Alicia y el onírico ajedrez de Carroll llegan al cine (tercera y última parte)

Por Sergio Negri

Alice Liddell, la musa inspiradora de Carroll

Volviendo a la línea de tiempo que abandonamos al abordar el caso de Disney, tenemos la muy específica Alice Through the Look Glass, film dirigido en 1927 para Pathé, nombre de varias empresas francesas dedicadas a la industria del cine, por Walter Lang (1896-1972), presentado en los EEUU el 12 de febrero de 1928, un corto de algo más de 15 minutos de duración en el que se advierte plenamente las peripecias de la niña quien, desde el comienzo del relato, interactúa con el rey blanco montado en su caballo, quien le propone un camino al cabo del cual, al arribar al octavo cuadrado, habrá de transformarse en reina, y donde se dará ese extraño de momento “coronación” compartido con las otras dos reinas: la blanca y la roja. Al banquete final asistirán todos los personajes, los del mundo de las cartas (del País de las Maravillas) y los del ajedrez (los de detrás del espejo).

Alice Through the Looking-Glass, film de 1927

Poco después habrá sendas Alice in Wonderland, en 1931 y 1933 dirigidas, respectivamente, por Bud Pollard (1886-1952) y Norman McLeod (1898-1964). A aquella se la recuerda por el hecho de haber sido la primera adaptación sonora, anticipándose al centenario del nacimiento del escritor (que ocurrirá en 1932), registrándose el importante hecho de que a su festejo asistió Alice Liddell (1852-1934), la otrora niña que inspiró a Carroll para el icónico personaje de ficción. Pero allí el ajedrez está ausente.

Contrariamente, en la de McLeod el juego está muy bien ponderado, en el contexto de un elenco fastuoso con el inglés Cary Grant (1904-1986) y Gary Cooper (1901-1961),  y el protagónico de Charlotte Henry (1914-980).

El ajedrez aparece rápidamente en pantalla, ya en los créditos iniciales del film: a los 51 segundos se presenta, sobre una superficie escaqueada, a la reina blanca y a los  57 al sonriente rey blanco; y luego lo harán el rey y la reina de corazones (del universo de Alicia en el País de las Maravillas), la reina roja y el caballero blanco (que como el monarca de este color ya presentado antes pertenecen al universo de Detrás del espejo, y lo que Alicia encontró allí).

Con las imágenes en escena, ya en el minuto 4 se aprecia un juego de ajedrez en una sala en la que una aburrida Alicia está con su gato y una persona que la cuida, quien no le permite salir ya que está nevando. En el minuto siguiente la niña toma una pieza y comienza a dialogar con ella, para ser reconvenida ya que le dicen que no debe jugar con el ajedrez de su padre. En esa búsqueda de experiencias imagina que hay otra realidad detrás del espejo, el que se encargará de atravesar prontamente, para hallarse un mundo invertido y donde las cosas suceden de forma diversa.

Por ejemplo, sobre el minuto 12 se advierte que las piezas de ajedrez pueden adquirir vida propia y el llanto de una niña (peón real) reclamando por su madre (la reina blanca). Luego Alicia toma al rey y lo une a los otros en una escena delirante que llega al minuto 14, momento en que la niña buscará nuevas experiencias en un film en el que se mezclan ambos emblemáticos relatos de Carroll de los que Alicia fue protagonista.

Pero el ajedrez regresará a la aventura, y fuertemente, en el minuto 45 cuando Alicia, junto a la Reina Roja, ingresa a un predio de la campiña, cuyo piso tiene forma de damero a cuadros blancos y negros, momento en el cual su mentora le expresa: “…la vida es un tablero y tú eres un peón de la Reina”, indicándole que pasará inmediatamente a la cuarta fila. Y allí comenzarán nuevas peripecias que incluirán su encuentro con la Reina Blanca (hacia el minuto 54), con la conocida situación de que a la soberana le saldrá sangre de un dedo antes de pincharse; los encuentros con el rey blanco, con quien choca (minuto 60) y con el caballero de igual color (minuto 61), que será el que le indique a la niña el camino de coronación en reina (lo que sucederá en el minuto 68).

Las otras soberanas, las de color blanco y rojo, y hay que recordar que esa era la antinomia que concibió Carroll, en línea con la tradición de la Edad Media de su primera etapa cuando el juego ingresa a Europa (y no la de blancas y negras consagrada en etapa ulterior), le plantean a Alicia la necesidad de pasar un examen si quiere efectivamente ser considerada reina.

En el respectivo banquete de coronación  (comienza en el minuto 61, ya cerca del cierre del film) se verá a muchos de los personajes sentados a la mesa, entre ellos piezas de ajedrez, evidenciando que, como diría Borges,  “el ajedrez onírico de Carroll”, tuvo plena presencia de comienzo a fin en este fabuloso film.

Alice in Wonderland, film de 1933, en https://archive.org/details/AliceInWonderland1933.

De 1934 es el corto animado Betty in Blunderland, dirigido por el germano-norteamericano Dave Fleischer (1894-1979), inspirado también en Alicia, con la sumamente popular y efectiva Betty Boop, quien es la que tiene aventuras al internarse en un espejo, pero no serán de tono ajedrecístico (salvo por la lejana presencia de un piso con forma de damero).

Betty in Blunderland, cortometraje de 1934

En Francia en 1949 se estrena Alice au pays des merveilles, del director inglés Dallas Bower (1907-1999). Más allá del piso escaqueado de colores blanco y negro de la superficie donde cae Alicia hacia el minuto 15 del film, no existen otras referencias ajedrecísticas. 

Alice au pays des merveilles, film francés de 1949

De ese país, en versión muy libre, y necesariamente oscura teniendo en cuenta el perfil de su talentoso creador, Claude Chabrol (1930-2010), vemos un piso ajedrezado, hacia el minuto 43, en el film Alice ou la derniere fugue que se estrenó en 1977, el que regresará en forma más inquietante sobre el minuto 59 cuando la protagonista pase a un plano que se lo imagina paralelo (¿estará en el limbo?), en donde lo único certero es el piso blanquinegro, por el cual se arrastra, buscando su escapatoria, la que consigue (o al menos eso es lo que ella en principio cree).

Escena de Alice ou la derniere fugue del director galo Claude Chabrol

En la aún URSS, en 1982 se presenta Alisa v Zazerkale, un corto dirigido por el ucraniano Efrem Pruzhanskiy (nacido en 1930), basado en la Alicia que atravesó el espejo (tiene otro trabajo anterior sobre la Alicia en el País de las Maravillas), en donde el ajedrez desde luego es protagonista y tiene permanente presencia en este interesante film de algo más de 30 minutos de duración que sigue muy fielmente la narrativa original del autor inglés.

Alisa v Zazerkale, cortometraje ruso de 1982

No faltarán escenas que incluyan al ajedrez en la película musical y fantástica de origen belga- polaca Alicja de 1982, de Jacek Bromski (nacido en 1946) y Jerzy Gruza (1932-2020), conforme lo que se visualiza sobre el minuto 31, con trampas de los jugadores recíprocas incluidas y una joven que interviene en partida ajena.

La película polaca Alicja de 1982

Y, con mayor propiedad aún, en la producción australiana llevada directamente al vídeo en 1987 Alice Through the Looking Glass dirigida por el esloveno-italiano Andrea Bresciani (1923-2006) y el polaco Richard Slapczynski (nacido en 1936) en la que, desde el minuto 11 del film de animación, se la ve a Alicia comenzar sus aventuras por sobre el tablero de ajedrez natural a escala humana; aquí todo remite al juego, el piso en damero del palacio, el trono con el rey y la reina y el avance de la niña como peón, hasta convertirse en reina (hacia el minuto ¡64!, cuando exige ser coronada tras haber vencido en el juego), con todas las aventuras posibles asociadas en el devenir del relato en una muy fiel recreación del libro original.

Alice Through the Looking Glass, producción australiana de 1987

Las versiones fílmicas de Alicia de Carroll, y su vínculo con el ajedrez, se suceden en todo tiempo y en diversas geografías. Y así seguramente seguirá ocurriendo. Tal el íntimo vínculo del juego con la obra del eterno autor inglés. No es el propósito de este estudio incursionar exhaustivamente en la aparición del ajedrez vinculado al personaje del autor inglés en producciones televisivas.

Baste decir que ese camino es arduo y muy fructífero, yendo desde la Alicia detrás del espejo en producción norteamericana de 1966 dirigida por Alan Handley (1912-1990), y con el actor mexicano Ricardo Montalbán (1920-2009) en el personaje del rey blanco, en donde el juego se lo ve desde el primer instante y tendrá perenne presencia,

Alice Through the Looking Glass, producción norteamericana de 1966

Lo propio sucederá con la versión inglesa de 1973 de la prestigiosa BBC bajo la dirección del escocés James MacTaggart (1928-1974), que termina con un hermoso poema formando un acróstico con las letras del nombre de la musa inspiradora de Carroll: Alice Pleasance Liddell.

Alice Through the Looking Glass, producción de la BBC de Londres de 1973

En esta recorrida digamos por último que el reconocido coreógrafo Emile Ardolino (1943-1993) tuvo el privilegio de dirigir en 1982 nada menos que a Meryl Streep (nacida en 1949) en una comedia musical titulada Alice at the Palace en la que la gran actriz, algo forzadamente, teniendo en cuenta la diferencia de edad, hizo de la niña (¡pero su talento todo lo puede!).

La ganadora de tres Premios Oscars y merecedora de veintiuna nominaciones, bailará y cantará sobre un tablero de ajedrez en el film hacia el minuto 48 (en tren de lucha con otro personaje) y, de nuevo, hacia el minuto 60 (ahora contenta por haber sido investida en calidad de reina). Por supuesto sobre el final (minuto 70), se la verá cuando la coronan, en un espacio siempre con ese piso ajedrezado a grandes cuadros negros y blancos, durmiéndose en el trono y, desde luego, regresando, ya como niña, despertando del sueño, a su realidad cotidiana.

Meryl Sreep como Alicia en producción de 1982

Otra taxonomía que se podría intentar recorrer, es la de relatos fílmicos que, sin ser representaciones directamente vinculadas a la Alicia de Carroll, se inspiraron, en mayor o menor medida, en esa idea de ingresar a un mundo de la imaginación a partir del recurso del uso del espejo.

Y, para dar solo un ejemplo de ese mundo que está aún por descubrir, baste comentar un caso que nos resulta del todo notable. Cuando en en 1957 el gran Marcel Duchamp (1887-1968), junto a su compatriota y gran poeta y escritor Jean Cocteau (1889-1963) y al alemán Hans Richter (1888-1976), presenten en los EE. UU. el film experimental 8 X 8: A Chess Sonata in 8 Movements, con un prodigioso elenco de artistas integrado por el artista local Man Ray (1890-1976) y su compatriota el novelista Paul Bowles (1910-1999), el hombre de la cultura alemán integral Max Ernst (1891-1976) y el compositor musical francés Darius Milhaud (1892-1974), entre otros; desde su propio comienzo se manifiesta que está inspirado en el espejo que a Carroll hace 100 años le sirvió para “estimular la imaginación”.

A manera de cierre:

Alicia, Carroll y el ajedrez en literatura; y también en cine. Podría intentar registrarse, seguramente en forma infructuosa, todas las apariciones de la niña o los personajes que se inspiraron en ella en los respectivos mundos literario y audiovisual. O complementarse la mirada ahondando en lo sucedido en la materia en teatro, televisión, videojuegos, y en cualquier otro lenguaje cultural.

Pero, a la hora de culminar con nuestro trabajo sobre el vínculo de este icónico personaje de Carroll con la cinematografía (en otro trabajo procuramos hacer lo propio en lo que respecta a las letras), abandonemos esas inquietudes de compilación universal que necesariamente son vanas, dada la potencia de un personaje que una y otra vez será registrado desde ámbitos culturales, para quedarnos con aquel concepto claro, simple y esencial de Borges, ese que consagró la existencia de un “ajedrez onírico de Carroll”.

Una idea muy persuasiva que, en una segunda capa de lectura, nos invita a pensar que, detrás del espejo, y con el ajedrez como auxilio, se pueden cumplir todos los sueños y tal vez se puedan sublimar todas las pesadillas. Un espejo que, como el ajedrez, permite abrazar las ideas de infinito y de eternidad. Ese sueño de Alicia, en ese sentido, es la comprobación onírica de que siempre podemos acometer nuevas aventuras y soñar con lo imposible…

Notas relacionadas:

Alicia y el onírico ajedrez de Carroll llegan al cine (primera parte). Por Sergio Negri. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/08/alicia-y-el-onirico-ajedrez-de-carroll-llegan-al-cine-primera-parte-por-sergio-negri/.

Alicia y el onírico ajedrez de Carroll llegan al cine (segunda parte). Por Sergio Negri. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/15/alicia-y-el-onirico-ajedrez-de-carroll-llegan-al-cine-segunda-parte-por-sergio-negri/.

Abelardo Castillo, el ajedrecista-escritor

Por Sergio Negri

Abelardo Castillo nació en 1935 en la ciudad de Buenos Aires, aunque es un sampedrino por adopción. Sus días acabaron muy recientemente, el 2 de mayo de 2017. Pero tanto se lo recuerda…

Se lo podría considerar heredero literario de su compatriota Jorge Luis Borges (1899-1986) y del norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), dos escritores que repararon en el ajedrez con fruición. Y también tributa al existencialismo del francés Jean-Paul Sartre (1905-1980), otro reconocible amante del juego. Su salto al conocimiento del mundo de las letras se da cuando gana un Premio Literario en 1959 en el que tuvo como jurado precisamente a Borges; y también a Adolfo Bioy Casares (1914-1999).

Su vínculo con el ajedrez proviene de la infancia. Así lo recuerda el propio escritor:

El ajedrez apareció en la niñez; sino aparece en la niñez no aparece nunca. Tendría ocho o diez años cuando empecé a mover las piezas. Después dejé de jugar porque me insumía mucho tiempo, a los dieciocho años. Cuando se hizo el Mundial Juvenil de ajedrez, yo me clasifiqué en mi zona, para el que ganó (Oscar) Panno, y ahí decidí que no jugaba más. Muchos años después volví a jugar porque me tentaron mis amigos de San Pedro, y ahí decidí que tenía que ganar el torneo mayor de San Pedro. Era una especie de berretín que me había quedado de la adolescencia. Lo gané y seguí jugando algunos torneos, y también un día dejé porque se transforma en lo esencial. Freud, por ejemplo, que era un muy buen ajedrecista, dijo que tenía que abandonar el ajedrez porque de lo contrario no iba a hacer nunca nada de su vida. Es el más hermoso de todos los juegos” (Fuente: Ocho décadas de Abelardo Castillo, en Revista Crítica: http://revistacitrica.com/ocho-decadas-de-abelardo-castillo.html).

