Bioy Casares, el ajedrez de la mano de Borges y también en su propia obra

Por Sergio Negri

Adolfo Bioy Casares (1914-1999), habiendo sido desde luego un gran escritor en sí mismo, por razones de afinidad, amistad y una historia compartida, siempre se lo verá asociado a Jorge Luis Borges (1899-1986). Ambos tuvieron proyectos literarios e intereses culturales e intelectuales comunes y, en ese marco, surgió el ajedrez en tratamiento literario que los uniera, y no habría que olvidarse que, en la obra borgiana, el juego fue uno de sus íconos reconocibles a partir del cual creara un universo específico.

En efecto, en Seis problemas para Don Isidro Parodi, un texto de tono policial publicado en 1942 que los escritores presentaron bajo el seudónimo Honorio Bustos Domecq, el ajedrez aparece una única y sugerente vez. en el relato llamado Las previsiones de Sangiácomo. En ese marco, se pone en boca de uno de sus personajes unas palabras que evocan a la clásica idea de que las personas solo somos trebejos manejados por algún titiritero:

“Así llegamos al año 41. Ricardo creía desempeñarse con libertad, como cualquiera de nosotros, y el hecho es que lo manejaban como a las piezas de ajedrez…”.

Adolfo Bioy Casares

En otro libro de la dupla, en Cuentos breves y extraordinarios, que es de 1955, el ajedrez vuelve a aparecer, y por partida triple. Ello sucederá en los cuentos La sentencia y en dos que llevan el mismo nombre, La sombra de las jugadas, los que se reproducen íntegramente de inmediato dada su brevedad y belleza. En ellos se advierte nítidamente la impronta de Borges quien, en textos propios, retomará luego estos argumentos e historias, particularmente en los dos primeros casos:

“Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo. Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido. Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron: -Cayó del cielo. Wei Cheng, que había despertado, lo miró con perplejidad y observó: -Que raro, yo soñé que mataba a un dragón así. Wu Ch’eng-en (c. 1505-c. 1580)”.

La sentencia

“En uno de los cuentos que integran la serie de los Mabinogion, dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos luchan y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro. Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero, porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia: -Tu ejército huye, has perdido el reino. Edwin Morgan, The Week-End Companion to Wales and Cornwall (Chester, 1929)”.

La sombra de las jugadas (I)

“Cuando los franceses sitiaban la capital de Madagascar, en 1893, los sacerdotes participaron en la defensa jugando al fanorona, y la reina y el pueblo seguían con mayor ansiedad ese partido que se jugaba, según los ritos, para asegurar la victoria, que los esfuerzos de sus tropas. Celestino Palomeque, Cabotaje en Mozambique (Porto Alegre, s. f.)”.

La sombra de las jugadas (II)

En este último pasaje, al mencionarse el fanorona, en nota al pie de página los autores aclaran que es una “suerte de ajedrez”. Aunque, en rigor, habría que aclararse que se trata de otro juego, el más popular en Madagascar, que se disputa sobre la arena, entre dos jugadores, que cuentan con veintidós “vatos” o peones, los que se colocan en las intersecciones y se mueven al trazo siguiente, uniendo la posición libre más cercana a la posición de salida. Se pueden desplazar horizontal, diagonal o verticalmente, hacia adelante o atrás. El objetivo del juego consiste en tomar todos los peones del adversario poniendo a las fuerzas del rival en la imposibilidad de moverse.

Borges y Bioy Casares, además fueron directores de una colección de libros bajo el sello de El Séptimo Círculo, que se editó entre los años 1946 y 1956, en la cual incluyeron obras correspondientes a relatos de suspenso, varias de las cuales tenían al ajedrez dentro de las respectivas tramas argumentales.

A la hora de diseñarse el logo que la identificara, no dudaron en escoger (a sugerencia de Borges, según manifiesta el propio Bioy en Memorias), una imagen de un caballo de ajedrez, concebido por el artista de origen italiano José Bonomi (1903-1992), el cual, por sus geométricos contornos, tiene una indudable influencia del movimiento cubista.  

