A 50 años del match Fischer vs. Petrosián, Buenos Aires, 1971

Por Horacio Olivera

Obedeciendo al atávico impulso de recordar con particular énfasis los aniversarios de números redondos, no se puede menos que hacer mención del quincuagésimo cumpleaños de un acontecimiento que tuvo en vilo a los ajedrecistas de todo el mundo y a los argentinos en particular, fueran jugadores de ajedrez o no.

El match Fischer versus Petrosián, jugado en el Teatro General San Martín, de Buenos Aires, en 1971 y concluido hace hoy exactamente cincuenta años, tuvo todos los condimentos para hacer de él un hecho tan memorable como el que, efectivamente, al fin resultó.

Se trataba, nada menos, que de la primera  final de un ciclo del Torneo Candidatura, en formato de matches individuales y auspiciado por la FIDE, en la que jugaría un ajedrecista no soviético. Y por si esto fuera poco, ese no soviético era un estadounidense, excéntrico y genial que,  en su arremetida final hacia el título de Campeón del Mundo, durante los dos últimos años venía aniquilando ajedrecísticamente a todo aquel que se le pusiera adelante. Y que, solo pocos meses atrás, había logrado victorias inéditas, por lo apabullantes, en los dos encuentros previos del mismo Candidatura, ante rivales de una enorme fuerza práctica como lo eran los Grandes Maestros de élite Taimánov y Larsen. Visibilizado, además, por una maquinaria mediática que vio en él a una figura no solamente rentable sino políticamente vendedora, Robert “Bobby” Fischer”, de veintiocho años, llegó como favorito a disputar las doce partidas que consagrarían al nuevo desafiante al título mundial, a la sazón en poder del ruso Boris Spaski.

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Rudolf Charousek, el genio malogrado

Por Horacio Olivera

Emanuel Lasker, campeón mundial de ajedrez durante veintisiete años, dijo cierta vez que “algún día jugaré un match por el campeonato mundial con este hombre”, refiriéndose al joven Rudolf Charousek, cuyo talento desbordante descolló en los tableros europeos allá por los últimos años del siglo XIX.

Hay que decir que Charousek fue genial. También que pudo haber sido un jugador de la elite mundial, para lo cual solamente le faltó el tiempo necesario para demostrar que no eran meras “casualidades” sus victorias en torneos de primera línea. O más aún, que tampoco resultaban casuales sus triunfos en juegos, casi siempre brillantes, ante jugadores de la talla de Maroczy, Chigorin y el mismísimo Lasker.

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Bent Larsen, el gran danés

Por Horacio Olivera

Nacido en Tilsted, Dinamarca, el 4 de Marzo de 1936, Jorgen Bent Larsen se inició tempranamente en el ajedrez. A los 15 años derrotaba a todos sus rivales en el club de ajedrez de su ciudad natal y a los 20, ya asentado en Copenhague, se consagró Campeón de Dinamarca, lauro que obtendría nuevamente en otras ocho ocasiones.

Cuando en 1956 jugó en las Olimpíadas de Moscú defendiendo el primer tablero de su país, quedó claro que ese simpático joven rubio de buenos modales y juego aguerrido, hasta allí Maestro Internacional, estaba destinado a formar parte de la historia grande del juego-ciencia.  Y es que allí, en la Meca del ajedrez mundial, Larsen no solamente logró su título de Gran Maestro, sino que además fue Medalla de Oro en el primer tablero, con un atronador score de 14 puntos sobre 18 posibles, habiendo incluso hecho tambalear al campeón mundial, pues el mismísimo Botvinnik debió esforzarse al máximo para alcanzar unas tablas en la partida que los enfrentó.

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Johannes Zukertort : la obsesión por llegar a la cima

Por Horacio Olivera

Polaco de origen, Johannes Zukertort fue médico de profesión. Pero además fue un hombre de enciclopédicos conocimientos y variadas habilidades, lo que incluyó una licenciatura en química, otra en psicología y el dominio de al menos nueve idiomas. También se destacó como esgrimista y tirador avezado y sirvió con honores en el ejército prusiano. En tanto ajedrecista de nota, Zukertort decía recordar las movidas de todas sus partidas, además de muchas otras pruebas de su memoria privilegiada.

Sin embargo, tal abundancia de atributos en una sola persona, ha hecho que, con el correr de los años muchas de sus pretendidas destrezas, sobre todo aquellas que adolecen de certidumbres documentales que las avalen, fueran puestas en duda por los historiadores.

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Rudolf Spielmann: un hombre sobre un viejo tablero

Por Horacio Olivera

El hombre que está encorvado ante el tablero de ajedrez supo del esplendor de la fama, el reconocimiento del público y la admiración de quienes fueron sus pares.