En 1963 publica su obra de teatro Israfel (el ángel que en la cultura árabe es el que toca la trompeta anunciando el juicio final), dedicada a Poe. Allí menciona al ajedrez de Maezel, en la primera de sus citas literarias vinculadas al juego, ese mismo que le sirvió al del norte como fuente de inspiración de su trabajo de 1835 El jugador de ajedrez de Mäezel donde desentraña la etiología de El Turco y, de paso, comienza su furibunda diatriba hacia el ajedrez.

En 1989 produce su ensayo Las palabras y los días en el cual le dedica todo un capítulo llamado precisamente El ajedrez, en el cual analiza varias de las teorías sobre su origen, asumiendo como base la tesis indiana, dejando en un segundo plano a la que pone el acento en China, y poniendo énfasis en otras, que van de la egipcia (aludiendo al dios que inventó los números, la astronomía, la escritura y, en esa mitología, al ajedrez)  a la extraterrestre.

En ese contexto menciona la hermosa frase del autor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), esa que dice:

Este juego pertenece a todos los pueblos y a todas las épocas y nadie puede saber de él qué divinidad lo regaló a la Tierra para matar el tedio, aguzar el espíritu y estimular el alma”.

Llega a conjetura Castillo que, por su antigüedad, el ajedrez puede ser considerado casi adámico, y abunda:

“… el ajedrez sería muy anterior a la guerra de Troya, muy anterior al cruce del Mar Rojo, a los patriarcas, a los más antiguos documentos literarios de la humanidad, a la edificación de las pirámides, e incluso a la invención misma del mundo, el cual, si le creemos al célebre James Ussher, arzobispo de la Iglesia Anglicana, fue creado por Dios el 22 de octubre del año 4.004 antes de Cristo, a las ocho de la tarde”.

A continuación el autor lista personalidades, de aquí y de allá, que lo practicaron. Retoma el argumento de Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964) en el sentido de que la Argentina tuvo una escuela nacional, aún antes de la generación de 1939, al ser un pueblo de autodidactas. Lo compara con lo que sucede en literatura. Y dice que hay más proporción de buenos ajedrecistas en el país que cantantes de tango.  

Se refiere asimismo al rol de las mujeres, que a su juicio odian el juego, o más bien al juego que distrae a sus hombres, para de inmediato valorar todas las leyendas que la tienen de protagonista, la de Lanka, la de la madre dolorosa, la de Kaissa, la de Dilarám, y su mención recurrente en el libro de Alfonso X (1221-1284).

En tren de anticipación imagina, ¡y era la década del 60!, que las computadoras “agotarán fatalmente la combinatoria” del ajedrez. Recuerda lo dicho por Poe en cuanto a que si una de ellas se desarrolla lo suficiente y le gana a un hombre, bastará con que siempre juegue igual, venciendo siempre el artefacto. Pero plantea, aunque lamentablemente no le hicieran caso, que ese proceso no es necesario que se desarrolle. Se pregunta: ¿Para qué se lo haría? Y se plantea otro interrogante de que, si ello aconteciera (y estos razonamientos son por supuesto previos al triunfo de Deep Blue sobre Gary Kaspárov (nacido en 1963) y del implacable avance del mundo cibernético en su poderío ajedrecístico), en el sentido de ¿Qué sucede si juegan dos computadoras perfectas? Adelanta que, en ese supuesto, todo se definirá bastando que se haga una jugada. Aunque no anticipa cuál sería el resultado.

Podríamos, siguiendo la hipótesis planteada por el maestro, barruntar varias posibilidades. Que gana el blanco por la ventaja de salida, lo que en principio puede parecer convincente. O que es tablas porque es imposible de romper el equilibrio ante la mínima ventaja que daría el hecho de tener la salida. Pero podría romperse esa dialéctica si concebimos un rumbo diferente (y algo inquietante): se impondrán las negras ya que, el momento inicial comporta una posición de zugzwang, vale decir que haga lo que haga el conductor de las piezas blancas siempre caerá derrotado ya que todas las opciones le son adversas.

Castillo reproduce en este trabajo los argumentos del astrofísico británico Arthur Eddington (1882-1944) en el sentido de que “el ágil electrón nos recuerda el caballo del ajedrez” y la visión de su compatriota, el matemático Godfrey H. Hardy (1877-1947) en cuanto a las posibilidades casi infinitas del ajedrez ya que imagina al Universo entero como “un tablero de ajedrez y a a todos sus protones como piezas de este juego cósmico” y, al hacerlo, agrega que “si convenimos en llamar jugada a cualquier intercambio en la posición de dos protones, entonces el número total de jugadas posibles es el número diez a la décima a la décima, a la trigésimo cuarta potencias“, un número tan grandioso al que, muy misteriosamente, denomina “número de Skewwes“.

El autor argentino culmina su visión del ajedrez con una historia que es una leyenda del todo conocida: aquella que asocial el “descubrimiento” de América al ajedrez por el episodio de los Reyes Católicos de España por el cual Isabel I de Castilla (1451-1504) le sugiere a Fernando II de Aragón (1452-1516) la forma de ganar una partida de ajedrez, contexto en el cual se habría dado definitiva aprobación al plan de navegación de Cristóbal Colón (1451-1506) enfilando a las aguas del oeste.

En su libro de relatos de 1992 titulado Las maquinarias de la noche , se incluye su cuento La cuestión de la dama en el Max Lange el cual, desde el propio título, alude claramente al ajedrez, habida cuenta de que ese nombre se refiere a un Ataque, que remite a un jugador alemán de igual nombre (1832-1899), que concibió una Apertura que se da tras los siguientes movimientos: 1.e4 e5 2.Cf3 Cc6 3.Ac4 Cf6 4.d4 exd4 5.O–O Ac5 6.e5.

La trama va de un ajedrecista que, al comprobar la infidelidad de su esposa, decide matarla, por lo que necesitará construir una coartada, la que hallará en principio al aprovecharse del hecho de que estaba disputando un torneo de ajedrez y, ausentándose en cierto momento, podría cometer el crimen. Pero para no perder el juego debía plantear a su rival una aguda posición que lo haga pensar largamente (y en ese ínterin el marido-asesino podría momentáneamente ausentarse del club), situación de complejidad ajedrecística que bien podría lograr con la mentada Variante Max Lange.

Esta historia tiene algunas reminiscencias a la primera novela policial argentina, El enigma de la calle Arcos, que es de la década del 30 y de autoría de un ignoto Sauli Lostal (sin datos de filiación, máxime teniendo en cuanta que se trataría de un seudónimo) trabajo que, casi con seguridad en forma equivocada, alguna vez se le atribuyó a Borges. Nos preguntamos si Abelardo Castillo se inspiró en ella.


Abelardo Castillo

Castillo , en su pasión por el juego, llegó en cierto momento a creer que una sub-variante que se introduce en el relato (que comienza con un peón blanco que se mueve a g4) era de su propia autoría. Pero luego comprobará que el excampeón del mundo Emanuel Lasker (1868-1941) ya la había analizado en un libro de fines del siglo XIX 1896, y que su antecesor, Wilhelm Steinitz (1836-1900), la había jugado en una partida en 1860. De hecho el momento culminante del relato sigue puntualmente, hasta la jugada 13 de las blancas, la partida que este disputó contra Philipp Meitner (1839-1910) en el torneo de Viena de 1860.

Comienza el cuento de este modo:

“El hombre que está subiendo por la escalera en la oscuridad no es corpulento, no tiene ojos fríos ni grises, no lleva ningún arma en el bolsillo del piloto, ni siquiera lleva piloto. Va a cometer un asesinato pero todavía no lo sabe. Es profesor secundario de Matemática, está en su propia casa, acaba de llegar del Círculo de Ajedrez y, por el momento, sólo le preocupa una cosa en el mundo. Qué pasa si, en el ataque Max Lange, las blancas trasponen un movimiento y, en la jugada once, avanzan directamente el peón a 4CR. ¿Adónde va la dama? En efecto, ¿cómo acosar a esa dama e impedir el enroque largo de las piezas negras? Debo decir que nunca resolvió satisfactoriamente ese problema; también debo decir que aquel hombre era yo”.

Max Lange

La variante Berger del Ataque Max Lange, efectivamente contempla esa posibilidad. A las jugadas indicadas anteriormente, se suceden las siguientes: 6…d5 7 exf6 dxc4 8 Te1+ Ae6 9 Cg5 Dd5 10 Cc3 Df5 11 g4 Dg6 12 Cce4 Ab6 13 f4 0-0-0. Como se verá, pese al acoso de la dama, en esta secuencia las negras logran enrocar largo, como parecía pretender evitar el protagonista del relato.

En los estudios previos que el ajedrecista fue formulando, se pregunta: “¿Adónde va la dama? Cualquier jugador de ajedrez sabe que muchas veces se analiza con más claridad una posición si no se tienen las piezas delante. Me levanté y fui hacia su secretaire. Estaba sin llave. Lo abrí mecánicamente y encontré el borrador de la carta”. Y esa carta era el indicio claro de una indeseada infidelidad. La que se propuso redimir de la peor forma posible.

Comienzan las analogías: ¿Qué era más importante de saber? ¿Dónde había ido la dama real que compartía la vida del caballero? ¿O dónde había ido la dama en tanto trebejo cuando fue acosada en el marco del Ataque Max Lange? Como siempre, un ajedrecista podía solapar el juego con la realidad. Y en ajedrez, ya lo sabemos, por más que la dama es muy importante, puede ser objeto de sacrificio.

El protagonista, al leer la misiva, llega a la cruel conclusión de que los diez años compartidos lo habían sido con una desconocida, alguien que no dudaba en dejar un encendido mensaje que tenía como destinatario otro hombre. Por eso pensó de nuevo en clave ajedrecística, nuestro profesor de matemáticas, antes de decidir vengarse: “… (¿adónde acorralar a la dama?) quién y cómo podía ser el hombre capaz de desatar aquel demonio, encadenado hasta hoy, por mí, a la vulgaridad de una vida de pueblo como la nuestra”.

Guardando el papel comprometedor en el bolsillo, no dudó en seguir analizando el Ataque Max Lange, llegando a la conclusión de que el avance del peón era perfectamente jugable ya que: “… la dama negra sólo tenía dos movidas razonables: tomar el peón blanco en seis alfil o retirarse a tres caballo. La primera me permitía sacrificar una torre en seis rey; la segunda requería un análisis más paciente. Cuando me quise acordar, había vuelto al dormitorio y había dejado el papel en el mismo lugar donde lo encontré. La idea, completa y perfecta, nació en ese momento: la idea de matar a Laura. Esto, supongo, es lo que los artistas llaman inspiración”.

Tras una hora de análisis de la variante, y del simultáneo perfeccionamiento del plan de venganza en una segunda capa de su pensamiento, aparece Laura, su esposa.  Sin muestra de contrariedad alguna, el marido la invita a comer afuera. La corteja. La seduce. Es que el plan de venganza, para que sea perfecto, incluía una nueva etapa: lograr que ella volviera a enamorarse del marido.

Mientras lo hacía, investigó los detalles del amante y, al mismo tiempo, ¿con igual pasión y detenimiento?, seguiría analizando el Ataque Max Lange evitando cuidadosamente por ahora jugar 11. g4 en sus partidas amistosas en el Círculo de Ajedrez de su ciudad, la de Ramallo, provincia de Buenos Aires, para reservarla para el momento propicio.

Aprovecharía entonces su encuentro con el ingeniero Gontrán, a quien debía enfrentar en un match por el campeonato del club, para llevar a la práctica esa Variante y, en ese contexto, su simultánea intención vindicativa. A él le presentaría el resultado de sus estudios del ataque Max Lange. Lo sorprendería. Lo obligaría a reflexionar. Largamente. Así tendría el tiempo suficiente para ausentarse y cometer su crimen.

Es que: “Hay un momento de la partida en que casi todo ajedrecista se detiene a pensar mucho tiempo. El ingeniero Gontrán era exactamente el tipo de jugador capaz de ponerse a meditar cincuenta minutos o una hora un determinado movimiento de la apertura. Lo único que a mí me hacía falta eran esos minutos. Casi una hora de tiempo, un jueves a la tarde: cualquiera de los seis jueves en que yo llevaría las piezas blancas. Claro que esto exigía saber de antemano en qué jugada exacta se pondría a pensar. También exigía saber que justamente los jueves yo jugaría con blancas, cosa que al principio me alarmó, pero fue un problema mínimo”.

Se trataba de un match a doce partidas. Los lunes jugaría con negras. Los jueves con blancas. En alguno de esos seis jueves podría intentar el Ataque Max Lange. Castillo da detalles ajedrecísticos muy puntuales de las partidas, dando muestras de su específico conocimiento. La primera fue una Indobenoni en la cual: “En la jugada quince de esta primera partida hice un experimento de carácter extra ajedrecístico: elegí casi sin pensar una variante poco usual y me puse de pie, como el que sabe perfectamente lo que ha hecho. Oí un murmullo a mi alrededor y vi que el ingeniero se arreglaba inquieto el cuello de la camisa. Todos los jugadores hacen cosas así. “Ahora va a pensar”, me dije. “Va a pensar bastante.” A los cinco minutos abandoné la sala de juego, tomé un café en el bar, salí a la vereda. Hasta hice una pequeña recorrida imaginaria en mi auto, en dirección al río. Veinticinco minutos más tarde volví a entrar en la sala de juego. Sucedía precisamente lo que había calculado. Gontrán no sólo continuaba pensando sino que ni él ni nadie había reparado en mi ausencia. Eso es exactamente un lugar donde se juega al ajedrez: la abstracción total de los cuerpos. Yo había desaparecido durante casi media hora, y veinte personas hubieran jurado que estuve todo el tiempo allí, jugando al ajedrez. Contaba, incluso, con otro hecho a mi favor: Gontrán podría haber jugado en mi ausencia sin preocuparse, ni mucho menos, por avisarme: nadie se hubiera preocupado en absoluto. El reloj de la mesa de ajedrez, el que marcaba mi tiempo, eso era yo. Podía haber ido al baño, podía haberme muerto: mientras el reloj marchara, el orden abstracto del límpido mundo del ajedrez y sus leyes no se rompería. No sé si hace falta decir que este juego es bastante más hermoso que la vida”.

