Agatha Christie y el ajedrez

Por Sergio Negri

Agatha Christie (1890-1976) , en su vínculo con el ajedrez, lo presenta en su novela Los cuatro grandes de 1927. Esos “cuatro grandes” conforman “la mayor organización del mal en el mundo actual” a juicio del investigador criminal belga, el célebre Hércules Poirot.

En el capítulo once, titulado precisamente “Un problema de ajedrez”, se lo aprecia a Poirot encontrarse con el inspector Japp, a quien le menciona el perfil de tres de los integrantes de esa ominosa organización de fines desconocidos: un chino muy inteligente; un millonario norteamericano; una científica francesa y, antes de mencionar al cuarto y definitivo integrante, es interrumpido por Japp quien le consulta si le gusta el ajedrez.

Agatha Christie

En ese contexto Poirot asiente, momento en el que su interlocutor le menciona el curioso caso que se dio el día previo, cuando se enfrentaban dos renombrados ajedrecistas, oportunidad en la que uno de ellos cae muerto.  El supérstite era el ruso Savaronoff, quien venía de ganarle a Rubinstein el campeonato ruso;[1] el occiso, por un ataque cardíaco, fue la joven promesa norteamericana Wilson, de quien se decía que iba a ser “un segundo Capablanca”, y que muere “moviendo una de las piezas del tablero”. 

Las sospechas giran en torno a un probable envenenamiento, pero Japp cree que el destino del veneno era el cuerpo del ruso y no el de Wilson, quien era del todo inofensivo. Es que Savaronoff había “caído en desgracia con los bolcheviques al estallar la Revolución”, habiendo  estado confinado tres años en Siberia.[2] Esa traumática experiencia lo hizo cambiar en su perspectiva de vida, además de dejarlo inválido. Pero, en un golpe del destino, había heredado una inmensa fortuna de una examante suya.

Siguiendo la línea, la beneficiaria de esa fortuna, si moría el ajedrecista ruso, era su propia sobrina, Sonia Daviloff, en quien recaían entonces las sospechas por lo sucedido (¿Podía ser ella misma la condesa Vera Rossakoff, es decir una de las cuatro grandes, la mentada científica francesa?).

El juego se había desarrollado en la propia casa de Savaronoff en presencia de, al menos, una docena de personas. Al ir a ver el cadáver, comprueban que el americano estaba sosteniendo en su rígida mano una pieza de ajedrez era un alfil correspondiente a las piezas blancas. Para más datos, el norteamericano era zurdo. Enfilan los investigadores hacia la casa de Savaronoff, donde son atendidos por la propia sobrina quien, sin ser inducida, admite la posibilidad de que Wilson haya sido objeto de un envenenamiento dirigido hacia su tío. Para más datos, comenta que sospechan de alguna de las organizaciones secretas rusas, dando la posibilidad de que la de las cuatro grandes esté detrás de todo.

Poirot, más que sorprendido por el devenir del diálogo, pide ver el tablero de ajedrez y que le dé detalles de cómo se había dado todo. El tablero le había sido enviado a su tío unas pocas semanas antes. Luego de verlo, junto a sus respectivas piezas, se dirigen a encontrarse con Savaronoff, quien era considerado el segundo mejor jugador del mundo, y ello era obvio si se tenía en cuenta su porte, en el que se destacaba “…la forma peculiar de su cabeza, inusitadamente alta”.

Savaronoff, además de admitirle al inspector que el testamento lo había hecho a favor su sobrina, describe la partida diciendo que se trataba de una Ruy López empleada por Wilson, apertura que a su juicio es  “…una de las más seguras que existen”.

Si esa afirmación puede resultar comprensible, aunque no necesariamente exacta, Agatha Christie comete un grave error narrativo, desde el punto de vista del juego, al poner en boca del ajedrecista la siguiente expresión. Cuando fue consultado sobre el momento en que se desencadenaron los hechos, el ruso respondió: “Debió ser alrededor del tercer o cuarto movimiento cuando de pronto Wilson cayó sobre la mesa…”.

Esa duda, sobre si se estaba ente el tercero o el cuarto movimiento, es del todo inadmisible en un ajedrecista que, por su nivel, y por las circunstancias que rodearon al caso, no podía dejar de tener del todo claro todas y cada una de las jugadas que los protagonistas habían hecho antes del luctuoso suceso. Más allá de estos errores narrativos, que a un ajedrecista le hace notar que algo raro está sucediendo a esta altura con la trama, para más, con los resultados de la autopsia, se determina que no había veneno en sangre, por lo que todo volvía a un punto aparentemente muerto.

