El escritor H. G. Wells y su vínculo con un ajedrez sobre el que planteó reparos e imaginó una partida en el Cielo entre Dios y el diablo

Por Sergio Negri

Herbert George Wells (1866-1946), prolífico y prestigioso escritor británico del género de ciencia ficción del cual se lo considera, siguiendo los pasos del francés Julio Verne (1828-1905), un precursor, quien nos ha deleitado con La guerra de los mundos, La máquina del tiempo, El hombre invisible y tantos otros relatos, los cuales brillaron tanto en sus versiones literarias originales, como en las ulteriormente llevadas a los medios audiovisuales, en particular a la cinematografía.

Ya en el primero de ellos, una novela de 1897 tan recordada por la versión radiofónica de su casi tocayo, el norteamericano Orson Welles (1915-1985), el ajedrez aparece en el siguiente parlamento que se ubica en Kensington, Inglaterra, en donde interactúan dos personajes, que parecen querer dejar atrás las cuitas de la invasión marciana y entretenerse. Ocultos en un sótano, olvidándose por un tiempo de que la especie estaba en peligro cierto de desaparecer, volverán a los más terrenales placeres:

“Después me enseñó a jugar al póquer y le gané luego tres partidas de ajedrez. Al llegar la noche estábamos tan interesados, que decidimos correr el riesgo de encender una lámpara. Cenamos al cabo de una serie interminable de partidas y el artillero terminó con el champaña”.

Lo más relevante del vínculo de Wells con el juego se dará en 1897 cuando, en el marco de una colección más amplia titulada Certain Personal Matters (Ciertos asuntos personales), incluya el ensayo Concerning chess (Sobre el ajedrez), en donde planteará su mirada, por momentos nada edulcorada sobre un juego que evidentemente no le era indiferente. De hecho habrá de plantear desde su propio inicio que la pasión por este juego es una de las más inexplicables del mundo, siendo una bofetada a la teoría de la selección natural ya que:

“Es la más absorbente de las ocupaciones, la que menos satisface los deseos, es una excrecencia sin rumbo de la vida”.

Wells creía que el ajedrez podía incluso llegar a aniquilar a un hombre, destruyendo prometedoras carreras políticas o artísticas ya que, se planteaba, si todos se dedicaban a jugar al ajedrez, quiénes se habrían de ocupar de los asuntos del mundo, por lo que intuía que el juego era casi como un arma letal, advirtiendo lo siguiente:

“El puñal o la bomba son arcaicos, torpes y poco fiables, pero ¡Enséñale a él, inocúlale a él con el ajedrez!”.

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