El personaje central, evidentemente reflejando el sentimiento del propio autor, considera al ajedrez como un juego más hermoso que la vida. Además describe cómo se fue maquinando en su cabeza una trama doble: la que habrá de reflejarse en la propia partida y, lo que es más importante, lo que debía suceder más allá de ella. La venganza estaba en marcha. Los sucesos se irían precipitando.

La primera partida, jugada en martes, quedó suspendida en posición inferior del profesor. Y  cayó derrotado. El jueves siguiente jugó su primer e4 (en el libro se usa el lenguaje descriptivo por lo que se consigna P4R). Pero Gontrán respondió en el acto con una Defensa Francesa. El Ataque Max Lange debería esperar.

Más detalles ajedrecísticos que se dan: “Cosa notable: en la jugada doce (jugué un ataque Keres), fui yo quien pensó sesenta y dos minutos. Cuando jugué, me di cuenta de que Gontrán se había levantado de la mesa en algún momento. Sesenta y dos minutos. Cuando el ingeniero reapareció en mi mundo podía venir de matar a toda su familia y yo hubiera jurado que no había abandonado su silla. Era otra buena comprobación, pero no me distrajo. Puse toda mi concentración en la partida hasta que conseguí una posición tan favorable que se podía ganar a ciegas. En ese momento, ofrecí tablas. Hubo un murmullo, Gontrán aceptó. Yo aduje más tarde que me dolía la cabeza y que temía arruinar la partida. Había conseguido dos cosas: seguir un punto atrás y hacer que mi rival desconfiara de su Defensa Francesa. Esto le daría ánimos para arriesgarse, por fin, a entrar en el Max Lange”.

El lunes siguiente se volvió a jugar un Peón Dama y el profesor no insistió con la Indobenoni. Era un metamensaje: “Esto significaba: No hay ninguna razón, mi querido ingeniero, para probar variantes inseguras, carezcamos de orgullo, intentemos nuevas aperturas. Significaba: Si yo no insisto, usted está libre para hacer lo mismo”. La partida terminó en tablas. Y así transcurrieron siete partidas.

Se aproximaba el momento decisivo, ese en el que el Ataque Max Lange habría de aparecer, cuando la dama negra dentro del tablero sería acosada y en el que Laura moriría. Entonces: “Jugué mi peón de caballo rey a la cuarta casilla no porque quisiera matarla sino porque, aún hoy, pienso que ésa es la mejor jugada en semejante posición. Casi con tristeza me puse de pie. No me detuve a verificar si Gontrán esperaba o no esa jugada. Unos minutos después había llegado a la casa junto al río…”.

Su esposa, sabiendo que su marido estaba entretenido, tenía su deseada compañía. El ajedrecista irrumpe inopinadamente, le pide a ella que se fuera al cuarto, encañona con un arma al amante y, como parte de su plan, le exige a este que matara a la mujer con otro revólver. El ajedrecista, luego de que ello sucediera, habría de tener la coartada perfecta. Estaba jugando en ese momento su match de ajedrez. Estaba aplicando el Ataque Max Lange. Sobre el tablero. Estaba haciendo, a su entender, justicia. Fuera de él.

Laura, como la reina negra de la partida, en vez de retirarse en busca de protección, había imprudentemente avanzado a una casilla en la que quedaba desprotegida. Y así se dieron las cosas. Cuando el profesor regresa al club, ¿luego de ejecutar un plan de venganza personal? O, mejor, ¿luego de simplemente aplicar en el ámbito de la vida una secuencia de juego que se estaba dando en el tablero?, observa que: “Gontrán, en el Círculo, seguía pensando. Habían pasado treinta y siete minutos. Gontrán pensó diez minutos más y jugó la peor. Tomó el peón de seis alfil con la dama, y yo, sin sentarme siquiera, moví el caballo a cinco dama y cuando él se retiró a uno dama sacrifiqué mi torre. La partida no tiene gran importancia teórica porque, como suele ocurrir en estos casos, el ingeniero, al ir poniéndose nervioso, comenzó a ver fantasmas y jugó las peores. En la jugada treinta y cinco detuvo el reloj y me dio la mano con disgusto, no sin decir:/–Esa variante no puede ser correcta./–Podemos intentarla alguna otra vez –dije yo./A las tres de la mañana llamé a la policía. No hay mucho que agregar. Salvo, quizá, que Gontrán no volvió a entrar en el Max Lange, que el match terminó empatado y el título quedó en sus manos por ser él quien lo defendía. De todos modos, ya no juego al ajedrez. A veces, por la noche, me distraigo un poco analizando las consecuencias de la retirada de la dama a tres caballo, que me parece lo mejor para las negras”.

Este relato fue llevado a la pantalla en el 2003 por el cineasta Juan José Jusid (nacido en 1941), con las actuaciones de los reconocidos actores Luis Luque (nacido en 1956) y Andrea Bonelli (nacida en 1966), bajo el título La cuestión de la dama, producido por el INCAA (organismo oficial de la cinematografía argentina).

Como en toda adaptación del mundo del ajedrez a la pantalla, los ajedrecistas podemos sentirnos que no se representan debidamente algunas cuestiones. En este caso, se da un vertiginoso juego en las primeras movidas (casi como si se tratara de un encuentro bajo la modalidad rápida), contrariando el propio tempo sugerido por Castillo en el cuento, Además, , el hecho de que en un club de pueblo haya tantos espectadores es algo desacertada; y lo propio la situación en la que el protagonista hace algunas jugadas de pie (lo que, siendo factible, siempre se evita ya que se lo considera irrespetuoso). Pero, obviamente, la trama es seguida con mucha hidalguía, la factura técnica del film es impecable y las actuaciones son excelentes. En definitiva, un texto literario tan potente halló debido correlato en el mediometraje de Jusid.

La cuestión de la dama en el ataque Max Lange, film de Jusid de 2003

En Historia para un tal Gadio, Abelardo presenta la búsqueda desesperada del asesino del hermano de su protagonista, en un trágico día de Carnaval, la cual es presentada  como “un ajedrez lento, inexorable y exacto”. Es que se trataba de un juego en procura de “dar con un hombre, matarlo y vengar a otro hombre muerto”. El mandato de la sangre lo conducía a un terreno que, sólo en una aparente mirada, podría ser considerado como escabroso. Y que no habría de cometer ya que, al observar el rostro del asesino de su hermano, en esos corsos de Boedo: “supo que ese pobre infeliz tampoco tenía la culpa de nada”. ¿Partida inconclusa, entonces? Sólo tal vez.

En Week End, otro de sus relatos, que aparece en El cruce del Aqueronte, publicado en 1982, hace transcurrir la trama en su amada ciudad de San Pedro y, sólo como una aparente curiosidad, uno de los personajes centrales se llama justamente Castillo (evidente alter ego del autor), quien estaba conociendo a una muchacha de pelo claro y ojos pardos, cuyo nombre era Silvia; en este caso habría que suponer que ese nombre es una alusión a Sylvia Iparraguirre (nacida en 1947), su compañera de siempre y, por cierto, una gran escritora.

Sylvia Iparraguirre y Abelardo Castillo

Además de estas citas de tono implícitamente autobiográficas, la de las personas y la del ámbito en que transcurre la acción, puede sumarse otra más, su querido ajedrez, el que aparece en el siguiente parlamento: “En el salón del club se estaba más protegido. Dos chicos jugaban al ajedrez…”. El cantinero que atendía en su bar, era motivo de conversación ya que, se decía, era raro de chico, dado que: “Cantaba, lo alarmaban las gaviotas y jugaba al ajedrez”.

La escena continúa con el coqueteo de esa pareja, que eran acompañados por otra de personas ya casadas que, de alguna manera, ofician de celestinos. A todos ellos, en cierto momento, se los aprecia concentrados en la observación de un tablero del juego. En esa circunstancia surge que el amigo de Castillo reconoce que: “no sabía jugar al ajedrez”, evidentemente diferenciándose del personaje que le sirvió de inspiración en el tema. Aquél le empieza a explicar: “El rey va siempre en casilla de color contrario…”, aludiendo desde luego a la disposición de las piezas que se presenta al comienzo de la brega.

Empieza entonces la partida, con el peón rey arribando a la cuarta casilla, las jugadas transcurren, respondiendo el negro e5 y sigue 2. Cf3 Cc6; 3. Ac4 d6 y, en vez de la más fuerte 4. Cg5, se opta por Cc3, a lo que se respondió Ab4 (Castillo siempre usa el lenguaje de notación descriptivo en vez del algebraico consignado)

Mientras ello sucede, conversan muy sugestivamente sobre que “algo” (y no alguien, como cabría esperar) se habría vuelto loco. Los hombres, abstraídos más en la conversación tal vez que en el juego, notan ese enigmático “algo”. En la prosecución del juego Castillo, en tono de evidente artimaña, hace 5. d4, por lo que su rival toma el peón con el caballo, en vez de con el peón, lo que es sólo aparentemente ventajoso para su rival. De inmediato las blancas capturan el peón negro de e5, a pesar de la clavada del alfil, por lo que Barbieri, nombre del conductor de las negras, le dirá a su amigo, algo condescendiente: “Perdés la reina”. Pero, evidentemente, el Castillo del relato, sabe de ajedrez mucho más que su adversario, habría que creer que tanto como el Castillo que escribe. No está distraído quien ejerce las piezas blancas, muy por el contrario.

Tras el error definitivo que cometen las negras, que inocentemente proceden a capturar la dama de d1 con el alfil de g4, de inmediato con su propio alfil, ubicado en c4, las blancas capturan el peón de f7 y, contra la única respuesta del negro, que debe mover su rey a e7, le asestará mate desplazando el caballo a d5, en una posición que es típica para los entendidos, pero no así para los aficionados. Barbieri, que se adscribía a esa categoría de sólo apenas iniciado, opinará que fue víctima de “una celada inescrupulosa”, lo que es desmentido por Castillo diciendo: “No es una celada. Es un legado”. Un juego de palabras que rápidamente se encargará de aclarar ya que esa secuencia de movidas apareció, originalmente, en un encuentro del ajedrecista francés François Antoine de Legall de Kermeur (1702–1792), por lo que estábamos en presencia, como dice el escritor, de “un legado de Legal”.

El vencedor de la partida se entusiasma y, señalando las piezas inmóviles sobre el tablero, dice: “¿Te imaginás? (…) un hombre legando esto. Cómo le llamarías a esto, una idea, una fórmula. Qué es. Qué sentido tiene para alguien que no sepa el código”. El conocimiento del ajedrez en tanto código. Simplemente, una definición notable.

Cuando la mujer le pregunta a Barbieri sobre el resultado del encuentro éste, dando un rodeo, responderá: “Nadie sabe (…) La partida aparente ocurrió, de algún modo, pero nadie sabe qué significan esos movimientos allá arriba. Yo no me dejo impresionar por la vida real”. A lo que la dama, muy intuitiva por cierto, y nada complaciente, le replicará contundentemente: “O sea que perdiste”.

Ese matrimonio, a lo largo de ese fin de semana retratado en Week End, de alguna manera fue una fuente de inspiración de los jóvenes. Al cabo del relato se verá un ligero avance en ese camino, desde que un “hombre llamado Castillo apretó suavemente la mano de la muchacha”. Había nacido el amor. El Castillo escritor, parece en este cuento querer alumbrarnos, no sobre el momento exacto en que conoció en la realidad a la también escritora Sylvia Iparraguirre (lo que ocurrió en el Café Tortoni de la ciudad de Buenos Aires en 1969) sino, quizás, más metafóricamente, cómo le hubiese preferido abordar el enamoramiento con quien, ya se sabe, formarían una “pareja de novela”.

Ese amor nació en San Pedro, preciosa ciudad en la que tan bien vivió (y donde mucho escribió), ese amor nació en un clima que se lo presenta por momentos como algo onírico, ese amor nació teniendo muy cerca a su querido ajedrez. Un fin de semana evidentemente perfecto. Y mágico.

Ya en novela, apreciamos que en El evangelio según Van Hutten, trabajo de 1999, Castillo retomaría el tema del ajedrez el cual, pese a no ser ahora protagonista del relato, es mencionado reiteradamente.

Primeramente lo hace cuando un personaje se presenta a sí mismo diciendo: “Mi capacidad de observación es casi nula. Sólo retengo palabras, posiciones de ajedrez y gestos mínimos”.

Luego alude al juego cuando se expresa: “Subí a mi cuarto sonriendo, me tiré vestido sobre la cama e intenté leer una novela policial. No pude. Saqué de la valija el tablero y las piezas de ajedrez y comencé a reproducir una de esas partidas tumultuosas de Thal (SIC) cuya belleza puede reemplazar, al menos para mí, la lectura de cualquier novela, policial o no. Tampoco pude. El silencio era tan imperioso que me impedía concentrarme…”. Que una partida de ajedrez del letón Mijaíl Tal (1936-1992) sea más bella que la lectura de una novela, es del todo comprensible para un ajedrecista. Y, por lo visto, también para un escritor-ajedrecista, como lo es Castillo.

Se trata de una belleza inútil la del ajedrez (¿También la literatura?), a juzgar por el perfil que traza el protagonista del relato, quien se halla en conflicto interior entre sus dos principales campos de interés: el ajedrez y la historia. Así se autodefine: “Tal vez haya llegado el momento de decir unas pocas palabras sobre mí mismo. Mi nombre no importa. Soy profesor sin cátedra. Doy clases privadas de Historia Medieval, lo que de hecho equivale a carecer de ocupación, como le había confesado la primera noche al doctor Golo, y en mis ratos perdidos juego sosegadamente al ajedrez. Esta última profesión es, en mi caso, por lo menos tan dudosa como la primera: juego distantes partidas por correspondencia y me preservo de la realidad componiendo lo que en la jerga ajedrecística se llama finales artísticos. Supongo que mi fascinación por el universo abstracto del ajedrez, por su belleza inútil, me impidió ser un verdadero historiador, del mismo modo que mi curiosidad por el corrupto y caótico mundo de la historia, me distrajo del ajedrecista que debí ser”.