Poirot, sin que nadie lo advirtiera, había birlado de la casa el otro alfil blanco. Al pesar ambos trebejos en una balanza, comprueba que no eran iguales. Es que, se llegará luego a la conclusión, que uno de ellos tenía una fina varilla con la que Wilson había sido electrocutado, cuando la corriente era activada en el tablero, a través de sus finos escaques de plata .

Entonces, iba quedando claro que, en efecto, la sobrina había querido matar al tío mas, por error, la víctima será su rival en el juego. Ella cobraría la herencia, y era, en efecto, una de las “cuatro grandes”, como se sospechaba. El cuarto de ellos, que aún no había aparecido, no era otro que el mayordomo de la casa, de nombre Iván, quien era un polifacético actor que podía mutar de figura.

La escena se desdobla. Por un lado, vemos a Japp que observa como Iván traslada un pesado bulto. Parecía que, por fin, había logrado su objetivo de matar al campeón ruso. Por el otro está Poirot, con su asistente Hastings, entretenidos con un libro de ajedrez, observando la secuencia de la Ruy López: 1. e4, e5; 2. Cf3, Cc6; 3 Ab5. Ese era el punto culminante. ¿Qué pudo haber sucedido en ese momento?

Poirot, de pronto, se ilumina y ordena ir rápidamente a la casa del ajedrecista junto a su asistente. Al arribar, Iván les abre la puerta, hallando a la sobrina amordazada, atada y habiendo sido dormida con cloroformo. Savaronoff no aparecía. Pero estaba lejos de estar muerto. Es que el criminal, en rigor, era Savaronoff, un falso Savaronoff, ya que el auténtico había perecido en Rusia en tiempos de la Revolución. Su lugar había sido ocupado por “el señor número cuatro” de la perversa organización, quien se quedaría con la herencia recibida.

Por su parte Wilson siempre fue objeto de crimen, y no un señuelo o una víctima accidental ya que, si la partida avanzaba, se iba a demostrar rápidamente que el Savaronoff falso poco sabía del juego de ajedrez. Por eso, el desenlace debía ser en la primera fase del juego, para no despertar sospechas. Por eso, agregamos aquí, y ya no en el relato compulsado, Savaronoff podía no saber si la cosa culminaba en la tercera o cuarta jugada, como un buen maestro de ajedrez, que el falso sujeto no era, no podía dejar de recordar. La sicología de este enmascarado asesino hacía que intentara:

“…disfrutar con su papel de maestro en esa partida. Sin duda ha asistido a otros torneos de ajedrez. Se sienta y frunce el entrecejo como si estuviera pensando; da la impresión de que medita grandes planes, y desde el principio hasta el fin se está riendo por dentro. Es consciente de que sólo conoce dos jugadas  y de que eso es todo lo que necesita saber…”.

Por suerte, al finalizar el relato, aunque el asesino no es atrapado, hemos caído en la cuenta de que no fue un ajedrecista el victimario. Eso para nosotros es un alivio ya que en algún momento temíamos lo peor. En cambio, uno de ellos, el desdichado Wilson, fue meramente una fatal víctima. Y ello, a pesar de las circunstancias, desde el punto de vista de la pureza que debe rodear al ajedrez, es al menos un consuelo.

Los cuatro grandes de Christie

La autora, para concebir esta novela, se basó en varios relatos cortos publicados originalmente en la revista The Sketch, Uno de ellos, que apareció en febrero de 1924, tuvo como nombre el más que específico de The Chess Problem (El problema de ajedrez), dando cuenta de la relevancia del juego en una trama vinculada a los “cuatro grandes”. El contenido de esa narración luego sería la base del capítulo 11 de la respectiva popular novela de la autora que diera la luz en 1927.

Agatha Christie y su libro de alusión ajedrecística

Notas:
[1] Se podría suponer que se alude a Akiba Rubinstein, eximio jugador que vivió entre los años 1882 y 1961 quien, en realidad, era polaco. Los restantes jugadores responden a nombres de fantasía. 
23] El notable jugador letón Vladimirs Petrovs, medalla de bronce en el primer tablero en el Torneo de las Naciones de 1939 disputado en Buenos Aires, en esta misma línea, también estuvo confinado en Siberia por el régimen comunista. Allí murió prematuramente tras haber sido condenado por supuestas actividades de espionaje contra el régimen estalinista. Y esto lamentablemente es real, y no solo un relato novelesco, como se lo sugiere en el relato de la autora.

©ALS, 2021

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