentinos? ¿Contribuyó el mate a que los argentinos conquistasen el codiciado tercer puesto en el Torneo de las Naciones? Ayudemos al despejo de la incógnita, insinuando que, quizá, el mate tuvo en la consagración de los argentinos, la misma influencia que María Elena en el triunfo magistral de Alekhine.

Y terminemos, que esto se alarga como partida de ajedrecistas debutantes. De Estocolmo, Guimard va a Inglaterra, participando en el Torneo de Worcester, donde se clasifica primero, con Thomas; después viaja a Berlín, ocupando el primer puesto en el certamen de maestros. En 1938, primero en el Torneo de Río de Janeiro; segundo en el de Carrasco, después de Alekhine. En 1940, primero en el de Santiago de Chile. En 1942, primero en el de San Pablo, compartiendo el puesto con Eliskases, campeón de Alemania. En 1943, primero en Lima, primero en Arequipa. En 1944, primero en Viña del Mar y quinto en Asunción. En 1945, primero, por tercera vez, en Viña del Mar…

Bien se ve que este ajedrecista por accidente, al replicarle al hermano mayor, no fue modesto, sino que tuvo conciencia de los puntos exactos que marcaba.[6]

El Gráfico nº 932, 1945

Guimard y Najdorf ablandan al vicecampeón ruso (Qué, 1946)

¡Vaticinios lógicos! Cuando a los entendidos se les preguntaba quién habría de adjudicarse el Torneo de Groninga, que ha significado el retorno del ajedrez a su carácter universal, respondían invariablemente: Botvinnik. Sólo al vaticinar el segundo puesto surgían las divergencias, si bien una perceptible mayoría se pronunciaba a favor de Isaac Boleslavsky. ¿No había el maestro ucranio finalizado 2º de Botvinnik en el último Campeonato Soviético? Y ser 2º en Rusia, en ajedrez, es, más menos, ser 2º en el mundo. ¡Pobre muchacho santiagueño Carlitos Guimard, uno de los representantes de la Argentina en el torneo! La primera partida le correspondió, precisamente, contra Boleslavsky, a quien, además, le tocaron las piezas blancas, es decir, la iniciativa. Y es peligroso tener que soportar la iniciativa del gran espíritu creador, que según Belavenetz y Yudovich, es este muchacho Boleslavsky, nacido en una pequeña aldehuela rusa allá por 1919, hace sólo 27 años. Pero Guimard se abroqueló como un erizo en una cerrada Defensa Francesa, y la resistió.

¡Una derrota tras otra! Al día siguiente debió medirse Boleslavsky con el otro representante argentino, aunque nacido en Varsovia, Miguel Mendel Najdorf. ¡Nueva sorpresa! El vicecampeón soviético esta vez no hizo tablas: ¡perdió! En tu tercera partida, a Boleslavsky le tocó enfrentarse con el húngaro Laszlo Szabó. La lógica seguía siendo Boleslavsky. ¡Volvió a perder! La representación argentina, Guimard y Najdorf, lo había probablemente ablandado.[7]

Qué sucedió en 7 días, 22 de agosto de 1946

Anécdotas de Groninga: el drama de un holandés fue un chiste a Guimard (1946)

—Yo, hijo del nuevo mundo, tengo la impresión de que regreso de un estado novísimo—

—¿De qué mundo me habla, Guimard?—

—De Europa, de una Europa diversa de la que conocí hace 8 o 9 años. Y como símbolo de ese nuevo mundo, dos personajes que se me han clavado aquí, entre ceja y ceja. Uno, neurótico, estrafalario, vestido de tablero ajedrecístico; el otro, fantasmal, ofreciéndome al filo de la medianoche la salchicha que le pertenecía—

De este modo comienzan a anudarse las confidencias que al día siguiente de su regreso a Buenos Aires me hace Carlos Guimard, luego de Groninga y Praga. Precisamente en Groninga, al descender el avión, Guimard se encuentra con un grupo de notabilidades ajedrecísticas. Incluso Hans Kmoch, director del torneo holandés, que le espera para presentarle sus saludos. Entre los que aguardan hay uno que le llama poderosamente la atención. Viste traje a cuadros blancos y negros, tiene 32 años, y ha sido oficial del ejército holandés. Hans Kmoch se lo presenta a Guimard:

—El capitán Walter van Daas, una de las grandes promesas de nuestro ajedrez de antes de la invasión

—Luego agrega por lo bajo, por la extraña indumentaria:

—Ha pasado cuatro años recluido en el campamento de concentración de Dachau—

Ese mismo día, horas después de llegar, Guimard ya está sentado frente a su primer adversario de Groninga. Como siempre, trata de concentrarse en cuanto está frente al tablero. No lo consigue al principio, porque el capitán van Daas se ha ubicado junto a él, y le observa con la atención anhelante de quien espera algo inusitado, y su extraordinaria actitud se mantiene tensa, invariable, mientras dura la partida. Terminado el encuentro, y un poco molesto por la conducta pegajosa del joven militar, Guimard le pregunta en tartamudeante francés:

—¿Qué le pareció la partida?—

Responde van Daas un poco confuso:

—.¿Qué partida?—

Pero reacciona enseguida:

—¡Ah, sí! Yo tenía que integrar el equipo que fue a Argentina, pero a última hora fui reemplazado por Theo van Scheltinga—

El hombre vestido de ajedrez había resultado un fronterizo. Un casi demente inofensivo. Le cuentan a Guimard su tremendo drama. Efectivamente, en 1939 debía integrar el equipo holandés que participó en el Torneo de las Naciones. A última hora, y cuando va a embarcar, previendo la hoguera que está por encenderse en Polonia, le mandan a una guarnición del este, junto a la frontera alemana. Meses después, consumada la invasión a los Países Bajos, Walter van Daas es apresado, y por su carácter rebelde y patriota, enviado al siniestro campo de Dachau, el que abandona años después, ya aplastada Alemania, convertido en ex hombre, que le da por vestirse a cuadros y frecuentar los lugares que rebullen de hombres y mujeres de todas las edades, que juegan ajedrez. Porque ése ha sido uno de los cuadros inesperados dejados por la guerra: a falta de otros entretenimientos, los ajedrecistas se han multiplicado por todas partes, como hongos en ambiente archihúmedo.

—¡Pensar que van Daas era una posibilidad de la jerarquía de Botvinnik!— [8]

Guimard explica su actuación en Groninga, La Razón, 17 de diciembre de 1946
Guimard y su aprendizaje en Groninga, Noticias Gráficas, 18 de diciembre de 1946

¡Se devela el misterio luego de 75 años: todo fue una broma! Se desenmascara el “caso van Daas” a través de los testimonios de Hébert Pérez García y Dirk Ten Geuzendam:

Guimard fue engañado. Le hicieron una broma, y él la tomó ingenuamente en serio. Esta persona –van Daas– era bien conocida en Groninga como Malle Tammo (El loco Tammo). Él era un hombre muy modesto, que por ejemplo, deambulaba por los alrededores del centro de Groninga como ‘hombre sandwich’, llevando carteles con propaganda de diversas tiendas.

Al parecer, ellos también lo contrataron para hacer alguna publicidad para el torneo de ajedrez. Nació en 1888 y murió en 1966. El “ideólogo” de la broma pudo haber sido Hans Kmoch.[9]

Van Daas y su forma de vestir llamativa (H. Pérez García)

Un desnutrido que regresa rozagante (Qué, 1947)

Cuando Carlos E. Guimard, excampeón argentino, apareció inesperadamente en los círculos ajedrecísticos de Buenos Aires, fue recibido con sorpresa. Sin que nadie lo supiera, un avión lo había dejado en el aeródromo de Morón. La sorpresa no se originó, sin embargo, en este medio de locomoción, pues el participante de los recientes torneos de Groninga (15º), Praga (12º) y Barcelona (3º) casi no ha empleado otro en estos últimos tiempos. Se originó en su espléndido estado físico. ¡Guimard venía más gordo que nunca!