Más presencia del ajedrez en el relato. Por ejemplo cuando se señala: “Esa misma tarde, en la Hostería de Lisa, mientras analizaba con mi tablero de bolsillo un final de peones de Berger, tuve la impresión de que me vigilaban. El lugar, sin embargo, estaba absolutamente desierto. Miré por la ventana que daba al puente de la hoya, casi con la esperanza de descubrir en alguna parte el auto de Vladslac o a la mujer del comedor. Lo que vi cambió por completo el rumbo de mis ideas. Sólo había una chica, que no podía tener mucho más de veinte años. Me pareció muy hermosa. Estaba sentada en el puente, de perfil a mí, con los pies en el agua. Mirándola, no pude evitar un pensamiento muy desagradable. Pensé que no demasiados años atrás, yo me habría levantado con naturalidad de aquella mesa y habría caminado hacia el puente. Seguí con mi partida; ése es el tipo de pensamientos que sólo puede ahuyentar el ajedrez. Media hora más tarde, cuando volví a levantar la cabeza del tablero, la chica seguía allí, casi esfumada en la luz de oro del crepúsculo…”.

O cuando se dice, planteando el habitual conflicto entre pasión (indudable) por el juego y (posibilidad de) pasión por el amor de una persona concreta: “¿Sabe qué es, o mejor, qué hubiera sido un interesante rasgo de juventud de alma?: dejarse de jugar al ajedrez solo como un marmota y haber trotado hacia ese puente para iniciar una conversación con la jovencita…”.

Una nueva analogía de tono ajedrezado se da en el siguiente diálogo: “—No creo en el azar—dijo Van Hutten mientras caminábamos entre matorrales y macizos de campanillas. Yo veía su espalda y no podía hacerme a la idea de que ese hombre tuviera ochenta y dos años. Era como si las matas y las flores se apartaran para darle paso. —La gente llama azar a lo que no es sino una serie de causas secretas, que los antiguos nombraban destino. Usted juega al ajedrez, me han dicho. Imagine lo que sentiría si fuera un caballo de ajedrez y pudiera preguntarse qué significa su posición actual en el tablero…”.

Esas cavilaciones sobre el azar y el destino se profundizan en el capítulo ocho: “EL TAO LLAMADO TAO”. El ajedrez aquí aparece en toda su fuerza simbólica: “—Yo sí creo en el azar —dijo el doctor Golo la noche siguiente. Él y Van Hutten habían aparecido en el bar del hotel, después de la cena, y ahora caminábamos los tres bajo los árboles de la calle principal, en dirección a la hoya de los gansos. —Lo que la gente llama destino —dijo el doctor Golo—no es sino una hilera de disparates, que los antiguos llamaban misterio de la vida. Usted juega al ajedrez, lo he visto. Imagine qué sentiría si fuera un caballo de ajedrez y viniera yo y le pateara el tablero y usted pudiera preguntarse qué significa su posición actual debajo de la mesa…”.

Luego se vuelve sobre este punto al mencionarse: “Pero ya me lo había dicho el doctor Golo, hay una lógica del azar que opera de la misma forma arbitraria que el destino. Hablé unas pocas palabras que ni siquiera alcancé a completar porque del otro lado me colgaron. Bueno, pensé, parece cierto que Dios juega a los dados. Y mientras ponía otra vez mi tablero sobre la mesa recordé que el ajedrez, tan inexorable y exacto, en su origen se jugaba precisamente con dados, lo que por alguna razón me puso de excelente humor…”. Es que, en versiones protohistóricas del juego, en la India milenaria, como es sabido el dado acompañó al ajedrez, cubo del azar que se abandonaría progresivamente cuando el juego ingresa a Persia.

La anomalía antes apuntada de “jugar al ajedrez a solas”, se podía dar efectivamente, como se desprende del siguiente pasaje: “Lev Nicolaievich Golobjubov, muerto en Palestina en 1975 y a quien usted conoce, perfectamente vivo, como doctor o tío Golo. Si me excluyo, la autoridad filológica más grande que usted ha conocido en lo que atañe a literaturas semíticas. Puede hablar el arameo de la época de Jesús como si viniera de pescar en el lago Tiberíades con san Pedro. Él me enseñó súmero. ¿Sabe lo que es la Estela de las Aguilas? Es una piedra de basalto, una piedra funeraria: él la descifró por divertirse y la tradujo al lituano y al vasco. Tiene un humor extravagante. Usted le gusta porque juega al ajedrez solo; Lev únicamente admite el ejercicio inútil de la inteligencia…”. Aquí surge otro concepto muy transitado en la literatura al referirse al ajedrez: la consideración de ese juego como un “ejercicio inútil de la inteligencia”. Juego que fue tan cuestionado por otros autores, de Francesco Petrarca (1304-1374) a Poe, y también por Miguel de Unamuno (1864-1936) y, en su momento, por las Iglesias de todos los cultos, en sus versiones más ortodoxas, cuyos referentes temían que distrayera tanto a los clérigos (y a los feligreses) que lo llegaría a asociar, en algunas visiones extremas, a los dictados del diablo.

Una y otra vez el ajedrez vuelve al relato, por ejemplo cuando se menciona: “Entré en el baño y durante un rato más largo de lo necesario me lavé el pie. Cuando salí, ella miraba mi tablero de ajedrez como si fuera un espectáculo apasionante, un pequeño parque de diversiones. Recuerdo con exactitud la posición de las piezas. Era la variante del Ataque Panov que Damián Reca refutó, de la manera más hermosa, en su libro sobre el Caro Kann. El alfil negro ha salido a cinco caballo rey. La dama blanca ya está en cuatro torre dama. Juegan las negras. Christiane levantó el caballo negro de tres alfil, lo miró y lo apoyó suavemente en su mejilla. Pensé: ahora mueve ese caballo a dos dama y resuelve, en un segundo, un problema de apertura que a Reca le llevó toda la vida. Por fortuna, no hizo nada de eso. Puso otra vez el caballo donde estaba, sólo que al derecho, con la cabecita apuntando hacia adelante. Me senté en la cama, luchando por no cometer la senil imbecilidad de preguntar si le gustaba el ajedrez…”. Es que el ajedrez debería gustarle a todos. Al menos a todos quienes se animen a ingresar en su misterio.

Por supuesto que se pasaje evidencia con toda propiedad y en sus alcances los conocimientos técnicos del escritor-ajedrecista. La Variante Panov de la Defensa Caro Kann, que se presenta tras las jugadas: 1. e4, c6; 2. d4, d5; 3. exd, cxd; 4. c4, en su tiempo se la creía como una virtual refutación de una Defensa que era tan popular como una de las preferidas del ajedrecista argentino Damián Reca (1894-1937), el primer campeón nacional producto de competencias oficiales.

Este le dedicó profundos estudios sobre el tema, los que volcó en uno de sus libros, donde planteó  que, después de: 4…Cf6; 5. Cc3, Cc6; 6. Ag5, podía jugarse, en vez de la aparentemente necesaria y débil 6…Ae6, la intermedia 6…Ag4 y, solo recién frente a 7.f3 desplazar el alfil a la casilla e6. Aquí podía darse: 8.Cg-e2, dxc; 9. Axf6 gxf6 y, a 10. d5, Ce5! Con la amenaza del jaque en d3. Y, si se intenta alternativamente 7. Da4, en vez de las aparentemente más normales e6 o g6, Reca halló la jugada a la que alude Abelardo Castillo en este pasaje, que es la sorprendente 7….Cd7 que, además de retirar una pieza agredida,  se adelanta a la captura del peón blanco en d5, ya que seguiría Cb6 amenazando a la dama y el punto d5. Si la captura en d5 la hubiera hecho el caballo blanco, también se haría 8….Cb6, pudiendo seguir: 9.Cxb6, axb, seguido de la captura en d4 o, incluso, de la intermedia Ta5, si la dama va a b5. Y si el blanco juega 9. Db5, el negro responde con una nueva jugada sorprendente, Ad7, amenazando Cxd4 y logrando la iniciativa. Retomando el hilo del análisis, siguiendo a Reca, y también a Roberto Grau (1900-1944), que alude a él en uno de los volúmenes de su extraordinario Tratado, se podría dar otra secuencia sorprendente, luego de la retirada del caballo negro a d7: 8. cxd, Cb6; 9.Db5, a6; 10.Dc5, Ca7, que representa una rara jugada de espera, con la que se amenaza f6 seguido de e6. Para Grau lo mejor parece ser: 11.d6, Dxd6; 12.Dxd6, exd6, quedando las negras mejor desarrolladas que las blancas.

Así se cumplía con la profecía de Reca sobre esta Apertura: “Por su aspecto tímido, el desarrollo del Caro – Kann hace que sea apreciado erróneamente por aquellos que no estén familiarizados con él. En general, sus avanzadas sólo ocupan la tercera línea y esa restricción, que posee, sin embargo, una formidable fuerza interna, induce a las blancas a lanzarse en especulaciones falsas a base de ataques (…) lo que permite a las negras a encontrar fáciles vías para llegar a una rápida superioridad estratégica y, como consecuencia, a la victoria”. 

En Diarios (1954-1991), otro trabajo de Castillo publicado en este caso en 2014, que es de tono autobiográfico expresa que: “En los finales artísticos de ajedrez, como en el trato con las personas, lo lógico nunca da resultado”.

Además, se sorprende a sí mismo de que haya podido haber jugado al ajedrez durante ¡¡¡doce horas!!! Y dice que hubiera pensado que alguien era estúpido si le aseguraba que había perdido el tiempo jugando al ajedrez. Aunque ahora, intelectual al fin, al repensar el tema valora: “Recuerdo cómo me atraía el ajedrez, de qué modo llegó a ser imprescindible para mí. Como ahora en torno a la literatura, antes mi vida giraba alrededor del ajedrez. Al acostarme, reproducía mentalmente las partidas jugadas durante la noche y me era imposible apartar el pensamiento de las piezas. Aún hoy creo que podría escribir la partida que acabo de jugar, sin mirar el tablero, sin recurrir más que a mi memoria, pero esto ya no tiene valor. Antes, en cambio, no hubiera podido dormirme sin hacerlo. Mañana despertaría recordándola. Había noches en que, infructuosamente, trataba de desviar mis pensamientos hacia otras cosas y me resultaba imposible. Veía escaques y piezas, saltos de caballo y, al dormirme, las movidas se mezclaban con los hechos de la vida real, una mujer a salto de caballo, en un vagón de tren, dos hombres que cambiaban de lugar como un enroque, de una manera mágica y absurda. En ocasiones temía enloquecer. Cualquiera que conozca bien este juego lo sabe por experiencia propia”. ¡Cómo no identificarse con este relato del gran escritor-ajedrecista!

Otro concepto que aporta es que juega “furiosamente” al ajedrez en su San Pedro querido. Y, en cierto momento de su vida se plantea, y consigue, recuperar todos los libros de ajedrez que tenía a los dieciséis años (incluido el clásico de Reca sobre la Defensa Caro-Kann),

Al hacer un análisis sobre que el exPresidente Juan Domingo Perón (1895-1974) significaba una amenaza desde España recordará que en el ajedrez, otro juego distinto del político, aunque tan parecido: “las amenazas son más fuertes que su realización

Se lamenta que su producción escrita es limitada ya que perdió demasiado tiempo en: “…grabar casetes de música, arreglar enchufes o estudiar ajedrez”.

De cuando disputaba un específico campeonato de ajedrez admite: “…este torneo  -que será quizá el último que juegue- me preocupa tanto como la literatura”. Pero no cumplió ya que luego dirá: “…gané el torneo de ajedrez. En realidad, compartí el primer puesto. De todos modos llegué primero.  Voy a participar (quizá) en el Mayor y no juego más”. Corriendo los límites. Dudamos de que haya podido cumplir con la promesa.

Cuando juega ese torneo, a pesar de los buenos resultados obtenidos, considera que “estoy jugando frívolamente”. Y se plantea: “Sólo un escritor que ame el ajedrez, que entienda el sentido trascendente del ajedrez, podría comprender por qué esto también tiene que ver con la literatura, y por qué, por fin, puedo escribirlo con naturalidad”. ¡Era hora de que pudiera llegar a admitirlo! ¡Era hora de que alguien, con conocimiento de causa, pueda vincular íntimamente ajedrez y literatura!

Cuando Sylvia Iparraguirre se va a Buenos Aires y queda en soledad, aprovechará para: “estudiar ajedrez, perder el tiempo o `soñar` que algún día me pondré a escribir”.   

Al generársele el dilema entre ajedrez y literatura elucubrará, sin tomar partido, o haciéndolo en todo caso por ambas pasiones, que el torneo no le impidió escribir y que: “…Si me lo impidiera, no volvería a tocar una pieza o un libro de ajedrez, y sería un acto serio, incluso para el ajedrez”.

Castillo, que practicó boxeo, además de ajedrez, expresó que la agresividad la aprendió….con este último deporte (no con el primero). Sobre su vínculo con el juego agregará, en igual dirección, en un reportaje hiciera (en la web de Noticias San Pedro, en http://www.notisanpedro.info/2013/04/reportaje-abelardo-castillo-si-lesacas.html): “Inclusive aún hoy sigo analizando partidas o jugando. El ajedrez es una relación entre dos, y entre dos muy parejos. Como en el box, nadie le da ventaja al otro, ni siquiera de peso, y están vestidos igual, casi desnudos, con guantes que son idénticos y sin más protección que su habilidad o sus puños” (…) “En ajedrez, puede jugar un chico de quince años con un hombre grande, pero ese chico y ese hombre, si están en la misma categoría, tienen lo que se llama ELO en ajedrez, que es como si dijéramos el mismo coeficiente intelectual; así que no hay ninguna ventaja, salvo el talento”.


Para ir finalizando con la semblanza del escritor argentino recordemos la respuesta que les diera a Gustavo Águila y Marcelo Reides en la entrevista que le hicieron para el libro de estos investigadores Por los laberintos del ajedrez, en el sentido de que, uniendo ambas posiciones, Castillo encuentra una gran similitud entre la partida de ajedrez y el cuento como estructura. Es que, así como en el ajedrez hay una apertura, un medio juego y un final, en el cuento hay un comienzo, un conflicto y un final.

