Francesco Petrarca y su furibunda interpelación al ajedrez

Por Sergio Negri

Francesco Petrarca (1304-1374) fue uno de los grandes escritores italianos de la Edad Media, junto a Dante Alighieri y Giovanni Boccaccio quienes, como hemos visto en otros trabajos, tuvieron al ajedrez en sus respectivos mundos de experiencias literarias y, como era de esperar, de forma tan metafórica como amable.

Pero Petrarca recorrió otra cuerda, el de una furibunda interpelación al juego, dando quizás por inicio el vínculo de muchos otros hombres de letras que vieron en el ajedrez un motivo de queja, cuando no de desprecio.

Petrarca, como se sabe, estuvo caracterizado por un humanismo que fue exponente de una sociedad que pasaba del teocentrismo al antropocentrismo. Y, pese a que el ajedrez es un símbolo claro de la búsqueda del hombre de la belleza y la verdad, no tuvo precisamente simpatías por el milenario juego. El que de todos modos practicaba: se cree que lo aprendió en la corte papal de Avignon, una ciudad mundana y rica, en donde el ajedrez era un pasatiempo que se disfrutaba con cierta fruición.

En esa perspectiva el escritor se preguntó cómo era posible que se perdiera el tiempo con un juego al que consideraba muy aburrido, en el cual los adversarios se sentaban horas y horas, moviendo de vez en cuando la cabeza, como si se tratara de algo de suma importancia.

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