¡Nostalgias alimenticias! Las declaraciones de Najdorf, su compañero de combate, transmitidas profusamente por cable, hacían prever otra cosa. Según el maestro polaco, que jugó y triunfó en Praga y Barcelona en representación de la Argentina, la actuación de Guimard no fue todo lo brillante que había derecho a esperar por las condiciones de alimentación que hoy imperan en Europa. Para un criollo de buen diente, sin ninguna práctica en el ayuno, el racionamiento europeo habría sido fatal. Si, por añadidura, tiene que jugar al ajedrez, su imaginación, en lugar de elaborar combinaciones espectaculares, se recrea en nostálgicas remembranzas de bifes humeantes, sabrosos y perfumados con apetitoso tufillo de asado.

¡Cuadrado y macizo! Pero, tal como ha regresado Guimard, no serviría en modo alguno para modelo de un cuadro sobre la inanición. Esa espalda grande, cuadrada y maciza no puede pertenecer, evidentemente, a ningún hambriento…

Najdorf, sin embargo, dijo… —le interrogaron—. Najdorf repitió…, volvieron a expresarle.

Guimard, hundidos sus socarrones ojitos santiagueños en un rostro lleno y rozagante, reía de buena gana.[10]

Cabeza a cabeza con Rossetto en Mar del Plata (Noticias Gráficas, 1949)

Este certamen de Mar del Plata, entre otras comprobaciones felices, ha servido para revelar el resurgimiento de Guimard, que se acentuó en el último campeonato nacional al finalizar invicto, segundo de Julito Bolbochán, es un hecho tan cierto como firme. Cuando Guimard, en 1936, se clasificó Campeón Argentino derrotando a Grau por el extraordinario score de 4:0 y algunas tablas, saludamos la aparición del primer maestro local de jerarquía internacional. Cuando en 1941 compartió con Eliskases el primer lugar del Torneo de San Pablo, repetimos la profecía. Cuando en 1945 derrotó en su partida individual y superó en la clasificación general a Najdorf, en Viña del Mar, volvimos a decir lo mismo. Sin embargo, el propio Guimard se encargaba, al poco tiempo, de desmentirnos, cumpliendo actuaciones inferiores, que nos desorientaban.

¿Cuál es la falla de este gran ajedrecista? Alguna vez, ayer mismo, lo hemos dicho. Guimard es un jugador distinto, según conduzca las piezas blancas o las negras. Con las negras, el santiagueño no es nada más que ¨medio Guimard¨. ¿A qué se debe esta curiosa diferencia? Débese, probablemente, a que Guimard tiene un estilo unilateral, un temperamento personal y propio. Al santiagueño no le gusta defenderse; no le agrada preparar un paciente y laborioso final de partida, de muchas jugadas. A Guimard le encanta atacar con violencia al adversario, no darle tregua, destrozarle la posición a costa de la sangre de sus peones, o de sus caballos como en la partida de ayer con Eliskases.

Todo esto es mucho más cómodo realizarlo con las blancas que con las negras, porque las blancas, a quienes les corresponde efectuar la primera jugada, derivan de ella, del saque, su iniciativa. En cambio, conduciendo las negras, hay que defenderse. Y en la defensa, Guimard suele perder la paciencia. Con las piezas negras, frente al representante chileno René Letelier, Guimard sufrió su única derrota del torneo. En cambio, con las blancas doblegó a Eliskases.[11]

Guimard ama el peligro (Noticias Gráficas, 1950)

En Mar del Plata 1950, la actuación de Guimard, uno de los segundos, ha presentado altibajos, defecto que es frecuento en su estilo demasiado emprendedor. ¿Puede constituir un defecto el ser valiente, agresivo y audaz? Cuando se exagera la nota, sí, y Guimard, muy a menudo, antes de resignarse a una partida sana, pero demasiado correcta, se coloca en situaciones sumamente difíciles. Como el viejo Lasker, salvando las distancias, se deja conducir por su adversario al borde de un abismo, terreno en el que le gusta luchar y en el que casi siempre el que rueda despeñado por el precipicio es el rival.