Este mismo concepto lo sostiene ante Claudio Federovsky, en un reportaje televisivo efectuado en tono relajado, hecho en torno a un tablero en el que ambos disputaron una suerte de partida, que…

Abelardo Castillo, sólo por su relato La cuestión de la dama en el Max Lange, merecería una consideración especial desde el punto de vista del ajedrez. En este trabajo hemos evidenciado que, no obstante, su vínculo con el juego en su literatura fue bastante más profundo, en particular por su estudio acerca del origen del ajedrez, expresada en Las palabras y los días, y por las reiteradas y profundas menciones que hizo en su novela El evangelio según van Hutten.

Pero hay algo más, Castillo, a diferencia de muchos otros literatos apasionados por el juego, fue asimismo un buen ajedrecista. Jugador de primera categoría en su San Pedro, conocedor de la técnica con bastante astucia y precisión, no sólo fue un escritor que abrevó en el ajedrez, sino que en su vida de alguna forma supo fusionar ambas pasiones. Por eso decimos que, Abelardo Castillo es el escritor-ajedrecista por antonomasia.

(Texto del cuento La cuestión de la dama en el Max Lange en https://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/267122-71738-2015-03-01.html).

Notas relacionadas:

Reportaje al escritor Abelardo Castillo. Por Claudio Federovsky. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/22/reportaje-al-escritor-abelardo-castillo-por-claudio-federovsky/.

Entrevista a Abelardo Castillo en Por los laberintos del ajedrez. Por Gustavo Águila y Marcelo Reides. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/22/entrevista-a-abelardo-castillo-en-por-los-laberintos-del-ajedrez/.

Reportaje al escritor Abelardo Castillo en Canal (á)

Entrevistador: Claudio Federovsky

Claudio Federovsky en P4R, su imprescindible ciclo en Canal (á), medio televisivo cultural que es toda una referencia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, entrevistó a diversas personalidades argentinas teniendo como eje del diálogo el vínculo con el juego.

Es un placer compartir con nuestros lectores ese material, habiendo de comenzar ahora con el programa realizado en el año 2004 dedicado al excelente escritor argentino Abelardo Castillo (1935-2017).

Abelardo Castillo

Allí, entre otras consideraciones y recuerdos personales, el autor compara al ajedrez con la estructura de un cuento, para luego referirse a una de sus obras más célebres, La cuestión de la dama en el Max Lange, en la cual el juego es clave en el devenir de su trama.

Abelardo Castillo, entrevistado por Claudio Federovsky en canal (á)
(Vídeo editado por nuestro colaborador y amigo Christian De Luca)

Sobre el entrevistador:

Claudio Federovsky es un reconocido periodista deportivo, especializado en deportes olímpicos (cubrió ocho competencias organizadas por el COI) y también con orientación a los más populares (en particular fútbol), que se ha venido desempeñando en medios televisivos y radiales de gran difusión pública.

Es autor del libro “Argentinos con fuego sagrado“, profesor en la Universidad Argentina de la Empresa en las carreras de Periodismo Deportivo y Gestión Deportiva y asesor en la Cámara de Diputados de la Nación.

Ha sido un buen ajedrecista en tiempos juveniles y su vínculo con el juego se mantuvo desde siempre, siendo un gran difusor de la actividad, en particular en su programa televisivo “P4R” para el canal (á) de la Ciudad de Buenos Aires que se difundió en la primera década del Siglo XXI constituyendo una de las mejores producciones televisivas de nuestro país orientadas al ajedrez.

Su clásico formato era una entrevista con alguna personalidad del arte, la cultura o el mundo empresarial, que además fuese aficionado o tuviese alguna vinculación con el mundo del ajedrez, el que se realizaba mientras el conductor del programa y el entrevistado, disputaban una partida de ajedrez.

Claudio Federovsky
Notas relacionadas:

Abelardo Castillo, el ajedrecista-escritor. Por Sergio Negri. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/22/abelardo-castillo-el-ajedrecista-escritor/.

Entrevista a Abelardo Castillo en Por los laberintos del ajedrez. Por Gustavo Águila y Marcelo Reides. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/22/entrevista-a-abelardo-castillo-en-por-los-laberintos-del-ajedrez/.

Entrevista a Abelardo Castillo en Por los laberintos del ajedrez

Por Gustavo Águila y Marcelo Reides

En la Feria del Libro de 2002 nos acercamos a Abelardo, quien estaba firmando ejemplares de sus libros, aprovechamos para obsequiarle Por los Laberintos del Ajedrez. Castillo fue muy amable y compartimos una pequeña charla sobre ajedrez. Cuando surgió la posibilidad de trabajar bajo la dirección de Juan José Jusid en La Cuestión de la Dama, «pequeño film» basado en su consagrado cuento La Cuestión de la Dama en el Max Lange, sentimos que nuestros caminos se acercaban. Para entonces, teníamos mucho interés en mantener con el gran escritor una extensa entrevista en la cual, pudiésemos hablar a fondo de esta pasión compartida por la literatura y el ajedrez.

Realmente, la tarde en la que nos recibió fue muy rica en observaciones: Abelardo conoce profundamente el atractivo que ejerce el ajedrez sobre la personalidad de quienes se internan por sus laberintos.

Su historia con el juego-ciencia se inicia en su adolescencia al tomar parte de competencias juveniles en su San Pedro natal; otro período en el que regresa para participar de un Torneo por Equipos provincial donde lo ubican en el primer tablero y hace un gran papel, y el haber triunfado en el Torneo Mayor de San Pedro, que era su vieja aspiración.

Hoy define al ajedrez como un «hobby» o una «secreta nostalgia» (similar a lo que «eran los compadritos para Borges» afirma). En el living de su casa en el barrio de Congreso tiene un hermoso juego artesanal, regalo de un alumno, que según dice le impide tentarse y distraerse de su oficio de escritor, puesto que las piezas muy trabajadas son poco propicias para jugar. De esta rica charla, ofrecemos las consideraciones que nos parecieron más importantes:

A tu criterio, cuándo el ajedrez trasciende lo que entendemos como un juego de tablero, pasatiempo, y comienza a ser para algunas personas una realidad dónde se pone en juego cuestiones existenciales muy fuertes?

El verdadero y gran jugador de ajedrez es tan existencialmente ajedrecista como Bethoveen era existencialmente músico o como un gran escritor lo es en relación a la literatura. Para ellos, no es meramente un juego; nunca se sabrá qué es verdaderamente el ajedrez, está en duda su esencia; una ciencia en el sentido estricto no es, tampoco un arte, ya que el código es cerrado, puede ser comprendido únicamente por los que comprenden el juego; en cambio, cualquier persona puede apreciar buena música, una obra de teatro o disfrutar de un cuadro.

Es una disciplina cerrada en sí misma que supera la definición de juego, ciencia o arte; el ajedrecista de pura cepa, tal como lo ha demostrado la historia, es un hombre tan centrado en su disciplina como cualquier otro creador. Yo recuerdo que, contrariamente a la mayoría, cuando estaban por jugar Spassky y Fischer en 1972, era «hincha» del soviético, admiraba sus conocimientos de apertura, su concepción estratégica y sus magníficos ataques, es decir, para mí, abarcaba un registro más amplio que Bobby. En esa época, les hicieron un reportaje a ambos. Spassky sostuvo que el Ajedrez para él era «como la vida», en cambio Fischer dijo «es la vida misma»; esta frase, que encierra una obsesión paranoica, me hizo volcarme para su lado.

Justamente, ese encuentro, superó el aspecto deportivo para convertirse en una cuestión de estado dentro del marco de la guerra fría.

Así es, tuvo que intervenir Henry Kissinger para convencer a Fischer de seguir jugando, después de haber perdido la segunda partida por ausencia disconforme con las condiciones del encuentro; le hizo comprender que estaba representando al país contra los soviéticos. Después que volvió al match, superó ampliamente a Spassky.

Y para vos, ¿qué es el Ajedrez?

Para mí, es un juego, un hobby y hasta una secreta nostalgia, pero si me preguntaras por la Literatura, te respondería con la frase de Jean Paul Sartre: «para un verdadero escritor, la Literatura es todo, sino no vale la pena perder una hora con ella», creo que ambas respuestas, la de Fischer y la de Sartre, esencialmente se parecen.

Fernando Arrabal, fanático del Ajedrez, tiene opiniones en el mismo sentido, tanto el juego-ciencia como el teatro para él son la «vida misma», el espectáculo de dos campeones enfrentados le parece maravilloso.

Vos ves ciertas personalidades ajedrecísticas como Nimzowitch, quien afirmaba «El Peón pasado tiene alma», es una definición que está más allá del ajedrez, que sólo pueden comprender los verdaderos ajedrecistas. La realidad de una partida de ajedrez, es para ellos, mayor que la realidad cotidiana, hay ajedrecistas que… ¡hasta se olvidan de casarse!

Luzhin, el trágico personaje de Nabokov, es bien ilustrativo de este tipo de personalidad.

Yo recuerdo la anécdota de un gran maestro en Europa, que tuvo un accidente: se cayó al río mientras navegaba; en el momento en que estaba en peligro su vida, lo único que pensó fue: «Si me muero, ¡se seguirá jugando el Torneo mañana! (risas).

Por eso, las mujeres de los ajedrecistas, son víctimas de esa pasión.

Sí, no cualquiera puede ser ajedrecista, tenés que tener una personalidad muy obsesiva. Yo, cuando jugaba, me acostaba con posiciones en la cabeza, y hasta he resuelto problemas de partidas en sueños. Recuerdo una suspendida, parecía tablas, pero mi intuición me decía que si jugaba correctamente debería ganar, soñé con la partida y con la jugada ganadora, que había descartado en mis análisis sobre el tablero; vale decir, que mi inconsciente era más lúcido que mi consciente, siguió trabajando con la jugada descartada.

Justamente, la mención a los sueños, que seguramente hubiese fascinado a Borges, aparece en muchas anécdotas de jugadores de ajedrez; uno de los relatos que recopilamos es aquel que contó David Bronstein en una conferencia, se trata de una partida soñada, fantástica.

La famosa sonata de Giuseppe Tartini La risa del Diablo, fue soñada, luego le puso música, hay otras melodías también que nacieron en sueños, asimismo, en la literatura, Borges cuenta el caso del poeta inglés Samuel Coleridge, quien soñó un poema sobre el palacio de Kubla Khan, curiosamente el palacio había sido soñado por su creador: un emperador mogol cuatro siglos atrás; lo fantástico es que Coleridge desconocía este sueño anterior.

Este entorno mágico que rodea al juego cautivaba a Borges; aparte de los famosos sonetos, hay en su obra otras menciones y reflexiones sobre ajedrez.

A él le fascinaba la idea metafísica, que estos reyes y peones eran movidos por una voluntad superior, y de ahí se hacía la pregunta, si a nosotros no nos pasaría lo mismo, es decir el mundo como un gran tablero y los hombres movidos por un Dios, que a su vez, estaría movido por otro…

Dentro de las metáforas que trabajó el cine y la literatura, aparece también «lo policial», el tablero como un microcosmos donde las jugadas tienen repercusión en el mundo real.

Uno de los mayores autores de literatura policial, Chandler, hace que su detective Marlowe sea un gran aficionado al ajedrez y viva analizando las partidas de Capablanca. Sin duda hay una relación, yo doy clases de literatura; se supone, que el género cuento es donde he sobresalido, donde más se me reconoce como escritor; encuentro una gran similitud entre la partida de ajedrez y el cuento como estructura; así como en el ajedrez hay una apertura, un medio juego y un final, en el cuento hay un comienzo, un conflicto y un final, igualmente en el teatro hay tramas que parecen partidas de ajedrez, donde por supuesto, aparecen otro tipo de conflictos.

Así como en determinadas aperturas de ajedrez, por ejemplo la Ruy López, variante del cambio, con la cual Capablanca ganó muchas partidas, ya que sabía perfectamente como jugar el final ventajoso que otorga la mayoría de peones del flanco de rey a las blancas. Capablanca era muy hábil para cambiar las piezas innecesarias para ganar el final, también ocurre lo mismo en la variante del cambio de la Ortodoxa, donde brilló el maestro cubano. Ya el ajedrecista prevé el final posible, favorable. Del mismo modo, ningún gran cuentista escribe sin saber cómo va a ser el final.

Es el sentido del cuento, después se organizan los materiales para arribar a este final. Todos los grandes cuentistas: Quiroga, Maupassant, Poe, quien fue el que sistematizó las reglas del cuento contemporáneo, han dicho que las tres últimas líneas son tan o más importantes que las tres primeras.

Esto sería, por supuesto, el sistema del cuento en su parte exterior, después está lo que se llama «genio» o «talento», es decir, por más que vos sepas perfectamente como es el final de un cuento, no quiere decir que vayas a escribir uno bueno; como tampoco por más que conozcas el final ganador de alguna apertura, no tenés garantizado el éxito seguro en una partida.

Antes de empezar la entrevista, me comentaste el entusiasmo que habías puesto en los análisis de la jugada 11.g4 o P4CR en el Max Lange, que tiene como fin impedir el enroque largo y acosar a la Dama, me interesa saber cuando esta idea ajedrecística que estaba en tu mente se transforma al plano literario y la Dama ajedrecística pasa a ser una metáfora de Laura, la dama del cuento.

Diste como en el clavo: la idea del cuento: un hombre que mata a su mujer durante una partida de ajedrez era previa a los estudios del Max Lange, que yo ya había jugado y analizado. Por supuesto, había que ajustar datos y situaciones. De pronto recordé que cuando yo me planteé el P4CR lo primero que pensé es dónde va la Dama y ese pensamiento se unió a esa idea. De ahí que utilicé esta variante para escribir el cuento, tratando que justamente en la jugada 11 el otro se pusiera a pensar lo suficiente para que el protagonista pudiera consumar su venganza. Por eso, la situación ajedrecística es muy verosímil, la jugada sorpresa hace que el rival piense lo necesario para que den los tiempos.

Esto sorprende, la verosimilitud de los acontecimientos en el tablero; contrariamente hemos leído, o visto en el cine situaciones interesantes pero imposibles desde el sistema ajedrecístico.

