Paul Michel, el ajedrecista campeón olímpico en 1939 con destino argentino

Por Juan S. Morgado

Paul Michel (Rodolfo A. Redolfi)

Paul Michel (Alzenau 1905 – La Plata 1977) fue un destacado maestro de ajedrez germano-argentino, integrante del equipo de la Gran Alemania que vino al país en 1939 a jugar el Torneo de las Naciones.  

Michel fumaba pequeños toscanos, que mantenía en sus labios sin solución de continuidad: esa era la razón de su inalterable mutismo. Sin embargo, el toscano no le impedía saludar con amables rictus, que despertaban simpatía.[1]

La increíble carta de Paul Michel a Deutsche Schachblätter (enero de 1941)

▓ A los integrantes del equipo alemán en Argentina, a juzgar por todas las noticias que se conocen, les va bien. Poco antes de Navidad, llegó una carta del maestro Michel anunciando que no quería nada más que descansar y dormir. Él describe una noche de los ajedrecistas alemanes en Buenos Aires:

Los días se han vuelto muy cálidos, a pesar de que el sol hace rato ya no quema con tanta fuerza; la noche no trae ningún alivio. A pesar de estar sentado en mi habitación con un pijama muy ligero, tengo la frente húmeda. No debo abrir la ventana mientras todavía haya luz solar; de lo contrario, todo tipo de bichos nocturnos entran zumbando y no me da ningún placer cuando una polilla con un cuerpo grueso se estrella en mi cara. Afortunadamente, los mosquitos llegan más tarde; en el último año lo hicieron tan bien que siempre me alegré cuando amaneció. Su picadura, que me hace sentir sólo un ligero escozor, todavía continúa, pero el sonido agudo, bastante penetrante y lúgubre con el que montan el ataque, me enfurece.

Así te encuentras, mi querido lector, como puedes, en una noche aburrida y sofocante, ya que no hay ninguna brisa y el sudor brota en torrentes por todos los poros; la cabeza de la víctima desesperada se esconde debajo de la sábana, pero yo no puedo hacerlo con todo el cuerpo: dejo las piernas desnudas como una donación voluntaria a las bestias, una parte viva del cuerpo entre las velas allí humeantes, esperando ansiosamente que un mosquito se acerque zumbando hacia mi cabeza y luego, con todo lo que tengo a mis manos, golpear locamente a mi alrededor y maldecir cosas diabólicas. Es malo. Pero puede ser aún peor. Ya no puedo soportar la constante tensión nerviosa del peligro que amenaza desde la oscuridad y me saca de la cama suspirando.

¡Hay ruido! ¡Estrellarse! ¡Y ruido! ¡Y otra vez ruido! Con un estremecimiento siento un roce asqueroso, húmedo y pegajoso de algo que se mueve en mis suelas, y prendo la luz rápidamente. Repentinamente, me sorprendo por lo que estoy viendo: ¡horrible! En racimos cuelgan grandes escarabajos negros, entrelazados por el impulso que les dio la naturaleza. A algunos los aplasto con mis pisotones; a medida que la luz alumbra, los espantosos bultos se desesperan y se disgregan. A los que puedo atrapar, los aplasto rápidamente con mis pies protegidos, fuerte y sin piedad; el que es afortunado, desaparece como un rayo veloz.

Miro el reloj, es recién la una de la mañana. Titubeante, alcanzo a subirme a la cama, y comienza el segundo acto. El gemido de la criatura asesinada me deja helado. Soy nuevamente investigador de la naturaleza y profesor aplicado de la psicología del escarabajo: para ser santo todavía me falta algo. Soy un simple bávaro que no quiere más que tranquilidad, y por supuesto que no la lograré ahora.[2]

El famoso maestro Michel se radica en La Plata (Iliesco, 1951)

Vuelve del viejo continente el maestro Michel a la pacífica Argentina, su segunda patria, después de un año de aventuras, confundido entre las ruinas humanas y las crecientes inquietudes de cada día.  Cumplida su misión de estrechar en sus brazos a los que quedaban de su honorable familia en la convulsionada Alemania, hizo más tarde escala en Viena, estimulada su esperanza en los románticos recuerdos de François-Joseph, de los Strauss, y el murmullo no muy lontano del Danubio Azul (Sic). Decepción encontró nuestro maestro en la Viena que él se imaginó. La alegría había claudicado, y los recuerdos vivían tan solos a la hora del descanso, cuando alimentando los sueños tonificaban el desastroso despertar (Sic).