Pero ya lo ha dicho el Evangelio: ¨Quien ama el peligro perecerá en él¨, y a veces Guimard es víctima de sus imprudencias estratégicas. Así le ocurrió, por ejemplo, con el excampeón francés Rossolimo, quien le opuso la discutidísima Variante Guimard en la Defensa Francesa con la que ya había perdido frente a Najdorf en el último Campeonato Argentino. Contra Rossolimo se complació Guimard en luchar constantemente en posición inferior, y concluyó por perecer víctima de su amor al riesgo.[12]

Ganar por valor y audacia (Guimard en Mundo Deportivo, 1950)

En mi vida he ganado muchas batallas en el tablero, simplemente por audaz, por arriesgar. ¡Cuántas veces estuve a punto de perder, y gané! Di vuelta una posición en la que mi adversario venía jugando bien. ¿Por qué estuve perdido y por qué logré ganar? Voy a contestar poniendo de ejemplo al joven maestro yugoslavo Svetozar Gligoric, porque da la casualidad de que si estilo, que es vibración ansiosa, a veces angustiosa por la ganancia del punto, también se aferra a aquellos factores. (…) En realidad, nada nuevo aportó teóricamente en este torneo de Mar del Plata 1950. Gligoric triunfa y gana por el valor y la audacia de que hace gala. Es un gran maestro.[13]

Un glotón excedido de peso (Paulino Alles Monasterio, 1951)

Carlos Guimard, el excampeón argentino y maestro internacional, que ha coqueteado tantas veces con el triunfo, no ha respondido en este torneo de Mar del Plata 1951 a sus antecedentes magistrales. Antes de comenzar la lucha era, en nuestro concepto, el candidato lógico. Había derecho a esperar algo más del hombre que derrotó en sendos partidos, sin gran dificultad, al malogrado Grau, a Maderna, a Piazzini, Iliesco; del ajedrecista que en el torneo de Viña del Mar 1945 superó holgadamente a Najdorf. No sabemos qué le ha pasado. Salvo la brillantísima partida contra Wexler, no hemos reconocido su sello en la mayor parte de sus producciones restantes. Acostumbrado a arrollar a sus adversarios, ha hecho tablas y más tablas, penosas algunas de ellas. En cierta oportunidad, le preguntamos:

¿Cómo anda usted, Guimard?. Nos respondió:

—Remando, porque esto no es jugar al ajedrez—

Nos decía Najdorf:

—El gran peligro de todos los ajedrecistas al llegar a cierta edad, es que aumenten de peso y pierdan agilidad física y mental—

¿No será que sus 100 kilos o algo más están conspirando contra el muchacho —muy muchacho, todavía— santiagueño? [14]

La decepción de un admirador en el I Zonal de 1951

En cuanto a mí, estoy hecho un ¨tablero¨. Así me dijo un hincha entusiasta:

—¿Qué le pasa, maestro? Yo lo seguí desde chico… ¡Pero Usted nunca empataba tantas partidas! Cuando empezó así, me pregunté: ¿A Guimard le pasa algo? ¿Está enfermo?

Lo conformé como pude. ¿Cómo justificar mis empates? ¿Cómo explicarle que debí conformarme con el empate en partidas que creí ganadas? ¿Decirle que Guimard ya no era Guimard? ¿Qué son años…? ¡No, señores! El mal comienzo, vacilante, duro para encontrar las jugadas, forzando un análisis fácil, y cosas por el estilo, me perjudicaron sensiblemente, obligándome a buscar el peligro en las últimas rondas. Tuve que resignarme a hacer… lo que hice. Eso es todo; son accidentes comunes en torneos. Y a otra cosa.[15]

Mundo Deportivo 31 de octubre de 1952

Luego de hacer una extensa gira por varios países centroamericanos, Guimard vuelve al país y piensa descansar en las provincias de sus raíces Santiago del Estero y Santa Fe– durante un tiempo.

Nota de Pío García, Mundo Deportivo, 31 de octubre de 1952

Gira en apoyo al Segundo Plan Quinquenal de Perón (Noticias Gráficas, 1953)