Es que a mí me pasó en un torneo, mi rival se quedó «clavado» pensando una posición y yo aproveché esos 40 ó 45 minutos para ir a tomar un café sin que nadie percibiera mi ausencia…recuerdo que pensé podría haber matado a toda mi familia y éste no se hubiera dado cuenta nunca. Esta idea me sugirió la coartada del cuento, que es perfecta. Además como nadie te viene a avisar que tu rival ya jugó, tenés la posibilidad de hacer algo sin que se perciba por otros. Por supuesto, había que tener un poco de suerte también, si se le paraba el auto, si justamente ese día la mujer no se hubiese querido encontrar con el amante, o si Gontrán respondía rápido, pero bueno…como digo en el cuento «un poco de azar no le hace mal a la lógica».

Seguimos con tu obra, en el cuento Week-end aparece el ajedrez también, no como eje de la narración: me gustó mucho la idea «del Legado de Legal».

Sí, no es el centro del relato, hay un homenaje a este famoso Jaque Mate, que tantas veces aparece en la historia del ajedrez.

En la novela El Evangelio según Van Hutten, el ajedrez aparece con fuerza, hay muchas menciones a jugadores y problemistas; tenía curiosidad cuando leí la obra sobre cuál era tu idea sobre este atributo del personaje, gran apasionado por el ajedrez.

Sí, me pareció muy importante para enriquecer la personalidad del protagonista, ya que no es ni ajedrecista, es historiador, dice que el mundo corrupto de los hombres le impidió ser el ajedrecista que debió ser, del mismo modo él opone la belleza abstracta del ajedrez al mundo corrupto de la historia. Él tampoco es historiador del todo, da clases de Historia Medieval, que es casi tan «inútil» como jugar al ajedrez por correspondencia o componer finales artísticos.

Se nota mucho esta opinión del personaje sobre considerar al juego como un espacio de pureza del pensamiento no corrupto.

Es que para mí, el ajedrez es justamente eso, un espacio de lógica absoluta, de transparencia. Por otro lado está el mundo real, la historia, el mundo caótico, los cien chicos que se mueren en nuestro país por día por falta de atención, los desocupados…es el mundo caótico. El ajedrez, por el contrario, es un espacio cristalino, no hay buenos ni malos, hay posiciones. Algo por el estilo señala Ernesto Sabato sobre las ciencias exactas, habla del mundo abstracto, claro y nítido de estas ciencias, en oposición al mundo de los hombres, con sus celos, pasiones…

Yo, cuando tengo un problema existencial, serio, y no sé como resolverlo, lo más probable es que me ponga a jugar al ajedrez con la computadora, es como si me limpiara el cerebro de cosas que me pesan mucho, haces abstracción total, lo único que existe es ese mundo autónomo, y lo más probable es que cuando vuelvas al mundo real estés en mejores condiciones para enfrentar dificultades.

Otro tema, ¿qué opinás de la opinión generalizada de que un ajedrecista es un «ser inteligente», y que esta inteligencia podría transferirse sin más a otras áreas en forma exitosa?

Creo que en un gran porcentaje, esto puede ser cierto, pero no es absoluto; se puede ser un imbécil moral y ser un gran ajedrecista. Unamuno, siempre decía, que se podía tener un gran talento, pero eso no garantiza «la Inteligencia». Pensá en Fischer, tenía un coeficiente intelectual altísimo, pero en su relación con el mundo y los otros se comportaba como si fuera un niño, era ingenuamente egoísta; creo que como las matemáticas, los grandes exponentes, tienen una inteligencia específica. El gran jugador de ajedrez no tiene tiempo para hacer grandes cosas en otros ámbitos, los «grandes» artistas son muy buenos en lo suyo, y a veces suelen ser muy torpes para otras cosas.

Por supuesto, hay excepciones, muchos de los maestros soviéticos tenían otras profesiones, ni hablar del gran Lasker que descolló también como matemático y filósofo. Yo tengo la fortuna de ser amigo de Bent Larsen, quien es un hombre muy culto. Tiene enormes conocimiento de historia, cuando lo conocí, antes de casarse con una mujer argentina, ya tenía grandes conocimientos sobre nuestra historia y una posición política definida, distinto a otros ajedrecistas, que en general están abstraídos en su propio mundo…

El ajedrez, aunque lo parezca, no es un juego social en el buen sentido de la palabra. Hay un cuento donde dos jugadores de ajedrez se encuentran todos los días para jugar y parecen amigos. Hasta que uno de los dos desaparece, y el otro se da cuenta que no sabe absolutamente nada del compañero, si está casado, etc.

Si bien el lema de la Federación Internacional es «Gens una sumus» (somos una familia), hay que convenir que somos una familia muy extraña. Yo tengo amigos del Círculo de San Pedro, de los cuales no sé absolutamente nada sobre la vida familiar y social, ni las ideas políticas que tienen.

Unamuno, comenta que jugó mucho ajedrez en su juventud y dejó de hacerlo por la «desoladora incomunicación» de los que lo practican, uno puede estar jugando años con una persona y saber muy poco del otro.

Es que estas características tienen que ver con lo absorbente que es esta actividad y lo atrapante de su mundo. Siempre recuerdo la anécdota consagrada de Miguel Najdorf; yo la escuché por primera vez de boca del maestro Sergio Giardelli, la misma refiere a dichos de Bobby Fischer sobre «qué gran jugador hubiera sido Najdorf de haberse dedicado al ajedrez». Najdorf era una persona muy sociable, hasta parecía frívolo, mundano. Siempre se pensó que él hubiera vencido a Samuel Reshevsky, en los matches donde se jugaba quién era el mejor jugador americano, si se hubiese preparado mejor. Otro tanto se puede decir de Capablanca, le gustaba la noche, los deportes y las mujeres, él estaba convencido de que era invencible, Alekhine se quería matar en esa famosa partida que había quedado suspendida, a la cual le había destinado muchas horas de análisis. Capablanca la estudió un rato y logró empatarla, igualmente no le alcanzó para ganar el match, contra todos los pronósticos, el cubano cayó derrotado.

Alekhine era muy obsesivo.

Es que éste es un juego para obsesivos, en todo gran talento se necesita mucha dedicación. Fischer, cuando se quitó de encima esa obsesión que arrastraba desde los catorce años, luego de salir campeón mundial, no tuvo más ambiciones. Algo parecido le ocurrió al genio de Paul Morphy. Esta pasión explica la historia antiquísima del ajedrez, que se ha mantenido firme en muchas civilizaciones.

Es llamativo que en la ex Unión Soviética, en plena dictadura del proletariado, este juego se haya masificado con sus reyes y reinas.

Socialmente reproduce otro orden.

Claro, el orden caballeresco. La única incongruencia en el ajedrez, es la potencia de la Dama como pieza destructora. Fue un agregado de Occidente, aunque digamos que en la vida real, la mujer tiene un enorme poder destructivo…

Desde el punto de vista psicológico tiene sentido este poder que se le dio, si vos analizás a la mujer contemporánea, verás que tiene mucho poder.

Dentro de la evolución del juego, sabemos históricamente que muchas piezas aceleraron sus posibilidades para estar más acordes con la mentalidad occidental. Ahora bien, no está registrado con exactitud el momento crucial donde se pierden los dados.

No se sabe en qué momento fue este cambio, antes de Platón y en la India se jugaba con los dados, el juego al que se refiere Platón en sus diálogos era con dados, y curiosamente su inventor es el mismo dios que creó la escritura. El componente de lógica y pureza del ajedrez rechaza los dados, creo que la búsqueda de la perfección influyó en la pérdida de agregados donde hubiese posibilidades de azar.

Qué opinión te merece el auge del ajedrez en las escuelas, la posibilidad de que ingrese en los currículums educativos como herramienta formativa?

Creo que es muy importante en la formación de los jóvenes. Ejercita mucha la memoria, lo saca al chico de ámbitos peligrosos para ponerlo en una actividad sana. Muchas cuestiones intelectuales, como ser la capacidad de concentración, también entran en juego. Yo descubrí que tengo muy buena memoria gracias al ajedrez, aún recuerdo partidas que jugué hace veinte años.

Te cuento una anécdota que me pasó con Bent Larsen. Yo jugué con él en una simultánea, quedé último, «mano a mano», logré tablas en un final de torres; el maestro me dijo «usted juega muy bien los finales», «maestro, los escritores también podemos jugar bien al ajedrez», le respondí. Nos hicimos amigos. Charlamos mucho, él tendría unos cincuenta años; se me ocurrió preguntarle por una posición que yo había visto en una revista, le cité lo que recordaba de esa posición en sistema descriptivo, me acordaba del «dibujo» de la posición: se montaba «la máquina» para dar jaque mate. Pensó unos cinco minutos y dijo: «sí, esa es la partida que jugué con Ivkov cuando gané el título de gran maestro en la década del 50».

Ese tipo de memoria es esencial para la cultura en general. La única precaución que tendría con los chicos, salvo que alguno se perfilara para genio, es que no se pierda sólo con el ajedrez, que se interese por otras actividades.

Es un gran formador del carácter de una persona, enseña a que no es suficiente con ganar, sino que hay que hacerlo de la mejor manera.

Petrosián opinaba al respecto lo mismo, cuando se refería a la generación de maestros de su época; el gran desafío no era sólo ganar sino hacerlo de la manera más hermosa posible. Hay que tener en cuenta que la belleza de las partidas para él, no pasaba únicamente por la posibilidad de hacer sacrificios, sino también en las maniobras posicionales, en las cuales se movía brillantemente.

Sí, hay un componente estético muy grande basado en la economía de los recursos para ganar una partida, y también, como dijimos antes, en la colaboración del rival, y agregaría en los conocimientos del admirador de la obra. Yo puedo pintar un cuadro y enseguida mostrarlo «al mundo» para que lo aprecie, en cambio, si alguien quiere deleitarse con «La Inmortal» de Anderssen, necesita de conocimientos previos para captar la belleza de la combinación. Igualmente con los finales, algunos son muy hermosos, hay jugadas cómicas o paradójicas, sin embargo hacen a la idea principal, dentro del sistema tienen mucha lógica.

Por eso, me parece muy importante, para ustedes que trabajan con chicos, que desde pequeños incorporen estos elementos estéticos del juego, como el mate del caballo de Philidor, ya que no se lo olvidarán más y tratarán siempre que puedan darlo.

Creo que el único gran jugador que empezó de grande fue Yuri Averbach; él contaba que, ya jugando un torneo de maestros, tuvo dudas sobre si se podía enrocar largo en una posición, donde con un alfil le amenazaban la casilla del caballo, no recordaba bien si sólo el Rey estaba imposibilitado de pasar por «jaque».

Como para terminar con otra referencia a la Literatura; Poe, en su obra, menciona al ajedrez, pero de una manera medio extraña, supone que es inferior al juego de Damas, que para él era más lógico y perfecto. Qué reflexión te merece este comentario?

Evidentemente Poe no sabía jugar al ajedrez, o se refiere a las damas de «tres filas»; para él, el ajedrez era mero cálculo, lo que no sabía es que el ajedrez es mucho más que eso, hay análisis, concepto, intuición. En realidad, él está explicando ahí una teoría de la inteligencia, para lo que le servía este ejemplo, estaba escribiendo un cuento, y partió de la falsa hipótesis: el que calcula mejor es el que gana la partida. No usó este argumento para denostar al ajedrez, sino para hablar de la inteligencia nítida y lógica del protagonista de su cuento. Sí, acierta en el análisis del «autómata» que también le atraía mucho.

Justamente, el tema de las computadoras es muy interesante; creo que hay una confusión al respecto, un falso temor; a pesar que la computadora pueda vencer al mejor jugador del mundo, no terminaría la lucha ajedrecística entre los hombres, ya que el ajedrez no se inventó para jugar con computadoras con todo el arsenal de información a la mano. Las computadoras, para los hombres, no son más que una importante ayuda. Nadie pensaría en boxear con un autómata preparado para combatir, ni correrle una carrera al «tren bala» japonés. El juego entre hombres seguirá incólume…»

Nota biográfica:

Abelardo Castillo nació en San Pedro (Provincia de Buenos Aires) en el año 1935. Dirigió legendarias revistas literarias como El Ornitorrinco y El Escarabajo de Oro. Ha incursionado en varios géneros, destacándose especialmente como cuentista. Estos cuentos le valieron el Premio Konex de Platino, otorgado en 1994. El ajedrez aparece en su obra narrativa y constituye un hobbie para el escritor.

Abelardo Castillo, sus libros y su ajedrez

Sobre los autores:

Gustavo Águila es Maestro FIDE, Coordinador del Programa de Ajedrez Escolar de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y Presidente del Club de Ajedrez de Villa del Parque de la capital argentina.

Es coautor de de diversos libros de divulgación y enseñanza de ajedrez.

Gustavo Águila

Marcelo Reides es profesor de Enseñanza Primaria, Maestro Fide, compositor de problemas tradicionales y de ajedrez escolar y coautor de diversos libros de divulgación y enseñanza de ajedrez y de publicaciones en la web en sitios especializados.

Fue director y entrenador de la Escuelita del Club Argentino de Ajedrez (2000/2010) y es docente del Programa de Ajedrez Escolar de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y, de la Escuela Municipal de Ajedrez de Morón, en la provincia de Buenos Aires.

Marcelo Reides

Notas relacionadas:

Abelardo Castillo, el ajedrecista-escritor. Por Sergio Negri. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/22/abelardo-castillo-el-ajedrecista-escritor/.

Reportaje al escritor Abelardo Castillo. Por Claudio Federovsky. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/22/reportaje-al-escritor-abelardo-castillo-por-claudio-federovsky/.

Un rival demasiado flojo

Un cuento de Horacio Olivera

El Doctor Max Euwe, excampeón mundial, gloria y leyenda del ajedrez, llegó temprano al aeropuerto de Zúrich. Le esperaba, lo sabía, un largo, agotador vuelo hasta la ciudad de San Pablo, en Brasil. Aunque en su carácter de ajedrecista de primer nivel estaba acostumbrado a viajar casi incesantemente desde su juventud, a medida que los años pasaban no le era ya tan sencillo soportar estoicamente prolongadas horas a bordo de los aviones. Si bien se encontraba retirado del juego activo desde hacía varios años, su calidad humana, conocimientos y don de gentes, habían hecho que se lo eligiera tiempo atrás como Presidente del máximo organismo regulador del ajedrez internacional: la FIDE. Las responsabilidades de su cargo, desde luego mayores que las de cualquier jugador, lo obligaban a menudo  a dirigirse a uno y otro lado del mundo. “A mi edad” pensaba “ya sería mejor salirme de toda esta vorágine”.