Hasta el Danubio Azul, en la tristeza de su inmortal murmullo, parecía pequeños ecos moribundos de llantos de niños, y sus aguas habían perdido el esplendor de su pureza. ¡Argentina! ¡Argentina! ¡Único pensamiento invencible en el espíritu del ajedrecista! Antípodo lejos del contagio, el paraíso terrenal (Sic). Con este pensamiento se embarcó en el transporte nacional Cabo Corrientes, de vuelta. ¡Michel, el misterioso personaje de los torneos internacionales de ajedrez en Mar del Plata, y amigo de todo el mundo! En una carta, Michel ha hecho saber su intención de radicarse en nuestra ciudad, y el favor que le hacían al reservarle una pensión y piecita modesta, al alcance de sus recursos. Aprovechando la oportunidad, solicitamos a nuestros lectores ajedrecistas, para el amigo, un providencial alojamiento en las condiciones más o menos expuestas, alegrando con esta efectiva atención, su llegada a la ciudad de La Plata.[3]

El Argentino, La Plata, 23 de noviembre de 1951

La peculiar opinión de Amílcar Celaya sobre Michel (1942)

La necesidad de escribir notas por obligación laboral algunas veces ocasiona la verborragia insustancial. ¡Nada más lejos de que Michel sea un hombre de negocios, y que sea la antítesis del soñador!  

Michel – Czerniak, Mar del Plata 1942, Noticias Graficas 19 de marzo de 1942

Iliesco destaca la victoria de Michel sobre Najdorf (1946)

La modestia de Michel es mostrada por el rumano argentino Juan Iliesco en su columna del diario El Argentino.

El viaje que nunca ocurrió (1953)

Cansado de padecer penurias económicas, Pablo Michel pensó en irse de Argentina en 1953, pero luego desistió de ese propósito y se afincó en La Plata.

Vea y Lea, 1953

Raúl Alberto Castelli, Paul Michel y Juan P. Gamboa (1997)

Juan Pablo Gamboa me escribe vía Facebook avisándome que encontró una carta que le mandó Raúl Alberto Castelli el 21 de febrero de 1997. Cuenta:

Durante la partida que jugué con negras frente a Fernando Peralta a comienzos de 1997, utilicé la Defensa Tarrasch del Peón Dama.

Un señor misterioso se mantuvo al lado del tablero hasta casi el final de la contienda. Vibraba ante cada movimiento del negro, haciendo evidente su predilección por los trebejos oscuros. El futuro Gran Maestro no podía aceptar que la victoria no le fuera servida y tras su propia confesión del “post mortem” su sorpresa mayor era la velocidad con la cual las piezas negras se movían y escabullían en una posición inferior.

Temía caer en una trampa preparada y finalmente los recursos tácticos del negro simplificaron la posición hasta acabar en tablas. Cuando terminé la partida, busco a mi fan, pero ya no estaba. Me quedó la intriga de conocer su nombre y su afición por una defensa “tan inferior y refutada”.

A la siguiente ronda del torneo vuelve a aparecerse este señor (Castelli) con un regalo muy particular (un antiguo libro sobre la Defensa Tarrasch) y una anécdota (escrita en una carta de su puño y letra que dejo a continuación). Su presente sonaba más a un alivio por desprenderse de semejante carga, que a un dolor por entregar preciado tesoro. 

Me contó que la Tarrasch le dio más amarguras que felicidades y de alguna manera me ungió con esa especie de embrujo.

Nunca más lo volví a ver. Y luego de tantos años esa carta resurgió de su regalo, como una pequeña llama que aún sigue perpetrándose y a la espera de otro incauto apasionado. 

Es curioso que la mencionada carta fue escrita pocos meses antes de su fallecimiento.


Notas:

[1] Testimonio de Rodolfo A. Redolfi al autor, diciembre de 2009.

[2] Reproducida en El Impresionante Torneo de Ajedrez de las Naciones, tomo 1, Amazon, pág. 398. Traducción de Mario Schätzle. Puede advertirse que al momento de escribir esta carta Michel se encontraba en alguna pensión de baja categoría de La Plata, altamente calurosa y llena de insectos.

[3]  El Argentino, La Plata, 23 de noviembre de 1951. Aunque no está firmada, evidentemente la nota pertenece a Juan Iliesco. Se advierte su dificultad con el idioma español, que se vuelca al texto sin que los correctores del diario la corrijan.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s