Mario Bunge, el epistemólogo argentino que aprendió el ajedrez estando en la cárcel

Por Sergio Negri

El epistemólogo y filósofo Mario Augusto Bunge, nacido el 21 de septiembre de 1919 en Buenos Aires y fallecido el 24 de febrero de 2020 en su residencia definitiva, Montreal, Canadá, le dedicó al juego un breve escrito titulado El ajedrez y las industrias académicas,[1] el que comienza con un planteo crítico muy extremo el cual, desde luego, podría ser extendido al caso de otras actividades que demandan recursos (y no sólo a las deportivas):

En la ex Yugoslavia, en plena guerra civil, se celebró en 1992 un torneo de ajedrez. En él participaron los dos máximos campeones de ese juego, Bobby Fischer y Boris Spassky. Entre ambos ganaron cinco millones de dólares. Esa cantidad era más que suficiente para comprar los anestésicos que faltaban en los hospitales del frente…”.

Mario Bunge

Bunge distingue el ajedrez que se disputa para entretenerse respecto de la situación en que se transforma en espectáculo, faceta en la que impera el factor dinero, cuestionando esta posibilidad ya que;

“…se parece más a una macabra profanación de tumbas que al sano ejercicio de un deporte”.

Con todo, el filósofo cree que el ajedrez es un juego inocente, el que aprendió en la cárcel, a la que fue conducido por un gobierno peronista. En ese ámbito, como se sabe mucho antes se hizo en los campos de concentración nazis y en los gulags soviéticos, jugaba con piezas hechas con migas de pan. Tras esa experiencia, olvidó su práctica al salir en libertad.

Bunge es bastante crítico sobre la concepción que lo sindica como un juego-ciencia. La refuta ya que, a su juicio, ningún campeón de ajedrez parece haber hecho contribuciones notables a ninguna rama del conocimiento y, aún peor, considera que el ajedrez puede distraer del trabajo intelectual. Se apoya en el caso del gran sabio español Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), quien lo abandonó, ya que lo distraía de sus estudios neurocientíficos.

Da una lacerante definición del ajedrez ya que, al ser una manera agradable y pacífica de perder el tiempo, lo incluye en la categoría de “ciencias de juguete”. Pero, en ese rubro, incluye a otras actividades como ser: los estudios de los físicos teóricos que a su juicio juegan a la teoría de las cuerdas, sin que logren explicar ni predecir nada, postulando la existencia de algo que es incomprobable; la teoría de juegos que se emplea en estudios sociales, en la que se considera que el juego es simétrico (no tienen plena libertad de decisión) entre dos agentes, cuya suerte depende de los actos propios y los del otro; también se falla cuando se analizan las ganancias o pérdidas esperadas de los jugadores en eventos sociales (recuerda que quienes iniciaron las guerras mundiales, de hecho las perdieron), ya que los asuntos sociales son demasiado complicados para poder ser representados por la simple teoría de juegos.

Frente a tamañas críticas, y conste que en este caso Bunge no arremetió contra el psicoanálisis y la psicoterapia a los que duramente ha cuestionado en otros trabajos, al menos sobre el ajedrez finaliza diciendo:

“…es un entretenimiento interesante e inofensivo (…) ¿No basta esto para admitirlo? ¿Por qué pretender que es una ciencia y que forma geniales estrategas militares, comerciales o incluso científicos, cuando de hecho quita tiempo a la reflexión sobre problemas serios? ¿Y por qué, finalmente, pervertirlo convirtiéndolo en negocio?...”.

Una mente implacable la de Bunge, prestigioso epistemólogo de renombre internacional cuya postura, cualquiera sea, no puede ser ignorada. En La relación entre la sociología y la filosofía, uno de sus tantos libros, hará otra conexión en la que el juego aparece:

Los realistas sostienen que los hechos sociales son objetivos (…) Sostienen también que todas las ideas se construyen en lugar de encontrarlas (…) En resumen, no tiene que haber ninguna contradicción entre el ´teorema´ de Thomas y el realismo de Durkheim. Pero el primero sí contradice la tesis holista de Durkheim según la cual los hechos sociales acontecen por encima de los actores sociales: que somos simples peones en algún Tablero Superior de Ajedrez”.

Es un alivio que, al menos con esta referencia, dada por Bunge en un contexto en que estaba lejos de referirse específicamente al ajedrez, haya de alguna manera reivindicado nuestro juego, al pensar en la existencia de un “Tablero Superior” que lo pudiera contener.


Nota:
[1] Fuente: https://grupobunge.wordpress.com/2006/06/29/el-ajedrez-y-las-industrias-academicas/.

©ALS, 2021

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