Pero allí estaba Euwe, listo para cumplir, una vez más, con la obligación que su espíritu de caballero intachable era incapaz de rehuir. Lo esperaban a la mañana siguiente los ajedrecistas brasileños, para brindarle su admiración y nombrarlo Invitado de Honor de un importante Torneo de Maestros.

Cumplidos todos los trámites de rigor, el Presidente embarcó y se dispuso sin más a tratar de disfrutar (en lo que tiene de disfrutable) el extenso vuelo. Cenó y luego de leer un rato, logró conciliar el sueño, no sin antes intercambiar unas palabras de circunstancia con su ocasional compañero de viaje, un simpático calvo que dijo ser australiano y que ocupaba el asiento contiguo al suyo.

Cuando el Doctor Euwe despertó ya despuntaba el día y las auxiliares de a bordo recorrían el avión repartiendo las bandejas del desayuno. Un fragante aroma a café recién hecho inundaba la cabina y él se sintió de buen humor y con un excelente apetito. Terminado el desayuno, y a falta de casi dos horas para llegar a destino, ajedrecista al fin, Euwe sacó de un bolsillo interior del saco su inseparable ajedrez de bolsillo y colocó la posición de un problema bastante complejo que había visto en una revista. Concentrado intentando resolverlo, no reparó de inmediato en que su vecino de asiento lo observaba con atención.

-Veo que le gusta el ajedrez- dijo el australiano.

Levemente sobresaltado, Euwe lo miró con fijeza un momento y sonriendo contestó.

-SÍ, es un juego maravilloso. ¿Lo conoce usted?

-¡Desde luego! Es más, cuando era un muchacho dediqué parte de mi tiempo a estudiarlo. Según me dijeron entonces algunos entendidos, tenía yo un gran futuro si es que me decidía a ser un ajedrecista. Pero pronto dejó de interesarme. Sin embargo, reconozco que, como dijo usted, es un maravilloso juego.

-Por supuesto que sí – dijo el ex campeón, volviendo la mirada otra vez hacia el pequeño tablero, con el fin de dar por terminada la charla y continuar con el análisis de la posición del problema.

Un minuto después, el otro volvió a la carga…

– Señor, disculpe usted, no nos hemos presentado formalmente. – Tendió su mano derecha– Mi nombre es Brad Turman y provengo de Australia, como le dije. Soy odontólogo.

-Es un gusto señor Turman.  Mi nombre es Max Euwe y soy doctor en matemáticas.

-¡Doctor en matemáticas! Por supuesto, las matemáticas y el ajedrez van de la mano, ¿no es así?.

-Claro, hay una relación importante.

-Escuche, falta todavía algún tiempo para llegar, quizá no le molestaría que juguemos una partida en su tablero mientras tanto. Desconozco su nivel de juego pero, ya le digo, el mío solía ser bastante bueno.

Satisfecho por no haber sido reconocido y de que su nombre ni siquiera le hubiera sonado familiar a Turman (lo cual, desde el vamos, denotaba una absoluta ignorancia acerca de la historia y del presente del ajedrez), Euwe accedió, más por no desairarlo que por ganas de jugar.

-De acuerdo- dijo- Le cedo las blancas. – y acomodando las piezas en la posición inicial, le hizo a Turman un gesto para que efectuara el primer movimiento.

Ya desde las primeras jugadas, Euwe se dio cuenta de que el nivel ajedrecístico de su ocasional rival era muy pobre, por lo que decidió prolongar la partida solamente para no hacerlo sentir mal si le ganaba en pocos movimientos. Y como Turman acompañaba cada movida con comentarios propios de un novato, en más de una ocasión Euwe debió reprimir sus deseos de reírse. Incluso en un momento pasó por alto y no dijo nada, en un gesto cuasi magnánimo, un error reglamentario: su rival se había enrocado haciendo pasar su rey blanco por una casilla atacada por un alfil negro.

Cuando por altavoces anunciaron que se encontraban próximos al aterrizaje, Euwe decidió culminar la partida y apurando sus movimientos, llegó a una posición de mate inevitable. El australiano, que a medida que transcurría la partida se había puesto más y más tenso, perdió los nervios, enrojeció y en medio de incomprensibles murmullos se respaldó de pronto en su asiento y resopló fuertemente, sin mirar ya más a su rival.

Sorprendido, el Doctor Euwe asumió que su rival abandonaba la partida, guardó su pequeño tablero, abrochó su cinturón y no dijo una sola palabra. Luego del aterrizaje, trató de ser cortés:

-Amigo, hemos jugado una bonita partida, espero la haya disfrutada como yo, más allá del resultado. En definitiva, eso es lo de menos.

Turman se puso de pie en silencio y comenzó a buscar en el portamantas su equipaje de mano. Cuando logró bajarlo, de pie en el pasillo del avión, miró a Euwe, que permanecía sentado y le dijo:

-Doctor, le ofrezco mis disculpas y espero no tome a mal mi actitud de recién. A veces peco de irascible, sobre todo cuando me toca perder. Perder a lo que sea. Pero en este caso en particular y dado que me considero un buen jugador, aunque hace años que no compito, no puedo dejar de estar furioso conmigo mismo. ¡Doctor! Usted me acaba de derrotar… y es obvio que apenas conoce las reglas del juego. ¡Yo me enroqué sin advertir que no podía hacerlo y usted no supo que infringí una regla básica! ¡Como puedo perder con un jugador tan inexperto, por favor!- exclamó.-Buenos días, ha sido un gusto.

El Gran Maestro Max Euwe quedó mudo, quieto en su asiento, sólo en la aeronave cuando el último pasajero bajó. Y cuando una azafata se acercó al él preguntándole si le pasaba algo, solo atinó a estallar en una enorme carcajada.

Max Euwe, matemático y ajedrecista

Sobre el autor:

Horacio Olivera es un ajedrecista de Primera Categoría de la Federación Metropolitana de Ajedrez de la República Argentina y socio fundador del club Torre Blanca de la ciudad de Buenos Aires.

Como ajedrecista, fue subcampeón metropolitano juvenil, campeón metropolitano y nacional de los Torneos Evita (1973), finalista de Campeonato Argentino Juvenil (1974) y sub-campeón de las provincias de Chaco y Corrientes (en los años 90).

En su calidad de investigador ha sido colaborador del diario Página 12 y del sitio web Ajedrez 12.

Actualmente, participa del programa radial Frente al Tablero, que se emite desde la Radio Porteña 89.7 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires los viernes a las 20.00, en donde se abordan cuestiones vinculadas al ajedrez con las dimensiones educativa, terapéutica y pedagógica.

Asimismo, ha oficiado en su país de panelista en diferentes Encuentros relacionados con la Historia del Ajedrez.

Horacio Olivera
Bobby (otro cuento del autor): en https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2020/12/18/bobby/.

Duchamp, una vida entre el arte y el ajedrez

Por José Ángel Montañés para El País de España

En ese tránsito de surfear por la red en busca de perlas ajedrecísticas, por supuesto que podemos recalar en notas periodísticas que, no estando precisamente vinculadas a la actualidad, por su fuerza narrativa y por el objeto de análisis que sirvió de punto de partida, tienen absoluta vigencia.

Ese es el caso de la crónica que hizo José Ángel Montañés para el diario El País de España el 28 de octubre de 2016, oportunidad en la que exploró el conocido y fascinante vínculo de Marcel Duchamp con el ajedrez, a raíz de una exposición que, por entonces, organizó la Fundación Miró de Barcelona sobre la relación de los juegos de mesa y las vanguardias.

Compartimos con los lectores de ALS la respectiva crónica: en https://elpais.com/ccaa/2016/10/27/catalunya/1477593593_551479.html.
Marcel Duchamp

La pandemia encendió el interés por el ajedrez, pero ‘Gambito de dama’ lo hizo explotar

Por Kent Babb (para The Washington Post)

La miniserie Gambito de Dama, además de su inmensa popularidad en tanto producto fílmico y en cuanto a su repercusión hacia el mundo del ajedrez, sigue dando espacio para los análisis de medios de todo el mundo.

En este caso se comparte con los lectores de ALS la crónica realizada por el periodista Kent Babb, incluida en la edición de The Washington Post del 23 de diciembre de 2020.

En https://www.washingtonpost.com/es/sports/2020/12/24/serie-gambito-de-dama-ajedrez-pandemia/

Notas relacionadas:

El melodrama de la Reina del Ajedrez, un punto muy a favor para la difusión del milenario juego. Por Sergio Negri. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2020/11/23/el-melodrama-de-la-reina-del-ajedrez-un-punto-muy-a-favor-en-la-difusion-del-milenario-juego/.

Diálogo entre las “dos” máximas potencias femeninas del ajedrez: J. Polgár y A. Taylor-Joy. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2020/12/26/dialogo-entre-las-dos-maximas-potencias-femeninas-del-ajedrez/.

La serie “Gambito de Dama” y un increíble nuevo pico de popularidad para el ajedrez. Por Carlos Ilardo. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2020/12/27/la-serie-gambito-de-dama-y-un-increible-nuevo-pico-de-popularidad-del-ajedrez/.

Vídeo de Magnus Carlsen hablando de la miniserie Gambito de Dama. En https://wordpress.com/post/ajedrezlatitudsur.wordpress.com/1438.

La inolvidable partida de ajedrez entre Fischer y Spassky que inspiró a la serie Gambito de Dama. Por Cherquis Bialo, En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/10/la-inolvidable-partida-de-ajedrez-entre-fischer-y-spassky-que-inspiro-a-la-serie-gambito-de-dama/.

Imagen de Gambito de Dama

John Wayne sobre un caballo…de ajedrez

Por Manuel Azuaga Herrera

Compartimos con nuestros lectores un trabajo del periodista y escritor español Manuel Azuaga Herrera, quien habitualmente publica en el Diario Sur de la ciudad de Málaga, Reino de España.

https://www.diariosur.es/culturas/john-wayne-sobre-20210117230407-nt.html?fbclid=IwAR3qdve0kUdS9544Nt6tnNeoVxkTyl3OWNg-7LdsWiFTdYSwcSlZa1UDepg

Sobre el autor:

Manuel Azuaga Herrera es Licenciado en Ciencias de la Información, socio fundador de la Asociación Ajedrez Social de Andalucía y Director de la Escuela Municipal de Ajedrez de Rincón de la Victoria (Málaga).

Se ha especializado en el vínculo del ajedrez con las dimensiones social y terapéutica, siendo divulgador de sus valores en actividades formativas y en espacios periodísticos (radiales y de la prensa escrita).

Colabora regularmente con la revista digital Ajedrez Social y Terapéutico y tiene la columna Cuentos, jaques y leyendas de la sección Cultura en el Diario Sur de la ciudad de Málaga.

Manuel Azuaga Herrera

Semblanza de De la Bourdonnais

Por Sergio Negri

"Descargar un golpe es bueno pero hay que ver si no hay otro mejor. Capturar la dama del adversario sería malo si pudiéramos darle mate”. Frase de De la Bourdonnais

Louis Charles Mahé de la Bourdonnais nació en la isla francesa de Réunion, ubicada en el Océano Índico (pertenece a continente africano), en una fecha controvertida que va de 1795 a 1797.

El ajedrecista Pierre-Charles Fournier de Saint-Amant (1800-1872), en un obituario publicado a dos meses de la muerte de su compatriota dice que este había nacido el mismo año en que falleció François-André Danican Philidor (1726-1795). Ese es un primer punto de referencia natal, pero no es de ninguna manera conclusivo.

Es que sus padres, Pierre-Marie-Philippe Mahé De la Bourdonnais (nacido en noviembre de 1773) y  Jeanne-Françoise Bunel se casaron recién el 16 de abril de 1796. Asumiendo que en esa época, aunque no siempre era así, los hijos arribaban después de que los progenitores contrajeran enlace, podría asumirse que el niño habría venido al mundo recién en fecha posterior.

Y será 1797 la datación que habrá de aparecer en la lápida de su tumba londinense (¡también en esa ciudad fue enterrado Philidor!). Como en el índice de defunciones de la Oficina de Registro General figura muerto con 43 años, habida cuenta de que fallecerá el 13 de diciembre de 1840, es más probable que su fecha de nacimiento corresponda entonces a aquel año.

Al cabo de todo, se lo verá en condiciones económicas críticas en esa etapa postrera. Su afición al ajedrez le hizo descuidar sus propiedades y un estado de bienestar adquirido desde una cuna de cierto esplendor. Para entonces su estado de salud tampoco lo ayudaba ya que había sido afectado por un derrame cerebral, por una hernia escrotal y una hidropesía (edema) que lo condujeron a su fin. Tiempo antes estuvo al borde de la desnutrición, de la cual pudo ligeramente salir al contratarlo el Simpson´s Divan, un club de ajedrez londinense nuevo, el que le otorgó un magro estipendio de dos guineas a la semana.

De la Bourdonnais tuvo tiempos mejores. Fue hijo de una familia noble que conducía el gobierno de su territorio insular natal. Por caso, Bertrand-François Mahé la Bourdonnais (1699-1753), su abuelo, fue un conde y almirante francés que lideró ese espacio colonial (que se llamaba por entonces isla de Bourbon), bajo el servicio de la Compañía francesa de las Indias Orientales. Las memorias de este personaje, muy reconocido en la historiografía gala, serán publicadas por su nieto ajedrecista en 1827 en París.

Estatua de su abuelo en la isla de Réunion

Louis, trasladado a París hacia los años 1814 y 1815, habrá de estudiar en el Lycée Henri IV, un establecimiento de nivel secundario próximo al hermoso edificio del Panteón. Pero el adolescente, devenido en adulto, no tendrá con el curso del tiempo otra profesión que no fuera la de ajedrecista, actividad en la que comenzó a incursionar desde que, por azar, abraza al juego tras concurrir al célebre Café de la Régence. Desde 1818 lo practica con seriedad durante doce horas todas las jornadas, siempre en ese espacio tan emblemático para el ajedrez y la cultura, convirtiéndose prontamente en una fuerte figura del medio local.

Con el ajedrez habrá de ganarse el sustento, en calidad de jugador, proviniendo el dinero de las apuestas por las partidas ganadas, de la edición y venta de publicaciones (varios libros y una influyente revista) y por la retribución recibida en tanto Secretario del Club instalado en el célebre Café de mentas.