Pilnik no pudo derrotar a Panno, no obstante los escasos 18 años de éste. De los participantes inscriptos, hubo de lamentarse la ausencia del Gran Maestro Carlos Guimard, que fue requerido por la CAD para la realización de una gira de difusión del Segundo Plan Quinquenal,y del excampeón argentino Jacobo Bolbochán, por razones particulares. Fueron reemplazados por los señores Puiggrós y Beretta. Las partidas dela 1ª ronda despertaron la atención de una extraordinaria concurrencia, entre la cual se contó al Presidente de la FADA, doctor Juan Carlos Laurens. Los resultados fueron: Piro 1:0 Puiggrós, Espósito 0:1 Raúl Sanguineti, Corte 0:1 Renato Sanguinetti, Reinhardt 1:0 Casas, Lipiniks ½:½ Rossetto. Suspendidas: Panno – Pilnik, Suárez – Benko y Beretta – Marini.[16]

Guimard promociona a Perón en el Anuario de Mundo Deportivo (1953)

Acontecimientos de verdadera trascendencia, tanto para la difusión del juego ciencia como para su progreso en cuanto a calidad, dan al ejercicio ajedrecístico que clausuramos el carácter de excepcional. La FADA pudo llevar a cabo un extenso y amplio plan de labor mediante la intensa colaboración que le prestó el gobierno del General Perón, directamente o por intermedio de la Confederación Argentina de Deportes, entidad rectora que se preocupó en forma muy especial de todo lo concerniente al ajedrez.[17]

En la antesala del Zonal Sudamericano de Mar del Plata 1954

Poco antes de viajar desde Santa Fe hasta Mar del Plata para jugar el Zonal Sudamericano, Guimard estuvo en Santa Fe ofreciendo una sesión de simultáneas.

El Orden, 12 de marzo de 1954

Guimard en PBT (¡Tataré-Tatabicuá!, 1954)

Carlos Enrique Guimard es una de las estrellas del deporte nacional que rutilan a la manera de ciertas estrellas del espacio sideral que tienen la habilidad de desorientar a los astrónomos, pues ocurre que brillan intensamente durante una temporada; luego su brillantez decae, dando la impresión de que se apagarán de un momento a otro, en el instante menos previsto. Pero ocurre todo lo contrario, empiezan a brillar de nuevo, lo mismo o más intensamente que antes, durante otro lapso más o menos largo; después, otro languidecimiento, otro casi apagón… y vuelta a brillar con la máxima intensidad, desconcertando a los que estudian los fenómenos celestes.

Es lo que suele ocurrir con muchas estrellas del deporte de aquí y de allá: brillan intensamente, languidecen, agonizan, vuelven a brillar, y uno no sabe a qué atenerse: si se quedan o se marchan. Lo cierto es que siempre nos los encontramos en el camino, en el primer plano de la actualidad, cumpliendo a menudo performances insólitas, y para remate, mejorando las que hicieron poco antes del casi apagón. Es lo que pasó con el santafesino Carlos Enrique Guimard, campeón argentino de ajedrez… por accidente, aunque las circunstancias lo metieron de cabeza, más o menos a la fuerza, en los dominios del tablero cuadriculado. Tenía 18 años, y por ser el menor de la familia, los hermanos –que padecían de fiebre ajedrecística– lo utilizaban como un comodín, como sparring del tablero. Gerardo, que vivía en Guardia Escolta, un pueblecito de la Provincia de Santa Fe, le escribía todas las semanas pidiéndole, urgiéndole, libros, diarios, revistas, ¡todo lo que se tratase de ajedrez! Ernesto, el hermano mayor, lo buscaba a cada momento, y hasta lo sabana de la cama a altas horas de la noche, obligándolo a jugar algunas partidas. La gran esperanza de Ernesto Guimard era consagrarse algún día campeón santafesino de ajedrez. Y movido por este recóndito deseo, una noche le dice al hermano:

—Preparate que vamos a jugar hasta bien tarde; mañana tenemos torneo de selección en Baibiene… Los que ganan irán al otro lado del río. Vamos, salí vos—

Carlos Enrique obedece amagando con el avance de un peón. Enrique responde con un salto de caballo. Y luego el juego loco de atacar y defenderse continuó durante veinte minutos, y de repente, el menor exclama:

—¡Tataré-tatabicuá! Y me voy a acostar que tengo sueño—

Vamos, otra partida. Tenés que darme la revancha.

—Está bien—

Vuelta al juego loco cuadriculado, y de improviso Carlos Enrique exclama nuevamente:

—¡Tataré-tatabicuá! Me voy a dormir, que se me cierran los ojos—

No señor. ¡Sigamos jugando!, ordena el mayor, visiblemente mortificado por las dos derrotas que acaba de infligirle su hermano menor.