Ahora acaricia con nostalgia las piezas, acaso las únicas que supieron serle fieles en estos últimos años de amarguras y pobreza, de silencios y soledad.

El hombre tiene una mirada triste. Y mientras desplaza en sosegado transcurrir sus trebejos sobre los escaques ya borrosos, rememora los tiempos idos, la pasión por el juego, el leve escalofrío del fluir  de la adrenalina al comenzar cada partida.

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Gligorić, el ajedrecista partisano

Por Horacio Olivera

El término “partisano​” alude a los combatientes que, organizados como guerrillas, se oponen a un ejército invasor. Más concretamente, es habitual que se identifique con el mismo a aquellas milicias irregulares u organizaciones clandestinas que operaron en países ocupados por el nazismo en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.

En el por entonces llamado Reino de Yugoslavia, estos movimientos de resistencia a la ocupación, liderados por el famoso Josip Broz “Tito”, cobraron muchísima importancia promediando la guerra e incorporaron cientos y miles de miembros dispuestos a sacudirse el yugo opresor y hasta a dar la vida por la patria.

Hubo entre ellos un joven de veinte años con perfil de intelectual, algunos conocimientos de matemáticas y evidentes dotes para el juego del ajedrez, pues ya había ganado varios torneos de singular fuerza, entre los que destacaban sus tres triunfos en el Campeonato del Club de Ajedrez de Belgrado, el más fuerte de su país.

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Harry Nelson Pillsbury, un genio malogrado

Por Horacio Olivera

Si nos preguntáramos quienes fueron los tres mejores jugadores estadounidenses de todos los tiempos, sin duda dos nombres surgirían de inmediato en nuestras mentes: Paul Morphy, a mediados del siglo XIX, y Robert Fischer, durante el Siglo XX. Pero a caballo entre las dos centurias, hubo otro jugador, quizás no tan conocido como los dos genios que acabamos de nombrar, pero que  por propios merecimientos podría ocupar el tercer lugar…y tal vez aspirar a más!

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Víktor Korchnói, una vida para el ajedrez

Por Horacio Olivera

Víktor Lvovich Korchnói ha pasado a la historia no solamente por la extraordinaria calidad de su ajedrez y lo aguerrido y temerario de su estilo, sino por haber sido el primer Gran Maestro de élite en desertar de la Unión Soviética. Amado y odiado a partir de ese hecho, calificado de luchador emblemático por unos, y de traidor y apátrida por otros, los avatares de su vida personal no empañan en lo más mínimo las magníficas enseñanzas que legó a través de una larguísima y exitosa carrera en los tableros.

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Dante lloró

Por Horacio Olivera

A Aldo Badano

A Dante lo estremeció un grito desgarrador, de esos que parten de las entrañas. Un grito más, como tantos que había escuchado en las incontables horas de su permanencia en ese antro insalubre, donde el olor a bosta y a mugre y a orines apenas alcanzaba a tapar al de la carne quemada.

Trató de girar sobre el jergón extendido que le servía malamente de cama, pero el dolor se lo impidió. El dolor, en él, era uno solo, íntegro, desesperante. Tenía la cabeza aturdida por tanto golpe, la cara tumefacta, las costillas seguramente fisuradas, los genitales ardiendo impiadosos, las manos y los pies inflamados. El trapo, bolsa o lo que fuera que le tapaba la cabeza y no lo dejaba ver, apenas le permitía respirar y contribuía a una insoportable sensación de asfixia. Podía sentir sobre su lengua hinchada el sabor salino de su propia sangre.

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Un rival demasiado flojo

Un cuento de Horacio Olivera

El Doctor Max Euwe, excampeón mundial, gloria y leyenda del ajedrez, llegó temprano al aeropuerto de Zúrich. Le esperaba, lo sabía, un largo, agotador vuelo hasta la ciudad de San Pablo, en Brasil. Aunque en su carácter de ajedrecista de primer nivel estaba acostumbrado a viajar casi incesantemente desde su juventud, a medida que los años pasaban no le era ya tan sencillo soportar estoicamente prolongadas horas a bordo de los aviones. Si bien se encontraba retirado del juego activo desde hacía varios años, su calidad humana, conocimientos y don de gentes, habían hecho que se lo eligiera tiempo atrás como Presidente del máximo organismo regulador del ajedrez internacional: la FIDE. Las responsabilidades de su cargo, desde luego mayores que las de cualquier jugador, lo obligaban a menudo  a dirigirse a uno y otro lado del mundo. “A mi edad” pensaba “ya sería mejor salirme de toda esta vorágine”.

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