De la Bourdonnais tuvo como maestro a Alexandre Deschapelles (1780-1847), el mejor jugador de la época, y sucesor de Philidor, quien brillaba en los cafés parisinos, al que sin embargo no tardó en superar. El vínculo entre ellos se habría establecido en 1820; de hecho en 1821 De la Bourdonannis fue árbitro en el match que en París disputaron su mentor y el inglés William Lewis (1787-1870).

Fueron tres años de enseñanza, la ventaja ofrecida inicialmente de una torre, iba progresivamente disminuyendo: primero a caballo; luego a peón y salida, hasta que el joven comenzará a superar a su maestro al que años más tarde le dedicará su obra principal ajedrecística: Nouveau traité du jeu des échecs, que aparecerá en 1835 en París. En sus dos tomos se describen aperturas y finales teóricos, y se presentan estudios compuestos y numerosas partidas.

El libro de De la Bourdonnais

Es de lamentar que no se conservó registro alguno de las partidas entre los máximos exponentes ajedrecistas de la época, lo que pone en un cono de sombras las reales distancias entre ellos en el cénit de sus respectivas carreras. Se desconocen cuestiones tan básicas como los resultados obtenidos y las fechas de realización de las partidas: en cambio, el lugar de los encuentros fue, con toda certeza, el emblemático Café de la Régence.

Deschapelles, quien odiaba jugar en paridad de condiciones con el rival que fuere, ya para 1821 vio que no le podía otorgar ventaja de dos movidas y peón a su pupilo, por lo que lenta y tácitamente fue retirándose de la escena, una situación que profundizó desde 1824.

Es que estaba visto que De la Bourdonnais, que se mostraba como muy rápido y con implacable capacidad de cálculo (a pesar de ciertas inseguridades en la fase de apertura), ya le iría a ganar  incluso en partidas disputadas en igualdad de condiciones. Deschapelles sólo volverá al ruedo cuando su rival se desplace a Londres, habiendo de volver a ocupar la poltrona principal de ser considerado el mejor del medio local cuando fallezca su discípulo hacia 1840.

En 1821 De la Bourdonnais vence al fuerte jugador escocés John Cochrane (1798-1878) en París. Viajará a Londres en 1823, donde vencerá al antecitado Lewis, lo que repetirá dos años más tarde cuando regrese a la capital de la isla. Ambos se enfrentaron aproximadamente en setenta oportunidades, aunque se habría gestado un match más formal, a siete partidas, en el que el francés prevaleció tras cinco victorias y dos empates (en algunas crónicas se indica que esos números podrían estar invertidos, aunque siempre a favor del galo).

Inglaterra fue la casa definitiva del francés, aunque haría una ida y vuelta frecuentes atravesando el Canal de la Mancha, buscando éxitos deportivos que le proveyeran el sustento. De hecho en la isla se casó con Eliza Waller Gordon, lo que ocurrió en julio de 1825.

En 1831 se dio una situación muy crítica ya que, producto de una especulación inmobiliaria en la localidad bretona de Saint-Malo, que no salió como esperaba, perderá toda su fortuna. Desde entonces sólo podría sobrevivir gracias a sus ingresos con el ajedrez.

El punto culminante de la carrera de De la Bourdonnais se dio en 1834 cuando, en la capital inglesa, enfrentó al irlandés Alexander McDonnell (1798-1835) en el curso de seis extenuantes matches disputados en el Westminster Chess Club. La porfía comenzó en el mes de junio, y se prolongó hasta el mes de octubre, jugando todos los días, con excepción de los domingos.

Las partidas podían suspenderse y eran muy largas (algunas insumieron unas siete horas), ya que no había control de tiempo. Al moroso irlandés se lo recuerda que, alguna vez, usó cerca de hora y media para hacer una movida; aunque en otra oportunidad el siempre más ágil De La Bourdonnais también pensó unos desacostumbrados, para él, 55 minutos, antes de efectuar una determinada movida.

En estas condiciones, las secuelas de tan larga y extenuante lid habrían de hacer estragos en ambos ajedrecistas. Ambos querían, orgullosamente, ser considerado el mejor de su tiempo. Y la rivalidad se acentuaba ya que se enfrentaban dos referentes de las potencias de la época: Francia e Inglaterra (aunque, en este caso, el referente era un irlandés).

Se suele indicar que fueron 85 partidas las que se concretaron, habiendo De la Bourdonnais vencido en 46, con 26 derrotas y 13 empates, a lo largo de seis matches, en los que el galo se impuso en el primero, tercero, cuarto y quinto, perdió el segundo y, en el postrero, cuando ganaba el irlandés por 5 a 4, este abandonó la titánica porfía por visibles problemas de salud. Dada su extensión, y otros compromisos asumidos por la visita, se dio por terminada la contienda.

Sin embargo el historiador y ajedecista George Walker (1803-1879), testigo del acontecimiento, eleva la cuenta a 88 encuentros, asegurando que tres de ellos no habrían sido registrados.

Partida espectacular que le gana con negras De la Bourdonnais a McDonnell, durante el cuarto match. En https://www.chessgames.com/perl/chessgame?gid=1001165

Al año siguiente McDonnell, acusando física y mentalmente las consecuencias de la porfía, hallará su muerte con sólo 37 años. Será enterrado en el cementerio Kensal Green de Londres donde, cinco años después, también serán trasladados los restos de De la Bourdonnais.

La tumba de McDonnell

En otras oportunidades, De la Bourdonnais habrá de confrontar en 1836 en París con el húngaro József Szén (1805-1857), quien se impuso al local por el ajustado marcador de 13 victorias a 12 (sin empates). Pero, claro, el vencido le dio ventaja a su rival de peón y dos movimientos (como solía hacer Deschapelles en tiempos previos y posteriores). A Szén se lo recuerda especialmente ya que, años después, será parte del primer torneo de ajedrez de la historia moderna, en Londres, en 1851, cuando habrá de ocupar un muy meritorio quinto lugar, oportunidad en la que se consagró el prusiano Adolf Anderssen (1818-1879) quien batió al magyar en la segunda etapa de la prueba.

Se sabe que De la Bourdonnais jugaba con suma rapidez, lo que no obstaba a la profundidad de sus análisis. Si bien fue famoso por sus combinaciones, ellas llegaban después de actuar con una infrecuente, para la época, solidez.

Después de ganarle a McDonnell, volvió a París donde, en 1836, fundó la primera revista de ajedrez de la historia: Le Palamède,  la que originalmente salía todos los días quince de cada mes, con una suscripción anual de veinticinco francos. Allí ofició de coeditor, junto al escritor Joseph Méry (1797-1866). La publicación cerró en 1839 (será reabierta en 1841), lo que le originó una nueva gran pérdida económica al empobrecido De La Bourdonnais.

Al respecto, cabría recordar que, en la mitología griega, se le reconoce a Palamedes, nieto de Poseidón y poseedor de una gran sabiduría, el haber inventado, además de los dados, el petteia (muy eventual antecesor del ajedrez). Por mucho tiempo en Europa se atribuyó el origen del juego a los griegos siguiendo esta tradición, asegurándose que ello habría ocurrido en el contexto del sitio de Troya y bajo el influjo de la poderosa cultura surgida en la isla de Creta.

Un clásico de la literatura especializada, la revista Le Palamède 

Para Edo Historical Chess Ratings, uno de los reconocidos sistemas de medición de la fuerza ajedrecística de los jugadores del pasado, De La Bourdonnais aparece en el ranking en el segundo lugar, después de Deschapelles, en 1821. Y, desde 1822, se le asigna el primer lugar del escalafón mundial, el que mantiene hasta 1829, para recuperarlo en 1835, conservándolo hasta el final.

De la Bourdonnais es el tercer jugador, tras Philidor y Deschapelles, que marca el predomino francés en la época moderna del ajedrez. Luego vendrá el inglés Howard Staunton (1810-1874) y una pléyade de jugadores provenientes de Europa Central (comenzando por Anderssen), con la extraordinaria excepción del norteamericano Paul Morphy (1837-1884), de fulgurante aparición y ocaso.

La Revolución Francesa aportó, entonces, los mejores exponentes del ajedrez mundial entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, así como en tiempos previos había ocurrido lo propio con jugadores de las penínsulas itálica e ibérica. El ajedrez francés no tendrá, en el futuro, jugadores destacados propios, con la notable excepción del ruso Alexandre Alekhine (1892-1946), quien será no obstante campeón mundial bajo bandera gala.

De la Bourdonnais, entonces, quien es considerado el creador de la escuela romántica moderna, esa que es heredera de los precursores del género provenientes de la península italiana, fundamentalmente de Gioachino Il Greco (1600-1634), y que en lo filosófico y literario remite al alemán Goethe (1749-1832), representando una respuesta a los principios de la Revolución Industrial, la Iluminación y el racionalismo.

En cualquier caso, será el último jugador nacido en territorio francés que puede ser considerado el mejor ajedrecista de su tiempo.

Una de sus grandes habilidades fue la de jugar partidas bajo la modalidad de a ciegas, siguiendo los pasos del virtuosismo evidenciado en la materia por Philidor.  Es que De la Bourdonnais tenía muy desarrollado el sentido del cálculo lo que le era muy útil para esa práctica.

El segundo excampeón mundial de la historia, el alemán Emanuel Lasker (1868-1941), definió al juego de De la Bourdonnais del siguiente modo:

“…combatir cada una unidad desarrollada del enemigo en el centro con una fuerza al menos igual a ella y perseguir al enemigo, tras haberlo expulsado del centro, con un puesto avanzado bien apoyado en el corazón de su posición. Labourdonnais, es verdad, nunca expresó este plan en palabras; pero él no escribía ajedrez, lo jugaba, y sus movimientos expresan sus intenciones”.

El heredero de Philidor y Deschapelles jugaba con una rapidez no exenta de ciertas imprecisiones. Podría decirse que vivió de igual modo. Mas, por su contribución al ajedrez, por haber llegado a la cúspide en su tiempo, deberá considerárselo del todo eterno.

De la Bourdonnais

Nota relacionada:

Semblanza de Deschapelles. Por Sergio Negri. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2020/12/18/semblanza-de-alexandre-louis-honore-lebreton-deschapelles/.

Alicia y el onírico ajedrez de Carroll llegan al cine (segunda parte)

Por Sergio Negri

Alice Liddell, musa inspiradora de Carroll

El personaje de Carroll fue muy importante para la supervivencia de un emprendimiento que tendrá una decisiva influencia en el cine: el de Walt Disney (1901-¿1966?), en cuyo contexto apareció, entre 1923 y 1927, una serie de 41 cortometrajes, denominados Alice Comedies, en los que se mezclan la animación y las escenas reales. Esos trabajos corresponden al tiempo en que la productora se muda a Los Ángeles, logrando salir de la bancarrota y comenzando un camino que generará el gran emporio en que habrá de convertirse.

En tiempos previos al éxito, y como un hito fundacional, tenemos a una Alicia inspiradora que, en 1923, proporciona un cortometraje de diez minutos de duración, titulado Alice’s Wonderland, en donde se la presenta a Alicia en unos estudios de animación quedando muy impactada al soñar (¡siempre el mensaje onírico!) que se hallaba en El País de los Dibujos Animados (“Cartoonland“). Ese mundo de Alicia es anticipatorio del que tan eficientemente logrará erigir el bueno de Walt Disney.

Alice´s Wonderland, producción de 1923 de Walt Disney

Al revisarse los títulos de los más exitosos cortometrajes ulteriores, pareciera que ninguno de ellos llega a aludir al ajedrez. Sin embargo, será el juego eje de algunos otros relatos de la productora. Por ejemplo, cuando  su célebre Pato Donald sea protagonista de un trabajo de 1959 que fue candidato a los premios Oscar, el ajedrez habrá de aparecer en una larga escena que comienza en el minuto 13, con alusión directa a la Alicia de Carroll. Este cortometraje fue conceptuado como una gran contribución educativa sobre la importancia de las matemáticas y, de hecho, se lo proyectará en las escuelas norteamericanas durante los años 60 con notable repercusión didáctica.

En dicho fragmento, al analizarse el vínculo de las matemáticos con los juegos, se lo ve a Donald como un peón perdido en un tablero de ajedrez de dimensión a escala del personaje. En ese momento, al ser increpado, quiere camuflarse, travistiéndose, como si de nuestra Alicia se tratara. En el transcurso de esta obra se desarrolla una partida completa en la que las piezas blancas, al cabo de todo, le hacen jaque mate al rey de las rojas, en una dualidad de colores que rinde tributo a la originalmente concebida por Carroll que difiere, como sabemos, de la clásica confrontación entra blancas y negras.

Donald in Mathmagic Land de Walt Disney (versión original de 1959)
La escena de Donald como si de Alicia se tratara (en versión remasterizada en Technicolor)

Cuando Disney presente en 1951, ya en largometraje, una versión animada de su versión de la Alicia en el País de las Maravillas, una de sus más grandes producciones que con el paso del tiempo se convirtió en un clásico, no aparece de nuevo el ajedrez habida cuenta de que, como la trama lo indica, no se trata del abordaje de la Alicia que atraviesa el espejo.

Habrá que esperar muchos años, hasta el muy reciente 2016 para que el ajedrez ingrese en escena en vínculo con el personaje de Carroll. Será bajo la producción de, entre otros, el genial Tim Burton (nacido en 1958), y con la dirección del británico James Bobin (nacido en  1972), cuando la productora lance Alice Through the Looking Glass en la cual, desde luego, el juego tendrá gran acto de presencia, como se desprende del respectivo tráiler del film y de muchas de sus respectivas escenas.  

Trailer de Alice Through the Looking Glass, producción de Walt Disney de 2016
Red Queen´s Defeat, una de las escenas de la producción de Walt Disney basada en Detrás del espejo, y lo que Alicia encontró allí de Carroll (2016)

Notas relacionadas:

Alicia y el onírico ajedrez de Carroll (primera parte). Por Sergio Negri. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2021/01/08/alicia-y-el-onirico-ajedrez-de-carroll-llegan-al-cine-primera-parte-por-sergio-negri/.

El ajedrez en el universo de Borges. Por Sergio Negri. En https://ajedrezlatitudsur.wordpress.com/2020/12/25/el-ajedrez-en-el-universo-de-borges-nota-de-sergio-negri-publicada-en-el-diario-pagina-12-de-la-ciudad-de-buenos-aires-el-15-de-diciembre-de-2015/.