—Bueno, pero con una condición, Si te vuelvo a ganar, yo también juego el torneo de Baibiene—

De acuerdo, pero esta vez no te hagas muchas ilusiones

Vuelta a los movimientos, y 45 minutos más tarde, Carlos Enrique lanza un grito triunfal:

—¡Tataré-tatabicuá!—

Se justifica ese grito triunfal. Un millón y medio de veces Carlos Enrique le había pedido al hermano mayor que lo dejara jugar al ajedrez con los campeones de Baibiene, uno de los cafés de la capital santafesina, obteniendo siempre la misma y harto aburridora respuesta:

Usted es menor de edad para meterse en cafés. ¡Estudie y crezca! Si quiere jugar al ajedrez le daré todas las lecciones que quiera

Pero aquella noche, después de los tres ¡Tataré-tatabicuá! (Jaque al rey, según el guaraní de Intiyaco que bajaba a menudo a Santa Fe, alojándose en la casa de los Guimard. Así empezó la brillante carrera ajedrecística del menor de los Guimard.[18]

¡Tataré-Tatabicuá!, PBT nº 904 del 15 de enero de 1954

Carlos E. Guimard, el temperamental (Mundo Deportivo, 1954)

El ajedrez es el hombre mismo. Y nunca mejor filtro para que, a través de su actividad, de sus partidas, de sus desarrollos tendenciosos (Sic), de sus sacrificios, que son la muerte, como aquella muerte inolvidable de Charles Boyer en el primer capítulo de Seis Destinos, y de sus finales, que tiene a veces el estruendo de las ruinas de Pompeya o el inenarrable desvanecerse de una pompa de jabón. En fin, allí está la personalidad de Carlos Guimard, las partidas de Carlos Guimard, para que recorramos una de las tantas gamas de ese arco iris que es el ajedrez, y para que comprendamos el hombre a través del juego. (…) Guimard, en la escala de los ajedrecistas, es el temperamental. La dosis de intuición, la carga intelectual, y la tapa de sus condiciones reflexivas, quedan envueltas en la amalgama a las que somete su temperamentalidad (Sic). (Sic) Por eso, su estilo combativo, su posición agresiva, su resolución en impronta.

Llega al ajedrez ciudadano todavía con su uniforme de servicio militar, y desde ese momento –hace poco más de 20 años– comienza una carrera que no conoce los zigzag de los debilitamientos, y que por el contrario, va anudando victorias sensacionales en una marcha de recta profundidad, como acaso no haya habido otro maestro argentino que lo pueda superar. Primer provinciano –es santiagueño– que escribe su nombre en un Torneo Mayor de nuestro país, primero también de los que en el exterior comenzaron a dar triunfos a nuestro ajedrez, ganador de partidas imposibles, triunfando en torneos de todos los países, campeón argentino en varias oportunidades, acumula recuerdos como aquella partida en que doblegó a Boleslavsky, primera victoria argentina en el match con los rusos, o aquella que en pleno centro del tablero envolvió al niño que venía como prodigio de España: Arturito Pomar, o como cuando después de un desarrollo inolvidable, le dejó un resquicio de salvación al campeón Alekhine en una mesa de Montevideo, acaso envuelto en los resplandores de su obra…

Podría extraerse un historial interminable de partidas, de sucesos, de acontecimientos, en la vida ajedrecística de Guimard. Pero por sobre todas las cosas, siempre se tendrá la sensación de que en la trayectoria del ajedrez, su modo, su expresión, su temperamento y su inteligencia, son otros eslabones en la historia intrínseca de este juego, para demostrar que su dosis esencialmente humana es la que lo justifica como juego ciencia, como juego superior. Y el hombre, todavía, pese a los fracasos de la colectividad, sigue siendo superior… (Sic) [19]

Torneo Bodas de Oro Presidente Perón, Club Argentino (Amílcar Celaya, 1955)