Logo de la colección El Séptimo Círculo

Algún trasnochado crítico, caracterizó la obra conjunta de Borges y de Bioy, pretendiendo tal vez minimizarla, como si ella fuera asimilable a una suerte de “ajedrez intelectual”, poniendo en foco la idea de que algo puede ser entretenido pero, no necesariamente, trascendente. Así se lo asegura, por caso, en una crónica del diario La Gaceta de Tucumán del 11 de noviembre de 2012 (en http://www.lagaceta.com.ar/nota/519771/opinion/lagaceta.com.ar). Desde luego que, al menos para nosotros, la caracterización de ajedrez intelectual puede aplicar, despojada que sea de toda connotación disvaliosa.

Ya en la obra propia, vemos que Bioy Casares incluye al ajedrez en una de sus máximas obras, La invención de Morel, publicada originalmente en 1940, en donde dice:

“Repito: no hay prueba definitiva de que Faustine sienta amor por Morel. Tal vez el origen de las sospechas esté en mi egoísmo. Quiero a Faustine: Faustine es el móvil de todo; temo que esté enamorada: demostrarlo es la misión de las cosas. Cuando estaba preocupado con la persecución policial, las imágenes de esta isla se movían, como piezas de ajedrez, siguiendo una estrategia para capturarme”.

En otro de sus libros, en donde presenta varios relatos fantásticos, que en 1948 se dio a conocer con el título de uno de ellos, La trama celeste, también incluirá una muy preciosa mención, cosa que hará en la historia llamada El otro laberinto.

Ubicados en una vieja casa, que había sido otrora posada (en el siglo XVIII), en una Estambul que recordaba a la añorada Constantinopla, se podían apreciar objetos fruto de la persistente labor de un coleccionista, entre los que se hallaban: relojes; armonios de ébano; instrumentos de óptica, de astronomía y de tortura y, también:

“… un ajedrez en cuyo tablero todas las aperturas posibles transcribían por símbolos todas las historias y leyendas conocidas sobre el origen del juego”.

El juego, y tantos otros elementos que invitaban al recuerdo, estaba en un cuarto que “…producía una desilusiona tristeza, como si allí estuviera todo el pasado, como si desde allí acecharan todas las esperanzas, todas las frustraciones y todas las modestas locuras de los hombres“.

En uno de sus últimos trabajos, Una muñeca rusa, libro de relatos que es de 1991, Bioy Casares acuñará una frase contundente que será, de algún modo, un legado del autor en lo que respecta a su vínculo con el juego:

“La vida es una partida de ajedrez y nunca sabe uno a ciencia cierta cuándo está ganando o perdiendo“.

Finalmente, en De las cosas maravillosas, escrito de 1999, el mismo año de su partida terrenal, se lo ve al escritor discurrir sobre su existencia, reflexionando sobre los seres, libros e instantes que más lo han conmovido. Inmerso en ese planteo necesariamente retrospectivo, asegura que el hombre siempre anhela las, mentadas en el título del libro, “cosas maravillosas” y que, cuando cree alcanzarlas, intenta obtenerlas. Y es en ese contexto virtuoso en que aparece el ajedrez (por definitiva y bella vez):

“Entre las cosas maravillosas que se manifiestan en la posesión algunas duran toda la vida, otras un instante, Durables: la lectura, el estudio, la investigación científica, la composición literaria, la composición y la ejecución musicales, la pintura, la escultura, la práctica de juegos como el ajedrez y los deportes”.

Llegamos al punto. Para Bioy Casares, más allá de que pareciera no haber sido un gran aficionado al juego ni haberlo empleado con excesiva fruición e intensidad a lo largo de su obra, el ajedrez era una de las cosas maravillosas de la vida. Como lo demostró su amigo Borges. Y como todos quienes conocemos y amamos al milenario pasatiempo bien lo sabemos.

©ALS, 2021


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