Ivkov, que anoche venció a Guimard, es el puntero absoluto del Torneo Presidente Perón. Capablanca decía: ¨Los jugadores buenos siempre tienen suerte¨. ¿Tendremos que repetir la misma expresión para caracterizar la partida que el joven yugoslavo Ivkov le ganó a Guimard? Porque a un ataque inconsistente del vencedor del último torneo de Mar del Plata, Guimard respondió con gran calma y seguridad. Con esa seguridad tranquila con que un santiagueño –nacido en Vuelta de Barranca, para más señas– vería venir el alud de todos los yugoslavos del mundo sin apurarse… La apertura fue terreno conocido para los dos adversarios. Guimard improvisó sobre el tablero 11…D2A, asumiendo desde ese momento la iniciativa, que debió haber culminado con un triunfo sensacional del santiagueño. Pero Caissa dispuso de otra cosa. ¿Dónde se equivocó Guimard? Se lo preguntamos a Najdorf, comentarista oficial, y nos respondió con su habitual exageración:

—¡Mil veces! Porque mil veces debió haber ganado—

Entonces, se lo preguntamos a Guimard, y el santiagueño, más reposado, nos contestó:

—Creo que mi primer error fue 18…T1CD. Debí haber sacrificado sin miedo la calidad, 18…TxC, y recién a la jugada siguiente haber ocupado con la otra torre la terrible columna abierta sobre el rey enemigo. Me parece que Ivkov no hubiera podido resistir el empuje de las piezas negras. Pero eso no fue lo único. Varias otras veces, durante la partida, pude haber jugado mejor—[20]

Negocio, sí, pero sin besos (Capanegra, 1960)

Guimard es un hombre tranquilo, de pachorra provinciana, que ha perdido varios trenes, y que con frecuencia llega tarde a iniciar sus partidas, lo que le significa menos tiempo para meditar, pues los fiscales de los torneos le ponen el reloj en marcha. Durante mucho tiempo fue socio de Najdorf, y trabajaron en seguros en el norte y en el sur de la República. Cierta vez en que, siguiendo una táctica comercial de Guimard, y contra la opinión de Najdorf —quería proceder de otra manera— concertaron juntos un seguro de una magnitud excepcional. Najdorf, sorprendido y eufórico con la ganancia que esa operación les significaba, abrazó a su amigo y hasta quiso besarlo. Guimard, profundamente alarmado —Najdorf es bastante feo— rechazó el ósculo con que se lo amenazaba, y le dijo, haciendo silbar las eses santiagueñas:

—¡No, eso no! Prefiero deshacer el negocio antes que permitir que me beses. Ni por toda la plata del mundo—[21]

Guimard, el hombre que juega un ajedrez humano (Rafael Castells Méndez, 1960)

Hace 16 años, en 1933, en la primera rueda del Torneo Selección de primera categoría, jugué contra Guimard. El santafesino acababa de adjudicarse el campeonato de la ciudad de Garay, y llegaba a Buenos Aires en busca de mejores horizontes. Nadie se fijo en él, por supuesto. En aquellos años nadie creía en los ajedrecistas del interior. Hice tablas con Guimard por milagro, y porque su estreno en esta le infundía cierta timidez que, por cierto, iba a disiparse muy pronto. Pero recuerdo muy bien que al término de aquella partida, dije por ahí:

Éste va a llegar lejos.

Debe ser éste, sin duda, mi único acierto válido en el mundillo de los trebejos. Guimard ganó el Torneo Selección, empató el 4º puesto en el Torneo Mayor de ese mismo año 1933, finalizó 3º en el torneo de Mar del Plata 1934, y por fin, en noviembre de 1936, se adjudicó brillantemente el Torneo Mayor. Era el primer provinciano que alcanzaba semejante laurel, y su triunfo señaló una etapa de la evolución del ajedrez nacional. Campeón Argentino, representante en Europa, vencedor de innumerables pruebas sudamericanas, el nombre de Guimard está incorporado ahora al libro de oro de nuestro juego, y se le conoce en todo el mundo. Como que en 1938, en Carrasco, el doctor Alekhine, campeón del mundo, se escapó por milagro al santafesino…

Hasta 1945, este muchacho recio, simpático, batallador, que ha hecho y hace honor al deporte argentino, se había ganado nada menos que diez campeonatos internacionales individuales. Najdorf acaba de superarlo en el Torneo Campeonato Argentino de 1949. Fue la suya una derrota a manos de un amigo y compañero. Guimard fue a Europa con el gran maestro, y compartieron brillantes jornadas. La vida no los separa entre nosotros; se quieren bien, y Najdorf no oculta su admiración por el juego emprendedor, brillante, decisivo de Guimard. ¿Qué importa una derrota a manos de un hombre que, como Najdorf, es candidato serio al campeonato del mundo?

El Guimard que conocí en 1933 no es éste de ahora. Los años no pasan en vano. Juega menor que entonces, por cierto, pero ha debido luchar por la vida, tenazmente, y como conoció el triunfo en el tablero, lo conoció también en las duras jornadas para vencer a la ciudad multitudinaria, donde el fracaso acecha el débil, al carente de voluntad, al indolente. Hoy es un hombre fuerte, seguro de sí mismo, que afronta la lucha con una sonrisa cordial, serena, que ya es clásica entre los ajedrecistas de la primera plana. Y esa confianza en sus fuerzas, ese optimismo, esa sonrisa, se transparenta en sus partidas, atrevidas, vigorosas, verdaderamente humanas, porque no falta en ellas el elemento del azar, ese elemento imponderable que se burla de la técnica más refinada, y que sobre la cabeza de un campeón ciñe un laurel o derrama una lluvia de ceniza…[22]

El ajedrez humano de Guimard, Mundo Deportivo, 1949

 


Notas:

[1] Roberto Grau, Leoplán, 26 de mayo de 1937. N. del A.: falleció el 11 de septiembre de 1998 en Buenos Aires.

[2] La Cabeza de Goliat, Ezequiel Martínez Estrada, Editorial Losada, Buenos Aires 1983, pág. 234/5.

[3] El Gráfico nº 1153 del 15 de agosto de 1941.

[4] Nota póstuma de Roberto Grau en ¡Aquí Está! nº 826 del 17 de abril de 1944.

[5] Nota posterior de Amílcar Celaya, Noticias Gráficas, 6 de abril de 1949.

[6] Nota de Pedro Patti, El Gráfico nº 932, 23 de abril de 1945.

[7] Revista Qué sucedió en 7 días, 22 de agosto de 1946.

[8] Guimard y el hombre vestido de ajedrez, Pedro Patti, ¡Aquí Está!, 10 de enero de 1947.

[9] Luces y sombras del ajedrez argentino tomo 2, Dunken 2016, pág. 188

[10] Revista Qué sucedió en 7 días, 7 de enero de 1947.

[11] Noticias Gráficas, 6 de abril de 1949.

[12] Noticias Gráficas, 2 de abril de 1950.

[13] Gligoric, valiente y tenaz, Carlos Guimard, Mundo Deportivo, marzo de 1950.

[14] Nota de Paulino Alles Monasterio firmada con el seudónimo de Roque de Reina, Mundo Deportivo, 2 de mayo de 1951.

[15] Nota del propio Carlos Guimard en Mundo Deportivo nº 105 del 19 de abril de 1951.

[16] Noticias Gráficas, 29 de abril de 1953.

[17] Nota de Carlos Guimard en el Anuario 1953 de Mundo Deportivo del 31 de diciembre. Entre otras actividades del año, se mencionan la victoria de Héctor de la Vega en el Torneo Selección, de Emilio Dodero en el Club Jaque Mate, el subsiguiente match Dodero vs Rossetto por el título de campeón de esa entidad, la Olimpíada Universitaria, el Torneo de No Videntes que organizó el Club Jaque Mate, y la victoria de Rossetto en el Torneo Ángel Cassanello de Santa Fe.

[18] PBT nº 904 del 15 de enero de 1954.

[19] Mundo Deportivo, 1954.

[20] Amílcar Celaya, Noticias Gráficas, 20 de abril de 1955

[21] Capanegra, Clarín, lunes 4 de julio de 1960.

[22] Guimard, el hombre que juega un ajedrez humano, nota de Rafael Castells Méndez firmada con el seudónimo de Peón Cuatro Rey, Mundo Deportivo, 24 de noviembre de 1949.

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